Foto oficial de la temporada 87-88

El utillero empezó a retirar las chinchetas que sostenían los posters amarillentos donde sonrientes y con el estadio al fondo se presentaban como un grupo de uniformados guerreros antes de la batalla. Poco a poco las taquillas se iban vaciando de objetos personales, fotos de bebés, novias, Samantha Fox, Rambo. Unos tomarían el camino de vuelta con un destino concreto, segunda división, tercera, pero la mayoría se quedarían en casa, al lado del teléfono, a la espera de una llamada. "Quién nos va a querer ahora, un equipo descendido a punto de desaparecer", decía Santiago, lateral derecho, treinta años, demasiado viejo para un contrato largo, demasiado joven para pensar en la retirada. Entre ellos no había gritos de ánimo ni de reproche, sólo un silencio ambiguo, algún abrazo, bocas que contenían el llanto tragando el agua fría de la ducha. El presidente había bajado en el descanso al vestuario prometiendo una prima imposible. "Los chicos dieron todo en el campo, no se les puede pedir más frente a un rival que se jugaba la UEFA", dijo en la radio al acabar el partido, el mismo que días atrás habló de salidas nocturnas, de testículos, del pasado oscuro de las novias de los futbolistas. "Este es un equipo para hacer historia", había dicho el día de la foto del póster, dos refuerzos del Racing, un juvenil del Betis, y luego el mismo bloque del año pasado. Pero el equipo no daba para más, la teta no daba más leche, las triangulaciones, los regates eléctricos y los zurdazos desde fuera del área eran un recuerdo de un equipo revelación, un once que meses después se volvió pastoso, pacato, miserable en todas sus líneas. El público la emprendió con el míster, que optó por venirse arriba, "mi modelo de juego es éste, el que no le guste que se vaya al circo". Goleada en Chamartín, en el Camp Nou, un cero a tres del Mallorca en una tarde de perros. "Hace falta mano dura", dijo por la noche el presidente, y cambió al míster por un pelele gruñón algo marica, un hombre del club, como decía la prensa.

Un solo punto separa el cielo del infierno, pero ese punto importa. Un penalti fallado, una pierna no lo bastante contundente, "por tu culpa, Bermudo, por tu culpa". Un nublado, la lluvia, demasiado calor, demasiado frío, el barro que resbala, un balón que luego entra, "qué haces, Bermudo, qué haces". Nada de eso importa, todo se olvida si te salvas. Si te salvas, todos son fiestas, marisco, putas si hace falta, la noche es joven. Llueven contratos, entrevistas, "somos un equipo humilde, los chicos son unos fenómenos, la afición es la mejor de España". Pero aquella tarde del descenso se podían escuchar desde el césped los llantos de las adolescentes, el rostro serio de los abonados de tribuna, los gritos de los ultras aplaudiendo al equipo contrario, golpeando la puerta del vestuario, peseteros, peseteros, peseteros. "Lo mejor será salir por el campo, si no nos van a matar", dijo el utillero. Vestidos de calle los quince pisaron por última vez el césped del estadio vacío. Nadie dijo ánimo en la bocana de vestuario, nadie un grito de guerra, nadie un a por ellos. "Se acabó lo que se daba, chavales. Yo me voy", dijo Ferrán, el capi, al que un año más tarde encontrarían con un kilo de coca cruzando la aduana. "Me voy contigo", contestó Rodri, que ese año acabó en el Celta, luego cedido al Ferrol, donde conoció a una madre soltera con la que ahora tiene una cafetería, El futbolista. Los martes y los miércoles pone los partidos de la Copa de Europa, "yo jugué con Bermudo, sabe usted. Era mi suplente en el carril izquierdo, aquí tengo el póster de aquella temporada. Es ese, el que está sentado en la segunda fila". Los habituales saben de memoria lo de la ducha en la caseta, las medias con tomate que gastaba, lo blandito que parecía cuando llegó del filial. Una vez fue a verlo a la Ciudad Deportiva con los amigos, "Bermudo, Bermudito, ¿no te acuerdas de tu Rodri?". Bermudo se acercó a la tela metálica, cogió un bolígrafo y le dibujó una "B" en dorso amarillento del póster que traía, foto oficial de la temporada 1987-1988.

PABLO GARCÍA CASADO (Córdoba, 1972). Licenciado en Derecho. Ha publicado Las Afueras (DVD, Barcelona, 1997), por el que logró el I Premio "El Ojo Crítico" de Radio Nacional de España 1997, así como ser Finalista del Premio Nacional de Poesía 1997. Ha sido incluido en diversas antologías, entre ellas Feroces (Radicales, marginales y heterodoxos en la última poesía española), de Isla Correyero, La generación del 99, de José Luis García Martín y El cristal y la llama, de Domingo Sánchez Mesa.