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Fata Morgana
Eran dos guerreros. Dos honoríficos hijos de la abulia, de la
persecución suicida de estar vivo, de arrancarle los huesos a lo que no
tiene esqueleto pero sí mucha carne.
Eran dos… Lejos de la mar, es más fácil que los tiburones no perdonen la
vida. Esta noche será perfecta para acechar a los bogas de la ciudad
central. Los que compran barcos de asfalto y los empujan con la fuerza
de la que se jactan cuando el sol escupe en los rostros su indolencia de
deidad hecha ceniza.
Lejos del mar será más fácil hundirse. Será sencillo ahogarse o que la
electricidad de los cartílagos nos sumerja en la ciclópea soledad del
oro.
Eran dos que no siendo marineros sabían del mar y de su inexpugnable
flacidez. Y ella… ella era tan sólo una… Un cuerpo que se decía pensante
y una mente que presumía de su voluptuosidad. Lejos del centelleo que
pare la penumbra, era una mujer íntegra, salvaje altruismo de existir
para enarbolar la dialéctica suicida de los arrebatos.
Eran vampiros, aunque el sol no les producía más que fastidio cuando
vomitaba su esencia sobre el estiércol… Eran vampiros porque creían en
las jugosas aristas de la piel y en el erotismo de los ojos negros. Se
obligaron a amar aunque fuese superficialmente, ridículamente, a la
mujer del cabello oscuro y de los ojos formidablemente espantosos.
Uno de ellos tenía un no se qué en la boca que presagiaba recuerdos… Era
el gesto imprudente de no ser mujer lo que le había atiborrado las
entrañas de estupor misántrope. Ese recuerdo inútil de pensar y actuar
conforme al pensamiento lo llevó a la embriaguez de pertenecer a un dúo.
No sabía si crear nuevas palabras porque el lenguaje se agotaba en
eructos mujeriles y en flatulencias retóricas de inagotable insolvencia.
Estaba allí, sumergido en la rencorosa bondad de los sonidos y clavado
como una incrustación de agua en los ojos de ella y en la boca hermosa y
providencial de su compañero, el otro esqueleto de espasmos, el hermano
de abulia, seno añejo con sabor a escupitajo. Los amaba a los dos… ¿Pero
qué es amar? Amar no es tan importante como saborear la cerveza o
ensangrentarse las alas en cárceles y hospitales para glorificar la
hipocresía estacional de la anécdota. Amar es un emperador ciego en el
seno derecho. Si no se tiene seno no se ama, tan sólo se santifica el
espejo. Sólo ama quien haya osado afeitarse el cráneo con una guillotina
de persecuciones.
La cerveza le hizo pensar que la preñez viene así, de improvisto. Que
para parir algún engendro que va a ser perseguido se necesita el seno,
inevitable clepsidra de barro. Así que le dijo a ella que tenía un hijo
en los ojos; que sus arterias escondían un hijo de la muerte que parió
hacia dentro. Un niño de pelo largo que se enredaba entre sus cornetes y
en las venas de los pies. Que sus ojos eran el beso de ese niño borracho
hambriento de soledades y ritmos elocuentes. Que su elocuencia era la
nostalgia del ermitaño que se hizo amigo del corion y el trofoblasto
para no morir de frío en el suicidio perenne del útero. Todo lo dijo
para verle sonreír y sobretodo, para que no olvidara la gravidez de sus
días, para que le encontrara cierta explicación etérea a las
excitaciones imprevistas, a la alucinación ligera.
El otro guerrero, viajante en la hoguera para entender la grandeza de
ser insecto, también le decía que era triste y que los ojos debían
sacrificarse al dios del sueño. Que las sombras no son más que fetos
olvidados por el mar y que el tiburón goza devorándose las sombras que
envainan espadas y arpones. Cualquier día es manjar para el que se
envenena si no se bebe la noche. Se preferirá agonizar asfixiado por la
despensa que morir de hambre en la libertad astuta de las convulsiones.
Y esa mujer era sabia en lo que a muertes y venenos respecta. Sabía
convertir la cerveza en cuchillo y la lengua en espada. Besaba como si
con ello alimentara algo que no es ni corazón ni páncreas pero que les
sirve de frontera. Era la lujuria vestida de lujuria, la sangre
disfrazada de alcohol, un abismo que advertía con sonrisas su danza
macabra.
Eran dos… La cerveza se acabó y se instaló el circo de fuego. La mujer
desnuda sonreía y los guerreros decían cosas con los dedos en sus senos
y en su espalda. Uno de ellos destapó la música que se escondía en una
caja… Blues… Blues… Tiburón… Pobre del que caiga en sus fauces de niña
mala.
Era la hora de descubrir si tras esa piel de poética putrefacción se
escondían bicicletas, máquina o niñas… Uno de los guerreros, el que
creía estar libre de senos y de preñeces, tomó el colmillo de Tiburón
atestado de tinta y hurgó con él la piel defectuosa de la madre
interior. El otro guerrero vio de improviso una voz que lo tendía en el
piso del circo con sus dedos estrepitosos… Esa voz era el recuerdo
insípido de otra mujer que jugaba a alabar las entrañas astutas del
guerrero. Esa voz era una gota de cerveza en su ojo izquierdo…
- ¡Mal de ojo, pequeño, mal de ojo! Le gritaba la mujer del círculo
bebiéndose sus entrañas en la punta de un colmillo.
- No… No es mal de ojo. Es esta cobardía. Cobardía de sonreír. Sonreír
me duele. Son mis músculos, es mi carne que perdí en la guerra. Esto de
ser espectro no sirve sino para embriagarse. Hacerte el amor es idiota
porque me penetraría entero en eso que tú llamas cuerpo. No quiero verme
con tu hijo; soy tan poco para conocer al profeta que tu sangre sucia
cuida con tanto silencio. (Dijo el guerrero hurgándose los ojos como
buscando en ellos una receta para matar el tiempo).
- Entonces llora, verás como te libras de esos tus ojos que son penumbra
e infierno. He consagrado para ti esta silente espesura de antiguos
fuegos. (Murmuró el segundo guerrero señalando a la mujer que no pensaba
en nada y sin embargo sonreía como queriendo mostrar un horrible
pensamiento).
- Llorar es de hombres… No de espectros. Sólo me queda marcharme y
buscar en mí mismo eso que vuestros labios no quieren darme…
- ¿Un presagio tal vez? (Le preguntó la mujer volviendo del éxtasis que
le causaba beberse en sorbos su propia carroña).
- Sí. El de mi muerte. (Contestó).
- Pues bien… No sabemos si tu muerte exista. La muerte es un pésimo
recuerdo. Esa idiota remembranza de ser perseguido. (Dijo el otro
guerrero, esta vez dirigiéndose al espacio que los rodeaba como una
serpiente inconfesable).
- Los dejo en su fiesta; soy muy poco para merecer vuestras
reivindicaciones…
El último de los guerreros y su mujer, porque ahora era suya, así, sin
vísceras, sólo la piel viviente y la sonrisa de ámbar, fueron a
conseguir dinero para beberse otra cerveza.
Se emborracharon con el dinero que robaron en la ciudad y con la sangre
que encontraron en las calles y que abunda después de las tres y
treinta.
Del guerrero sobrante no se supo nada hasta que el mar visitó con su
heroica pereza los edificios orinados de la ciudad… El guerrero no era
más que un trozo de mar extraviado en las casas del excremento. Supo que
no existía cuando asesinó al tiburón con sus jugosos filamentos y
descubrió que creer en las cosas era un signo de decadencia.
FERNANDO ALBERTO VARGAS, Bogotá, 1984, poeta e contista, publicou
"Cuentas del alma".
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