Dubitaciones

Pedro, a pesar de su madurez, experimentaba una escisión en su personalidad cada vez más aguda que no lograba comprender...

Para tratar de encontrar una explicación trató de reconstruir su vida y volvió a los más remotos lugares de su memoria.

Tenía vagos recuerdos de su infancia, pero su nombre, Peter, un diminutivo cariñoso con que lo llamaba su madre; el espejo que le permitió reconocerse; el álbum de fotografías en blanco y negro y en colores, que registraba su nacimiento hasta la edad en que ya se delineaban en él las facciones más notorias de su padre, le proporcionaron más detalles.

El rostro de su madre, un poco borroso y extraño al comienzo y luego más familiar, la imagen de un Dios creador, principio y fin del mundo, salvador, bueno, pero inasible, como le enseñaron en la escuela, le daban más seguridad, pero quedaban lagunas...

Con alegría recordaba las caras dulces y sonrientes, los cuerpos lúdicos, la imaginación y fantasías prodigiosas; había sido un mundo feliz y su pérdida muy dolorosa.

Lo ideal pensaba y dejaba entrever mucha nostalgia, sería poder encarnar a Peter Pan para no crecer y evitar el mundo de los adultos.

La adolescencia, fue la edad rebelde, de dudas y confusión, de goce físico y espiritual, los años de los primeros amores. Alicia le hizo conocer el amor de los corazones, la felicidad y se sintió casi en la gloria. María, esbelta y sensual, en cambio, le abrió las puertas del goce carnal hasta la plenitud, que como grandes dones de la vida, marcaron otros rasgos de su personalidad.


A pesar de las vacilaciones en escoger una profesión- había comenzado a estudiar ingeniería civil, que supuestamente le daría trabajo y estabilidad económica- finalmente optó por filosofía y letras. En sus cálculos había percibido que la ingeniería, las carreras técnicas carecían de una base humanística y el éxito económico no era suficiente.

La filosofía en cambio podría darle el poder de la razón para comprender y explicar todo, hasta su propia existencia; las letras, una cultura literaria, la posibilidad de orientar su rica fantasía, de explorar el mundo de lo imaginario, y quizás de escribir.

Pero lo que quizás marcaría profundamente su vida fue el mundo de la embriaguez al que se introdujo ocasionalmente en las reuniones, fiestas universitarias, a pesar de su reserva y contención.

Sólo la vida profesional con su secuela de nuevas y grandes experiencias le haría conocer los secretos y placeres del licor, de la cultura de la embriaguez y allí, suspiraba con más alivio, podría encontrarse la clave del problema.

El alcohol y el vino, a medida que los consumía transformaban su personalidad, le inspiraban actos idílicos o de repulsión. 

Había adorado a Sonia, su bella amada, entre las candidatas al trono.- Era alta, de fina silueta, tierna mirada y aire nostálgico; su blonda cabellera parecía el nido de los sueños y personificaba el amor- suspiraba al recordarla con regocijo.

En otra secuencia aparecía una imagen borrosa de la que sólo alcanzaba a distinguir algunos rasgos masculinos, y cuando la identificaba, hacía un gran esfuerzo para que desapareciera pero como persistía, la retenía para llamarlo no antropólogo sino antropófago por su fisonomía y por cierto canibalismo de que hacía gala. 

Su cuerpo esquelético, de talla mediana y rostro oriental, casi oculto por una espesa barba y unas gafas de miope, corroboraban esa impresión, así como su malévola y maniática propensión a murmurar, perseguir sin tregua y destruir a quienes no se sometieran a sus mezquindades y a su desenfrenado apetito de poder.

Su espíritu dogmático e intolerante lo colocaban en la primera fila de la policía del pensamiento. Pedro no podía soportar más esta figura odiosa y repulsiva, sacudía con fuerza su cabeza y la imagen desaparecía.

La embriaguez que le prometía la bebida al comienzo le producía un ensimismamiento, un sentido temporal de su yo: se llamaba Pedro, había cumplido 45 años de edad sin problemas de salud, salvo los trastornos normales derivados del alcohol. 

Luego entraba como en un estado de evasión, su rostro cambiaba de expresión, se comunicaba efusivamente con sus amigos sin más pausa que para tomar otra copa, beber luego abundantemente, contar historias con una gran memoria y fluidez: historias de amores intensos, fugaces y de ocasión.

Quería reanudar sus viajes, conocer más y más mundo. Había pasado largas temporadas en Europa, especialmente en París donde hizo estudios de posgrado, pero ciudades de Africa y Asia, como El Cairo y los lugares donde se originó la civilización, de gran interés y atracción para él sólo existían en el mapamundi y en los libros de historia.

Tenía tiempo para Esperanza su amada, pues quería casarse y formar un hogar, pertenecer a un club social, a un partido político, practicar una religión, un deporte, destacarse profesionalmente, en fin, realizar, plena, satisfactoriamente el proyecto de su vida.

El profesorado le daba estabilidad económica y tiempo para leer y escribir. Leía y releía Bajo el volcán, obsesionado por la soledad y la desesperación del personaje, su recurrencia al alcohol hasta los abismos del delírium tremens. Se sentía atraído por la afirmación de Lowry de que la vida es una "verdadera historia de embriaguez".

Escribía un libro de cuentos a partir de historias y pasajes casi autobiográficos. Los personajes tenían rasgos comunes, caracterizados por la soledad, la búsqueda incesante del amor, de la amada, hasta la posesión sexual. Intentaba recrear el mito de Don Juan y el del doble. Alvaro, personaje de uno de sus cuentos al comienzo no tiene nombre, aparece en una escena, desaparece en otra. Durante el día es un profesor de filosofía, le gusta escribir; en las noches que para él adquieren aspecto mágico visita a Yolanda, su amante, en el bar Mindanao, se embriaga, baila boleros y salsa, y hacen el amor hasta el amanecer. 

Quería liberarse de todo compromiso y vínculo laboral y llegar a ser un hombre libre y soberano. En ese estado recitaba: - Cambio mi vida / juego mi vida / de todos modos la llevo perdida / la troco por una sonrisa y cuatro besos / ...todo me da lo mismo ...

Cantaba y bailaba como poseído por el espíritu báquico y hacía mil ofrendas. Después lo sobrecogía una pesada somnolencia y caía pesadamente en la sala. Media hora después despertaba confundido, sobresaltado, sin saber dónde, con quiénes se encontraba, ni qué había pasado..

Solía frecuentar la casa de Jorge, un colega de trabajo en la universidad, menos adicto al llamado "néctar de los dioses" pero dueño de un apetito carnívoro tan voraz que le deformó el estómago impidiéndole cumplir los deberes conyugales y disfrutar de los placeres de Venus.

Pedro llegaba allí sin previo anuncio y consumía vodka de 40 grados y no el licor habitual.


La noche oscura y silenciosa no dejaba percibir otro ruido que no fuera la música, las palabras de la conversación y el sonido agudo del choque de las copas cristalinas.

Pedro, visiblemente perturbado interrumpió el diálogo para preguntarle a su amigo: -¿ Quiénes son esos tipos que llegaron?- Y más disgustado agregó: - ¿pero por qué no me contaste que vendrían?-. 

Jorge creyó que su amigo bromeaba y no se inmutó pero al ver que él insistía comprendió que deliraba, entonces para calmarlo le dijo:- Son Raúl y Juan, nuestros colegas de la universidad, ¿ no los reconoces ?-. 

Pedro cambió de expresión, se incorporó dándoles un fuerte abrazo, los invitó a sentarse y a tomar un trago. La emoción lo embargaba y en pocas palabras les dijo: - Les participo que estoy a punto de conquistar a Ana, nuestra alumna -, para que dejaran de cortejarla.

Pedro, contra lo que esperaba vio a sus amigos muy complacidos; hablaron sobre el trabajo común, sobre la situación de la universidad que pasaba por una etapa muy convulsionada por la disputa de los grupos políticos de izquierda, de la injerencia del gobierno que menoscababa la autonomía universitaria y de la importancia de la irrupción de la mujer en la universidad y en la vida pública. 

El interlocutor hacía preguntas, alzaba y bajaba la voz pero llegó un momento en que nadie le respondía; el silencio comenzó a perturbarlo, entró en un estado de agitación, sentía fiebre y un temblor empezó a recorrerle el cuerpo hasta que se desvaneció...

El retorno de Pedro a la "normalidad" era traumático y doloroso y se agudizaba cuando tenía que afrontarlo solo.

Volvía a plantearse la pregunta inicial pero ya tenía otros elementos para explicar mejor lo que le sucedía. Por la lectura atenta de un libro supo que existía y coexistía con otro yo, que dos tendencias obraban sobre su personalidad. Una de ellas localizada en el hemisferio izquierdo se regía por la razón, la lógica, la memoria, la abstracción. La otra situada en el hemisferio derecho correspondía a la libertad, a los sueños, a la creatividad, a lo extraño, lo obscuro, al mundo de lo inconsciente...

Esta teoría, advertía el autor en el prólogo, no puede asociarse a la antigua visión maniqueísta religiosa sino a la existencia de dos funciones mentales.

Será este, pensó con asombro: - ¿ un antagonismo insuperable o será posible una cohabitación, un estado de equilibrio entre ellas - ? 

Esta idea lo perturbó más y le hizo pensar en el extraño caso del doctor Jekyl y del señor Hyde, dos personajes aparentemente distintos y contrapuestos. 

Jekyl, un científico respetable y destacado podría pertenecer a la primera esfera, y el señor Hyde, un joven libertino, sensual, un poco deforme y propenso al mal y al crimen, a la segunda. Pero esta historia por paradójica que pareciera revelaba que Jekyl y Hyde eran las dos caras del mismo personaje.

Pedro despertó horrorizado luego de una prolongada e intensa noche de bohemia. Estaba nervioso y confuso, pues no acertaba a explicarse si el horrendo crimen de Ana - su cuerpo mutilado y ensangrentado había quedado disperso en la sala - lo había cometido él o Raúl o Jorge, sus amigos, o si se trataba de un delirio. - No puede ser verdad tanta crueldad - pensó muy apesadumbrado, salvo - que hubieran caído en un estado de locura - agregó. Con gran temor descolgó el teléfono y llamó a Ana. Un estado de angustia infinita sobrecogía su alma. Al timbrar por quinta vez respondió una voz que no parecía la de Ana. - ¿ Eres Ana, eres Ana ?- preguntó con desesperación. Ella le respondió que sí y le dijo que por qué lo dudaba. Pedro entonces, más tranquilo le contó la pesadilla.

Pedro se encontraba en una situación muy extraña y sin salida, como si estuviera sometido al cumplimiento de un destino inexorable. 

Frente a lo irremediable, pensaba, un poco más seguro, no hay más remedio que resignarse y esperar. 

Ya no le importaría lo que sucediera y mientras destapaba la botella decía y repetía:- Ah, de la vida, ¿ quién me responde?

Edgar BASTIDAS URRESTY. Nacido en Samaniego, Nariño, Colombia en 1944. Doctorado en filosofía en la universidad de París. Profesor universitario, autor de 11 libros: 9 de ensayos histórico-literario, un libro de cuentos y un libro de poemas.