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DIEZ HOJAS DEL ÁRBOL YO
A mi buen hermano del corazón, el Sr.
Monrabal Trigo
NO MÁS DE VEINTE LÍNEAS
No dudo que veinte líneas han de ser suficientes,
obra bien quien aprende a respetar su espacio.
Mágico juego es éste de sujetarse a veinte,
abreviar el discurso sin que quede truncado;
saber desde el principio el fin que se persigue,
despejar los temores, alejar los fantasmas,
enarbolar la pluma de nuestro Word insigne,
venerar con el verso a Bill Gates desde el alma.
Entonces, veinte líneas suena a número áureo,
imposible es sentir cercado el infinito;
nace el verso y le da sentido al diccionario
tratando a la palabra como una madre al hijo.
Escribo cada verso pensando que hasta veinte
líneas puede tener el poema elegido.
Imploro inspiración y las musas al verme
navegan laboriosas cada verso que escribo.
Está cerca el final, se avista el horizonte,
anclo aquí y con mi espada he de grabar mi sello;
suman veinte los signos que conforman mi nombre,
con acento incluido: Daniel Adrián Madeiro.
MIENTRAS LA CALLE SE UFANA...
Mientras la calle se ufana
de ser la imagen del progreso,
con sus autos, sus camiones,
sus luces, sus negocios,
sus transeúntes urgidos al trabajo,
a la compra y a la venta,
a esta cara nueva de la lucha antigua,
a este escenario selvático hormigonado
donde persiste la supervivencia del más apto;
mientras los corazones palpitan,
el cerebro no piensa,
y sólo el instinto camina con los hombres
junto a una ilusoria sensación de grandeza,
de bienestar, de triunfo;
mientras todo se desarrolla como antaño,
como desde las cavernas viene siendo;
mientras las mayorías están en eso,
unos ganando, otros perdiendo,
unos en paz, otros en guerra,
felices o perdidos,
saciados o hambrientos:
ya sin garrotes,
ni lanzas,
ni fechas,
con fuerza y tecnología,
abrazados a su amada malicia,
unos pocos, que se muestran enfrentados,
acuerdan en secreto
cómo será el futuro.
FATALIDAD
La semana pasada conversamos
de la familia,
del trabajo,
del futuro;
nos abrazamos al partir
y cada uno
se fue a vivir
alegre con la vida.
No volví a verlo hasta hoy
y hay una herida
que desangra en mis ojos azorados,
al verlo hundido
en un sueño sin salida,
ajeno a todos
los sueños que nos contamos.
EL TECHO DE CHAPAS...
El techo de chapas me relata:
comenzó a llover torrencialmente,
si sales, no te bastará un paraguas;
bajo aquel toldo parapétase la gente.
Se inundó la cuadra. Como siempre,
no dan abasto los desagües de la esquina;
el agua arrastra hojas, ramas y papeles.
juegan en la ventana los hijos de tu vecina.
Las gotas al caer sobre el asfalto
hacen burbujas que son, según las viejas,
señal segura que lloverá todo el día,
y será así, lo sé por experiencia.
DIGO DIOS
Cuando yo digo DIOS
estoy diciendo Todo
y a la vez estoy diciendo Nada;
digo Universo Infinito y Big Bang,
y Agujero Negro tragando una galaxia;
digo Luz y Sombra,
Vida y Muerte;
el Resplandor más fuerte,
la Oscuridad más cerrada;
digo el Desierto más grande que imagines
y a un mismo tiempo
la mayor fuente de Agua.
Digo todo lo que Existe y lo que No,
y por si no fuera clara mi palabra
digo CREADOR, pero no digo nunca
deificación de una cosa creada.
CON MONÓTONA TRISTEZA...
Con monótona tristeza, siempre siento
en las horas que paso en mi trabajo
(lío de oficinas, anuarios financieros,
planillas, ordenadores, biblioratos),
que no hay nada mío en este sitio.
En sus balances sólo se ven datos
de fríos números ante los que añoro
las cálidas palomas de tus manos.
No están allí los besos de mis hijos,
ni los ladridos de mi perro Pancho,
ni mi cotorra australiana Lechuguin.
Y, pensándolo bien, hasta yo falto,
pues no soy yo ese en el escritorio,
ese, mas bien, es un espantapájaros
porque no vuelan los poemas por el cielo
fluorescente del lugar donde trabajo.
VEINTICUATRO HORAS
Pongamos por caso que es la hora cero,
la señal que marca que ya es otro día,
cuando una mujer en el hemisferio
austral o boreal, da a luz una vida.
Inflexibles siguen las dos manecillas
del reloj su viaje hasta la hora una,
y atrás se quedaron biberón, papilla,
y una cama adulta reemplaza a la cuna.
Ya sobre sus piernas se mueve ligero
e independiente el ser; parlotea
y hace preguntas, y elige su juego,
y en una hora más entrará en la escuela.
Seguirá el reloj su avance severo;
el ser sentirá que el tiempo lo asedia;
será adolescente: Intelecto y fuego;
dirán las saetillas que son cuatro y media.
Se vendrá de golpe, sin pedir permiso,
el deseo ardiente de amar otra piel;
lo envolverán una y otra vez hechizos
de amor y de angustia, de dulzura y hiel.
Bastan pocas horas para muchos años
a esta alegoría que pinta la vida;
minutos de triunfos y de desengaños;
segundos de gloria y de cobardía.
Pero no detiene el tictac su rueda,
y envejece al ser a cada momento;
ya con más de veinte se afana y no juega;
son más de las siete; queda menos tiempo.
Trabaja en aquello que le dio su sino,
puede que en su sueño o en lo que encontró;
que no todos logran andar el camino
propicio que guía a la consagración.
De un momento a otro, en pocos minutos,
estará casado, pleno de alegría;
correrá su tiempo y un ser diminuto
cerca de las nueve entrará en su vida.
Andará por treinta un ser más completo,
con trabajo, amor, hijos y esperanzas,
y, junto con esto, un presentimiento:
mucho hay por hacer y es la vida escasa.
El reloj sentencia que han dado las doce,
el ser ha vivido muchas cosas nuevas,
comprendió que sólo con amor hay goce
y que, con los hijos, la vida es más plena.
Enfrentará lleno de amor a los suyos
todo desafío que se le presente;
quizá halla advertido que cada segundo
que no se vivió se va para siempre.
Crecerán sus hijos y se casarán,
poblarán arrugas la otrora tez lisa;
el tiempo sin pausa firme avanzará
y un día sus ojos verán la sonrisa
de hijos de sus hijos, su carné de abuelo,
los nietos que obligan a tejer mantillas,
a patear balones, a andar de paseo,
en tanto que avanzan las dos manecillas.
Y serán las quince y las dieciséis,
y las diecisiete y una hora más tarde
ya el trabajo fuerte será algo de ayer,
la jubilación vendrá a visitarle.
Le quedarán pocas horas al reproche,
se hará una fiesta el día por vivir,
y cuando el reloj marque medianoche
todo habrá acabado, no habrá que decir.
QUE NO PASE
Sonreían.
Los pequeños jugaban
felices en la plaza.
Se casaban los novios
y hacían una fiesta.
Agradecían.
Los creyentes cantaban
elevando sus almas
y en las mentes ateas
danzaba una utopía.
Planificaban.
Construían sus casas,
iban a las escuelas,
cumplían con sus trabajos,
pensaban el futuro.
Descansaban.
Por las noches dormían
un sueño muy tranquilo.
Gozaban del reposo
los fines de semana.
Y un día cambió todo.
Los lastimó la guerra.
CÁNTAME...
Cántame.
Lanza el fuego.
Que la agitación selle
mi corazón al tuyo.
Atardece en mi cuerpo,
amanece en mis manos,
llueve sobre mi pecho,
graniza en mis cabellos
y lléname de lunas
y soles y horizontes,
esta humana fortuna
de tu amor en mi vida.
CAMINO A LA UNIÓN
En mi juventud soñaba
con una única bandera
ondeando sobre todo el orbe,
igual en toda la Tierra.
Han pasado varios años
y aun sostengo esa idea.
Pero ya no veo prudente
que solo una sea la enseña,
pues ello no reflejaría
la diversidad de ideas,
lo que cada pueblo es,
aquello que su bandera
resguarda bajo el diseño
con colores y viñetas:
su historia, su folclor,
a su gente y su sapiencia.
Por ello, propongo entonces
que una foto del planeta
se incorpore a cada una
de todas nuestras banderas;
en un ángulo, en el centro,
en donde mejor se vea,
y sea así un recordatorio
de esta única casa nuestra,
que es propiedad de todos
pero nadie es dueño de ella;
que como decían los indios
que habitaron en América:
“no es herencia de los padres,
nuestros hijos nos la prestan”,
y diciendo así enseñaron
el deber de protegerla.
Será tu labor, si quieres,
ayudar a esta propuesta;
impulsar el surgimiento
de una nueva conciencia
que cuando piense en países
ya no tema a las fronteras,
que por encima de todas
las humanas diferencias
ame a la Tierra, su casa,
y a los hijos que ella alberga.

DANIEL ADIÁN MADEIRO es escritor argentino, nacido en 1957,
residente en la Provincia de Buenos Aires. Autor de poemas, cuentos,
narraciones, artículos y ensayos. |