El Diablo

Tradução para o português


Tengo memoria de esa tarde como de ninguna otra. Creo que es la única que el tiempo no ha desdibujado. El único recuerdo igual al suceso.

Él me venía siguiendo desde hacía tiempo y yo nunca le huí. Estaba más ansioso de hablarme que yo de escucharlo.

Ese día se presentó soberano, rojo. Me asaltó a la salida de casa diciendo:

- No te des vuelta, seguí caminando como si nada sucediera. Sólo vos podés verme y te darás cuenta de que los demás ven tus gestos, no los míos. Ha llegado el gran día y aquí estoy, dispuesto a llevarte.

- Creí que íbamos a discutirlo antes, - murmuré con disimulo - necesito más tiempo.

- El plazo vence con la caída del sol. Seré tu sombra en esta última hora. Vos decidís.

- Eso significa que puedo negarme?

- Desde ya, -soltó una risa oscura, cavernosa -pero tendrás que atenerte a las consecuencias…

- No me dejás opción. Todavía no entiendo por qué me elegiste, a mí, un hombre común y corriente…

- En modo alguno, -interrumpió, - sos el elegido perfecto para ser mi sucesor del nuevo siglo.

- Soy tu antítesis, ¿qué tiene eso de perfecto para vos?

- No te hagás el vivo tratando de ganar tiempo. Reconozco que tu resistencia es uno de los aspectos que te hace más interesante. Mirá, voy a concederte estos últimos minutos pero no agotés mi paciencia. Vení, allí hay un asiento, justo debajo de ese árbol.

La capa roja siseó en el aire y apuntó al banco de plaza solitario. Un gesto teatral y burlón que desdeñé desde el fondo de esa extraña tranquilidad que me invadía. La pequeña tregua fortalecía mi oposición.

Se acomodó abriendo los brazos en cruz sobre el respaldo, con aire de querer abarcar el mundo. Cuidé de sentarme en un extremo, como si eso me alejara de su alcance.

- Observá el atardecer, -continuó- esas nubes sangrientas, andá acostumbrándote a tu paisaje futuro, a las eternas llamas de mi reino!

- No te imaginaba poeta, tenés algo de sensibilidad…

- No intentés ser irónico, sabés que soy inmune a esos alfilerazos.

- Como yo a los tuyos…

- ¡Ese es el punto! Un ser humano incorruptible, el mayor atractivo ante mis ojos, sos mi desafío. El formidable dominio que tenés sobre tu conciencia, la firme resistencia a mis influjos, ¿cómo no habría de elegirte?

- Eso es contradictorio. Puedo hacer de tu infierno un paraíso.

- Que no te pierda la omnipotencia, no sabés lo que decís. Una vez que me reemplacés serás completamente yo. Pensarás y actuarás como yo, reinarás en el infierno y en la tierra, gozarás de la tortura sobre muertos y vivos, te encargarás de la perdición de todo habitante del planeta. Ese ha de ser tu destino durante un siglo completo, al cabo del cual elegirás a tu sucesor. Siempre ha sido así y seguirá siendo.

- A menos que me niegue…

- Cabeza dura… ¿Cuándo te vas a convencer que soy absolutamente necesario para el mundo? Pensalo un poco, sin el mal ¿qué sería del bien? Sin la fealdad, ¿existiría la belleza? ¿Qué sentido tendrían la lealtad, la humildad, la sinceridad y toda esa moralina sin la presencia de la traición, la altivez, la mentira, todo lo que yo represento? Podés mirarlo de este modo: te estoy ofreciendo el reinado del equilibrio, ¡nada menos!..

- Un falso equilibrio, dirás. Siempre supiste hacer bien tu trabajo, inclinando la balanza para tu conveniencia.

- Porque soy inteligente y sagaz cuando de mi deber se trata. Igual que vos.

Esbozó una sonrisa en media luna, enorme y salivosa como una tajada de sandía.

- Olvidaste agregar sin escrúpulos, a diferencia de mí -agregué más disgustado que temeroso. - Me has amenazado con la muerte en sus formas más horribles y todos hemos de morir algún día; ignoramos si será contemplando un atardecer como éste o despedazados bajo la metralla de la guerra, si nos iremos apagando de puro viejos o carcomidos por la enfermedad más atroz. No entiendo qué pierdo negándome.

Por primera vez me animaba a enfrentarlo. Mi actitud lo alteraba, los ojos eran dos brasas, el ceño un surco oscuro y feroz. Mostró los dientes:

- Quizás esto ayude a tu decisión…

Fue sólo su gesto en el aire y un dolor agudo se instaló en mi nuca. Me imaginé desvertebrado como un pollo a quien retuercen el gañote. Cuando mis ojos tendían a saltarse de las órbitas el dolor me abandonó de repente. Yo no había dejado de mirarlo.

- ¿Cómo te atrevés a desafiarme?

- No tengo otra salida.

- Podríamos hacer un pacto…

- Que romperías sin dudas. Jamás pactaría con vos.

- Sos vos quien ahora no me deja opción…

Mi actitud exacerbó su furia y era obvio que no tendría piedad conmigo. Inició entonces una sesión de torturas infernales. Ignoro cómo logré que se detuviera en cada uno de sus intentos, mi vista parecía taladrarlo y él renunciaba al borde del fracaso. Me contemplaba atónito sin resignarse a la derrota.

- O quizás esto… o esto - proseguía.

El sol era apenas una línea en el poniente. Las primeras sombras protegían la escena de la vista de posibles curiosos. Verían extrañados los movimientos epilépticos de un hombre solitario revolcándose en un banco de madera. La noche urgía la paciencia del diablo.

Fue cuando apareció ese gato vagabundo de aspecto más que lamentable. De un salto trepó al banco maullando su hambre y desamparo. Bastó ese instante de distracción para que el demonio empalideciera en la penumbra. El tiempo había expirado.

Acaricié el pelaje del animal y, a mi contacto, pareció relucir en negrura. Sus ojos, dos husos amarillos, refulgieron y restregó su cabeza contra mi muslo.

- Te llamaré Feri, - le dije casi exhausto al tiempo que me alzaba del asiento, - no me engaño, yo sé quién sos. Dependerás de mí el resto de mis días, después… sólo Dios sabe…

De la imagen roja no quedaban rastros. Emprendí rengueando el regreso hacia mi casa, el gato detrás de mí.

Han pasado muchos años desde esa tarde. Mientras mi cuerpo se encorva y mi memoria flaquea, Feri parece cada día más joven. A cada amigo que me visita debo mentirle y decir que, si bien conserva el nombre, este felino renegrido que duerme a los pies de mi cama es nieto o bisnieto de aquel Feri que recogí en la plaza una tarde que el tiempo no ha logrado desdibujar.




O Diabo

Ileana Schnitzler

Guardo na memória essa tarde como nenhuma outra. Acredito ser a única que o tempo não conseguiu apagar. A única recordação igual ao fato.

Ele me vinha seguindo há muito tempo e eu nunca fugi dele. Estava mais ansioso de falar-me que eu de ouvi-lo.

Esse dia apresentou-se soberano, vermelho. Surpreendeu-me à saída de casa, dizendo:

- Não olhe para trás, siga caminhando como se nada houvesse acontecido. Somente você pode ver-me e perceberá que os outros vêem seus gestos, não os meus. Chegou o grande dia e aqui estou para levá-lo.

- Pensei que fôssemos discuti-lo antes - murmurei com dissimulação - necessito mais tempo.

- O prazo vence com o pôr-do-sol. Serei sua sombra nesta última hora.

- Você decidirá.

- Isso significa que posso não aceitar?

- Sim, - soltou uma gargalhada escura, cavernosa - mas terá que suportar as conseqüências...

- Você não me dá opção. Confesso não entender por que me escolheu, logo eu, um homem comum, normal...

- De maneira alguma - interrompeu, - você é o escolhido perfeito para ser meu sucessor do novo século.

- Sou sua antítese. Que tem isso de perfeito para você?

- Não se faça de espertalhão tratando de ganhar tempo. Reconheço que sua resistência é um dos aspectos que o faz mais interessante. Veja, vou conceder-lhe esses últimos minutos, mas não esgote minha paciência. Venha, ali há um banco, bem embaixo dessa árvore.

A capa vermelha sibilou no ar e apontou o banco da praça solitária. Um gesto teatral e mordaz que desprezei do fundo dessa estranha tranqüilidade que me invadia. A pequena trégua fortalecia minha oposição.

Acomodou-se, abrindo os braços em cruz sobre o espaldar, com ar de quem quer abarcar o mundo. Tratei de sentar-me no outro extremo, como se isso me afastasse de seu alcance.

- Observa o entardecer, - continuou - essas nuvens sangrentas, vá acostumando-se a sua paisagem futura, às eternas chamas de meu reino?

- Não o imaginava poeta,você tem algo de sensibilidade...

- Não tente ser irônico, sabe que sou imune a essas alfinetadas.

- Como eu às suas...

- Esse é o ponto! Um ser humano incorruptível, o maior atrativo ante meus olhos. Você é meu desafio. O formidável domínio que tem sobre sua consciência, a firme resistência a minhas influências, como não haveria de escolhê-lo?

- Isso é contraditório. Posso fazer de seu inferno um paraíso.

- Que não perca a onipotência, não sabe o que diz. Uma vez que me substituir você será completamente eu. Pensará e agirá como eu, reinará no inferno e na terra, gozará da tortura sobre mortos e vivos, encarregar-se-á da perdição de todo habitante do planeta. Esse há de ser seu destino durante um século completo, ao fim do qual escolherá seu sucessor. Sempre foi assim e sempre continuará sendo.

- A menos que me negue...

- Cabeça dura...Quando se convencerá que sou absolutamente necessário para o mundo? Pensa um pouco: sem o mal, que seria do bem? Sem a feiúra, existiria a beleza? Que sentido teriam a lealdade, a humildade, a sinceridade e toda esse moralismo sem a presença da traição, a altivez, a mentira, tudo enfim que eu represento? Pode olhá-lo deste modo. Estou oferecendo-lhe o reinado do equilíbrio, nada menos!...

- Um falso equilíbrio, dirá você. Sempre soube fazer bem seu trabalho, inclinando a balança para a sua conveniência.

- Porque sou inteligente e sagaz quando se trata de meu dever. Igual a você.

Esboçou um sorriso em meia lua, enorme e salivoso como um talho de melancia.

- Você esqueceu de acrescentar sem escrúpulos, diferentemente de mim - acrescentei mais pesaroso que temeroso - você ameaçou-me com a morte em suas formas mais horríveis e todos haveremos de morrer um dia, ignoramos se será contemplando um entardecer como este ou despedaçados sob a metralhadora da guerra, se nos iremos apagando de velhice ou carcomidos pela doença mais atroz. Não compreendo que perco negando-me.

Pela primeira vez me encorajava a enfrentá-lo. Minha atitude o exasperava, os olhos eram duas brasas, o semblante um sulco escuro e feroz. Mostrou os dentes:

- Talvez isto ajude sua decisão...

Bastou aquele seu gesto no ar e uma dor aguda instalou-se em minha nuca. Senti-me desvertebrado como um frango a quem torcem o pescoço. Quando meus olhos pareciam querer saltar das órbitas, a dor me abandonou de repente. Eu não havia deixado de olhá-lo.

- Como se atreve a desafiar-me fuzilou, furioso.

- Não tenho outra saída.

- Poderíamos fazer um pacto.

- Que você romperia sem dúvida. Jamais pactuaria com você.

- Agora é você que não me deixa opção.

Minha atitude exacerbou sua raiva e era óbvio que não teria piedade comigo. Iniciou então uma sessão de torturas infernais. Ignoro como consegui que se detivesse em cada uma de suas intenções, minha vista parecia perfurá-lo e ele renunciava à beira do fracasso. Contemplava-me atônito sem resignar-se à derrota.

- Ou talvez isto...ou isto - prosseguira.

O sol era apenas uma linha no poente. As primeiras sombras protegiam a cena da vista de possíveis curiosos. Veriam, surpresos, os movimentos epiléticos de um homem solitário revolvendo-se em um banco de madeira. A noite atiçava a paciência do diabo.

Foi quando apareceu esse gato vagabundo de aspecto mais que lamentável. De um salto trepou no banco miando sua fome e desamparo. Bastou esse instante de distração para que o demônio empalidecesse na penumbra. O tempo havia expirado. Acariciei o pelo do animal e, ao meu contacto, pareceu reluzir em negrura. Seus olhos, dois fusos amarelos, refulgiram e esfregou sua cabeça contra minha coxa.

- Vou chamá-lo Feri, - disse-lhe quase exausto ao tempo em que me erguia do assento, - não me engano, eu sei quem você é. Dependerá de mim o resto de meus dias, depois...só Deus sabe...

Da imagem vermelha não ficaram rastros.

Empreendi, manquitolando, o regresso à minha casa, o gato atrás de mim.

Passaram-se muitos anos desde essa tarde. Enquanto meu corpo se encurva e minha memória fraqueja, Feri parece cada dia mais jovem. A cada amigo que me visita devo mentir e dizer que, se bem conserva o nome, este felino enegrecido que dorme aos pés de minha cama é neto ou bisneto daquele Feri que recolhi na praça uma tarde que o tempo não conseguiu apagar.



Tradução de Sérgio de Agostino


ILENA SCHNITZLER nasceu em Rosário, na Província de Santa Fé, na Argentina. Atualmente vive em Buenos Aires e divide o seu tempo entre a docência e a paixão pela literatura. Premiada em diferentes concursos de contos e poesias, tem já publicado um livro de poesias - "Projeto de Vida".