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La
novela en el tranvía
Benito Pérez Galdós

[Nota preliminar: edición digital a partir de la de La Ilustración, 30
de noviembre y 15 de diciembre, 1871.]
- I -
El coche partía de la extremidad del barrio de Salamanca, para atravesar
todo Madrid en dirección al de Poza. Impulsado por el egoísta deseo de
tomar asiento antes que las demás personas movidas de iguales
intenciones, eché mano a la barra que sustenta la escalera de la
imperial, puse el pie en la plataforma y subí; pero en el mismo instante
¡oh previsión! tropecé con otro viajero que por el opuesto lado entraba.
Le miro y reconozco a mi amigo el Sr. D. Dionisio Cascajares de la
Vallina, persona tan inofensiva como discreta, que tuvo en aquella
crítica ocasión la bondad de saludarme con un sincero y entusiasta
apretón de manos.
Nuestro inesperado choque no había tenido consecuencias de consideración,
si se exceptúa la abolladura parcial de cierto sombrero de paja puesto
en la extremidad de una cabeza de mujer inglesa, que tras de mi amigo
intentaba subir, y que sufrió, sin duda por falta de agilidad, el
rechazo de su bastón.
Nos sentamos sin dar al percance exagerada importancia, y empezamos a
charlar. El señor don Dionisio Cascajares es un médico afamado, aunque
no por la profundidad de sus conocimientos patológicos, y un hombre de
bien, pues jamás se dijo de él que fuera inclinado a tomar lo ajeno, ni
a matar a sus semejantes por otros medios que por los de su peligrosa y
científica profesión. Bien puede asegurarse que la amenidad de su trato
y el complaciente sistema de no dar a los enfermos otro tratamiento que
el que ellos quieren, son causa de la confianza que inspira a multitud
de familias de todas jerarquías, mayormente cuando también es fama que
en su bondad sin límites presta servicios ajenos a la ciencia, aunque
siempre de índole rigurosamente honesta.
Nadie sabe como él sucesos interesantes que no pertenecen al dominio
público, ni ninguno tiene en más estupendo grado la manía de preguntar,
si bien este vicio de exagerada inquisitividad se compensa en él por la
prontitud con que dice cuanto sabe, sin que los demás se tomen el
trabajo de preguntárselo. Júzguese por esto si la compañía de tan
hermoso ejemplar de la ligereza humana será solicitada por los curiosos
y por los lenguaraces.
Este hombre, amigo mío, como lo es de todo el mundo, era el que sentado
iban junto a mí cuando el coche, resbalando suavemente por su calzada de
hierro, bajaba la calle de Serrano, deteniéndose alguna vez para llenar
los pocos asientos que quedaban ya vacíos. Íbamos tan estrechos que me
molestaba grandemente el paquete de libros que conmigo llevaba, y ya le
ponía sobre esta rodilla, ya sobre la otra, ya por fin me resolví a
sentarme sobre él, temiendo molestar a la señora inglesa, a quien cupo
en suerte colocarse a mi siniestra mano.
-¿Y usted a dónde va? -me preguntó Cascajares, mirándome por encima de
sus espejuelos azules, lo que hacía el efecto de ser examinado por
cuatro ojos.
Contestéle evasivamente, y él, deseando sin duda no perder aquel rato
sin hacer alguna útil investigación, insistió en sus preguntas diciendo:
-Y Fulanito, ¿qué hace? Y Fulanita, ¿dónde está? con otras indagatorias
del mismo jaez, que tampoco tuvieron respuesta cumplida.
Por último, viendo cuán inútiles eran sus tentativas para pegar la hebra,
echó por camino más adecuado a su expansivo temperamento y empezó a
desembuchar.
-¡Pobre condesa! -dijo expresando con un movimiento de cabeza y un
visaje, su desinteresada compasión-. Si hubiera seguido mis consejos no
se vería en situación tan crítica.
-¡Ah! es claro, -contesté maquinalmente, ofreciendo también el tributo
de mi compasión a la señora condesa.
-¡Figúrese usted -prosiguió-, que se han dejado dominar por aquel hombre!
Y aquel hombre llegará a ser el dueño de la casa. ¡Pobrecilla! Cree que
con llorar y lamentarse se remedia todo, y no. Urge tomar una
determinación. Porque ese hombre es un infame, le creo capaz de los
mayores crímenes.
-¡Ah! ¡Si es atroz! -dije yo, participando irreflexivamente de su
indignación.
-Es como todos los hombres de malos instintos y de baja condición que si
se elevan un poco, luego no hay quien los sufra. Bien claro indica su
rostro que de allí no puede salir cosa buena.
-Ya lo creo, eso salta a la vista.
-Le explicaré a usted en breves palabras. La Condesa es una mujer
excelente, angelical, tan discreta como hermosa, y digna por todos
conceptos de mejor suerte. Pero está casada con un hombre que no
comprende el tesoro que posee, y pasa la vida entregado al juego y a
toda clase de entretenimientos ilícitos. Ella entretanto se aburre y
llora. ¿Es extraño que trate de sofocar su pena divirtiéndose
honestamente aquí y allí, donde quiera que suena un piano? Es más, yo
mismo se lo aconsejo y le digo: «Señora, procure usted distraerse, que
la vida se acaba. Al fin el señor Conde se ha de arrepentir de sus
locuras y se acabarán las penas». Me parece que estoy en lo cierto.
-¡Ah! sin duda -contesté con oficiosidad, continuando en mis adentros
tan indiferente como al principio a las desventuras de la Condesa.
-Pero no es eso lo peor -añadió Cascajares, golpeando el suelo con su
bastón-, sino que ahora el señor Conde ha dado en la flor de estar
celoso... sí, de cierto joven que se ha tomado a pechos la empresa de
distraer a la Condesa.
-El marido tendrá la culpa de que lo consiga.
-Todo eso sería insignificante, porque la Condesa es la misma virtud;
todo eso sería insignificante, digo, si no existiera un hombre
abominable que sospecho ha de causar un desastre en aquella casa.
-¿De veras? ¿Y quién es ese hombre? -pregunté con una chispa de
curiosidad.
-Un antiguo mayordomo muy querido del Conde, y que se ha propuesto
martirizar a la infeliz cuanto sensible señora. Parece que se ha
apoderado de cierto secreto que la compromete, y con esta arma
pretende... qué sé yo... ¡Es una infamia!
-Sí que lo es, y ello merece un ejemplar castigo -dije yo, descargando
también el peso de mis iras sobre aquel hombre.
-Pero ella es inocente; ella es un ángel... Pero, ¡calle! estamos en la
Cibeles. Sí: ya veo a la derecha el parque de Buenavista. Mande usted
parar, mozo; que no soy de los que hacen la gracia de saltar cuando el
coche está en marcha, para descalabrarse contra los adoquines. Adiós, mi
amigo, adiós.
Paró el coche y bajó D. Dionisio Cascajares y de la Vallina, después de
darme otro apretón de manos y de causar segundo desperfecto en el
sombrero de la dama inglesa, aún no repuesta del primitivo susto.
- II -
Siguió el ómnibus su marcha y ¡cosa singular! yo a mi vez seguí pensando
en la incógnita Condesa, en su cruel y suspicaz consorte, y sobre todo
en el hombre siniestro que, según la enérgica expresión del médico, a
punto estaba de causar un desastre en la casa. Considera, lector, lo que
es el humano pensamiento: cuando Cascajares principió a referirme
aquellos sucesos, yo renegaba de su inoportunidad y pesadez, mas poco
tardó mi mente en apoderarse de aquel mismo asunto, para darle vueltas
de arriba abajo, operación psicológica que no deja de ser estimulada por
la regular marcha del coche y el sordo y monótono rumor de sus ruedas,
limando el hierro de los carriles.
Pero al fin dejé de pensar en lo que tan poco me interesaba, y
recorriendo con la vista el interior del coche, examiné uno por uno a
mis compañeros de viaje. ¡Cuán distintas caras y cuán diversas
expresiones! Unos parecen no inquietarse ni lo más mínimo de los que van
a su lado; otros pasan revista al corrillo con impertinente curiosidad;
unos están alegres, otros tristes, aquél bosteza, el de más allá ríe, y
a pesar de la brevedad del trayecto, no hay uno que no desee terminarlo
pronto. Pues entre los mil fastidios de la existencia, ninguno aventaja
al que consiste en estar una docena de personas mirándose las caras sin
decirse palabra, y contándose recíprocamente sus arrugas, sus lunares, y
este o el otro accidente observado en el rostro o en la ropa.
Es singular este breve conocimiento con personas que no hemos visto y
que probablemente no volveremos a ver. Al entrar, ya encontramos a
alguien; otros vienen después que estamos allí; unos se marchan,
quedándonos nosotros, y por último también nos vamos. Imitación es esto
de la vida humana, en que el nacer y el morir son como las entradas y
salidas a que me refiero, pues van renovando sin cesar en generaciones
de viajeros el pequeño mundo que allí dentro vive. Entran, salen; nacen,
mueren... ¡Cuántos han pasado por aquí antes que nosotros! ¡Cuántos
vendrán después!
Y para que la semejanza sea más completa, también hay un mundo chico de
pasiones en miniatura dentro de aquel cajón. Muchos van allí que se nos
antojan excelentes personas, y nos agrada su aspecto y hasta les vemos
salir con disgusto. Otros, por el contrario, nos revientan desde que les
echamos la vista encima: les aborrecemos durante diez minutos;
examinamos con cierto rencor sus caracteres frenológicos y sentimos
verdadero gozo al verles salir. Y en tanto sigue corriendo el vehículo,
remedo de la vida humana; siempre recibiendo y soltando, uniforme,
incansable, majestuoso, insensible a lo que pasa en su interior; sin que
le conmuevan ni poco ni mucho las mal sofocadas pasioncillas de que es
mudo teatro: siempre corriendo, corriendo sobre las dos interminables
paralelas de hierro, largas y resbaladizas como los siglos.
Pensaba en esto mientras el coche subía por la calle de Alcalá, hasta
que me sacó del golfo de tan revueltas cavilaciones el golpe de mi
paquete de libros al caer al suelo. Recogílo al instante; mis ojos se
fijaron en el pedazo de periódico que servía de envoltorio a los
volúmenes, y maquinalmente leyeron medio renglón de lo que allí estaba
impreso. De súbito, sentí vivamente picada mi curiosidad: había leído
algo que me interesaba, y ciertos nombres esparcidos en el pedazo de
folletín hirieron a un tiempo la vista y el recuerdo. Busqué el
principio y no lo hallé: el papel estaba roto, y únicamente pude leer,
con curiosidad primero y después con afán creciente, lo que sigue:
«Sentía la condesa una agitación indescriptible. La presencia de Mudarra,
el insolente mayordomo, que olvidando su bajo origen atrevíase a poner
los ojos en persona tan alta, le causaba continua zozobra. El infame la
estaba espiando sin cesar, la vigilaba como se vigila a un preso. Ya no
le detenía ningún respeto, ni era obstáculo a su infame asechanza la
sensibilidad y delicadeza de tan excelente señora.
»Mudarra penetró a deshora en la habitación de la Condesa, que pálida y
agitada, sintiendo a la vez vergüenza y terror, no tuvo ánimo para
despedirle.
»-No se asuste usía, señora Condesa -dijo con forzada y siniestra
sonrisa, que aumentó la turbación de la dama-; no vengo a hacer a usía
daño alguno.
»-¡Oh, Dios mío! ¡Cuándo acabará este suplicio, -exclamó la dama,
dejando caer sus brazos con desaliento-. Salga usted; yo no puedo
acceder a sus deseos. ¡Qué infamia! ¡Abusar de ese modo de mi debilidad,
y de la indiferencia de mi esposo, único autor de tantas desdichas!
»-¿Por qué tan arisca señora Condesa? -añadió el feroz mayordomo-. Si yo
no tuviera el secreto de su perdición en mi mano; si yo no pudiera
imponer al señor Conde de ciertos particulares... pues... referentes a
aquel caballerito... Pero, no abusaré, no, de estas terribles armas.
Usted me comprenderá al fin, conociendo cuán desinteresado es el grande
amor que ha sabido
inspirarme.
»Al decir esto, Mudarra dio algunos pasos hacia la Condesa, que se alejó
con horror y repugnancia de aquel monstruo.
»Era Mudarra un hombre como de cincuenta años, moreno, rechoncho y
patizambo, de cabellos ásperos y en desorden, grande y colmilluda la
boca. Sus ojos medio ocultos tras la frondosidad de largas, negras y
espesísimas cejas, en aquellos instantes expresaban la más bestial
concupiscencia.
»-¡Ah puerco espín! -exclamó con ira al ver el natural despego de la
dama-. ¡Qué desdicha no ser un mozalvete almidonado! Tanto remilgo
sabiendo que puedo informar al señor Conde... Y me creerá, no lo dude
usía: el señor Conde tiene en mí tal confianza, que lo que yo digo es
para él el mismo Evangelio... pues... y como está celoso... si yo le
presento el papelito...
»-¡Infame! -gritó la Condesa con noble arranque de indignación y
dignidad-. Yo soy inocente; y mi esposo no será capaz de prestar oídos a
tan viles calumnias. Y aunque fuera culpable prefiero mil veces ser
despreciada por mi marido y por todo el mundo, a comprar mi tranquilidad
a ese precio. Salga usted de aquí al instante.
»-Yo también tengo mal genio, señora Condesa -dijo el mayordomo
devorando su rabia-; yo también gasto mal genio, y cuando me amosco...
Puesto que usía lo toma por la tremenda, vamos por la tremenda. Ya sé lo
que tengo que hacer, y demasiado condescendiente he sido hasta aquí. Por
última vez propongo a usía que seamos amigos, y no me ponga en el caso
de hacer un disparate... con que señora mía...
»Al decir esto Mudarra contrajo la pergaminosa piel y los rígidos
tendones de su rostro haciendo una mueca parecida a una sonrisa, y dio
algunos pasos como para sentarse en el sofá junto a la Condesa. Esta se
levantó de un salto gritando:
»-No; ¡salga usted! ¡Infame! Y no tener quien me defienda... ¡Salga
usted!»
«El mayordomo, entonces, era como una fiera a quien se escapa la presa
que ha tenido un momento antes entre sus uñas. Dio un resoplido, hizo un
gesto de amenaza y salió despacio con pasos muy quedos. La Condesa,
trémula y sin aliento, refugiada en la extremidad del gabinete, sintió
las pisadas que alejándose se perdían en la alfombra de la habitación
inmediata, y respiró al fin cuando le consideró lejos. Cerró las puertas
y quiso dormir; pero el sueño huía de sus ojos, aún aterrados con la
imagen del monstruo.
»Capítulo XI. - El Complot. -Mudarra, al salir de la habitación de la
Condesa, se dirigió a la suya, y dominado por fuerte inquietud nerviosa,
comenzó a registrar cartas y papeles diciendo entre dientes: «Ya no me
aguanto más; me las pagará todas juntas.» Después se sentó, tomó la
pluma, y poniendo delante una de aquellas cartas, y examinándola bien,
empezó a escribir otra, tratando de remedar la letra. Mudaba la vista
con febril ansiedad del modelo a la copia, y por último, después de gran
trabajo escribió con caracteres enteramente iguales a los del modelo, la
carta siguiente, cuyo sentido era de su propia cosecha: Había prometido
a usted una entrevista y me apresuro...»
El folletín estaba roto y no pude leer más.
- III -
Sin apartar la vista del paquete, me puse a pensar en la relación que
existía entre las noticias sueltas que oí de boca del Sr. Cascajares y
la escena leída en aquel papelucho, folletín, sin duda, traducido de
alguna desatinada novela de Ponson du Terrail o de Montepin. Será una
tontería, dije para mí, pero es lo cierto que ya me inspira interés esa
señora Condesa, víctima de la barbarie de un mayordomo imposible, cual
no existe sino en la trastornada cabeza de algún novelista nacido para
aterrar a las gentes sencillas. ¿Y qué haría el maldito para vengarse?
Capaz sería de imaginar cualquiera atrocidad de esas que ponen fin a un
capítulo de sensación. ¿Y el Conde, qué hará? Y aquel mozalvete de quien
hablaron, Cascajares en el coche y Mudarra en el folletín, ¿qué hará,
quién será? ¿Qué hay entre la Condesa y ese incógnito caballerito? Algo
daría por saber...
Esto pensaba, cuando alcé los ojos, recorrí con ellos el interior del
coche, y ¡horror! vi una persona que me hizo estremecer de espanto.
Mientras estaba yo embebido en la interesante lectura del pedazo de
folletín, el tranvía se había detenido varias veces para tomar o dejar
algún viajero. En una de estas ocasiones había entrado aquel hombre,
cuya súbita presencia me produjo tan grande impresión. Era él, Mudarra,
el mayordomo en persona, sentado frente a mí, con sus rodillas tocando
mis rodillas. En un segundo le examiné de pies a cabeza y reconocí las
facciones cuya descripción había leído. No podía ser otro: hasta los más
insignificantes detalles de su vestido indicaban claramente que era él.
Reconocí la tez morena y lustrosa, los cabellos indomables, cuyas mechas
surgían en opuestas direcciones como las culebras de Medusa, los ojos
hundidos bajo la espesura de unas agrestes cejas, las barbas, no menos
revueltas e incultas que el pelo, los pies torcidos hacia dentro como
los de los loros, y en fin, la misma mirada, el mismo hombre en el
aspecto, en el traje, en el respirar, en el toser, hasta en el modo de
meterse la mano en el bolsillo para pagar.
De pronto le vi sacar una cartera, y observé que este objeto tenía en la
cubierta una gran M dorada, la inicial de su apellido. Abrióla, sacó una
carta y miró el sobre con sonrisa de demonio, y hasta me pareció que
decía entre dientes:
«¡Qué bien imitada está la letra!» En efecto, era una carta pequeña, con
el sobre garabateado por mano femenina. Lo miró bien, recreándose en su
infame obra, hasta que observó que yo con curiosidad indiscreta y
descortés alargaba demasiado el rostro para leer el sobrescrito.
Dirigióme una mirada que me hizo el efecto de un golpe, y guardó su
cartera.
El coche seguía corriendo, y en el breve tiempo necesario para que yo
leyera el trozo de novela, para que pensara un poco en tan extrañas
cosas, para que viera al propio Mudarra, novelesco, inverosímil,
convertido en ser vivo y compañero mío en aquel viaje, había dejado
atrás la calle de Alcalá, atravesaba la Puerta del Sol y entraba
triunfante en la calle Mayor, abriéndose paso por entre los demás
coches, haciendo correr a los carromatos rezagados y perezosos, y
ahuyentando a los peatones, que en el tumulto de la calle, y aturdidos
por la confusión de tantos y tan diversos ruidos, no ven a la mole que
se les viene encima sino cuando ya la tienen a muy poca distancia.
Seguía yo contemplando aquel hombre como se contempla un objeto de cuya
existencia real no estamos seguros, y no quité los ojos de su repugnante
facha hasta que no le vi levantarse, mandar parar el coche y salir,
perdiéndose luego entre el gentío de la calle.
Salieron y entraron varias personas y la decoración viviente del coche
mudó por completo.
Cada vez era más viva la curiosidad que me inspiraba aquel suceso, que
al principio podía considerar como forjado exclusivamente en mi cabeza
por la coincidencia de varias sensaciones ocasionadas por la
conversación o por la lectura, pero que al fin se me figuraba cosa
cierta y de indudable realidad.
Cuando salió el hombre en quien creí ver el terrible mayordomo, quedéme
pensando en el incidente de la carta y me lo expliqué a mi manera, no
queriendo ser en tan delicada cuestión menos fecundo que el novelista,
autor de lo que momentos antes había leído. Mudarra, pensé, deseoso de
vengarse de la Condesa ¡oh, infortunada señora! finge su letra y escribe
una carta a cierto caballerito, con quien hubo esto y lo otro, y lo de
más allá. En la carta le da una cita en su propia casa; llega el joven a
la hora indicada y poco después el marido, a quien se ha tenido cuidado
de avisar, para que coja in fraganti a su desleal esposa: ¡oh admirable
recurso del ingenio! Esto, que en la vida tiene su pro y su contra, en
una novela viene como anillo al dedo. La dama se desmaya, el amante se
turba, el marido hace una atrocidad, y detrás de la cortina está el
fatídico semblante del mayordomo que se goza en su endiablada venganza.
Lector yo de muchas y muy malas novelas, di aquel giro a la que
insensiblemente iba desarrollándose en mi imaginación por las palabras
de mi amigo, la lectura de un trozo de papel y la vista de un
desconocido.
- IV -
Andando, andando seguía el coche y ya por causa del calor que allí
dentro se sentía, ya porque el movimiento pausado y monótono del
vehículo produce cierto marco que degenera en sueño, lo cierto es que
sentí pesados los párpados, me incliné del costado izquierdo, apoyando
el codo en el paquete de libros, y cerré los ojos. En esta situación
continué viendo la hilera de caras de ambos sexos que ante mí tenía,
barbadas unas, limpias de pelo las otras, aquéllas riendo, éstas muy
acartonadas y serias. Después me pareció que obedeciendo a la
contracción de un músculo común, todas aquellas caras hacían muecas y
guiños, abriendo y cerrando los ojos y las bocas, y mostrándome
alternativamente una serie de dientes que variaban desde los más blancos
hasta los más amarillos, afilados unos, romos y gastados los otros.
Aquellas ocho narices erigidas bajo diez y seis ojos diversos en color y
expresión, crecían o menguaban, variando de forma; las bocas se abrían
en línea horizontal, produciendo mudas carcajadas, o se estiraban hacia
adelante formando hocicos puntiagudos, parecidos al interesante rostro
de cierto benemérito animal que tiene sobre sí el anatema de no poder
ser nombrado.
Por detrás de aquellas ocho caras, cuyos horrendos visajes he descrito,
y al través de las ventanillas del coche, yo veía la calle, las casas y
los transeúntes, todo en veloz carrera, como si el tranvía anduviera con
rapidez vertiginosa. Yo por lo menos creía que marchaba más aprisa que
nuestros ferrocarriles, más que los franceses, más que los ingleses, más
que los norte-americanos; corría con toda la velocidad que puede suponer
la imaginación, tratándose de la traslación de lo sólido.
A medida que era más intenso aquel estado letargoso, se me figuraba que
iban desapareciendo las casas, las calles, Madrid entero. Por un
instante creí que el tranvía corría por lo más profundo de los mares: al
través de los vidrios se veían los cuerpos de cetáceos enormes, los
miembros pegajosos de una multitud de pólipos de diversos tamaños. Los
peces chicos sacudían sus colas resbaladizas contra los cristales, y
algunos miraban adentro con sus grandes y dorados ojos. Crustáceos de
forma desconocida, grandes moluscos, madréporas, esponjas y una multitud
de bivalvos grandes y deformes cual nunca yo los había visto, pasaban
sin cesar. El coche iba tirado por no sé qué especie de nadantes
monstruos, cuyos remos, luchando con el agua, sonaban como las paletadas
de una hélice, tornillaban la masa líquida, con su infinito voltear.
Esta visión se iba extinguiendo: después parecióme que el coche corría
por los aires, volando en dirección fija y sin que lo agitaran los
vientos. Al través de los cristales no se veía nada, más que espacio:
las nubes nos envolvían a veces; una lluvia violenta y repentina
tamborileaba en la imperial; de pronto salíamos al espacio puro,
inundado de sol, para volver de nuevo a penetrar en el vaporoso seno de
celajes inmensos, ya rojos, ya amarillos, tan pronto de ópalo como de
amatista, que iban quedándose atrás en nuestra marcha. Pasábamos luego,
por un sitio del espacio en que flotaban masas resplandecientes de un
finísimo polvo de oro: más adelante, aquella polvareda que a mí se me
antojaba producida por el movimiento de las ruedas triturando la luz,
era de plata, después verde como harina de esmeraldas, y por último,
roja como harina de rubís. El coche iba arrastrado por algún volátil
apocalíptico, más fuerte que el hipogrifo y más atrevido que el dragón;
y el rumor de las ruedas y de la fuerza motriz recordaba el zumbido de
las grandes aspas de un molino de viento, o más bien el de un abejorro
del tamaño de un elefante. Volábamos por el espacio sin fin, sin llegar
nunca; entre tanto la tierra quedábase abajo, a muchas leguas de
nuestros pies; y en la tierra, España, Madrid, el barrio de Salamanca,
Cascajares, la Condesa, el Conde, Mudarra, el incógnito galán, todos
ellos.
Pero no tardé en dormirme profundamente; y entonces el coche cesó de
andar, cesó de volar, y desapareció para mí la sensación de que iba en
el tal coche, no quedando más que el ruido monótono y profundo de las
ruedas, que no nos abandona jamás en nuestras pesadillas dentro de un
tren o en el camarote de un vapor. Me dormí... ¡Oh infortunada Condesa!
la vi tan clara como estoy viendo en este instante el papel en que
escribo; la vi sentada junto a un velador, la mano en la mejilla, triste
y meditabunda como una estatua de la melancolía. A sus pies estaba
acurrucado un perrillo, que me pareció tan triste como su interesante
ama.
Entonces pude examinar a mis anchas a la mujer que yo consideraba como
la desventura en persona. Era de alta estatura, rubia, con grandes y
expresivos ojos, nariz fina, y casi, casi grande, de forma muy correcta
y perfectamente engendrada por las dos curvas de sus hermosas y
arqueadas cejas. Estaba peinada sin afectación, y en esto, como en su
traje, se comprendía que no pensaba salir aquella noche. ¡Tremenda, mil
veces tremenda noche! Yo observaba con creciente ansiedad la hermosa
figura que tanto deseaba conocer, y me pareció que podía leer sus ideas
en aquella noble frente donde la costumbre de la reconcentración mental
había trazado unas cuantas líneas imperceptibles, que el tiempo
convertiría pronto en arrugas.
De repente se abre la puerta dando paso a un hombre. La Condesa dio un
grito de sorpresa y se levantó muy agitada.
-¿Qué es esto? -dijo-. Rafael. Usted... ¿Qué atrevimiento? ¿Cómo ha
entrado usted aquí?
-Señora -contestó el que había entrado, joven de muy buen porte-. ¿No me
esperaba usted? He recibido una carta suya...
-¡Una carta mía! -exclamó más agitada la Condesa-. Yo no he escrito
carta ninguna. ¿Y para qué había de escribirla?
-Señora, vea usted -repuso el joven sacando la carta y mostrándosela-;
es su letra, su misma letra.
-¡Dios mío! ¡Qué infernal maquinación!-dijo la dama con desesperación-.
Yo no he escrito esa carta. Es un lazo que me tienden...
-Señora, cálmese usted... yo siento mucho...
-Sí; lo comprendo todo... Ese hombre infame... Ya sospecho cuál habrá
sido su idea. Salga usted al instante... Pero ya es tarde; ya siento la
voz de mi marido.
En efecto, una voz atronadora se sintió en la habitación inmediata, y al
poco entró el Conde, que fingió sorpresa de ver al galán, y después
riendo con cierta afectación, le dijo:
-¡Oh Rafael!, usted por aquí... ¡Cuánto tiempo!... Venía usted a
acompañar a Antonia... Con eso nos acompañará a tomar el té.
La Condesa y su esposo cambiaron una mirada siniestra. El joven, en su
perplejidad, apenas acertó a devolver al Conde su saludo. Vi que
entraron y salieron criados; vi que trajeron un servicio de té y
desaparecieron después, dejando solos a los tres personajes. Iba a pasar
algo terrible.
Sentáronse: la Condesa parecía difunta, el Conde afectaba una hilaridad
aturdida, semejante a la embriaguez, y el joven callaba, contestándole
sólo con monosílabos. Sirvió el té, y el Conde alargó a Rafael una de
las tazas, no una cualquiera, sino una determinada. La Condesa miró
aquella taza con tal expresión de espanto, que pareció echar en ella
todo su espíritu. Bebieron en silencio, acompañando la poción con muchas
variedades de las sabrosas pastas Huntley and Palmers, y otras
menudencias propias de tal clase de cena. Después el Conde volvió a reír
con la desaforada y ruidosa expansión que le era peculiar aquella noche,
y dijo:
-¡Cómo nos aburrimos! Usted, Rafael, no dice una palabra. Antonia, toca
algo. Hace tanto tiempo que no te oímos. Mira... aquella pieza de
Gottschalk que se titula Morte... La tocabas admirablemente. Vamos,
ponte al piano.
La Condesa quiso hablar, érale imposible articular palabra. El Conde la
miró de tal modo, que la infeliz cedió ante la terrible expresión de sus
ojos, como la paloma fascinada por el boa constrictor. Se levantó
dirigiéndose al piano, y ya allí, el marido debió decirle algo que la
aterro más, acabando de ponerla bajo su infernal dominio. Sonó el piano,
heridas a la vez multitud de cuerdas, y corriendo de las graves a las
agudas, las manos de la dama despertaron en un segundo los centenares de
sonidos que dormían mudos en el fondo de la caja. Al principio era la
música una confusa reunión de sones que aturdía en vez de agradar; pero
luego serenóse aquella tempestad, y un canto fúnebre y temeroso como el
Dies irae surgió de tal desorden. Yo creía escuchar el son triste de un
coro de cartujos, acompañado con el bronco mugido de los fagots.
Sentíanse después ayes lastimeros como nos figuramos han de ser los que
exhalan las ánimas, condenadas en el purgatorio a pedir incesantemente
un perdón que ha de llegar muy tarde.
Volvían luego los arpegios prolongados y ruidosos, y las notas se
encabritaban unas sobre otras como disputándose cuál ha de llegar
primero. Se hacían y deshacían los acordes, como se forma y desbarata la
espuma de las olas. La armonía fluctuaba y hervía en una marejada sin
fin, alejándose hasta perderse, y volviendo más fuerte en grandes y
atropellados remolinos.
Yo continuaba extasiado oyendo la música imponente y majestuosa; no
podía ver el semblante de la Condesa, sentada de espaldas a mí; pero me
la figuraba en tal estado de aturdimiento y pavor, que llegué a pensar
que el piano se tocaba solo.
El joven estaba detrás de ella, el Conde a su derecha, apoyado en el
piano. De vez en cuando levantaba ella la vista para mirarle, pero debía
encontrar expresión muy horrenda en los ojos de su consorte, porque
tornaba a bajar los suyos y seguía tocando. De repente el piano cesó de
sonar y la Condesa dio un grito.
En aquel instante sentí un fortísimo golpe en un hombro, me sacudí
violentamente y desperté.
- V -
En la agitación de mi sueño había cambiado de postura y me había dejado
caer sobre la venerable inglesa que a mi lado iba.
-¡Aaah! usted... sleeping... molestar... me, -dijo con avinagrado mohín,
mientras rechazaba mi paquete de libros que había caído sobre sus
rodillas.
-Señora... es verdad... me dormí -contesté turbado al ver que todos los
viajeros se reían de aquella escena.
-¡Ooo... yo soy... going... to decir al coachman... usted molestar...
mi... usted, caballero...very shocking -añadió la inglesa en su jerga
ininteligible-: ¡Oooh! usted creer... my body es... su camafor usted...
to sleep. ¡Oooh! gentleman, you are a stupid ass.
Al decir esto, la hija de la Gran Bretaña, que era de sí bastante
amoratada, estaba lo mismo que un tomate. Creyérase que la sangre
agolpada a sus carrillos y a su nariz a brotar iba por sus candentes
poros. Me mostraba cuatro dientes puntiagudos y muy blancos, como si me
quisiera roer. Le pedí mil perdones por mi sueño descortés, recogí mi
paquete y pasé revista a las nuevas caras que dentro del coche había.
Figúrate, ¡oh cachazudo y benévolo lector! cuál sería mi sorpresa cuando
vi frente a mí ¿a quién creerás? al joven de la escena soñada, al mismo
D. Rafael en persona. Me restregué los ojos para convencerme de que no
dormía, y en efecto, despierto estaba, y tan despierto como ahora.
Era él mismo, y conversaba con otro que a su lado iba. Puse atención y
escuché con toda mi alma.
-¿Pero tú no sospechaste nada? -le decía el otro.
-Algo, sí; pero callé. Parecía difunta; tal era su terror. Su marido la
mandó tocar el piano y ella no se atrevió a resistir. Tocó, como siempre,
de una manera admirable, y oyéndola llegué a olvidarme de la peligrosa
situación en que nos encontrábamos. A pesar de los esfuerzos que ella
hacía para aparecer serena, llegó un momento en que le fue imposible
fingir más. Sus brazos se aflojaron, y resbalando de las teclas echó la
cabeza atrás y dio un grito. Entonces su marido sacó un puñal, y dando
un paso hacia ella exclamó con furia: «Toca o te mato al instante.» Al
ver esto hirvió mi sangre toda: quise echarme sobre aquel miserable;
pero sentí en mi cuerpo una sensación que no puedo pintarte; creí que
repentinamente se había encendido una hoguera en mi estómago; fuego
corría por mis venas; las sienes me latieron, y caí al suelo sin
sentido.
-Y antes, ¿no conocistes los síntomas del envenenamiento? -le preguntó
el otro.
-Notaba cierta desazón y sospeché vagamente, pero nada más. El veneno
estaba bien preparado, porque hizo el efecto tarde y no me mató, aunque
me ha dejado una enfermedad para toda la vida.
-Y después que perdiste el sentido, ¿qué pasó?
Rafael iba a contestar y yo le escuchaba como si de sus palabras
pendiera un secreto de vida o muerte, cuando el coche paró.
-¡Ah! ya estamos en los Consejos: bajemos -dijo Rafael.
¡Qué contrariedad! Se marchaban, y yo no sabía el fin de la historia.
-Caballero, caballero, una palabra -dije al verlos salir.
El joven se detuvo y me miró.
-¿Y la Condesa? ¿Qué fue de esa señora?, -pregunté con mucho afán.
Una carcajada general fue la única respuesta. Los dos jóvenes riéndose
también, salieron sin contestarme palabra. El único ser vivo que
conservó su serenidad de esfinge en tan cómica escena fue la inglesa,
que indignada de mis extravagancias, se volvió a los demás viajeros
diciendo:
-¡Oooh! A lunatic fellow.
- VI -
El coche seguía, y a mí me abrasaba la curiosidad por saber qué había
sido de la desdichada Condesa. ¿La mató su marido? Yo me hacía cargo de
las intenciones de aquel malvado. Ansioso de gozarse en su venganza,
como todas las almas crueles, quería que su mujer presenciase, sin dejar
de tocar, la agonía de aquel incauto joven llevado allí por una vil
celada de Mudarra.
Mas era imposible que la dama continuara haciendo desesperados esfuerzos
para mantener su serenidad, sabiendo que Rafael había bebido el veneno.
¡Trágica y espeluznante escena! -pensaba, yo, más convencido cada vez de
la realidad de aquel suceso- ¡y luego dirán que estas cosas sólo se ven
en las novelas!
Al pasar por delante de Palacio el coche se detuvo, y entró una mujer
que traía un perrillo en sus brazos. Al instante reconocí al perro que
había visto recostado a los pies de la Condesa; era el mismo, la misma
lana blanca y fina, la misma mancha negra en una de sus orejas. La
suerte quiso que aquella mujer se sentara a mi lado. No pudiendo yo
resistir la curiosidad, le pregunté:
-¿Es de usted ese perro tan bonito?
-¿Pues de quién ha de ser? ¿Le gusta a usted?
Cogí una de las orejas del inteligente animal para hacerle una caricia;
pero él, insensible a mis demostraciones de cariño, ladró, dio un salto
y puso sus patas sobre las rodillas de la inglesa, que me volvió a
enseñar sus dos dientes como queriéndome roer, y exclamó:
-¡Ooooh! usted... unsupportable.
-¿Y dónde ha adquirido usted ese perro? -pregunté sin hacer caso de la
nueva explosión colérica de la mujer británica-. ¿Se puede saber?
-Era de mi señorita.
-¿Y qué fue de su señorita? -dije con la mayor ansiedad.
-¡Ah! ¿Usted la conocía? -repuso la mujer-. Era muy buena, ¿verdá usté?
-¡Oh! excelente... Pero ¿podría yo saber en qué paró todo aquello?
-De modo que usted está enterado, usted tiene noticias...
-Sí, señora... He sabido todo lo que ha pasado, hasta aquello del té...
pues. Y diga usted ¿murió la señora?
-¡Ah! sí señor: está en la gloria.
-¿Y cómo fue eso? ¿La asesinaron, o fue a consecuencia del susto?
-¡Qué asesinato, ni qué susto! -dijo con expresión burlona-. Usted no
está enterado. Fue que aquella noche había comido no sé qué, pues... y
le hizo daño... Le dio un desmayo que le duró hasta el amanecer.
-Bah -pensé yo- ésta no sabe una palabra del incidente del piano y del
veneno, o no quiere darse por entendida.
Después dije en alta voz:
-¿Conque fue de indigestión?
-Sí, señor. Yo le había dicho aquella noche: «señora: no coma usted esos
mariscos»; pero no me hizo caso.
-Conque mariscos ¿eh? -dije con incredulidad-. Si sabré yo lo que ha
ocurrido.
-¿No lo cree usted?
-Sí... sí -repuse aparentando creerlo-. ¿Y el Conde... su marido, el que
sacó el puñal cuando tocaba el piano?
La mujer me miró un instante y después soltó la risa en mis propias
barbas.
-¿Se ríe usted...? ¡Bah! ¿Piensa usted que no estoy perfectamente
enterado? Ya comprendo, usted no quiere contar los hechos como realmente
son. Ya se ve, como habrá causa criminal...
-Es que ha hablado usted de un conde y de una condesa.
-¿No era el ama de ese perro la señora Condesa, a quien el mayordomo
Mudarra...?
La mujer volvió a soltar la risa con tal estrépito, que me desconcerté
diciendo para mi capote: Ésta debe de ser cómplice de Mudarra, y
naturalmente ocultará todo lo que pueda.
-Usted está loco -añadió la desconocida.
-Lunatic, lunatic. Me... suffocated... ¡Oooh! ¡My God!
-Si lo sé todo: vamos, no me lo oculte usted. Dígame de qué murió la
señora Condesa.
-¡Qué condesa ni que ocho cuartos, hombre de Dios! -exclamó la mujer
riendo con más fuerza.
-¡Si creerá usted que me engaña a mí con sus risitas! -contesté-. La
Condesa ha muerto envenenada o asesinada; no me queda la menor duda.
En esto llegó el coche al Barrio de Pozas y yo al término de mi viaje.
Salimos todos: la inglesa me echó una mirada que indicaba su regocijo
por verse libre de mí, y cada cual se dirigió a su destino. Yo seguí a
la mujer del perro aturdiéndola con preguntas, hasta que se metió en su
casa, riendo siempre de mi empeño en averiguar vidas ajenas. Al verme
solo en la calle, recordé el objeto de mi viaje y me dirigí a la casa
donde debía entregar aquellos libros. Devolvílos a la persona que me los
había prestado para leerlos, y me puse a pasear frente al Buen Suceso,
esperando a que saliese de nuevo el coche para regresar al otro extremo
de Madrid.
No podía apartar de la imaginación a la infortunada Condesa, y cada vez
me confirmaba más en mi idea de que la mujer con quien últimamente hablé
había querido engañarme, ocultando la verdad de la misteriosa tragedia.
Esperé mucho tiempo, y al fin, anocheciendo ya, el coche se dispuso a
partir. Entré, y lo primero que mis ojos vieron fue la señora inglesa
sentadita donde antes estaba. Cuando me vio subir y tomar sitio a su
lado, la expresión de su rostro no es definible; se puso otra vez como
la grana, exclamando:
-¡Oooh!... usted... mi quejarme al coachman... usted reventar me for it.
Tan preocupado estaba yo con mis confusiones, que sin hacerme cargo de
lo que la inglesa me decía en su híbrido y trabajoso lenguaje, le
contesté:
-Señora, no hay duda de que la Condesa murió envenenada o asesinada.
Usted no tiene idea de la ferocidad de aquel hombre.
Seguía el coche, y de trecho en trecho deteníase para recoger pasajeros.
Cerca del palacio real entraron tres, tomando asiento enfrente de mí.
Uno de ellos era un hombre alto, seco y huesudo, con muy severos ojos y
un hablar campanudo que imponía respeto.
No hacía diez minutos que estaban allí, cuando este hombre se volvió a
los otros dos y dijo:
-¡Pobrecilla! ¡Cómo clamaba en sus últimos instantes! La bala le entró
por encima de la clavícula derecha y después bajó hasta el corazón.
-¿Cómo? -exclamé yo repentinamente-. ¿Conque fue de un tiro? ¿No murió
de una puñalada?
Los tres me miraron con sorpresa.
-De un tiro, señor -dijo con cierto desabrimiento el alto, seco y
huesoso.
-Y aquella mujer sostenía que había muerto de una indigestión -dije
interesándome más cada vez en aquel asunto-. Cuente usted ¿y cómo fue?
-¿Y a usted qué le importa? -dijo el otro con muy avinagrado gesto.
-Tengo mucho interés por conocer el fin de esa horrorosa tragedia. ¿No
es verdad que parece cosa de novela?
-¿Qué novela ni qué niño muerto? Usted está loco o quiere burlarse de
nosotros.
-Caballerito, cuidado con las bromas -añadió el alto y seco.
-¿Creen ustedes que no estoy enterado? Lo sé todo, he presenciado varias
escenas de ese horrendo crimen. Pero dicen ustedes que la Condesa murió
de un pistoletazo.
-Válgame Dios: nosotros no hemos hablado de Condesa, sino de mi perra, a
quien cazando disparamos inadvertidamente un tiro. Si usted quiere
bromear, puede buscarme en otro sitio, y ya le contestaré como merece.
-Ya, ya comprendo: ahora hay empeño en ocultar la verdad -manifesté
juzgando que aquellos hombres querían desorientarme en mis pesquisas,
convirtiendo en perra a la desdichada señora.
Ya preparaba el otro su contestación, sin duda, más enérgica de lo que
el caso requería, cuando la inglesa se llevó el dedo a la sien, como
para indicarles que yo no regía bien de la cabeza. Calmáronse con esto,
y no dijeron una palabra más en todo el viaje, que terminó para ellos en
la Puerta del Sol. Sin duda me habían tenido miedo.
Yo continuaba tan dominado por aquella idea, que en vano quería serenar
mi espíritu, razonando los verdaderos términos de tan embrollada
cuestión. Pero cada vez eran mayores mis confusiones, y la imagen de la
pobre señora no se apartaba de mi pensamiento. En todos los semblantes
que iban sucediéndose dentro del coche, creía ver algo que contribuyera
a explicar el enigma. Sentía yo una sobreexcitación cerebral espantosa,
y sin duda el trastorno interior debía pintarse en mi rostro, porque
todos me miraban como se mira que no se ve todos los días.
- VII -
Aún faltaba algún incidente que había de turbar más mi cabeza en aquel
viaje fatal. Al pasar por la calle de Alcalá, entró un caballero con su
señora: él quedó junto a mí. Era un hombre que parecía afectado de
fuerte y reciente impresión, y hasta creí que alguna vez se llevó el
pañuelo a los ojos para enjugar las invisibles lágrimas, que sin duda
corrían bajo el cristal verde oscuro de sus descomunales antiparras.
Al poco rato de estar allí, dijo en voz baja a la que parecía ser su
mujer:
-Pues hay sospechas de envenenamiento: no lo dudes. Me lo acaba de decir
D. Mateo. ¡Desdichada mujer!
-¡Qué horror! Ya me lo he figurado también -contestó su consorte-. ¿De
tales cafres qué se podía esperar?
-Juro no dejar piedra sobre piedra hasta averiguarlo.
Yo, que era todo oídos, dije también en voz baja:
-Sí señor; hubo envenenamiento. Me consta.
-¿Cómo, usted sabe? ¿Usted también la conocía? -dijo vivamente el de las
antiparras verdes, volviéndose hacia mí.
-Sí señor; y no dudo que la muerte ha sido violenta, por más que quieran
hacernos creer que fue indigestión.
-Lo mismo afirmo yo. ¡Qué excelente mujer! ¿Pero cómo sabe usted...?
-Lo sé, lo sé -repuse muy satisfecho de que aquel no me tuviera por
loco.
-Luego, usted irá a declarar al juzgado; porque ya se está formando la
sumaria.
-Me alegro, para que castiguen a esos bribones. Iré a declarar, iré a
declarar, sí señor.
A tal extremo había llegado mi obcecación, que concluí por penetrarme de
aquel suceso mitad soñado, mitad leído, y lo creí como ahora creo que es
pluma esto con que escribo.
-Pues sí, señor; es preciso aclarar este enigma para que se castigue a
los autores del crimen. Yo declararé: fue envenenada con una taza de té,
lo mismo que el joven.
-Oye, Petronilla -dijo a su esposa el de las antiparras- con una taza de
té.
-Sí, estoy asombrada -contestó la señora-. ¡Cuidado con lo que fueron a
inventar esos malditos!
-La Condesa tocaba el piano.
-¿Qué Condesa? -preguntó aquel hombre interrumpiéndome.
-La Condesa, la envenenada.
-Si no se trata de ninguna condesa, hombre de Dios.
-Vamos; usted también es de los empeñados en ocultarlo.
-Bah, bah; si en esto no ha habido ninguna condesa ni duquesa, sino
simplemente la lavandera de mi casa, mujer del guarda-agujas del Norte.
-¿Lavandera, eh? -dije en tono de picardía-. ¡Si también me querrá usted
hacer tragar que es lavandera!
El caballero y su esposa me miraron con expresión burlona, y después se
dijeron en voz baja algunas palabras. Por un gesto que vi hacer a la
señora, comprendí que había adquirido el profundo convencimiento de que
yo estaba borracho. Llenéme de resignación ante tal ofensa, y callé,
contentándome con despreciar en silencio, cual conviene a las grandes
almas, tan irreverente suposición. Cada vez era mayor mi zozobra; la
Condesa no se apartaba ni un instante de mi pensamiento, y había llegado
a interesarme tanto por su siniestro fin, como si todo ello no fuera
elaboración enfermiza de mi propia fantasía, impresionada por sucesivas
visiones y diálogos. En fin, para que se comprenda a qué extremo llegó
mi locura, voy a referir el último incidente de aquel viaje; voy a decir
con qué extravagancia puse término al doloroso pugilato de mi
entendimiento empeñado en fuerte lucha con un ejército de sombras.
Entraba el coche por la calle de Serrano, cuando por la ventanilla que
frente a mí tenía miré a la calle, débilmente iluminada por la escasa
luz de los faros, y vi pasar a un hombre. Di un grito de sorpresa, y
exclamé desatinado:
-Ahí va, es él, el feroz Mudarra, el autor principal de tantas infamias.
Mandé parar el coche, y salí, mejor dicho, salté a la puerta tropezando
con los pies y las piernas de los viajeros; bajé a la calle y corrí tras
aquel hombre, gritando:
-¡A ése, a ése, al asesino!
Júzguese cuál sería el efecto producido por estas voces en el pacífico
barrio.
Aquel sujeto, el mismo exactamente que yo había visto en el coche por la
tarde, fue detenido. Yo no cesaba de gritar:
-¡Es el que preparó el veneno para la Condesa, el que asesinó a la
Condesa!
Hubo un momento de indescriptible confusión. Afirmó él que yo estaba
loco; pero quieras que no los dos fuimos conducidos a la prevención.
Después perdí por completo la noción de lo que pasaba. No recuerdo lo
que hice aquella noche en el sitio donde me encerraron. El recuerdo más
vivo que conservo de tan curioso lance, fue el de haber despertado del
profundo letargo en que caí, verdadera borrachera moral, producida, no
sé por qué, por uno de los pasajeros fenómenos de enajenación que la
ciencia estudia con gran cuidado como precursores de la locura
definitiva.
Como es de suponer, el suceso no tuvo consecuencias porque el antipático
personaje que bauticé con el nombre de Mudarra, es un honrado
comerciante de ultramarinos que jamás había envenenado a condesa alguna.
Pero aún por mucho tiempo después persistía yo en mi engaño, y solía
exclamar: «Infortunada condesa; por más que digan, yo siempre sigo en
mis trece. Nadie me persuadirá de que no acabaste tus días a manos de tu
iracundo esposo...»
Ha sido preciso que transcurran meses para que las sombras vuelvan al
ignorado sitio de donde surgieron volviéndome loco, y torne la realidad
a dominar en mi cabeza. Me río siempre que recuerdo aquel viaje, y toda
la consideración que antes me inspiraba la soñada víctima la dedico
ahora, ¿a quién creeréis? a mi compañera de viaje en aquella angustiosa
expedición, a la irascible inglesa, a quien disloqué un pie en el
momento de salir atropelladamente del coche para perseguir al supuesto
mayordomo.
BENITO PÉREZ GALDÓS
nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1843, hijo de Sebastián Pérez,
teniente coronel del Ejército y de Dolores Galdós. Desde niño (Infancia
en las Palmas) fue aficionado a la música, al dibujo y a la literatura.
Es en opinión general, el mayor novelista español después de Cervantes.
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