El falso rey

      Yo quería ser el rey. Yo iba a ser el rey. Eso era indudable: cayera quien cayese yo iba a ser el rey. La carrera iba a ser dura pero me había ido preparando paulatina y concienzudamente. Además éramos dos. No estaba solo: Axel y yo, en una moto ideal para los trayectos de montaña. Lo que no sé es porqué decidimos salir de noche. Era el último tramo de la pista, sobre el río helado. No estaba helado cuando decidimos salir, pero igual el frío no es buen augurio cuando salís a correr de noche en la montaña. Y no es que no conociéramos el camino. Yo había sido un baqueano cuando era chico. Y Axel también. Ahora creo que se le ocurrió a él, pero en realidad sé muy bien que el primero en decidirlo fui yo. Como éramos un equipo, finalmente esa clase de decisiones terminan siendo compartidas. En un raid como éste se termina compartiendo todo. Así que a pesar de los consejos de los hombres con más experiencia, que siempre decían: a la montaña hay que respetarla, nos largamos. Dije que era de noche pero no que la moto estaba en condiciones óptimas. Le pusimos la cadena de clavos por las dudas. Buen cambio de aceite y combustible para muchas docenas de kilómetros (prefiero hablar de los preparativos así, en forma poco técnica, para que todos entiendan). Era una noche límpida. Tan límpida que daba ganas de quedarse en el puesto 1, donde habían llegado ya los primeros de la carrera. Pero nosotros teníamos sed de ganar. La carrera consistía en una serie de trayectos que había que cumplir, en el menor plazo de tiempo posible y, por supuesto, a la máxima velocidad. A medida que ibas llegando a las postas te marcaban en una planilla el tiempo que empleaste y tu número de ubicación. Nosotros estábamos no del todo mal posicionados. Ni entre los primeros ni entre los últimos. Si hubiera sido la escuela de aprendizaje, diría que lo nuestro era como estar en siete. O en seis. Así que decidimos salir esa misma noche. Aprovecharíamos que todos dormirían en el puesto 1 para sacarles ventaja. Cuando nos levantamos de la mesa dijimos que íbamos a estirar un poco las piernas. Fineli nos vio pasar y no dijo nada. Creo que adivinó. Pero él no nos iba a impedir llegar a nuestra meta. ¡Ibamos a ser los reyes! Ibamos. Así que nos subimos a la moto y arrancamos. Es decir, anduvimos primero empujando la moto durante toda la subida hasta el punto de cruce. Ahí estaba la bandera roja y nuestro pase. El pase era necesario para que los que fueran a recibirnos, en la posta siguiente, pudieran anotar nuestros tiempos en la planilla mayor. Nos dio gusto imaginar la cara de sorpresa de los demás corredores cuando nos vieran tomando el chocolate caliente mientras ellos llegaban. Nosotros, los perejiles, sacándoles ventaja. Por algo veníamos de un país que siempre se las arregló para sobresalir con poco. Con poco no: con viveza. Con picardía. Ibamos a estar primeros, con las mejores mujeres, con las mejores comidas, los mejores tragos. Ja, ja, ja. Así que anduvimos durante más o menos media hora empujando la moto en silencio por la picada hasta que ya no vimos el puesto 1. Hacía un frío espantoso. Esa cosa seca y estanca que anticipa la nevada. Pero nos mandamos igual. Entramos la moto en primera; Axel atrás y adelante yo, maniobrando. Esto de organizar la carrera con dos pilotos era una excentricidad que se les había ocurrido a los genios del control mayor, para darle mayor entusiasmo. Ellos no hablaban de entusiasmo. Para fomentar el trabajo en equipo, decían. Así que ahí fuimos, el equipo de dos, a toda velocidad. Levantó tierra la rueda trasera en el arranque. Descendimos como flechas. Inmediatamente estuvimos en la senda marcada. Es cierto que muy bien no se veía de noche, pero con los focos fuimos iluminando los obstáculos, que a esa hora parecían mucho mayores que durante el día. Empezamos a saltar como en una coctelera. Pero en ningún momento perdimos el control. La moto andaba fenómeno. Y nos acordamos del gusto por las carreras que nos había acercado a este deporte desde que pudimos sostener una moto entre las piernas. Enseguida la pista se fue poniendo más complicada. Para nosotros los obstáculos eran parte de la diversión, pero a esa hora de la noche, y con ese frío, todo estaba sobredimensionado. Derrapamos como locos sobre trozos de arcilla, maderas, chapas metálicas (restos de algún rival de otra época), caca de caballo y cartones. Axel iba agarrado a mi cintura y yo me agarraba al manubrio. No pensaba soltarlo por nada del mundo. Cuando entramos en el zig-zag pensé si no habríamos hecho mal en abandonar la comodidad del puesto 1. Rollo May, nuestro maestro, había salido del puesto 1 en la famosa carrera del 90 y terminó muerto y aplastado debajo de un camión. Pero si algo lo conocíamos, imaginábamos que habría muerto con una sonrisa de victoria. Además Rollo May nos había transmitido todos sus secretos. Así que me callé los malos pensamientos y seguí sosteniendo el manubrio con la mayor serenidad de la que era capaz. Era importante mantener el ánimo firme. Si me ponía ansioso nos íbamos a la mierda. Axel me gritó algo en el oído que no escuché, cuando salíamos del zig zag. Sin contestarle (el chiflido del aire hacía por otro lado imposible cualquier respuesta) acomodé los cambios para la bajada al río. Esta parte del camino era nueva. La habían incluído los genios del control como parte del efecto sorpresa, para darle mayor entusiasmo a la competencia. Como era de noche, las cámaras estaban fuera de circuito, así que no tuvimos que preocuparnos por salir con cara de terror. Nadie podía vernos. Ni siquiera nosotros mismos. Yo adiviné que se venía el río porque escuché, abajo y adelante, el ruido del agua. Entramos en el río con tan mala suerte que la moto tropezó con un obstáculo imprevisto y caímos dando una voltereta increíble. Yo quedé agarrado al manubrio pero Axel salió volando y quedó enganchado en un arbusto. Se rasguñó un poco las manos pero nada grave. En el pie sí, se hizo una lastimadura fea. Se le rompió la suela de la bota, que le quedó colgando del talón como si fuera una lengua de vaca, y una piedra o algo le hizo un raspón de ésos feos en los dedos. Le corté la media con la tijera y le puse desinfectante y un emplasto. Axel se portó valientemente. Aunque no se quejó, yo podía ver sus ojos asustados sin mirarlo. Le até la media con un nudo y después sostuve la suela a los costados de la bota con la cinta de emergencias para que no le entraran basuras durante el trayecto. Creo que mientras le ataba la suela tuve el único momento de paz interior de mi vida. Miré no sé porqué el cielo y ahí estaban todas las estrellas habidas y por haber. Me dieron ganas de quedarme boca arriba contemplando la noche estrellada. Pero estaba haciendo más frío que antes y quedarse ahí, sin equipo de vivac, era condenarnos a la congelación. Así que seguimos. Axel no podía apoyar el pie porque le dolía, entonces lo dejó colgando. Entramos al río. El trayecto por el río era sobre una cinta larga de madera sin baranda en la que tenías que ir haciendo equilibrio para no caerte al agua. El agua pasaba por abajo furiosamente, y no había que ser un genio para darse cuenta lo fría que debía estar. La cinta estaba unida a las orillas con travesaños perpendiculares que producían una vibración constante, como si estuviéramos andando sobre la cinta sin fin de una caja de supermercado. No es pecar de vanidoso si digo que le tomé la mano con bastante facilidad. Me imaginé que éramos Batman y Robin en la batimoto, y que el diseño de la carrera imitaba en realidad el esquema de un hipermercado. En cuanto tuve esa imagen en la cabeza todo se me hizo clarísimo. Entendí el zig zag y las bajadas. Todo tenía la misma lógica que conocíamos tan bien. Así que puse tercera y cuarta (había estado yendo apenas en segunda) y aceleré. Sentí que el cuerpo de Axel se iba para atrás con el impulso del arranque, pero enseguida se agarró mejor y volamos por el camino del río. Sin embargo, la sensación agradable duró muy poco. Antes de lo que se tarda en pensarlo la cinta de madera se acabó y entramos en una especie de cañadón de hielo. Me alegré de haber puesto los clavos en las ruedas, porque en ese momento sí que los necesitábamos. De todas formas empecé a tener miedo a la quebradura: abajo del hielo se sentía correr el río torrentoso. Si se rompía nos hundíamos en el agua, con moto y todo. No quise decirle a Axel cómo venía la mano para no asustarlo, pero por el modo en que empezó a apretarme la cintura me di cuenta de que estaba aterrorizado. Para colmo, nos quedamos sin luces. No sé si fue la batería o el revolcón, pero ahí estábamos por el río de hielo, sin ver un pito de lo que se nos venía encima. Bajé por supuesto la velocidad, hasta el punto muerto. Quedamos a paso de hombre. Aniiiduvimos así durante media hora o más, siempre para adelante. No veíamos nada a nuestro alrededor, como en una pesadilla. Yo suponía que estaba la orilla a unos metros pero tenía la sensación de que si llegaba a doblar la rueda un milímetro el hielo se iba a quebrar. Recién me di cuenta que estábamos perdidos cuando el cañadón se empezó a estrechar tanto que pude sentir el frío rebotando contra las paredes. Abajo nuestro se oía el agua. Adelante y atrás la oscuridad, y a los costados, una especie de muralla. "No te asustes", le dije a Axel. "Pero estamos en un lío". "¿Qué pasó?", dijo Axel. "Nos salimos de la senda." "No puede ser, si veníamos muy bien." "Veníamos." "Abajo nuestro es todo hielo." "No puede ser." "Apoyá el pie despacito." Lo apoyó, gritó: "¡No quiero morirme! ¡No quiero morirme!". Tuve que pegarle un codazo para que se calmara. No sé de dónde saqué ánimo. O tal vez sí: cuando hay otro más asustado que vos, las cosas asustan menos. Y más si el asustado es como era Axel para mí, una especie de hermano. Sin embargo, aunque logré calmar a Axel empecé a sentirme cansado. Los ojos se me nublaban y hasta lo oscuro me fue resultando borroso. Sentí miedo de no poder salir de ésa y me arrepentí de haber sido el que tomó la iniciativa de abandonar el puesto 1. Tuve ganas de estar otra vez al lado de la chimenea con los demás. Si salíamos de ésa, me prometí no querer destacarme por sobre los otros nunca más en mi vida. Yo no era mejor ni peor, y además, odiaba las competencias. ¿Por qué me había metido en una complicación así? Axel lloraba atrás mío y sus sollozos cortados me sacaron de mi ensimismamiento. Entonces nos iluminaron con una linterna desde un lugar que yo no alcanzaba a ver, pero que estaba un poco más adelante, y arriba. Era una niña rubia y pecosa que me hizo recordar a alguien pero como vi su carita en el refilón de la luz no pude precisar bien sus rasgos. Así, a la luz de la linterna, me di cuenta de que habíamos estado andando realmente cerca de la salida: bastaba con doblar la moto para cualquiera de los dos costados para salir, subiendo, del cañadón de hielo. La niña rubia nos fue guiando con su linterna y subimos la moto por la pared de barro. La pared estaba resbalosa y nos costaba afirmarnos pero finalmente pudimos sacarla arriba. Una vez ahí, descansamos. Axel se quejó de su pie, que lo tenía sucio de barro. Pero la niña dijo que teníamos que seguir caminando, porque si no nos íbamos a congelar. Llegamos a una casa lindísima, de troncos y bien iluminada. Ahí estaban los padres de la niña, que nos miraron con aire de lástima. La madre se llevó a Axel para adentro para curarlo. Yo dejé la moto en la puerta y me quedé mirando el cañadón. Era hermoso. El hielo que me había dado tanto terror brillaba bajo las estrellas como si fueran iridiscencias de piedras preciosas saliendo del fondo de un pozo. Me acerqué al borde y miré mejor. La niña rubia gritó mi nombre para que entrara a la casa. Pero en ese momento me acordé de la carrera. No podía estar muy lejos de ahí el puesto 2. Si por lo menos lograba llegar caminando, igual acumularíamos los puntos necesarios para ganar. En ningún lugar del reglamento especificaba que había que llegar con moto y acompañante. Supongo que porque se preveía la desaparición de los rodados en caso de percance o accidente. Y además, éramos un equipo. En un equipo, con que uno llegase al final, se consideraba que ganaban los dos. Caminé por la orilla de la barranca. El reflejo del hielo iluminaba bien y mis botas estaban secas por dentro. Vi además que el puesto 2 estaba realmente cerca, a la vuelta de un recodo, desde el que ya no vi más la casa de la familia aquella ni tampoco el cañadón. Sólo el puesto 2, bajo las estrellas. El puesto 2. El puesto 2 estaba lleno de gente. No me extrañó que estuviesen vestidos de fiesta pero sí que no se fijaran en mí. Debía producir un efecto verdaderamente extraño que a esa hora de la noche, con el frío que hacía afuera, cayese un corredor de la carrera. Yo estaba embarrado hasta la cintura y además aún llevaba el casco puesto. Me lo saqué y lo puse bajo el brazo. Los hombres conversaban animados como si estuvieran en un casino y las mujeres iban todas de negro con vestidos de fiesta. Reconocí algunas caras famosas. Empecé a sentirme alegre. Muy alegre. Mi alegría debió resultar increíblemente seductora porque las mujeres que iban pasando al lado mío (todos iban para un lugar que estaba como al fondo) me daban besos, o mejor dicho, dejaban que yo las besara. A cada una en la boca, las besaba. Todas besaban igual. "¿Qué, aprendieron con el mismo maestro?", le pregunté a una que me resultó terriblemente conocida, y que apenas me dio el beso en la boca -era un beso con los labios juntos, desapasionado pero carnoso- reconocí como una modelo a la que siempre había querido metérsela en el culo o al menos, chuparle bien chupadas las tetas. Era lo más parecido en mi vida de lo que debía ser estar en el paraíso. No se me ocurrió cómo pensarlo mejor, pero para ese punto de la noche las ideas ya se me estaban poniendo esponjosas. Seguí al grupo que iba para el fondo del salón (el puesto 2 era verdaderamente cómodo, bien iluminado, grande): entré con todos los demás. Había sillones pegados entre sí, uno junto al otro, sin posabrazos, que iban de una punta hasta el final, dejando un pasillo o hueco en el medio. En el final estaba Fineli en remera y vaqueros. Se lo veía muy fresco, sentado en el piso y tomando un jugo en un vaso alto con pajita. Lo rodeaban dos o tres modelos que yo también había querido tener al lado. Me di cuenta que Fineli era el rey, por como lo trataban todos. Me sentí tremendamente cansado. Ni me pude preguntar qué hacía Fineli ahí, si yo lo había dejado en el puesto 1. El me saludó amablemente y yo pude ver que seguía teniendo su cara de niño eterno y sus cachetes un poco colorados. Atrás suyo había una F gigante. Me dijo: "ganaste, por fin ganaste", pero yo me di cuenta que la afabilidad de su tono era un engaño porque -obviamente- para mí la carrera ni siquiera había comenzado.

ALEJANDRO MARGULIS (1961) nació en Boston, Estados Unidos, pero reside permanentemente en Buenos Aires, Argentina. Publicó cinco libros en soporte papel: dos de ficción -el libro de relatos "Papeles de la mudanza" (Catálogos, 1988) y la novela "Quién, que no era yo, te había marcado el cuello de esa forma" (Beatriz Viterbo, 1993)- y tres periodísticos -"Los libros de los argentinos" (El Ateneo 1998), "Junior, Vida y Muerte de Carlos Menem (h.)" (Planeta, 1999) y "Reconstrucciones de desaparecidos" (IMFC, 2002). Docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA), dicta además cursos de literatura y periodismo de investigación on line en el portal-agencia literaria www.ayeshalibros.com.ar. Dirige la editorial Ayesha Literatura Ediciones.