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Novela corta y lastimosa
Fuente: Prometeo & Cía.
/ 1899, Primera edición, Buenos Aires, Jacobo Peuser, 1899.
Capítulo I
El sueño
Me dormí pensando en cuánto había visto en el día y
soñé con historias extrañas, fantásticas y trágicas. los cantos de los
labradores que iban a su trabajo, me despertaron a las cuatro de la
mañana.
Me volví a dormir y no soñé nada.
Capítulo II
Enseres marítimos y terrestres
Siento ruido en mi cuarto y abro los ojos; miro hacia
la puerta y veo dos gruesos cables amarillos terminados en su extremidad
superior, por dos expansiones que semejaban dos escobas nuevas,
aplicadas sobre una esfera.
-¿Quién anda? -grito.
(Los cables giran al oeste y, como consecuencia, un
perfil humano, alumbrado por un ojo azul intenso, enfrenta al este.)
-¿Qué hay? -pregunto.
-Il café -dice una voz celestial-, lo voglie?
-Voglio tutto -respondo.
(Los cables balanceándose y las escobas fijas en la
esfera siguen al perfil, y yo veo cerca de mi cama una joven rubia, como
de quince años, fresca y robusta; los cables y las escobas eran dos
gruesas trenzas y una cabellera compacta colchando su cabeza.)
Capítulo III
Recuerdos caligráficos, familiares y parlamentarios
He escrito durante mi vida como cuarenta mil páginas,
formato cuarto mayor, y he hablado, contando todas mis frases, palabras
y sílabas emitidas de viva voz, cincuenta mil quinientas horas más o
menos.
Pues bien, con tales antecedentes, no era de esperarse
que cuando la joven se acercó con un plato y una taza en una mano y una
jarrita de leche en la otra, yo no encontrara en mi cabeza una sola idea
expresable.
La taza se movía, metiendo un ruido uniforme al chocar
con el plato, como si la mano que la sustentaba temblara.
A dieta de palabras recurrí a la acción y tomé con mi
izquierda esa mano y con mi derecha la jarrita de leche que coloqué en
la mesa contigua, y luego, la mano izquierda de la niña.
Capítulo IV
Tema insuficiente
Mi esterilidad verbal continuaba, pero, al fin, era
necesario decir algo y yo dije, como en tales casos, una necedad.
-¿Esto es café?
-Eh! sí, caffè!
-¿Y esto leche?
-Ma sí, latte!
-¿Entonces, café con leche?
(La joven me miró asombrada, no entendiendo cómo yo
podía desconfiar de ella, o dudar de que me trajera café con leche y no
otra cosa. Yo noté mi torpeza y volví a quedarme mudo... ¡Qué conflicto!
"no se me ocurrirá nada en un siglo" pensaba. El tema del café con leche
estaba agotado y para dar razón de ser, motivo o pretexto a la
permanencia de la muchacha a mi lado, urgía encontrar otro).
Capítulo V
De cómo encontré el nuevo tema
Las manos de mi camarera no eran un modelo, a menos de
serlo de manos gruesas, ásperas y coloradas; pero estaban articuladas a
unos brazos tostados que terminaban en unos hombros menos tostados, me
lo imagino, los cuales hombros pertenecían a un cuerpo sin tostar,
representado en su parte anterior por una topografía pectoral en extremo
beligerante, a juzgar por la tracción de los botones en los ojales de un
corpiño con ambiciones a chaleco de fuerza.
Al ver estas frondosidades juveniles, recordé mi cuadro
titulado "La nueva Casta Susana" que compré en Florencia, y el tema
salvador apareció.
-¿Cómo te llamas? -le pregunté, temeroso de oírla
decir: me llamo Casta.
-Margarita mi chiamo -me responde.
¡ Margarita debía llamarse, o Dios me confunda!
Nunca en circunstancias análogas a la presente, he
procurado averiguar los apellidos de las Margaritas, pero a falta de
otra pregunta y aún a riesgo de traer a la memoria de la joven, ideas de
respeto filial inconducentes, continué diciendo:
-Margarita ¿qué?
-Margarita Lontana -dice ella ("¡Diablo de apellido
desesperante!" se me ocurre)
-Lontana ¿eh?
-Sí, Lontana!
Y Margarita bajó los ojos fijándolos en el suelo, con
tal insistencia, que si su mirada hubiera sido un taladro, habría hecho
dos agujeros en la tierra.
Yo pasé los dedos meñiques y anulares de Margarita
Lontana entre los correspondientes míos y me puse a contemplarla con
deliciosa atención... Me parece inútil continuar el relato, ¡y lo
suspendo!
Capítulo VI
Epílogo
Y lo suspendo, no por respeto a la moralidad del
lector, en la cual creo medianamente, sino porque el fin es desastroso.
En efecto, mi café con leche se enfrió. Pero esto no es
grave.
Si después de un buen rato de recíproco y reflexivo
mutismo, Margarita, mirándome con inefable, inocente y tranquila
dulzura, al retirar sus manos de las mías, diciéndome: "vi prego" se
hubiera caído muerta, yo habría tenido la ocasión de ver bajar de los
cielos una legión de ángeles a recoger su alma, ¡dejándome su cuerpo
inmaculado!
Capítulo VII
Moralidad
Margarita se fue; yo me encontré solo y me dije para
mis adentros:
"¡Te has conducido como un hombre virtuoso y
continente; debes estar contento de ti mismo!"
... Pero no estaba contento de mí mismo; y aún, eso de
haberme conducido como un hombre virtuoso y continente, ¡tal vez no fue
culpa mía!
¡No metería las manos en el fuego por tal causa!
1897.
EDUARDO WILDE Nacido en Bolivia, en 1844, Wilde llegó a la
Argentina cuando aun era un niño, siguiendo a su padre, un coronel del
ejército regular boliviano, que huía de su país por razones políticas.
Estos días de destierro se grabaron a fuego en su mente, y se verían
reflejados mucho más tarde en una obra póstuma: Aguas abajo. En ella con
el nombre de "Boris", hará el relato de su infancia pueblerina
transcurrida en Bolivia.
Luego de la Batalla de Caseros, Wilde inició los estudios secundarios en
histórico Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, en 1860. Al año
siguiente, expuso en el segundo curso de filosofía a cargo del profesor
Alberto Larroque, un trabajo de examen titulado: Comparación entre la
filosofía moderna y la antigua.
Concluido los estudios preparatorios, ingresó a la Facultad de Medicina
de Buenos Aires. Mientras tanto, enseñó matemáticas y física en la
Escuela de Artes y Oficios, y actuó como practicante interno del
Hospital General de Mujeres. Fue también encargado del Lazareto Interno
de Coléricos, y se destacó en la lucha contra esa epidemia, en 1867,
siendo aun estudiante de cuarto año. Con una brillante tesis doctoral
titulada El hipo, que fue premiada con medalla de oro por la Asociación
Médica Bonaerense, y en la que se dejaban entrever sus aptitudes
literarias, se graduó de médico en 1870. Las ciento cuarenta páginas de
su tesis se hallan provistas de rigurosa información científica,
sazonadas con oportuno humorismo. Se trata de un verdadero tratado de
esa materia, estudiado y considerado bajo todas sus fases.
Ese mismo año, Wilde fue designado médico de Sanidad del Puerto. En el
puesto cumplió una excelente labor como médico de la parroquia Monserrat
durante la epidemia de fiebre amarilla de 1871, y mereció el
reconocimiento unánime de la población.
Poco después, durante la guerra con el Paraguay, ejerció funciones como
cirujano del ejército. Se le encargó la preparación de un hospital y la
organización de un cuerpo médico para atender los heridos que procedían
del frente de batalla.
Vuelta la paz, Wilde fue nombrado profesor sustituto de anatomía en la
Facultad de Ciencias Médicas de Buenos Aires, en 1873, y al año
siguiente, miembro académico de la Facultad de Ciencias
Físico-Naturales. En 1875, fue profesor de Medicina Legal y Toxicología
en la Facultad de Ciencias Médicas, y en 1876, catedrático de Anatomía
en el Colegio Nacional de Buenos Aires.
Por entonces, comenzó sus actividad política, como delegado al Consejo
Superior Universitario en 1876 y 1877, y miembro de la Comisión
encargada de proyectar un estatuto universitario.
Fue electo diputado a la legislatura de Buenos Aires, en 1874,
desempeñándose hasta 1876, y reelegido hasta 1880. Afiliado al Partido
Autonomista, llegó a ser vicepresidente de la Cámara. Ocupó en 1882,
bajo la primera presidencia del general Roca, el Ministerio de Justicia
e Instrucción Pública, desde donde propició la sanción de algunas leyes
fundamentales, como la Nº 1420, de educación común, gratuita,
obligatoria y laica; la Nº 1565 de Registro Civil; la Nº 2393, de
Matrimonio Civil; leyes de un carácter liberal que desataron enconados
comentarios contra Wilde y que originaron memorables polémicas en el
Congreso y en la prensa. Intervino en esos debates donde tuvo como
adversarios a hombres de la talla de Pedro Goyena, Manuel Pizarro y
Aristóbulo del Valle. Demostró en la Cámara sus altas dotes oratorias y
vastísimos conocimientos.
En la presidencia del doctor Miguel Juárez Celman desempeñó la cartera
del Ministerio del Interior, en 1886, siendo sus preocupaciones
dominantes la higiene pública y la cultura del país.
La conmoción política de 1890, lo decidió a embarcarse, en exilio
voluntario, con destino a Europa. Por espacio de ocho años recorrió
numerosos países de Europa, Egipto, China, Japón y Estados Unidos. El
fruto esta experiencia fue reunido en sus obras Viajes y observaciones y
Por mares y por tierras, más de mil seiscientas páginas de valiosa
información, donde recogió las costumbres de aquellos países.
Ocupó otras importantes funciones públicas: fue vocal de la Comisión
Nacional de Escuelas; de la Comisión de Aguas Corrientes, Cloacas y
Adoquinados; de la Comisión del Parque Tres de Febrero, y de la
encargada de levantar planos y presupuestos para el Hospital Militar. En
1898, se hizo cargo por segunda vez de la presidencia del Departamento
Nacional de Higiene, que ya había desempeñado en 1880.
Pero no descuidó en esos años la producción científica, sino que publicó
dos libros de carácter didáctico y científico: las Lecciones de Higiene
y Lecciones en medicina legal y toxicología, de vasta resonancia en la
incipiente ciencia argentina. A éstas, les siguió Prometeo y Cía., con
recuerdos de su experiencia profesional.
Su labor como escritor nació de la mano del periodismo, desde su
juventud. Fue redactor de El Bachiller, periódico estudiantil, y
perteneció como cronista a La Nación Argentina. Colaboró en Tribuna, El
Pueblo, El Nacional y dirigió La República durante cuatro años. En sus
páginas literarias, se vislumbra el estilo de un fino humorista. "Wilde
hizo de la ironía un instrumento intelectual de precisión, y del
ridículo un arma formidable", se expresó de él.
Vuelto al poder su partido con la segunda presidencia de Roca, se
incorporó al servicio diplomático como enviado extraordinario y ministro
plenipotenciario para representar a nuestro país, sucesivamente ante los
gobiernos de Estados Unidos y México, y después ante los de Bélgica,
Holanda y España. En 1901, fue delegado argentino en el Congreso
Internacional sanitario de La Habana, y en 1902, en el Congreso
Internacional para mejorar la suerte de los ciegos. También participó
del Congreso Internacional de Bruselas para el estudio de las regiones
polares; y a la Conferencia Telegráfica Internacional de Lisboa.
Falleció en Bruselas, el 4 de septiembre de 1913, a los 69 años de edad,
mientras ejercía su labor diplomática. El Poder Ejecutivo Nacional
decretó honores póstumos, correspondientes a su alto cargo diplomático,
y a los demás servicios prestados al país. Su deceso fue un
acontecimiento de trascendencia internacional.
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