
Ilustração: Botero |
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Todo movimiento es cacería
a Inés Vásquez
el universo es un oscuro claro
andante bosque/ donde todo
movimiento es cacería.
Amelia Biagioni.
Diana había redactado el aviso cuatro noches atrás,
mientras Galia decoraba la casa y Verena diseñaba los detalles del menú.
Desde el comienzo fue así: Verena se ocupaba de los asuntos de cocina y
de la maceración de las carnes con adobos y pesadumbres que había
aprendido a preparar en las Misiones Africanas. También Galia colaboraba
a veces en la preparación de los platos, aunque no del plato fuerte; con
ése sólo se animaba Verena, que había estado en Boca do Acre y a orillas
del río Das Mortes y llegó una vez hasta Niamey para aprender entre
salvajes -casi muerta bajo el sol- a condimentar carnes de caza.
Galia había vivido algunas temporadas en Matadi,
Katanga y Port Etienne. Diana, en cambio, sólo había realizado en una
ocasión un crucero por Molucas y -ya embarcada en el proyecto- recorrió
Tricomalee y Calamianes con el propósito de perfeccionarse en modos de
acceso a la presa; pero ninguna aprendió a cocinar como Verena. Eso, la
habilidad que Verena desplegaba en la cocina, llevó a Diana a ocuparse
de las relaciones públicas y las cuestiones de la caza - intensa,
febril- e hizo que Galia, que tenía un gusto refinado y estaba
emparentada con lo más granado de Buenos Aires, se encargara de la
decoración de las salas, así como de la atención personalizada a las
clientas, que era el sello distintivo del club.
Las tres habían anhelado ser otras. Lo habían deseado
intensamente pero, como en el poema que Diana más amaba, el laberinto
múltiple de pasos que sus días tejieron desde un día de la niñez, acabó
por llevarlas a esa decisión. Siempre habían sido mujeres enérgicas,
ávidas de conocer tradiciones insólitas, costumbres que alguna vez
acabarían por serles de provecho; pero fue Galia la de la idea, la que
convocó a sus amigas de la niñez, a comienzos de los ochenta, para
fundar el club. Antes de eso, las tres habían militado en movimientos de
mujeres y era esto, más que ninguna otra cosa, lo que dotaba de sustento
al proyecto.
Juntas decidieron, desde los inicios, enmascarar las
actividades bajo la forma de un servicio de acompañantes gordas, y ese
encuadre, lo comprobaron enseguida, resultó inmejorable; pero no era un
servicio de acompañantes, en realidad se trataba de un club, con socias,
pago riguroso de cuotas, ritos de iniciación y ceremonias de pasaje, que
tenía, entre otras comodidades, sauna, salón de belleza, sala de masajes
y, como razón de ser, un restaurante exclusivo. Si alguien llamaba
buscando una gorda o si, aunque más no fuera solapadamen- te, dejaba
traslucir su deseo de encontrarla, ellas ponían en acción la maquinaria.
Así funcionaron durante meses, de un modo privado, secreto, para
satisfacer la demanda de amigas o conocidas, hasta que la materia prima
resultó insuficiente y se vieron obligadas a publicar avisos.
El aviso decía: Acompañantes gordas.
Gordas dispuestas a todo. A Diana le pareció que sonaba
bien y que muchos se iban a interesar en la oferta. Las tres habían
descubierto mucho tiempo atrás la existencia de hombres a los que les
gustan las mujeres gordas y que se colocan frente a esto a medio camino
entre un fetichista y un voyeur. Pero al cumplir cuarenta, descubrieron
las delicias de la vida sibarítica e hicieron un plan riguroso de
comidas donde no faltaban las macadamias ni los cocos, ni las castañas
de cajú, ni las salsas espesadas con crema, con el propósito de engordar
en un año no menos de sesenta kilos. Subir de peso, subir tal cantidad,
no fue -como lo creyeron en un comienzo- tarea fácil. Cada una a su
manera se había pasado veinte años haciendo dieta, a la pesca de amores
perdurables; hasta que les nació la conciencia y decidieron dar un
vuelco en sus vidas, mudar todo eso por las almendras, los chocolates,
los licuados de banana con leche y los especiales de jamón crudo con
manteca. Una vez libradas del rigor de la balanza, abiertas las
compuertas para engordar sin límites, subieron rápidamente entre veinte
y treinta kilos y se estancaron ahí, sin encontrar el modo de subir las
cuentas a sesenta, setenta kilos, que era lo que necesitaban para
ponerse en forma, iniciar el servicio de acompañan- tes y abrir el club
a la clientela.
Probaron con pasta de avellanas y miel durante el
desayuno. Se acostumbraron a interrum- pir la noche con entremeses.
Ponían los despertado- res a las tres, a las cinco y a las siete, y
manotea- ban a oscuras los bombones de licor, las trufas, el chocolate
en rama que habían dejado sobre las mesitas de noche. Devoraban en las
mañanas aceitunas negras, provolone, panes untados con pasta de anchoas,
con paté, con roquefort, con manteca, y se atiborraban de chicharrón que
la mucama les traía del campo.
Se habían propuesto subir no menos de tres kilos por
semana para que los preparativos de apertura no se demoraran, de modo
que en meses -a lo sumo un año- estuvieran en condiciones de abrir un
comedor que se convirtiera en el atractivo fundamental, el non plus
ultra del club. Pero lo que en un comienzo pareció de extrema facilidad,
termi- nó siendo una empresa que les llevaba mucho más tiempo y esfuerzo
de lo previsto.
Sólo cuando decidieron comer aquellas carnes de caza,
engordaron lo necesario, obtuvieron el peso que indicaban los manuales y
alcanzaron un grado extraño de belleza -de tersura en la piel y en los
ojos- y esa mirada salvaje que promueven los avisos publicitarios y que
se convirtió en el atractivo más conspicuo del club.
Acordaron en llamar al plato el manjar prohibido,
aunque en la carta figuraba como Carnes rojas de caza a las finas
hierbas. Verena lo había probado por primera vez en el Congo Belga y más
tarde conoció otras versiones en Guinea Konacry y en Niger; desde
entonces hizo infinitas combinacio- nes de ingredientes y condimentos
hasta dar con el sabor que lo caracterizaba, un sabor contundente pero a
la vez delicado que las socias sabrían apreciar. Consiguieron cierta
tarde una pieza de carne, ensayaron una versión con canela y decidieron
enseguida que ese ingrediente solo no quedaba bien, pero que el plato
necesitaba una pizca, y que el limón no debía ser demasiado porque su
acidez opacaba el elemento base. Cada ingrediente -se tratara de salvia,
estragón o marsala- necesitaba sucesivas degustaciones que fueron
llevándolas, casi sin que ellas se dieran cuenta, al peso necesario. El
estragón, lo supieron enseguida, no era condimento para un plato como
éste: se trataba de una hierba para preparados suaves, verduras,
pescados tal vez, nunca le iría bien a una comida fuerte como la que
estaban buscando. La primera en advertirlo fue Galia, quien descubrió
que el romero era la aromática adecuada
porque su sabor definido competía bien con la carne, y que la páprika y
el jengibre le aportaban una nota exótica y, por sobre todo, exaltaban y
volvían inconfundibles los elementos. Fue también Galia quien advirtió
que los acompañamientos mejores eran los chutneys -en especial el de
peras- y la salsa de ciruelas, que tanto le iba bien a esta carne como
al cerdo; y ella la primera en descubrir que degustando las numerosas
pruebas de cocina habían engordado más que con los bombones, el
chocolate en rama y la nuttela que hacían traer en cantidades desde
Milán.
Estaban dispuestas a tomarse todo el tiempo que hiciera
falta antes de abrir ese restaurante exclusivo, para mujeres
cuidadosamen- te seleccionadas, pero luego de aquel descubrimien- to, no
fue necesario esperar demasiado porque los hechos se deslizaron con
absoluta naturalidad. Al cabo de meses, cada una engordó más de ochenta
kilos y entonces, alcanzados los requisitos que fijaba el reglamento,
trataron de favorecer, poco a poco, una costumbre, un modo de encauzar
los impulsos, de llevar a los hombres hacia ellas que estaban ávidas y
querían comenzar a darse algunos gustos.
Esa mañana hubo desde temprano algunos llamados -casi
todos de proveedores- que nada tenían que ver con el asunto, hasta que
la secretaria dijo que hablaban por el aviso y le pasó el teléfono a
Diana. Cuando alguien pedía una gorda, o ellas sospechaban que tras una
conver- sación cualquiera había algún interés de ese tipo, comenzaba a
tejerse la urdimbre. Se trataba siempre de un procedimiento minucioso,
porque había que pasar el cedazo, acometer un proceso delicado de
selección hasta depurar la demanda y quedarse sólo con los hombres de
necesidades más ancestrales. Lo primero era una larga conversación
telefónica para aclarar dudas y averiguar de qué naturaleza era el
deseo, porque si de algo se jactaban era de satisfacer plenamente a la
clientela. Una vez hechos los arreglos tele- fónicos, venía una primera
aproximación, que a veces era la definitiva, con un cuestionario que
incluía ciertos tópicos, recaudos como averiguar si estaban casados o si
tenían viva a la madre (ésa era la pregunta más viscosa); averiguaciones
que parecían sin sentido y que sin embargo eran de una importancia
medular. Después todo derivaba en una especie de calentamiento y, si el
cliente respondía bien, si tenía -como ellas esperaban- un deseo fuera
de control, entonces Diana acordaba un encuentro íntimo. Había mucho de
gratuidad en esos hechos (aunque un poco de dinero siempre fue necesario
para la recuperación de lo invertido) y las cosas funcionaban entre
ellas como en una cofradía, con una convicción similar a la de los
poetas más extravagantes o a la de los miembros de una comunidad
religiosa. Para decirlo de otro modo, ellas comprendieron pronto que la
belleza es siempre horrorosa. No por casualidad, el lema del club era un
apotegma de Nietzsche escrito en letras góticas sobre la puerta de
ingreso al restaurante: Que todo te acontezca, lo bello y lo terrible.
Ellas habían llevado el respeto por esa frase hasta lo absoluto, se la
habían hecho sentir vivamente a cada uno de los ejemplares seducidos.
Que no pensaban aceptar peleles, que buscaban hombres hechos y derechos,
fue algo que acordaron desde el primer momento; los débiles, los
pusilánimes, no eran destinatarios dignos de sus esfuerzos. La misión
que llevaban a cabo -lo pensaron alguna vez- se asemejaba más bien a un
deporte, a la pesca de la trucha por ejemplo, donde la habilidad de la
presa, su resistencia, acrecienta el placer del pescador. Y por
paradójico que parezca, era eso lo que los hacía caer en la red: nadie
deseaba ser menos, todos se vanagloriaban de la cantidad de mujeres que
habían tenido, algunos llegaron a decir que en la colección sólo les
faltaba una gorda, y se regodeaban con detalles de mal gusto sobre el
estado en que habían quedado las mujeres seducidas, o contaban mentiras
que a ellas las sacaban de quicio, como eso de que nadie los comprendía
y menos aun las madres de sus hijos.
El servicio de acompañantes estaba compuesto, en
principio, sólo por las dueñas, aunque en algunas ocasiones -si era
necesario- se agregaban las socias del club, mujeres de gordura
incipiente o ya considerablemente gordas, destinatarias genuinas del
proyecto reclutadas desde hacía tiempo para la causa.
El hombre le dijo a Diana que quería contratar a una
gorda. Cuando ella preguntó medidas que le interesaban, modos de acceso
carnal preferidos, datos de su historia con gordas, experiencias previas
con bulímicas, anoréxicas y mujeres con otras alteraciones de la
conducta alimentaria, él trastabilló, dijo que nunca había pensado que
tendría que dar tantas explicaciones.
Ella le aclaró que todas las preguntas se formulaban
con el propósito de ofrecer un servicio mejor, lo más ajustado posible a
las necesidades de cada cliente, y entonces él se despachó con la
primera confesión: está casado con una mujer que come sólo pomelo y
queso senda y hace seis horas diarias de bicicleta fija. Después
carraspeó nerviosamente y dijo que siempre había querido ver cómo come
una gorda; dijo también otras cosas, las que dicen todos, ella ya está
acostumbrada.
Diana percibió enseguida que ese hombre era un puerco,
como casi todos los que llamaban buscando gordas. Él pronunció frases
que ella registró cuidadosamente en su memoria, aunque después no tuvo
ganas de reproducirlas ante sus socias; dijo también que estaba buscando
esto desde hacía meses y finalmente le preguntó cuánto cobraban por el
servicio; entonces ella supo que él había caído en la red. No le extraña
que le pregunte cuánto pesa, porque él no conoce los contratos, pero el
cumplimiento de las reglas es estricto: ella jamás, de ninguna manera,
dirá los kilos; sabe muy bien que esa negativa estimula el deseo. Él
hizo un silencio extremo del otro lado de la línea, hasta que ella
mencionó las ofertas especiales para hombres vinculados con anoréxicas,
y fue eso lo que lo decidió.
Diana lo citó en la Confitería del Molino; dijo que iba
a estar allí a las siete y que pediría un té. Cuando él cuelga, ella va
a su dormitorio y busca la ropa interior hecha a medida, de calidad
especial, con encaje de trama abierta. Se fija si están bien los
breteles del corpiño, si son lo suficientemente fuertes, porque algunos
hacen gala de torpeza. Elige con cuidado lo que va a ponerse; se prueba
el bahiano malva, el palazzo y el spolverino color lila, pero se decide
por el solero turquesa porque sabe que a esos hombres les gustan las
emociones fuertes, los colores subidos, los escotes sobre la carne
blanca.
Hay tres mesas ocupadas a esa hora de la tarde, en la
Confitería del Molino; desde una de
ellas un hombre delgado, insignificante, la mira. El hombre le manda a
Diana, con el mozo, un papelito; el papelito dice que pida algo, lo que
quiera. A Diana le encantan las tartas, sobre todo la de castañas, y
pide una porción. La come voluptuosa- mente. El hombre escribe que coma
más, que siga comiendo. A ella le gustan las tortas que hay en la
vitrina: una isla flotante, una de crema moka, una selva negra, una
tarta de coco. El mozo sugiere la de coco, le recuerda que es la
especialidad de la casa; pero Diana contesta que la de coco no, una mil
hojas será mejor, porque puede lamerle el dulce de leche.
Ella sabe que debe continuar con ese juego hasta el
final, que tiene que seguir excitándolo,
introducir en él la falta de ella hasta el extremo de llevárselo al
club. Él le pide que coma con las manos y se chupe los dedos, y que
cuando se chupe los dedos lo mire a él. Ella dice que para chuparse los
dedos es otro precio, que eso tiene una sobretasa; pero hace sin embargo
lo que él le pide, lo deja ganar.
Más tarde el hombre ordena que vaya al baño y se suelte
la faja, porque a él no le gustan las gordas atadas. Ella va al baño, se
quita la faja y respira con libertad: no está mal que alguien la quiera
así. Por un momento algo la cruza, un muchacho que conoció cuando iba a
segundo año del bachiller; pero se sacude pronto ese sentimiento, nada
debe sacarla de la causa que abrazó, de los propósitos que se han
trazado en el club. Se mira en el espejo y se pasa la lengua por los
labios; luego se apoya contra la pared, baja lentamente la mano por las
carnes sueltas, y sigue hacia abajo, hasta la raja húmeda -es roja como
una flor de carne- pensando en aquel muchacho que se llamaba Pablo y en
la tarde en que le hizo el amor, tras un tejido donde trepaban esas
flores blancas que se llaman Damas de la Noche. Sabe que allá afuera,
sentado en el salón, está el hombre que la contrató y le paga para que
ella llegue a esto y se lo diga. Es lo que hace, sale del baño, va hasta
la mesa y se sienta, anota en un papel lo que ha hecho, escribe que lo
hizo por él, pensando en él, y que por favor la lleve a algún sitio
donde puedan estar solos.
Él se acerca a la mesa, se sienta frente a ella, y dice
sonriendo que ha pagado para mirarla comer -eso es lo convenido- pero
que aceptaría ver cómo se desviste, cómo queda en ropa interior. Ella
entiende rápidamente que las cosas están llegando al punto buscado, un
punto sin retorno. Por el camino él intenta tocarla, pero ella no se
deja; después el hombre pregunta cosas, lo que preguntan todos. A Diana,
la gente de esa calaña, con sus averiguaciones y zalamerías, la agota;
no siempre contesta, pero esta vez dice algo parecido a la verdad: las
dueñas del negocio son tres, las demás son socias y se trata de un sitio
exclusivo para mujeres. Lo dijo porque el hombre le inspiraba cierta
confianza; después, como al pasar, agregó que incursionaban en formas de
placer poco usadas, algunas -creía ella- exclusivas de la casa, ya que
no figuraban ni en el Kama Sutra.
Diana lo vio acomodarse en el asiento, acaso satisfecho; luego él le
tomó la mano y empezó a babeársela. Quedaba tan ridículo, ahí, hundido
casi contra su costado, como si se tratara de un muñeco. Se lo imaginó
encima: un monigote sobre su cuerpo enorme, intentando satisfacerla.
Después él empezó a hablar, no paró de decir que su mujer estaba
internada, que siempre había sido selectiva con la comida, que cocinaba
sin aceite en sartenes de teflón y que cuando se salía de la dieta se
castigaba con cien flexiones para compensar, pero que hasta el día en
que la llevaron de urgencia al hospital, ni él ni nadie se habían dado
cuenta de que hacía seis horas de bicicleta diaria y estaba terminada de
flaca. Dijo también que no sospechaba siquiera cómo iban a acabar las
cosas, pero que se le dieron las reverendas ganas de acostarse con una
gorda bien gorda porque se merecía una revancha, y eufórico descargó una
mano sobre la pierna de Diana. Ella corrió delicadamente la mano hasta
el muslo de él y ahí la dejó, entonces contestó que también para ella
iba a ser un gusto.
El salón era un lugar aséptico que recordaba vagamente
a un hospital; tenía un gran sofá blanco, una chaise longue, algunos
almoha- dones en el suelo y grandes ventanales que daban a patios
interiores y estaban cubiertos por gruesas cortinas también blancas.
Sólo una alfombra de ratán y algunas artesanías orientales daban cuenta
de los viajes y de la rica experiencia de sus dueñas.
Diana empujó delicadamente al hombre hacia el sofá, le
sirvió una copa y puso música. El amor brujo era lo apropiado. Tenían
infinitas grabaciones, pero esta vez puso un trío de mujeres, una
versión poco ortodoxa que tenía por fondo un delicioso diálogo de
flautas. Se desabrochó el solero y lo puso sobre la chaise longue;
después se quitó el corpiño y asomaron, libres al fin, las tetas, los
pezones claros de las que nunca dieron de mamar, y la bombacha de encaje
rojo hundida bajo una sobrefalda de carnes lechosas. Entonces bailó para
él y dejó que la mirara: se supo hermosa, como una modelo de Botero.
Había aprendido a bailar en los carnavales de Río, cuando pasaba el
verano en las playas en busca de pique, porque en aquel tiempo le
interesaba la pesca, no como ahora que se dedica a la caza.
Cuando se acercó más de la cuenta, Diana percibió el
paso del miedo por los ojos de él, pero anuló toda resistencia mirándolo
con intensidad y pidiéndole que tuviera coraje porque lo que venía era,
realmente, el plato fuerte. Él intentó sobrepo- nerse al contacto de una
lengua extrañamente dulce sobre su sexo, aunque se podía ver a todas
luces el esfuerzo que hacía para mantener la dignidad, hasta que ella
avanzó tanto que él no pudo más que entregarse.
Diana le sacó lo que le quedaba de ropa -una camisa a
rayas- y se le subió encima. Él apenas pudo balbucear que le hacía daño.
Poco después, sofocado, se animó a decir que le faltaba el aire; y
apenas más tarde, le rogó, con la voz entrecortada, que se bajara porque
lo asfixiaba, pero ella siguió sobre él, cada vez más fuerte y, cuando
estaba a punto de gozar, le tapó la boca para no oír los gemidos. Así
fue como los dos coincidieron en sus estremecimientos.
Sólo cuando supo que el hombre estaba inerte, ella se
bajó e hizo sonar el timbre. Galia abrió tímidamente la puerta y
preguntó con su vocecita de niña, apenas audible: ¿Ya está?
Todavía desnuda, extenuada, Diana dijo que sí con la
cabeza y entonces Galia le dejó paso a Verena.
Con los ojos vidriosos, Verena caminó hacia el sofá
donde estaba el cuerpo caliente del hombre. Se arrodilló a sus pies y
abrió el maletín de badana gris. Desenvainó los cuchillos de acero
damasquino comprados en Toledo y los limpió minuciosamente, uno por uno,
con una gasa. Después, comenzó el trabajo. No había tiempo que perder,
porque estaban sin mercadería desde la semana anterior. Era necesario
faenar pronto, dejar orear el cuerpo al sereno durante toda la noche, y
preparar la comida para la cena del sábado, que es siempre la de mayor
demanda.
MARÍA TERESA ANDRUETTO
publicó las novelas Tama (esta editorial prepara actualmente una
reedición) y Stefano, los poemarios Palabras al rescoldo, Pavese y otros
poemas y Kodak y numerosos libros destinados a chicos y jóvenes. Obtuvo
por su escritura diversas distinciones, entre ellas Mención de Honor del
Fondo Nacional de las Artes del año 2001 (Jurado: Isidoro Blaistein,
Vicente Batista y Silvia Iparraguirre) por este libro. Algunos de estos
cuentos fueron publicados en revistas y antologías del país y el
extranjero. Sobre Los rastros de lo que era la autora desarrolló la obra
de teatro Enero que formó parte del Encuentro Nacional de Teatro
Semimontado y del ciclo Teatro por la Identidad (Córdoba) y sobre Todo
movimiento es cacería se está preparando el guión de un largometraje.
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