Sobre Ester, la mujer de la Plaza San Martín

Ya un poco cansados por el viaje y sacando los últimos vestigios de energía que teníamos para continuar, fuimos a descansar a la plaza San Martín antes de tomar nuestro próximo bus y aprovechar la tarde soleada de Lima. Nos sentamos en un café adornado con parasoles blancos y pedimos una cerveza.

No pasó mucho tiempo cuando nuestra atención fue robada por una mancha verde que se estaba bajando de un taxi. En la medida en que esta mancha se acercaba al café, pues venía para él, empezó a tomar forma de mujer. Vimos cómo se acomodaba el peluquín con su mano izquierda, mientras que con la otra sostenía un bolso. Traía un camisón verde, muy verde y unos zapatitos de monjita. Su rostro estaba completamente arrugado, pero se notaba que, con absoluta vanidad, la mujer había hecho ejercicio de pintura en su rostro. No queríamos ni imaginar cómo hubiera sido si no.

Para ella todo lo que estaba aconteciendo parecía un suceso especial. Mientras nosotros permanecíamos perplejos al verla, ella no se inmutaba de lo que pasaba a su alrededor, y en cambio, continuaba su pequeño ritual de maquillaje.

Esperó que un mozo le corriera la silla para sentarse y luego le entregase la carta con el menú. Entretanto ella, después de mirar breve pero vehementemente la carta, sacó de su particular bolso un espejito y lo puso frente a ella, sacó además base para maquillaje que aplicó en su rostro con esbeltez y sin premura con sus delgadas y viejas manos. Sacó luego un labial rojo carmesí que esparció sobre sus inexistentes labios.

Nuestra cerveza se estaba calentando. Estábamos perplejos al ver semejante escena.

Le llevaron una limonada. La tarde en Lima se hacía oscura y los pocos rayos de sol se habían ocultado tras una inmensa nube gris. -Qué estaba pasando?, indagó uno de nosotros. Sabíamos nos estábamos preparando para ver algo más: La mujer sacó de su bolso un pastillero y un pequeño frasco con un líquido verde viscoso en su interior. La limonada seguía allí. Tomó una pastilla, abrió el frasco, tomo la pastilla y engulló el contenido del frasco completamente, luego bebió su limonada y cerró los ojos y quedó literalmente quieta. Cuando abrió los ojos, los tenía completamente blancos, pensamos que era el fin y solo esperábamos la babaza típica de aquellos que se suicidan con veneno. Pensamos que ella lo había querido así.

El sol volvió a salir y con el sol, sus ojos volvieron a la normalidad. Ella empezó a maquillarse nuevamente, con absoluta tranquilidad, como si este fuera su ritual cotidiano.

Así pasó la tarde, y mientras pedimos otra cerveza, Ester, pues así decidimos llamarla, esperaba pacientemente hasta que se sentó a su lado el hombre más apuesto que haya visto en la vida. Ella lo besó con su lengua de serpiente y le cogió la mano. Luego se marcharon.

Pasaron varias cervezas antes de tomar nuestro bus, pero todas fueron por Ester. Definitivamente, la necesidad de amar mantiene vivos a los hombres.

Florianópolis, Marzo 23 de 2004

DAVID HOYOS GARCÍA - Escritor colombiano, nacido en Itagüí, en enero de 1978. Residente actualmente en Florianópolis, Brasil, donde está preparando una antología de cuentos.