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La lluvia de fuego
Evocación de un desencarnado de Gomorra
Y tornaré el cielo de hierro y la tierra de cobre.
Levítico, XXVI - 19.
Recuerdo que era un día de sol hermoso, lleno del hormigueo popular, en
las calles atronadas de vehículos. Un día asaz cálido y de tersura
perfecta.
Desde mi terraza dominaba una vasta confusión de techos, vergeles
salteados, un trozo de bahía punzado de mástiles, la recta gris de una
avenida...
A eso de las once cayeron las primeras chispas. Una aquí, otra allá
—partículas de cobre semejantes a las morcellas de un pábilo; partículas
de cobre incandescente que daban en el suelo con un ruidecito de arena.
El cielo seguía de igual limpidez; el rumor urbano no decrecía.
Únicamente los pájaros de mi pajarera cesaron de cantar.
Casualmente lo había advertido, mirando hacia el horizonte en un momento
de abstracción. Primero creí en una ilusión óptica formada por mi
miopía. Tuve que esperar largo rato para ver caer otra chispa, pues la
luz solar anegábalas bastante; pero el cobre ardía de tal modo, que se
destacaban lo mismo. Una rapidísima vírgula de fuego, y el golpecito en
la tierra. Así, a largos intervalos.
Debo confesar que al comprobarlo, experimenté un vago terror. Exploré el
cielo en una ansiosa ojeada. Persistía la limpidez. ¿De dónde venía
aquel extraño granizo? ¿Aquel cobre? ¿Era cobre?...
Acababa de caer una chispa en mi terraza, a pocos pasos. Extendí la
mano; era, a no caber duda, un gránulo de cobre que tardó mucho en
enfriarse. Por fortuna la brisa se levantaba, inclinando aquella lluvia
singular hacia el lado opuesto de mi terraza. Las chispas eran harto
ralas, además. Podía creerse por momentos que aquello había ya cesado.
No cesaba. Uno que otro, eso sí, pero caían siempre los temibles
gránulos.
En fin, aquello no había de impedirme almorzar, pues era el mediodía.
Bajé al comedor atravesando el jardín, no sin cierto miedo de las
chispas. Verdad es que el toldo, corrido para evitar el sol, me
resguardaba...
¿Me resguardaba? Alcé los ojos; pero un toldo tiene tantos poros, que
nada pude descubrir.
En el comedor me esperaba un almuerzo admirable; pues mi afortunado
celibato sabía dos cosas sobre todo: leer y comer. Excepto la
biblioteca, el comedor era mi orgullo. Ahíto de mujeres y un poco
gotoso, en punto a vicios amables nada podía esperar ya sino de la gula.
Comía solo, mientras un esclavo me leía narraciones geográficas. Nunca
había podido comprender las comidas en compañía; y si las mujeres me
hastiaban, como he dicho, ya comprenderéis que aborrecía a los hombres.
¡Diez años me separaban de mi última orgía! Desde entonces, entregado a
mis jardines, a mis peces, a mis pájaros, faltábame tiempo para salir.
Alguna vez, en las tardes muy calurosas, un paseo a la orilla del lago.
Me gustaba verlo, escamado de luna al anochecer, pero esto era todo y
pasaba meses sin frecuentarlo.
La vasta ciudad libertina era para mí un desierto donde se refugiaban
mis placeres. Escasos amigos; breves visitas; largas horas de mesa;
lecturas; mis peces; mis pájaros; una que otra noche tal cual orquesta
de flautistas, y dos o tres ataques de gota por año...
Tenía el honor de ser consultado para los banquetes, y por ahí
figuraban, no sin elogio, dos o tres salsas de mi invención. Esto me
daba derecho —lo digo sin orgullo— a un busto municipal, con tanta razón
como a la compatriota que acababa de inventar un nuevo beso.
Entre tanto, mi esclavo leía. Leía narraciones de mar y de nieve, que
comentaban admirablemente, en la ya entrada siesta, el generoso frescor
de las ánforas. La lluvia de fuego había cesado quizá, pues la
servidumbre no daba muestras de notarla.
De pronto, el esclavo que atravesaba el jardín con un nuevo plato, no
pudo reprimir un grito. Llegó, no obstante, a la mesa; pero acusando con
su lividez un dolor horrible. Tenía en su desnuda espalda un agujerillo,
en cuyo fondo sentíase chirriar aún la chispa voraz que lo había
abierto. Ahogámosla en aceite, y fue enviado al lecho sin que pudiera
contener sus ayes.
Bruscamente acabó mi apetito; y aunque seguí probando los platos para no
desmoralizar a la servidumbre, aquélla se apresuró a comprenderme. El
incidente me había desconcertado.
Promediaba la siesta cuando subí nuevamente a la terraza. El suelo
estaba ya sembrado de gránulos de cobre; mas no parecía que la lluvia
aumentara. Comenzaba a tranquilizarme, cuando una nueva inquietud me
sobrecogió. El silencio era absoluto. El tráfico estaba paralizado a
causa del fenómeno, sin duda. Ni un rumor en la ciudad. Sólo, de cuando
en cuando, un vago murmullo de viento sobre los árboles. Era también
alarmante la actitud de los pájaros. Habíanse apelotonado en un rincón,
casi unos sobre otros. Me dieron compasión y decidí abrirles la puerta.
No quisieron salir; antes se recogieron más acongojados aún. Entonces
comenzó a intimidarme la idea de un cataclismo.
Sin ser grande mi erudición científica, sabía que nadie mencionó jamás
esas lluvias de cobre incandescente. ¡Lluvias de cobre! En el aire no
hay minas de cobre. Luego aquella limpidez del cielo no dejaba
conjeturar la procedencia. Y lo alarmante del fenómeno era esto. Las
chispas venían de todas partes y de ninguna. Era la inmensidad
desmenuzándose invisiblemente en fuego. Caía del firmamento el terrible
cobre —pero el firmamento permanecía impasible en su azul. Ganábame poco
a poco una extraña congoja; pero, cosa rara: hasta entonces no había
pensado en huir. Esta idea se mezcló con desagradables interrogaciones.
¡Huir! ¿Y mi mesa, mis libros, mis pájaros, mis peces que acababa
precisamente de estrenar un vivero, mis jardines ya ennoblecidos de
antigüedad, mis cincuenta años de placidez, en la dicha del presente, en
el descuido del mañana?...
¿Huir? . . . Y pensé con horror en mis posesiones (que no conocía) del
otro lado del desierto, con sus camelleros viviendo en tiendas de lana
negra y tomando por todo alimento leche cuajada, trigo tostado, miel
agria...
Quedaba una fuga por el lago, corta fuga después de todo, si en el lago
como en el desierto, según era lógico, llovía cobre también; pues no
viniendo aquello de ningún foco visible, debía ser general.
No obstante el vago terror que me alarmaba, decíame todo eso claramente,
lo discutía conmigo mismo, un poco enervado a la verdad por el letargo
digestivo de mi siesta consuetudinaria. Y después de todo, algo me decía
que el fenómeno no iba a pasar de allí. Sin embargo, nada se perdía con
hacer armar el carro.
En ese momento llenó el aire una vasta vibración de campanas. Y casi
junto con ella, advertí una cosa: ya no llovía cobre. El repique era una
acción de gracias, coreada casi acto continuo por el murmullo habitual
de la ciudad. Ésta despertaba de su fugaz atonía, doblemente gárrula. En
algunos barrios hasta quemaban petardos.
Acodado al parapeto de la terraza, miraba con un desconocido bienestar
solidario la animación vespertina que era todo amor y lujo. El cielo
seguía purísimo. Muchachos afanosos recogían en escudillas la granalla
de cobre, que los caldereros habían empezado a comprar. Era todo cuanto
quedaba de la grande amenaza celeste.
Más numerosa que nunca, la gente de placer coloría las calles; y aun
recuerdo que sonreí vagamente a un equívoco mancebo, cuya túnica
recogida hasta las caderas en un salto de bocacalle, dejó ver sus
piernas glabras, jaqueladas de cintas. Las cortesanas, con el seno
desnudo según la nueva moda, y apuntalado en deslumbrante coselete,
paseaban su indolencia sudando perfumes. Un viejo lenón erguido en su
carro manejaba como si fuese una vela una hoja de estaño, que con
apropiadas pinturas anunciaba amores monstruosos de fieras:
ayunta-mientos de lagartos con cisnes; un mono y una foca; una doncella
cubierta por la delirante pedrería de un pavo real. Bello cartel, a fe
mía; y garantida la autenticidad de las piezas. Animales amaestrados por
no sé qué hechicería bárbara, y desequilibrados con opio y con
asafétida.
Seguido por tres jóvenes enmascarados pasó un negro amabilísimo, que
dibujaba en los patios, con polvos de colores derramados al ritmo de una
danza, escenas secretas. También depilaba al oropimente y sabía dorar
las uñas.
Un personaje fofo, cuya condición de eunuco se adivinaba en su morbidez,
pregonaba al son de crótalos de bronces, cobertores de un tejido
singular que producía el insomnio y el deseo. Cobertores cuya abolición
habían pedido los ciudadanos honrados. Pues mi ciudad sabía gozar, sabía
vivir. Al anochecer recibí dos visitas que cenaron conmigo. Un
condiscípulo jovial, matemático cuya vida desarreglada era el escándalo
de la ciencia, y un agricultor enriquecido. La gente sentía necesidad de
visitarse después de aquellas chispas de cobre. De visitarse y de beber,
pues ambos se retiraron completamente borrachos. Yo hice una rápida
salida. La ciudad, caprichosamente iluminada, había aprovechado la
coyuntura para decretarse una noche de fiesta. En algunas cornisas,
alumbraban perfumando, lámparas de incienso. Desde sus balcones, las
jóvenes burguesas, excesivamente ataviadas, se divertían en proyectar de
un soplo a las narices de los transeúntes distraídos, tripas
pintarrajeadas y crepitantes de cascabeles. En cada esquina se bailaba.
De balcón a balcón cambiábanse flores y gatitos de dulce. El césped de
los parques palpitaba de parejas.
Regresé temprano y rendido. Nunca me acogí al lecho con más grata
pesadez de sueño.
Desperté bañado en sudor, los ojos turbios, la garganta reseca. Había
afuera un rumor de lluvia. Buscando algo, me apoyé en la pared, y por mi
cuerpo corrió como un latigazo el escalofrío del miedo. La pared estaba
caliente y conmovida por una sorda vibración. Casi no necesité abrir la
ventana para darme cuenta de lo que ocurría.
La lluvia de cobre había vuelto, pero esta vez nutrida y compacta. Un
caliginoso vaho sofocaba la ciudad; un olor entre fosfatado y urinoso
apestaba el aire Por fortuna, mi casa estaba rodeada de galerías y
aquella lluvia no alcanzaba las puertas.
Abrí la que daba al jardín. Los árboles estaban negros, ya sin follaje;
el piso, cubierto de hojas carbonizadas. El aire, rayado de vírgulas de
fuego, era de una paralización mortal; y por entre aquéllas se divisaba
el firmamento, siempre impasible, siempre celeste.
Llamé, llamé en vano. Penetré hasta los aposentos famularios. La
servidumbre se había ido. Envueltas las piernas en un cobertor de viso,
acorazándome espaldas y cabeza con una bañera de metal que me aplastaba
horriblemente, pude llegar hasta las caballerizas. Los caballos habían
desaparecido también. Y con una tranquilidad que hacía honor a mis
nervios, me di cuenta de que estaba perdido.
Afortunadamente, el comedor se encontraba lleno de provisiones; su
sótano, atestado de vinos. Bajé a él. Conservaba todavía su frescura;
hasta su fondo no llegaba la vibración de la pesada lluvia, el eco de su
grave crepitación. Bebí una botella, y luego extraje de la alacena
secreta el pomo de vino envenenado. Todos los que teníamos bodega
poseíamos uno, aunque no lo usáramos ni tuviéramos convidados cargosos.
Era un licor claro e insípido, de efectos instantáneos.
Reanimado por el vino, examiné mi situación. Era asaz sencilla. No
pudiendo huir, la muerte me esperaba; pero con el veneno aquél, la
muerte me pertenecía. Y decidí ver eso todo lo posible, pues era, a no
dudarlo, un espectáculo singular. ¡Una lluvia de cobre incandescente!
¡La ciudad en llamas! Valía la pena.
Subí a la terraza, pero no pude pasar de la puerta que daba acceso a
ella. Veía desde allá lo bastante, sin embargo. Veía y escuchaba. La
soledad era absoluta. La crepitación no se interrumpía sino por uno que
otro ululato de perro, o explosión anormal. El ambiente estaba rojo; y a
su través, troncos, chimeneas, casas, blanqueaban con una lividez
tristísima. Los pocos árboles que conservaban follaje retorcíanse,
negros, de un negro de estaño. La luz había decrecido un poco, no
obstante de persistir la limpidez celeste. El horizonte estaba, esto sí,
mucho más cerca, y como ahogado en ceniza. Sobre el lago flotaba un
denso vapor, que algo corregía la extraordinaria sequedad del aire.
Percibíase claramente la combustible lluvia, en trazos de cobre que
vibraban como el cordaje innumerable de un arpa, y de cuando en cuando
mezclábanse con ella ligeras flámulas. Humaredas negras anunciaban
incendios aquí y allá.
Mis pájaros comenzaban a morir de sed y hube de bajar hasta el aljibe
para llevarles agua. El sótano comunicaba con aquel depósito, vasta
cisterna que podía resistir mucho al fuego celeste; mas por los
conductos que del techo y de los patios desembocaban allá, habíase
deslizado algún cobre y el agua tenía un gusto particular, entre natrón
y orina, con tendencia a salarse. Bastóme levantar las trampillas de
mosaico que cerraban aquellas vías, para cortar a mi agua toda
comunicación con el exterior.
Esa tarde y toda la noche fue horrendo el espectáculo de la ciudad.
Quemaba en sus domicilios, la gente huía despavorida, para arderse en
las calles en la campiña desolada; y la población agonizó bárbaramente,
con ayes y clamores de una amplitud, de un horror, de una variedad
estupendos. Nada hay tan sublime como la voz humana. El derrumbe de los
edificios, la combustión de tantas mercancías y efectos diversos, y más
que todo, la quemazón de tantos cuerpos, acabaron por agregar al
cataclismo el tormento de su hedor infernal. Al declinar el sol, el aire
estaba casi negro de humo y de polvaredas. Las flámulas que danzaban por
la mañana entre el cobre pluvial, eran ahora llamaradas siniestras.
Empezó a soplar un viento ardentísimo, denso, como alquitrán caliente.
Parecía que se estuviese en un inmenso horno sombrío. Cielo, tierra,
aire, todo acababa. No había más que tinieblas y fuego. ¡Ah, el horror
de aquellas tinieblas que todo el fuego, el enorme fuego de la ciudad
ardida no alcanzaba a dominar; y aquella fetidez de pingajos, de azufre,
de grasa cadavérica en el aire seco que hacía escupir sangre; y aquellos
clamores que no sé cómo no acababan nunca, aquellos clamores que cubrían
el rumor del incendio, más vasto que un huracán, aquellos clamores en
que aullaban, gemían, bramaban todas las bestias con un inefable pavor
de eternidad!...
Bajé a la cisterna, sin haber perdido hasta entonces mi presencia de
ánimo, pero enteramente erizado con todo aquel horror; y al verme de
pronto en esa obscuridad amiga, al amparo de la frescura, ante el
silencio del agua subterránea, me acometió de pronto un miedo que no
sentía –estoy seguro– desde cuarenta años atrás, el miedo infantil de
una presencia enemiga y difusa; y me eché a llorar, a llorar como un
loco, a llorar de miedo, allá en un rincón, sin rubor alguno.
No fue sino muy tarde, cuando al escuchar el derrumbe de un techo, se me
ocurrió apuntalar la puerta del sótano. Hícelo así con su propia
escalera y algunos barrotes de la estantería, devolviéndome aquella
defensa alguna tranquilidad; no porque hubiera de salvarme, sino por la
benéfica influencia de la acción. Cayendo a cada instante en modorras
que entrecortaban funestas pesadillas, pasé las horas. Continuamente oía
derrumbes allá cerca. Había encendido dos lámparas que traje conmigo,
para darme valor, pues la cisterna era asaz lóbrega. Hasta llegué a
comer, bien que sin apetito, los restos de un pastel. En cambio bebí
mucha agua.
De repente mis lámparas empezaron a amortiguarse, y junto con eso el
terror, el terror paralizante esta vez, me asaltó. Había gastado, sin
prevenirlo, toda mi luz, pues no tenía sino aquellas lámparas. No
advertí, al descender esa tarde, traerlas todas conmigo.
Las luces decrecieron y se apagaron. Entonces advertí que la cisterna
empezaba a llenarse con el hedor del incendio. No quedaba otro remedio
que salir; y luego, todo, todo era preferible a morir asfixiado como una
alimaña en su cueva.
A duras penas conseguí alzar la tapa del sótano que los escombros del
comedor cubrían...
...Por segunda vez había cesado la lluvia infernal. Pero la ciudad ya no
existía. Techos, puertas, gran cantidad de muros, todas las torres
yacían en ruinas. El silencio era colosal, un verdadero silencio de
catástrofe. Cinco o seis grandes humaredas empinaban aún sus penachos; y
bajo el cielo que no se había enturbiado ni un momento, un cielo cuya
crudeza azul certificaba indiferencias eternas, la pobre ciudad, mi
pobre ciudad, muerta, muerta para siempre, hedía como un verdadero
cadáver.
La singularidad de la situación, lo enorme del fenómeno, y sin duda
también el regocijo de haberme salvado, único entre todos, cohibían mi
dolor reemplazándolo por una curiosidad sombría. El arco de mi zaguán
había quedado en pie y asiéndome de las adarajas pude llegar hasta su
ápice.
No quedaba un solo resto combustible y aquello se parecía mucho a un
escorial volcánico. A trechos, en los parajes que la ceniza no cubría,
brillaba con un bermejor de fuego, el metal llovido. Hacia el lado del
desierto, resplandecía hasta perderse de vista un arenal de cobre. En
las montañas, a la otra margen del lago, las aguas evaporadas de éste
condensábanse en una tormenta. Eran ellas las que habían mantenido
respirable el aire durante el cataclismo. El sol brillaba inmenso, y
aquella soledad empezaba a agobiarme con una honda desolación cuando
hacia el lado del puerto percibí un bulto que vagaba entre las ruinas.
Era un hombre, y habíame percibido ciertamente, pues se dirigía a mí.
No hicimos ademán alguno de extrañeza cuando llegó, y trepando por el
arco vino a sentarse conmigo. Tratábase de un piloto, salvado como yo en
una bodega, pero apuñaleando a su propietario. Acababa de agotársele el
agua y por ello salía.
Asegurado a este respecto, empecé a interrogarlo. Todos los barcos
ardieron, los muelles, los depósitos; y el lago habíase vuelto amargo.
Aunque advertí que hablábamos en voz baja, no me atreví —ignoro por qué—
a levantar la mía.
Ofrecíle mi bodega, donde quedaban aún dos docenas de jamones, algunos
quesos, todo el vino...
De repente notamos una polvareda hacia el lado del desierto. La
polvareda de una carrera. Alguna partida que enviaban, quizá, en
socorro, los compatriotas de Adama o de Seboim.
Pronto hubimos de sustituir esta esperanza por un espectáculo tan
desolador como peligroso.
Era un tropel de leones, las fieras sobrevivientes del desierto, que
acudían a la ciudad como a un oasis, furiosos de sed, enloquecidos de
cataclismo.
La sed y no el hambre los enfurecía, pues pasaron junto a nosotros sin
advertirnos. ¡Y en qué estado venían! Nada como ellos revelaba tan
lúgubremente la catástrofe.
Pelados como gatos sarnosos, reducida a escasos chicharrones la crin,
secos los ijares, en una desproporción de cómicos a medio vestir con la
fiera cabezota, el rabo agudo y crispado como el de una rata que huye,
las garras pustulosas, chorreando sangre —todo aquello decía a las
claras sus tres días de horror bajo el azote celeste, al azar de las
inseguras cavernas que no habían conseguido ampararlos.
Rondaban los surtidores secos con un desvarío humano en sus ojos, y
bruscamente reemprendían su carrera en busca de otro depósito, agotado
también, hasta que sentándose por último en torno del postrero, con el
calcinado hocico en alto, la mirada vagorosa de desolación y de
eternidad, quejándose al cielo, estoy seguro, pusiéronse a rugir.
Ah... nada, ni el cataclismo con sus horrores, ni el clamor de la ciudad
moribunda era tan horroroso como ese llanto de fiera sobre las ruinas.
Aquellos rugidos tenían una evidencia de palabra. Lloraban quién sabe
qué dolores de inconsciencia y de desierto a alguna divinidad obscura.
El alma sucinta de la bestia agregaba a sus terrores de muerte, el pavor
de lo incomprensible. Si todo estaba lo mismo, el sol cuotidiano, el
cielo eterno, el desierto familiar, ¿por qué se ardían y por qué no
había agua?... Y careciendo de toda idea de relación con los fenómenos,
su horror era ciego, es decir, más espantoso. El transporte de su dolor
elevábalos a cierta vaga noción de provenencia, ante aquel cielo de
donde había estado cayendo la lluvia infernal; y sus rugidos preguntaban
ciertamente algo a la cosa tremenda que causaba su padecer. Ah... esos
rugidos, lo único de grandioso que conservaban aún aquellas fieras
disminuidas: cual comentaban el horrendo secreto de la catástrofe; cómo
interpretaban en su dolor irremediable la eterna soledad, el eterno
silencio, la eterna sed...
Aquello no debía durar mucho. El metal candente empezó a llover de
nuevo, más compacto, más pesado que nunca.
En nuestro súbito descenso, alcanzamos a ver que las fieras se
desbandaban buscando abrigo bajo los escombros.
Llegamos a la bodega, no sin que nos alcanzaran algunas chispas; y
comprendiendo que aquel nuevo chaparrón iba a consumar la ruina, me
dispuse a concluir.
Mientras mi compañero abusaba de la bodega —por primera y última vez, a
buen seguro—decidí aprovechar el agua de la cisterna en mi baño fúnebre;
y después de buscar inútilmente un trozo de jabón, descendí a ella por
la escalinata que servía para efectuar su limpieza.
Llevaba conmigo el pomo de veneno, que me causaba un gran bienestar
apenas turbado por la curiosidad de la muerte.
El agua fresca y la obscuridad, me devolvieron a las voluptuosidades de
mi existencia de rico que acababa de concluir. Hundido hasta el cuello,
el regocijo de la limpieza y una dulce impresión de domesticidad,
acabaron de serenarme.
Oía afuera el huracán de fuego. Comenzaban otra vez a caer escombros. De
la bodega no llegaba un solo rumor. Percibí en eso un reflejo de llamas
que entraban por la puerta del sótano, el característico tufo urinoso...
Llevé el pomo a mis labios, y...
LEOPOLDO LUGONES
(1874 – 1938)
Nació en 1874 en Villa de María en el departamento cordobés del Río
Seco. Fue el primogénito del matrimonio de Santiago Lugones y Custodia
Argüello. En su niñez, la familia se trasladó primero a Santiago del
Estero y posteriormente a Ojo de Agua, una villa con pocos habitantes,
donde cursó sus estudios primarios.
A los diez años, se destacaba por su memoria, gusto por la lectura e
interés por las ciencias naturales. Se cuenta que lo llamaban para
amenizar las "tertulias" familiares. Sus padres decidieron enviarlo a
Córdoba con su abuela materna para que siguiese los estudios superiores.
En 1892 Leopoldo volvió a vivir con su familia que se había trasladado a
Córdoba después de haber perdido su estancia. La crítica situación
económica lo llevó a tener que comenzar a trabajar y convertirse en un
autodidacta.
En esta época dio con éxito sus primeros pasos en la vida pública.
Recitó su primera composición en el Teatro Indarte, dirigió el periódico
liberal y anticlerical "El Pensamiento Libre" y se alistó
voluntariamente para enfrentar a las fuerzas radicales sublevadas en
Rosario.
En Córdoba, Lugones se fue convirtiendo en un personaje popular capaz de
ser contrapunto de los payadores del barrio, publicar versos
controvertidos con el seudónimo Gil Paz, promover huelgas estudiantiles
y fundar un centro socialista.
El año de 1896 fue decisivo para Lugones: se instaló en Buenos Aires y
se casó con Juana González. En la gran ciudad se unió al grupo
socialista de escritores integrado por José Ingenieros, Roberto Payró,
Ernesto de la Cárcova, escribió en el periódico socialista "La
Vanguardia" y en la "Tribuna", órgano del roquismo y se ganó al
distinguido auditorio del Ateneo. A los 22 años comienza a escribir en
"La Nación", promovido por su amigo Rubén Darío. Publicó su primer libro
"Las montañas del oro" (1897), basado en una influencia tardía del
Romanticismo Francés.
El "novecientos" fue una época de intensa producción en la que escribió
muchas de sus obras más valoradas como "Crepúsculos del jardín" (1905)
donde se acerca al modernismo hispanista y a las nuevas corrientes
literarias francesas: simbolismo, decadentismo, parnasianismo. Esta
tendencia alcanza su máxima expresión en "Lunario sentimental" (1909).
En su obra "Las fuerzas extrañas" (1906). Lugones plasmará sus
habilidades para escribir cuentos de misterio. Este trabajo junto con
los "Cuentos fatales" (1926) renuevan el género de la forma breve e
inician una fecunda tradición en el Río de la Plata, en la que se
inscribirán escritores como Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y
Julio Cortázar.
En 1901 ocupó el cargo de inspector de secundaria y normal bajo las
órdenes de Pablo A. Pizzurno y Virgilio Magnasco. Posteriormente asumió
la inspección general donde concretó varias de las ideas plasmadas en su
estudio sobre la "Reforma educacional": cursos especiales en vacaciones,
fundación del Instituto Nacional del Profesorado Secundario, creación de
las cátedras de Educación Física y Dibujo, reglamentación para el
ingreso de alumnos a la enseñanza secundaria. Más adelante fue
comisionado en viaje a Europa para estudiar las novedades pedagógicas.
En 1915 se hizo cargo de la dirección de la Biblioteca Nacional de
Maestros que ejerció hasta su muerte.
En 1910, la conmemoración del Centenario de Mayo representó el cenit del
movimiento de afirmación de los valores y tradiciones nacionales. Bajo
ese impulso, Lugones publicó varios trabajos: "Odas seculares" (1910) y
la "Historia de Sarmiento" (1911).
En "El Payador" (1916), reúne una serie de conferencias sobre "Martín
Fierro" de José Hernández que rescatan la obra, calificándola de "Cuento
Homérico de la Cultura Argentina"... Este particular enfoque instaló en
la crítica una fructífera polémica que se prolongó por décadas y cuyo
resultado fue la aceptación del Poema como la obra emblemática de la
identidad literaria argentina. La lectura que Lugones hace deja entrever
otro de sus principales puntos de interés intelectual; la cultura
clásica. En este campo su producción incluye las obras "Didáctica"
(1910); "Las limaduras de Hephaestos" (1910), "Estudios Helénicos"
(1924) y "Nuevos estudios Helénicos" (1928).
En Europa se vivía un tiempo de incertidumbre instalado con la guerra
mundial, la revolución de los "soviet" y el fascismo italiano, mientras
en Argentina se sentía la crisis económica y la inestabilidad política.
Lugones fue un observador atento de la situación internacional y un
hombre de acción en su país.
Lentamente, su visión socialista fue dando paso a un pensamiento
nacionalista de originales matices, crítico del liberalismo y alejado de
las posiciones católicas. Este Lugones maduro fue igual de controvertido
que en sus posiciones juveniles al apoyar el militarismo de la década
del treinta.
Su trabajo incesante se plasmó en numerosos escritos, artículos de
prensa y conferencias que le merecieron el nombramiento en la Asamblea
de Cooperación Intelectual de la Liga de las Naciones (1924), el Premio
Nacional de Literatura (1926) y la presidencia de la Sociedad Argentina
de Escritores, fundada con su impulso (1928).
En esta etapa, aumentó con ritmo vertiginoso su ya cuantiosa producción
intelectual entre la que se encuentra "Poemas solariegos" (1928) uno de
sus títulos más elogiados y los ensayos "La patria fuerte" (1930) y "La
grande Argentina" (1930), indispensables para comprender la época y la
generación de Lugones.
Puso fin voluntariamente a su vida en una isla del Tigre. Los boletines
informativos sorprendieron a la opinión pública tanto como a quienes lo
trataban cotidianamente en la Biblioteca Nacional de Maestros.
Lugones aún hoy genera controversias por su cambiante temperamento
político. El tiempo, sin embargo, lo ha destacado como una figura
central de la cultura argentina y como uno de sus más grandes
escritores.
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