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Vorago
Esa mañana todo parecía normal. La misma sensación de sueño atrasado que
me invade de Lunes a Viernes a esas horas: las siete. Consigo sacar de
mí la energía necesaria para asearme y termino mirándome al espejo del
baño con expresión bovina. Malditas ojeras. ¿Qué quieren anunciar? ¿Una
señal de alarma? Luz roja pulsante para avisar al propietario de ese
rostro demacrado que ha de cambiar sus hábitos, que su loca trayectoria
como trabajador durante doce horas al día es desaconsejable para la
imagen. No quiero pensar cómo me veré al cabo de diez años, cuando mi
edad ronde esa franja donde descubres con estupor que ya no eres el
mismo, que una transformación se ha operado en todo tu ser y te impide
ser un optimista a ultranza. Eso es lo que caracteriza a uno en la
década del comienzo, de los proyectos ilusionados, de las esperanzas en
el futuro cuando aún el presente no ha hecho mella en tu entusiasmo.
En fin, que salí del cuarto de baño con la única convicción de que debía
tomar café, un gran tazón de café humeante y dejarme llenar por ese
fluido que tonifica la sangre para que se activen los músculos y empiece
a tomar conciencia de los claroscuros de la realidad. El pasillo me
parece más largo que nunca y hago acopio de fuerzas para atravesarlo ¡Qué
fastidio! Los cojines del sofá están esparcidos por el suelo. Curioso,
porque no creía haberlos dejado así la noche anterior. Si hay algo que
me molesta en esta vida de soltero empedernido es lo poco que cunde
cuando recoges la casa. Ya me gustaría poder contratar una sirvienta
pero los cuatro ochavos que gano no dan para más.
Llegué al vestíbulo y vi que la luz se había quedado encendida, algo
inusual pues siempre reviso las luces antes de derrumbarme en el tálamo
de mis sueños. Bah, un pequeño dispendio. Apagué justo en el momento en
que mis ojos habían captado el pequeño montón de cartas que yacían sobre
el mueble de la entrada. Como no me fío de mi memoria suelo dejar allí
encima aquello que debo llevarme sin falta al trabajo al día siguiente.
Las misivas guardaban un contenido de lo más dispar, empezando por el
impreso de suscripción al gimnasio del barrio y la domiciliación
bancaria; sesenta euros serían arrancados de mi cuenta cada mes por
someterme a la tiranía de máquinas y mancuernas. Tal era el complejo que
me atenazaba debido a mis excesos calóricos. Y es que no seré un manitas
en la cocina precisamente pero como gourmet debo hallarme entre los más
difícilmente saciables. Qué placer remojar el pan en la salsa de
arándanos, en la mostaza de Dijón o en el caldito del pato a la naranja.
Y como no hay una mujer que aguante a mi lado el tiempo suficiente para
controlar mi ansiedad gastronómica aprovecho cada ocasión para
reconfortar mi atribulado espíritu aposentándome ante una buena mesa.
Veo un sobre de color amarillo que no me agrada en absoluto. Mis asuntos
con el fisco me llevan por la calle de la amargura. El sobre azul
celeste que esta al lado me motiva mucho más. Al fin he reunido los
ochenta mil puntos del club de viajes para pasar un fin de semana gratis
en Ibiza. Quizá en esta época del año esté mejor Tenerife. La playa del
inglés me tiene hipnotizado, aunque he de tener más cuidado la próxima
vez que se me arrime una elementa como la Fani. Pues no quería la arpía
que me la trajera aquí, ¡a mi casita! para no sé qué monserga de
cuidarme y todo ese lío que se hacen las de mediana edad cuando ven que
les va quedando cada vez más lejos eso de ser madres.
Por otro lado, yo jamás habría sospechado que ninguna mujer sensata
fuera a interesarse por mí. Y la verdad es que Fani no pisaba con los
pies en el suelo. Volaba y volaba entre los mundos rotantes de su
imaginación y no distinguía frontera entre su universo y la realidad. A
mí me conviene que me controlen un poco y mi vida con Fani habría
terminado por convertirse en un desatino.
Bien, sobre el mueble del hall había más papeles, pero juraría que tanto
estos como las cartas los había dejado en orden el día antes. Le quité
importancia pues aún sentía la cabeza como si hubiese estado sirviendo
de yunque a un herrero demente. "Procuraré restringir mis salidas
nocturnas", me prometía sin mucha fe en mí mismo, en el momento en que
abrí la puerta de la cocina. Una vez más, el desorden se había hecho el
amo de aquella fortaleza donde me encerraba para diseñar mis
especialidades culinarias favoritas. La noche anterior degusté unos
lomos de rape con grelos que quitaban el hipo, según reza el dicho,
aunque en honor a la verdad a mi el hipo me vino después por comer
demasiado aprisa, que he de reconocer que a veces me afano tanto con el
condumio que degluto como si empeñara mi vida en ello.
Pues nada, como no consigo corregirme y dejo para el día siguiente eso
de acondicionar la cocina, cada mañana me enfrento al desolador
panorama. Sin embargo, en aquella ocasión detecté algo inusual. Se
trataba de una sensación que flotaba en el ambiente, como un rumor sordo
que casi no se deja oír o una ráfaga de aire gélido que encerrase
multitud de cristales microscópicos que se frotaran entre sí rechinando,
una extraña carraca que estuvo muy cerca de ponerme el vello de punta.
Miré en el interior del recipiente donde echo la ropa sucia y cerré casi
instintivamente. El montón rebasaba el borde. Algún día licenciaré la
lavadora y meteré el aluvión de trapos en la lavandería, una autentica
comodidad. Al lado del artefacto lavador estaba el cubo de la basura,
con la tapa caída, algo que me revienta porque tantas veces como intento
ponerlo derecho y la muy ladina se empeña en precipitarse al suelo. "Es
igual -pensé-, son muchos intentos frustrados de hacerle restablecer el
equilibrio y no voy a pretender ahora cambiar el sentido de giro de su
universo". He de destacar que, si bien lo dejé pasar, un rescoldo quedó
adherido a mi memoria.
Más allá estaba la cafetera, con su gastado recipiente de cristal a la
espera de ser cargado con la estimulante droga. Anhelaba paladear el
caliente bebedizo y dejarme invadir por el océano de sensaciones que
provoca siempre en mi interior. Lo necesitaba; aquel brebaje
revitalizaría mi capacidad de percepción, tan apagada a aquellas horas
tempranas. Sujeto el asa del cacharro con gesto mecánico heredado del
ritual matutino pero qué sorpresa la mía cuando de forma ajena a mi
voluntad aquello se tuerce y acaba vertiéndose parte del contenido, un
residuo caldoso del día anterior.
-"Juraría que no he hecho nada para provocar esto"- me decía a mí mismo,
pillado por sorpresa. Mira que hay veces en que eres consciente de tu
torpeza, pero no era el caso. Tras discurrir unos segundos sobre ello
pensé que podía haberse debido al velo que aún cubría parte de mis
sentidos, por lo que decidí mantenerme alerta para evitar más
incidentes. De camino al fregadero con el jarro en la mano mis ojos
captan el cubo de la basura con su tapa torcida, la cual parecía tan
contenta en aquella postura. Me dio la sensación de que sonreía
complacida por haber conseguido la hegemonía sobre mí y haber vencido mi
empeño de colocarla en su sitio como Dios manda. Consigo eliminar los
restos de café añejo vertidos que parecían impregnarlo todo y me dispuse
a preparar una nueva ración. Mi cabeza necesitaba despejar las brumas.
Si Fani hubiese estado a mi lado me habría echado una mano, estoy
seguro. Su desprendimiento de la vida terrena no llega a tanto como para
no auxiliar a un ser querido en apuros. Se me ocurrió que no sería mala
idea llamarla más tarde. Igual la invitaba a tomar algo y después la
llevaría al Auditorio. La Filarmónica de Londres daba una serie de
conciertos esa semana. Al menos manteníamos en común nuestro gusto por
la música sin estridencias, que para ajetreos ya tenemos bastante con la
vorágine de la vida.
Miré un momento por la ventana y vi que el vecino se preparaba para algo
similar a lo que yo hacía y corrí la cortina. Cómo me complacería que
emigrara a otra latitud y que dejara la casa vacía. Ciertamente no me
entusiasma contemplar las intimidades de otros ni que ellos puedan
contemplar las mías. - ¡Vaya con la cortina! ¿Dónde se habrá enredado?-
me pregunté al notar que no corría. Debí dar un tirón con un ímpetu poco
conveniente pues con la brusquedad del gesto arremetí contra el jarrón
con flores que hasta un segundo antes había permanecido erguido sobre la
mesa en confiada pose. Mis reflejos respondieron con acierto y mediante
una finta que llevé a cabo con insospechada agilidad conseguí evitar que
la vasija se hiciese añicos. Lo que más me hubiera disgustado hubiese
sido contemplar el destrozo de ese objeto de cristal de Bohemia, que
encontré en una tienda escondida en las callejas de Praga. Bien es
verdad que lo había adquirido a menor precio por contener algún defecto
(una burbuja de aire alojada en la parte alta del cuello según me dijo
la dueña del local, una matrona oronda que olía un poco a repostería y
chocolate caliente). Por eso no lo tenía expuesto en un lugar de la casa
que fuese más visible. Coloqué el jarrón en su sitio y volví hacia la
cortina, para desatascarla de una vez. El tirón no obtuvo otro resultado
que el de rasgar la tela, esa maldita tela que nunca me había gustado
pero que había conseguido a tan buen precio en el mercadillo del barrio.
La barra no se contentó con mantenerse en posición de equilibrio, sino
que se salió de sus anclajes y se inclinó peligrosamente sobre mí de
modo que las argollas se fueron desprendiendo una detrás de la otra para
terminar esparciéndose por el grisáceo suelo de la cocina.
Para completar mi estupor comprobé que las baldosas estaban untadas por
una pátina resbaladiza de no sé qué vertidos recientes y eso me hizo
resbalar cayendo hacia atrás. Mi mano intervino pronta para sujetarme al
mueble del fregadero pero sólo evité a medias el testarazo, rozando el
borde de la mesa mi sien izquierda, lo cual produjo en ella una brecha
que comenzó a sangrar sobre la ceja. Noté el espesor de la sangre
bajando hacia el ojo y la primera gota mojó la mesa. Rojo oscuro sobre
blanco nítido. Me apoyé con las dos manos sobre el tablero y así pude
contemplar al causante del pringue que había sobre las baldosas: la
aceitera perdía su contenido a través de algún perverso orificio.
Deduzco que algo del extracto oliváceo tuvo que llegar al suelo,
permaneciendo apostado a la espera de que yo apareciera por allí.
Una especie de eco rebotaba en el interior de mi cabeza. Una voz que era
más bien un siseo, me llenaba de vocablos apenas inteligibles. Palabras
sueltas que recorrían mi mente sembrando sombras de sospecha y oprimían
mi ánimo para vaciarlo de esperanza.
Me aproximé a la alacena donde guardo algunas compresas y apósitos y me
dispuse a aplicar una cura a la herida. Vi el cubo de la basura con su
tapa tumbada, descaradamente fuera de su lugar. Daba la impresión de
mofarse con aquel circo que estaba contemplando desde que mi presencia
en la cocina desencadenara toda aquella sucesión de infortunios. Miré
con fijeza aquella tapa verdosa ¿o era gris? e hice el propósito de
contenerme pero con poca convicción, de modo que propiné una patada al
cachivache que más odiaba de todos los que poblaban la estancia. Además,
había algo indefinible que me hacía sospechar que esos objetos,
inanimados y pasivos por tradición, estaban experimentando algo similar
a una rebelión silente, un tácito acuerdo para ir todos a una en pos de
una disparatada conquista.
Suspiré profundamente. Decidí ignorar lo que pasaba por mi imaginación y
me acerqué a la cafetera para servirme un poco del negro elemento, justo
en el momento en que un sonido procedente del interior de un armario
llamó mi atención con un estruendo ahogado. Abrí la portezuela y me
encontré con una pila de platos que acababan de caer abandonando como
por arte de magia su anterior situación de equilibrio. Tuve que arrimar
precipitadamente el antebrazo al borde de la alacena para que la pequeña
avalancha no se desbordase y acabara con la vajilla echa añicos por el
suelo. Sin haber podido aún recomponer el estropicio, escuché el rumor
de otro derrumbe. Las sartenes se agolpaban contra el armario bajero que
las guardaba. No lo podía creer. ¿Estaba en medio de un asedio? Me
agaché y traté de recolocar esos cacharros, pero el que estaba encima de
todos, una parrilla, se deslizó sobre el informe montón y terminó dando
vueltas alocadamente sobre el gris de las baldosas. Intenté darle caza
pero me incliné demasiado desde mi posición de cuclillas y perdí el
equilibrio.
Recuerdo que quedé medio tumbado mirando perplejo hacia el lugar de
donde había salido la pequeña parrilla rebelde. Poseído por una rabia
que había empezado a crecer en mí desde que me herí en la sien, agarré
el cacharro y lo lancé sobre el resto de sus compinches de metal con tal
ímpetu que dos sartenes más salieron despedidas de su cubículo y fueron
a embestir contra mi rodilla derecha. La punzada de dolor fue
instantánea, como si un millar de agujas se hubiesen entretenido en
hurgar frenéticamente en esa zona de mi cuerpo. El estallido de furia
que me invadió en aquel momento igualaba al sentimiento de impotencia
que se había adueñado de mí definitivamente. Lejos de tirar la toalla,
empero, me afané en dar alcance a la cafetera para tratar de recomponer
mi estado de ánimo tan maltratado por. Ya no me cabía duda acerca de que
esa especie de confabulación de materia inerte se debía a la conjugación
de fuerzas extrañas antes que a la incapacidad de mi cerebro para enviar
órdenes más precisas al resto de mi organismo. Llené una taza con el
café pero con tan mala fortuna que me atraganté con aquel líquido
negruzco como la noche que embargaba mi mente. La tos me produjo
espasmos y la incapacidad para respirar se hizo patente cuando, por más
que luchaba por sacar de mi garganta al causante de mi asfixia, solo
conseguía aumentar la congestión de mi rostro, el cual parecía hallarse
a un paso de reventar a fin de posibilitar una salida al maligno
estimulante evacuándolo por todos los poros. En un último espasmo y
cuando ya empezaba a nublárseme la vista, un estertor arrancó de mí el
diabólico atasco, resonando como un alarido desgarrado entre las cuatro
paredes de la cocina. Empecé a respirar con dificultad, apoyado con las
dos manos sobre la mesa blanca, donde se había esparcido mi baba
negruzca dejando sembrada la superficie con un rastro de fluido formado
por cúmulos viscosos que parecían estar animados de vida propia,
exhibiendo sus seudópodos temblorosos.
No puedo decir cuánto tiempo permanecí en esa postura, inmovilizado y
embotado. Recuerdo haber oído los susurros que serpenteaban en mi
interior; voces que parecían provenir de los cacharros que me rodeaban:
-Te lo mereces por no limpiarme cada vez que me usas, hablaba la
cafetera.
-A mi me has relegado a la cocina, donde nadie puede admirarme -se
quejaba el jarrón.
-He intentado llamar siempre tu atención echándome al suelo, pero te
empeñabas en arrinconarme contra la pared en lugar de ponerme sobre el
cubo -censuraba la tapa de la basura.
-No pones cuidado cuando fríes sobre nosotras tus porquerías grasientas
y estamos llenas de carbonilla- protestaban las sartenes.
Así, una machacona retahíla reverberaba en mi mente, comenzando a
invadirme una desazón mayúscula, de una intensidad imposible de
determinar, como si un cáncer recorriese velozmente mis entrañas
alcanzándome el cerebro para roerlo y apartarme cada vez más de la
cordura. Recuerdo que di varios pasos tambaleantes por la cocina,
ahogándome en un torbellino de hostilidad y rabia desatada que me empujó
a propinar todas suerte de golpes a mi alrededor. Arremetí contra todo
objeto que osara mantenerse en pie. La vajilla, el microondas, cacerolas,
parrillas, la cafetera, el frutero de cerámica. y a continuación
vinieron los armarios y sus tesoros: productos para la limpieza y
desinfección, abrillantadores, detergentes, desengrasantes... Desparramé
su contenido por todas partes al tiempo que comencé a gritar
desgarradoramente. Al final, mi garganta palpitaba en una emisión áfona
e ininteligible que acompañaba al estruendo de mis golpes.
Del resto ya no recuerdo sino vagas imágenes de personas uniformadas que
entraban en mi casa y me llevaban con ellos entre convulsiones de mi
cuerpo que se retorcía y agitaba al igual que mi mente desbocada,
incapaz de emitir un mensaje coherente.
Estoy sorprendido, ahora que les escribo esto desde mi habitación de.
aislamiento, creo que la llaman; sorprendido porque, sin desfallecer en
la ciénaga de mi locura he podido contarles todo lo que me sucedió aquel
día infausto, el día en que una fuerza desconocida me empujó a los
abismos de la oscuridad.
MARCOS MANUEL SÁNCHES nació en Ciudad-Real (España) en 1961. Es
Licenciado en Ciencias Químicas por la Universidad Complutense,
especialidad de Química Orgánica y ha trabajado como ejecutivo durante
15 años en la industria petroquímica. Actualmente vive en San Sebastián
de los Reyes, provincia de Madrid. Ha publicado una novela titulada EL
PRIMER CLON.
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