Ilustração: Hooper

Las mañanas largas


      La incandescencia del sol me golpea los párpados, me revuelco, refunfuño, pero la poderosa luz me hace levantarme. Solo el silencio interrumpe mis andar, solo el sonido de mis pies desnudos sobre el suelo interrumpe mis pensamientos, me apresuro a la cocina, antes de que el frío me penetre en los huesos. Tomo la taza de te y me paro justo en la ventana, la calidez de la infusión ha engañado mi estómago y me siento con fuerzas para desafiar el invierno. No necesito abstraerme, siento sus pasos, siento sus manos que me acarician como en otro tiempo, y ya casi cuando soy feliz, el horrible sonido del reloj me hace despertar, martillando mi cabeza como verdugo. Vuelvo la vista, toda ella se ha desvanecido, no queda nada, ni su ausencia, solo los restos de una cortina y una butaca polvorienta.

      Mascullo entre dientes un par de maldiciones, tomo mi ropa, me largo, carente de sueños, salgo a la calle y me uno como todos a abrazar las mañanas largas. Unas monedas, dos cigarrillos, mil ilusiones rotas y sui imagen en mi cabeza son mi tesoro del día, lo justo, para sentarme en un parque a extrañarla.

      La Gorda (doña Pascuala), solo ella conoce de mis pesares, se la pasa recriminándome mi poca voluntad, "lucha por ella", me dice, no sabe decir otra cosa, no me consuela, no ayuda, pero en momentos de furia, sirve para desahogarme. Fue en un momento de furia que se enteró, un momento tormentoso, de los grandes, se sentó a mi lado y pudo, soportar mi olor a alcohol, y escuchar mis lamentos desde el fondo de la botella.

      La había conocido esa tarde en el parque, había llegado solo para interrumpir descaradamente mi concentrada lectura. Al principio no me percaté de su presencia, luego, un comentario desenfadado, irrumpió el santuario de mi estudio. "No puedo creer que te guste", dijo mientras señalaba la carátula del libro, quince minutos más tarde ya discutíamos sobre literatura.

      Sucedió lo inevitable, un café, para charlar más a gusto, unas rosquillas, una tertulia, invitaciones al teatro y yo feliz, la ciudad era demasiado grande para no tener amigos. Dormí un par de veces en su casa, pasábamos la noche riendo, ella era perfecta, lograba en mí la plenitud de todas las emociones.

      Esa mañana desperté desesperada, confundida, inmunda, con la mente abarrotada de pensamientos impuros "¡oh Dios!, ¡sentía ganas de besarla!".

      No se como, nunca lo supe, ella notó mi impaciencia, yo no le dije, ¡jamás me atrevería!, ¿acaso lo sintió?, ¿acaso fueron demasiado evidentes mis preocupaciones? Se acercó con tanta naturalidad como el primer día, se inclinó, sencilla, armónica, sin reflejar un instante alguna emoción no cotidiana y besó mis labios. "¡Qué haces!" dije retrocediendo "Tú lo querías también" fueron sus palabras.

      Tomé mi abrigo y me largué, casi corriendo, como quién huye, mas no huía de ella, sino de mí, de mi pecado reciente y las frustraciones por haber ido contra natura, de la inmundicia que había entrado y ya formaba parte de mí. Pasé la noche en casa, revolcándome entre almohadas luchando por envolver todos mis pensamientos para deshacerme de ellos, mientras su imagen acompañaba con fuerza cada una de mis ideas. A la mañana siguiente, una nota suya bajo la puerta me derribó por completo.

      Toqué a su puerta, me postré a sus pies, aceptando de una vez a fuerza de obsesión, lo que ella llamaba "abrazar la vida". Comenzó a envolverme un ambiente denso, lo que mi abuela llamaría "de pleno libertinaje". Los gays, las lesbianas, caían sobre mí como moscas, proponiendo toda clase de actos realmente asquerosos. "¡Yo no soy lesbiana!", "¿acaso no entienden?", la amaba a ella, amaba su espíritu, su alma, no su cuerpo, amaba sus besos, no sus labios de mujer"la amaría igual si fuera hombre, si fuera perro, si fuera flor", decía para salvarme de sus acosos y no conseguía más que risas y continuas insinuaciones.

      Hablé con ella, discutimos, sus lágrimas rodaron por sus mejillas desgarrando todo mi interior. Esta vez no me culpó, no me llenó de reproches, solo se sentó a mi lado y me abrazó.

      Comenzó a aislarse, a perderse por momentos, se hizo distante, seria, inalcanzable. Pensé que era una de sus tantas crisis nerviosas, hasta esa tarde, en que apareció de la nada, como una ninfa, hecha de mármol, cual una estatua, la incomparable Afrodita.

      Me había retrasado, no había sido mi culpa," ¡oh Dios!", ella no soportaba mis retrasos. Justo al cruzar la calle la vi, Afrodita junto a ella, toda de mármol, casi escultural. Estaba demasiado ocupada para advertir mi presencia, sus ojos se llenaban de Afrodita, aquella ninfa dispuesta a todo, libre, como ella, de los prejuicios que aquejaban mi mente, rebosante de caricias, que las hacían felices y yo aún no podía aceptar.

      Ella salió con su ninfa, yo quedé de pie junto al poste, ella abrazaba a Afrodita, yo volvía a abrazar las mañanas largas.


MÓNICA GONZÁLES GIL, escritora cubana, nacida en Santa Clara escribe cuentos y narraciones cortas. Actualmente se encuentro en gestiones para editar un libro en la editorial Capiro.