Confió que el sueño había
comenzado allí, en un universo virtual ajeno a su corriente que ofrecía
placeres a sólo una moneda de barro. Tenía el presentimiento de que detrás de
lo que conocía había otra cosa, otro submundo, una alegoría de la vasta
cantidad de noches en que había decidido dormirse para morir, deseando
despertarse en estado nuevo, hombre nuevo, estado hombre.
Sabía que la muerte era sorda
y no acudía a los llamados, no era capaz de interpretar el tono de las voces
como eco de plegaria; la muerte era tonta y despistada. Era sólo cuestión de
jugar al distraído y obligarla a aparecer, que no tuviera decisión propia ni
capacidad de sorpresa; la invocación no sirve, sólo así la soga y las alturas
y andá a cantarle a Gardel si tenés cosas más importantes que hacer o te has
enamorado de otro; ahora es mi turno y porque yo lo digo. Pero engañar a la
venus negra debía seguir siendo una tarea pendiente, algo que ahora no pero
quizás mañana sí, quién sabe.
Se compadecía de la muerte que
era objeto de odio con ropaje sacrílego, pobrecita la muerte que no tiene
brújula y siempre se equivoca, centro constante de desprecios y rencores, y
quienes no la aborrecen se dedican a amarla lo que dura la agonía que cuando 38
y boca siempre es poca y no se equivoca.
Estaba destinado a caminar
entre los sin vida sin un mínimo dejo de compasión, todos aquellos para
quienes la música no es nada en sí misma - quedémonos parados hasta que
empiece la próxima canción - tumulto de estupidez; qué terrible era
dejarse ver por esos ojos gregarios para recibir la condena de manos de un
condenado.
Quién había decidido darle
aquel espíritu dionisiaco y que la embriaguez sea altar de todas las
instancias, quién se creía creador al descrear; hubiera sido mucho mejor no
haber creado nada en él, nada de él, absolutamente nada.
Estaba solo, hermoso entre la
indiscutible traición de las compañías y el anhelo de una alegría mística
que transfigurara la escena, que lo convirtiera en victimario del destierro
continuo de su palabra en esta tierra confiscada por los nadies que nacían a
montones.
Alejandro era búsqueda, como
aquel domingo que decidió o creyó decidir sentarse a escribir en la estación
de subte, bestial urbano en cámara rápida. El cuerpo pedía permiso para
apoyarse en los escalones aplastados cientos de veces por zapatos vulgares,
permiso concedido cuando lo que contagia de ausencia son las miradas, un pedido
de aller-retour Retiro - Mitre, la tristeza de no conocer París y no
poder siquiera imaginarlo, eso contagia.
Pensaba en la muerte
- escribió seguido de un suspiro y una lágrima traidora que le pertenecía
demasiado. Pensaba, también, en una
forma de morir menos precaria que ésa: con los dientes tiznados de negro, las
uñas escamadas recorridas por insectos y el horror de volverme loco si no
escribía una línea, una sola, la última en honor de la última imagen
vislumbrada en un sueño. Por desgracia no hay espejos en el lugar en que solía
encontrarme con esto que era, ¿lo ves ahora?, esos trapos retorcidos que
supuran, esa taza de té que rebasa de hongos, esas colillas devastadas que
hieden a encierro. Podría hacerme un altar con todo eso, y adorarme; y hasta
tener quien me adore.
Tengo todo para ser un Dios: me
he olvidado de que existo.
Debajo de la tierra donde pisan
los devotos del dios de la cordura, Alejandro escribía el testamento de su
olvido para quien supiera leerlo cuando el papel estuviese ya incinerado. Todos
pasaban de largo, un hombre de traje; se le va el tren que viaja por debajo del
mundo - pensó él, y que no se le olvide comprar el diario para saber la
cotización del dólar en Birmania.
Alejandro absorbía los olores
de aquello que tocaba y ahora estaba comenzando a oler a fuego. Huelo a fuego,
que alguien grite fuego, hay un incendio en la verdad.
Nadie se detenía a mirarlo,
algunos viraban la cabeza dueña de la nariz que olía el fuego y qué triste
este chiquito que quema papelitos; qué extraños son los hijos de Buenos Aires,
mujer de pieles australes, qué extrañas son las estaciones de subte, donde la
vida pasa más seguido que los trenes.
Se puso a llorar; puso y
propuso un lagrimal cascada de inviernos que le hicieran el amor al fuego
moribundo de sus letras. Quién te ha visto y quién te ve, quién te ha leído
y yo que sé, la rima de los quiénes y los cuáles, ya sé que no entendés
nada del monólogo; es la idea.
Sintió deseos de pararse - ella
escribía Alejandro sintió deseos de pararse. Se subió al tren sin
boleto ni destino con el cuaderno Gloria mutilado y sin saber por qué
reía se durmió -ella ya no tenía más
ganas de escribir sobre él.
MARA AGUIRRE, escritora
argentina, nació en 1978. Tiene profesorado de Música, profesorado de inglés,
pacific Gateway Internacional Collage. Vancouver. Canadá, estudios
Universitarios: Licenciatura en Ciencia Política y Relaciones Internacionales
en la Universidad Católica de La Plata, Buenos Aires, Argentina. Finalista y
medalla de honor al "Estilo y creatividad literaria" del IV Concurso
de narrativa Breve "Roberto Arlt" 1997 del Centro Internacional de
Escritores Nóveles (C.I.E.N) Buenos Aires, Argentina; Segundo premio del
concurso de narrativa breve "Bárbara - Ansón" 2001, Editorial
"Palabra", Madrid, España; Primer puesto del concurso de poesía
"Alfonsina Storni" 2001, Buenos Aires, Argentina; Finalista del
Concurso "Nuevos Narradores del relato en Castellano", 2001. Editorial
Jamais, Sevilla, España; Finalista del concurso "Nuevos narradores
Latinoamericanos" 2002. Modalidad Narrativa Breve. Editorial "Nuevo
Ser". Buenos Aires, Argentina; Publicación invitada en la revista
"Escribir y Publicar", 2002, Madrid, España; Finalista del concurso
"Nuevos narradores Latinoamericanos" 2003. Modalidad Poesía.
Editorial "Nuevo Ser". Buenos Aires, Argentina; Publicación en la
antología "Estrella Fugaz" como poeta seleccionada. Centro Poético.
2003. Barcelona. España; Publicación en la I Antología de Poesía y Relato.
Con Mención de honor en la modalidad "Cuento Corto" Editorial Los
Tilos / Ruf Editores. Argentina. 2004