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Delirium Tremens
A la Señorita Cora
“Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que
acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a
escribir todo sobre los axolotl”
JULIO CORTÁZAR. Axolotl (Final del Juego).
Los seres marinos odian estar anclados, varados en los centros taciturnos.
Las véngalas nacen en la punta del iceberg porque la profundidad cada vez
nos exige más y más silencio. Las adicciones radican en su capacidad de
invalidarnos. Por ejemplo, las botellas tienen un alma sensual que quema
los labios, que hace delirar el beso trashumante de los desaparecidos. Yo
amé una desaparecida, hija del semen boquiabierto, madre de mis rencores.
Ahora viaja a través del mar, como la niña grandilocuente que nunca fue.
Las multitudes y los ladrones juegan en el círculo de hielo. Las niñas
buenas aman los suburbios porque en ellos es donde se esconde el sol.
Busco en todas mi condición de conserje: amo a todas las mujeres que
juguetean con mi sangre hasta darme la embriaguez necesaria para matarlas.
La lluvia nos anticipa a los orgasmos. Pero estamos demasiado estancados
en nuestras pupilas vulgares. Aun no tenemos la fuerza necesaria para
romper los espejos. Aun no somos capaces de tocar con las uñas
ennegrecidas de tiempo y espectáculo. Soy el ser marino varado en un
cuerpo sin alma. Soy el polígrafo que nunca aprendió a leer ni a escribir.
Soy el Axolotl cortazariano que navega en tu útero calcinado por voces
ígneas. Soy el ventrílocuo de tus pezones. Mi monogamia radica en amar a
todas las mujeres porque tienen todas un espíritu común: todas las esposas
que se van aglutinando hasta formarte.
Cada punzada hace vibrar mis rompimientos. Soy el hijo de las
anti-resurecciones. Mi sensualidad consiste en odiarte. En no mirarte. En
tocar los tambores con tus nalgas sucias de las sillas de aviones, barcos
y trenes. Yo limpio las huellas de extranjeros en tu cuerpo nacional.
Los seres marinos, como yo, buscan el agua para tatuarla. Necesidad de
hijos lloviznados, ausencias decrépitas que caen del techo, como goterones
de sangre. “Te habrá llovido mucha ausencia”, diría Gelman tocándose la
herida del pecho. Una semana más para mi calendario de mujer muda que
presiente su embarazo de Dios. ¿Qué clase de estoicismo de poco valor me
obliga a alejarme del océano? La maldición consiste en que tú tienes el
alma agujereada y yo tengo los diez dedos suficientes para calmarla. La
maldición consiste en que Satanás juega con tus muñecas y que Dios sigue
ocupando el teléfono a través del cual podría escuchar tu voz mientras te
masturbas. Hay que vagar por todas las ciudades del mundo para saber que
nunca exististe. Que yo te inventé, excitada. Algo en tu nuca esconde las
idioteces crepusculares de Europa, al igual que tu seno derecho,
falangista y corrupto. Vasija del vómito de los dioses ebrios. Tu seno
izquierdo esconde la desfachatez de ser África resumida en un monte
sagrado. Ambos apostaron por mi derrota y yo sigo caminando. En esas
ceremonias telúricas oficiaba de larva que intentaba carcomer tus
máscaras. Fantasma.
Voy a afilar los dientes para hacer sangrar tu lengua de niña que se
extravió en Buenos Aires. Pregúntales a Fito y a Joaquín. Ellos te dirán
que fuiste mi enemiga íntima: “canibalismo de oro”. Habría que inventar
una máquina capaz de medir los niveles de embriaguez de ti. Embriagado de
tu condición de embrión que escupe besos suicidas. Que mintiéndome, me
robó mis últimos suspiros nomotéticos. Me dejas inválido, como si te
gustara arrancarme la vida en tus extracciones falsas cuando oficiabas de
minera con mi semen, cuando jugabas a tatuar la piedra filosofal con tu
sudor ermitaño. Andando en círculos del cuerpo radical, yo amaba tu risa
estancada en mi memoria de carne. Pero de tanto dar giros abriste un
espiral negro en los vientres concurridos. Insististe demasiado en la
línea de tinta repujada hasta que rompiste la hoja. Los niños nocturnos ya
no resisten tus ruidos de papel calcinado. Como Ray Charles: soy ciego
pero no tonto. Como Dalí: soy un místico sin fe. Tú te la robaste
llevándote tu cuerpo. No hay mayor metafísica que la derrota. Apuesta por
mí, que igual (te) perderé. Hablarás pronto del sacerdote del cuerpo que
perdió la sotana en la línea lenta de tu sangre. Cíclope que jugó a
arrancarte un ojo para evitar las discrepancias. Hijo de tu condición de
huérfana.
II.
“Oraciones para gente sin fe,
tentaciones de volver a beber
el veneno que tus labios me dan,
el obsceno beso de la verdad”
FITO PAEZ – JOAQUÍN SABINA.
La Canción de los Buenos Borrachos (Enemigos Íntimos),
Tengo el laberinto necesario para la traducción. Es cuestión de tiempo. De
medirlo todo con una aguja oxidada.
(Aun guardo la aguja con la que me punzabas los dedos, buscando en el agua
de las verrugas una reivindicación de tu sangre impregnando mi falo).
Tengo marcas de ti que se presumen imborrables. Desde que dejé de tocarte
(reto idiota que me propuse sin proponérmelo), odio mi cuerpo. Los
dragones van poblando mis arterias y van trazando los extraños círculos de
la memoria. Pero la memoria apenas se sostiene de colores que han ido
perdiendo mis ojos que juegan al retorno de la estupidez. De la vergüenza
primigenia, consistente en conocerlo todo, tocándolo.
Pero las amazonas se rinden ante el poema de Baudelaire. Una carroña me
espera desnuda en la ducha. No sé si hacerle el amor o devorarla. Ambas
son formas de anticipación secular: la carroña y yo, te queremos tanto,
prescindible, cuerpo reemplazable con máquinas y bufones, con arlequines
de arrabal, con filosofías de manos aferradas a la piedra del Volcán.
Recorriendo el Laberinto, algunos tropos, lenguajes cacareando te-quieros,
iluminan palabras incompletas. ¿Tendrás tú las sílabas suficientes para
que en mi frente se tatúe la palabra muerte?
A la espera de la traducción escribo tecleando con la lengua. Miles de
seres omnipotentes adhieren sus patas a mi impotencia. Hilos invisibles
alzan mi pene en una suerte de ceremonia recurrente. Belleza dilapidada
por los huesos enterrados bajo mi cama (desde que dormiste en ella, algo
me evita: ahora duermo en el sofá).
La muerte que es celosa y es mujer, habrá de conquistarme de nuevo y esta
vez no habrá elección si asumimos que se trataba de un desposeído de ti y
de los muros de una ciudad trazada con hilos de ausencia.
Los buenos pactos se firman con sangre. Devuélveme mi sangre, para poder
pactar mi condición de desangrado.
III.
La luna del foco y el foco de la luna, son dos sucesos clavados en una
tabla.
IV.
“Sabés hacer cuchillos
con un instante del amor”
JUAN GELMAN. Anunciaciones.
La piel concede... Todas nuestras versiones se fueron dejando agujerear
por una memoria pálida. Habría que desnucar tu ausencia con los escudos de
tu imagen rabiosa. Prometiste el mar en un juego de latidos y ficciones, y
no dejaste ni la intención de un grifo agrietado. Eso eres, ausencia: todo
en huelga. Eres mi odio preferido. Dilección de salvedades. Habría que
escurrir tus ventanas para poder no-verte. Pero el agua se ha vuelto
delirio. Habría que dejar de soñar con tu condición de mujer invadida por
banderas. Renunciar a “empavesarte”, como diría Cristina. Cuerpar, a lo
Juan Gelman.
¿Por qué insistes en decapitar lo que no tiene cabeza? Vaya si eres
testaruda, libélula que estrena sus escamas, fanática e inflexible con
esos ojos que no te merecen, por la sencilla razón del cíclope. Estás
demasiado espantapájaros para mis maizales perpetuados en un tablón. Estás
demasiado círculo para mis dados ermitaños. Para mis uñas de crepúsculo
del círculo polar. No entregues las llaves de tu nada. Entrégate tú con
las flores del pelo escurriendo de tus uñas hipocondríacas. Devuélveme el
cuerpo que jugamos a desaparecer en el espiral amarillo de labios
espantados, de dientes ensangrentados por la ferocidad de una caricia. Con
el aliento-simulacro de tus costillas repujadas por las truchas frenéticas
de mi olfato. Te sé de memoria porque no tengo memoria. Te sé desde las
raíces de tu condición de no-árbol. Te sé con la nariz ajetreada por tus
puñados de harina tóxica. Por tus batracios azucarados enredándose en mis
dedos en plena vendimia de acero y pupilas rotas. Deja de venir a la
inversa. Aléjate... pero muy cerca. Que todavía pueda verte. Enemigo
herido por sus propias huestes. Te presto las mías para que amamantes la
ciudad atornillada por mendigos y borrachos. Tú que en ves de leche,
guardas una biblioteca para ciegos entre los pechos.

FERNANDO VARGAS VALENCIA es poeta colombiano nacido en Bogotá en 1984.
Ha publicado dos libros de poesía. Coordinador de la Sección Literaria de
la Revista SOMOS - Libertad Bajo Palabra, revsita cultural de la
Universidad Externado de Colombia. Director de la Revista Poética FATA
MORGANA. Estudiante de Derecho. Ha sido publicado en varios portales
literarios e incluído en varias antologías de poesía hispanoamericana. |