
Ilustração: Alirio Rodríguez
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La primera opositora
La primera opositora, feúcha y pelirroja, con cara de ardilla asustada y porte escurridizo, nada rolliza, atractiva de todos modos vestida con esa negra faldita de algodón ceñida a las caderas y a los muslos y esa camiseta blanca de tiras que le abomba el busto y descubre la roja espesura sudorosa de las axilas, pasma al tribunal al plantarse sobre la tarima, con osadía y un par de doradas sandalias de tiras prendidas entre los aireados dedos de los pies, sin saludar siquiera a sus estupefactos miembros, dos hombres y tres mujeres parapetados tras una larga mesa rectangular cargada de documentos y fotocopias oficiales, ceniceros, cajetillas de cigarrillos y estuches de gafas. Sin darles tiempo a interrogarla, la primera opositora les vuelve la espalda, girando sobre su cuerpo enteco con soltura y agilidad, se lleva luego lentamente las manos a la cintura, como una bailarina en un mal paso, estrecha su contorno con precisión y fuerza, como si lo midiera con cinta métrica, la mirada fija en la pizarra caligrafiada, libera al mismo tiempo sus pies de las sandalias, ayudándose primero con el derecho y luego con el izquierdo, presionando con la delicada punta de los dedos sobre la plataforma del talón, y se encamina descalza a continuación, contoneando con descaro las achatadas nalgas y agitando como un reclamo para incautos la larga cola llameante de su cabello recogido con una goma negra, hacia la exigua mesa situada justo delante de ella (ahí depositó, al entrar en el aula y subir a la tarima, sus libros y sus apuntes, detrás está la silla donde colgó el pesado bolso, a la derecha la pizarra sobre el caballete y allá, más abajo, la puerta de salida, el cumplimiento de la promesa final). Al llegar al pupitre, esa es su utilidad declarada, cuando el presidente del tribunal, basto y cincuentón, intentaba ordenarle que iniciara de una vez su esperada exposición, la primera opositora, intrigada todavía por las rúnicas inscripciones que no acaba de comprender, se vuelve de nuevo hacia sus cinco atónitos examinadores, cierra los ojos, se muerde el labio inferior con énfasis teatral, agacha la cabeza y comienza a recogerse la camiseta empleando la consabida habilidad de manos, dedos y muñecas en tales prácticas, la repliega con deliberada parsimonia desde la cintura hacia el vientre y más arriba, hasta el cuello, la barbilla, la nariz, resbala el exterior de la prenda sobre la frente, se la saca limpiamente por encima de la cabeza, desenredando la profusa cola en cascada, y la arroja al suelo, sin exagerar el gesto, desnudando a la vez un rotundo par de pechos contenido por la clásica restricción de un sujetador blanco de estilizado diseño. En ese momento, el secretario del tribunal, novicio representante del gremio de profesores, de ideas avanzadas y modernas y deseoso de hacerlas públicas en cualquier ocasión, se obliga a taparse la boca para acallar una observación claramente prematura o precoz, pues la primera opositora no retrasa inútilmente la sorpresa de desplazar a su vez las manos a la espalda, desabrocha la hebilla trasera del sujetador, desliza las delgadas tiras por hombros y brazos y sostiene finalmente la pieza de lencería íntima prendida de la mano derecha, con estudiada coquetería, mientras los dedos de la izquierda rascan con ahínco la repentina comezón de una pecosa porción de la voluminosa y algo deprimida teta derecha. La altiva teta izquierda, entre tanto, se pavonea de su triunfo provisional sobre los axiomas de una física nada recreativa acogida al cóncavo refugio del brazo pudorosamente cruzado sobre el busto por la primera opositora. El tribunal tiene entonces la oportunidad de admirar en pleno, por una vez al unísono, la rojiza variedad, la extensión y la asombrosa abundancia de las pecas que ocelan y motean como soles enanos, en vivo contraste con la exangüe y pilosa epidermis, el torso desnudo y desnutrido de la primera opositora. Y advierte así mismo de inmediato, cuando la primera opositora se decide por fin, en pose de abierta provocación, a ensamblar sus manos alrededor de la sudorosa nuca y tensa a continuación los hombros y extiende los escuálidos brazos a ambos lados de la cabeza, realzando así la ubérrima lozanía de sus pechos sin modificar un ápice el gesto de sus chatas facciones: la disímil morfología de esas hipertrofiadas glándulas, un rasgo en sí mismo no tan excepcional, y la defectuosa simetría de ubicación existente, en concreto, entre las duplicadas órbitas respingonas de las aréolas y los pezones que coronan su anómala configuración orgánica. Eso percibe el tribunal al completo, en toda su desenmascarada plenitud anatómica: la obscenidad añadida al hecho puro de esa desnudez, diría un espectador casual asomado a la puerta del aula, la proporciona el contexto, a saber: los caracteres, las condiciones, los detalles, las circunstancias, los testigos... En fin, ante tamaña afrenta a su imparcial integridad, dos de las tres vocales del tribunal se han levantado escandalizadas de la mesa y han empezado a pasear por el aula vacía y deprimente su peripatética consternación, evadiéndose de la irrespirable situación instigada o consentida por sus permisivos colegas masculinos, o protestando de hecho contra ella, indecidible cuestión, sin hacer comentarios gratuitos ni dirigirse para nada la palabra, pese a su acuerdo momentáneo en esta conflictiva materia, profesionales de genio como prefieren definirse, es conocida de todos su correspondida antipatía y su recíproca desaprobación. En este caso, la argumentación inversa también puede ser cierta, y quizá no pesen tanto en el fondo esas mutuas muestras de publicitado rechazo individual, al fin y al cabo superficiales, como el díscolo acuerdo esencial de las dos iracundas matriarcas en asunto de tanta trascendencia para la indivisa perpetuación del género hembra de la especie en el despótico desempeño de la función docente. Se abstendrán con toda probabilidad, o la defensa de sus notas no será tenida en cuenta, en la decisiva evaluación final, anticipa el presidente, influido ya en el núcleo de su preclaro juicio por cierta obtusa presión de raíz venérea. La tercera vocal, la más anciana de las tres gracias del tribunal examinador, la más sensata del trío de matronas, trata por su parte de reconocer en las elocuentes aptitudes de la primera opositora, pues a ella correspondió esa misma mañana, durante dos interminables horas de paciente preparación y estudio, encargarse de su compasiva custodia en otra aula reservada del instituto, un atisbo tan sólo de las incumplidas expectativas que alentó en ella la seguridad y convicción de la propia opositora al afirmar la afortunada pertinencia del tema escogido al azar de dos (¿el recurso de la animalización en los cuentos de tradición oral?, duda para sí el distraído secretario, ¡quién sabría formular ahora siquiera uno solo de sus muchos apartados!…) a sus necesidades académicas, o didácticas, o pedagógicas, o profilácticas, qué más da, no logra recordar el término exacto ahora, las sinapsis de sus castigadas neuronas no afinan ya con tanta precisión como antaño, cuando ella misma fue la mejor nota indiscutible y obtuvo la primera plaza de un tribunal nacional. Eran otros tiempos, desde luego, aquéllos, otras también las inquietudes, los proyectos, las costumbres, los gustos, los modos, las ambiciones, suspira profundamente y siente por una vez la tentación de ceder a la nostalgia, de abandonarse al recuerdo, ella también, sí, ella también, por qué no... En menos que tarda una idea brillante en despuntar en la mente del actual presidente en el curso de una de sus elogiadas clases, la primera opositora ya se ha deshecho alegremente de la menuda falda negra y de la sugestiva braguita, textil y cromáticamente a juego con el terso sujetador tirado por ahí, en algún lugar de la inhóspita tarima. Los pronósticos se cumplen como está mandado, opina en voz alta el rústico y bizqueante presidente del tribunal, propenso a fijaciones de variada índole, mientras se desabrocha la apretada hebilla del cinturón como sana precaución y reacomoda su plúmbeo trasero de hombre lógico en el asiento privilegiado. La obcecada presión crece como un tallo extraviado entre sus nerviosas piernas, empujando con fuerza cerril desde abajo, y el entusiasmo, o el infalible instinto, o la perversa mixtura de ambos, acelera el preocupante pulso de sus palpitaciones cardiacas y entrecorta su ritmo respiratorio: desde los gloriosos tiempos del servicio militar no ha vuelto a ver nada igual, esos ágiles pies almohadillados le resultan insólitamente familiares, la poblada y volátil cola, la descarada mordedura del labio inferior, las enigmáticas constelaciones de pecas, la jovial insolencia de las tetas, la impavidez de los párpados, ese exótico olor, esas groseras insinuaciones sin destinatario aparente, en fin, marchitos recuerdos se asocian con impresiones recientes en su turbada apreciación de las cosas. Es temprano todavía y no ha dormido bien: mala digestión crónica, pesadillas inconfesables y recurrentes, sueño pesado, diaria soledad en la toma de decisiones, exceso de responsabilidad y de celo, nocturnas expiaciones, información adversa, etc., pintan a la perfección el alterado estado de ánimo del presidente. Y por si fuera poco, renovada resonancia mágica, la increíble profusión de cabello en la cabeza y de vello en las axilas de la peluda opositora se continúa, como dicen los manuales de ciertas selvas mesetarias, en la tupida alfombra que tapiza y colorea su enternecedora entrepierna y cautiva ahora todas las miradas, incluidas la de la propia opositora, concentrada sin rubor en esa enmarañada diana visual, y las de las aún deambulantes, enfrentadas y boquiabiertas vocales, reunidas de mala gana y por casualidad en la encalada pared del fondo del aula tristísima, bajo el retrato egregio y venerable. La tercera vocal, tras golpear con la frente el grueso tablero barnizado tres veces consecutivas y maldecir su avejentada estampa otras tres en un primitivo dialecto del latín vulgar, termina reclinando la cabeza en el iletrado pergamino de sus brazos, cruzados y amontonados sobre la mesa con descuido de testigo irrelevante, como en el retablo anónimo de intempestiva aparición sacra entrevisto en la frailuna penumbra profanada de la recoleta capilla de cierto monasterio de la infancia erudita y desvaída. La primera opositora, mientras tanto, las instructivas nalgas aposentadas en el canto estriado del hasta entonces inutilizado pupitre, las flacas y aflojadas piernas formando con la atinada flexión de las rodillas la figura de un rombo huesudo y vicioso, los traviesos dedos de los pies agarrados a la metálica barra horizontal del mueble escolar, se apresta ahora en exclusiva a domesticar, con imperturbable manualidad de solitaria, sin atender a las metódicas objeciones del entumecido presidente y el perplejo y meditabundo secretario del tribunal, tan atentos siempre, la enconada resistencia de su recóndita vulva a los austeros rigores de una situación burocrática escasamente excitante. Ya estoy algebraicamente suspensa, la plaza es de otra, con la repetición mental de esta idea fija como tórrido motor de la acción, en cuestión de segundos, ya los dedos índice y corazón de la mano derecha de la primera opositora, entreabiertos en triángulo, dilatan la suave mandorla de esos jugosos y replegados labios y ya la yema ensalivada del dedo corazón siniestro (¡lo que faltaba!, exclama extasiado el presidente, colocando la pieza final de su complicado rompecabezas personal, ¡encima zurda!) restriega una y otra vez la diminuta gema del clítoris, ese sol de la aterciopelada rosa oso. Y, sobre todo, con un inaudito suplemento pasional, este año hay pocas plazas a concurso y un tropel de preparadísimos competidores: desvivirse en el empeño, única alternativa lógica. Recursos y técnicas, según se ve, no escasean: como mordisquea la nuez la tenaz ardilla hasta desbrozar el fruto nutritivo de la cáscara resistente, así la primera opositora. Angustiosos minutos se suceden, como en la pecaminosa pesadilla del presidente, un monótono y literalmente descabellado desfile de pretendientes al lecho adulterino, uno detrás de otro, en apariencia inagotables, con impasible regodeo y resignada dedicación, desafiando las limitaciones de tiempo prescritas en la convocatoria oficial del boletín, hasta que la estremecedora inflexión de un quejido animal desgarrado y aterrador marca, con mecánica puntualidad infernal, la furiosa erupción de la carne hostigada, la descarga trepidante y plural de la primera opositora, en exultante mutación retórica: encorvada en permanencia sobre el reluciente pelaje de su bajo vientre, presa de sobrecogedores espasmos y contracciones, como si se dispusiera a parir algún atascado engendro analfabeto o ridículo, otra réplica pecosa y montaraz, pero demasiado corpulenta, de sí misma, tirita de muslos abajo y retuerce aún más los doloridos dedos de los pies alrededor de la barra del pupitre providencial, sin frenar por ello la frenética fricación ni perder el equilibrio. El ruidoso y prolongado bramido de la aún cabizbaja y enajenada opositora sorprende a los cinco avergonzados miembros del tribunal corriendo a resguardarse y escabulléndose alborotadamente bajo la mesa, con torpeza y pesadez de zánganos, atropellándose sin consideración al agacharse a toda prisa y ponerse cuanto antes a cubierto. Ahí apiñados, tapándose las orejas con las manos, aguardan a salvo algún indicio de moderación por parte de la primera opositora, en plena resaca, una tregua unilateral o un piadoso gesto de perdón, cualquier signo de conciliación que les permita al fin erguir las ahora moralmente abatidas cabezas y regresar pronto, sin escándalo ni demasiado retraso, el tiempo apremia, a sus meritorias poltronas, momentáneamente vacantes. Al culminar la primera opositora, con lágrimas en las mejillas, su inapelable ejercicio de resistencia, sin esperar la felicitación del tribunal por su feliz licitación de conocimientos y estrategias de motivación, mordiéndose otra vez el labio inferior con la mandíbula superior, ensimismada y también insatisfecha, humillada, se distancia del pupitre, despacio, a tientas, con vacilantes pasos de sonámbula o de ciega se acerca a la mesa protectora del tribunal, se detiene a poco de topar con ella, parpadea entonces y abre los ojos, como si despertara de pronto en ese lugar extraño y desconocido, se restriega con indiferencia las manos impregnadas de flujo en el contorno interior de los muslos y comienza a recoger las desaliñadas ropas del polvoriento suelo de la tarima, las estira, sacude y desarruga, con pericia de vendedora, las ordena por secciones encima del pupitre y se las va poniendo con calma, sin prisa, en silencio, ajusta la falda, abrocha el sujetador, remete la camiseta, calza las sandalias, al final, ya vestida y recompuesta, intenta una vez más, durante unos instantes, descifrar el intrigante criptograma garabateado en la negra pizarra, como si esos borrones casuales encerraran algún mensaje capital a ella destinado, desiste de todos modos, desprende con rabia el bolso del respaldo de la silla, abraza contra el sofocado pecho el cargamento de libros y los papeles manuscritos, desciende de la tarima y sale, sin despedirse ni rechistar, del aula viciada al aire libre del pasillo. La plaza es suya, sin discusión, cacarea el atribulado presidente, agazapado aún bajo la mesa, antes de que los otros miembros del tribunal se le echen encima a golpes.
JUAN FRANCISCO FERRÉ. Ha publicado artículos, relatos y ensayos en revistas como ArteletrA, The Barcelona Review, Letras Libres, Hueso Húmero, Letra Internacional, Quimera, entre las más conocidas. Ha publicado los libros narrativos Ajuste de cuentos, Homenaje a Blancanieves, La vuelta al mundo y I love you Sade. Éste último libro ha concitado elogios de personalidades tan distintas como Juan Goytisolo, Luis Alberto de Cuenca o Luis García Berlanga. Prepara en la actualidad la publicación de la novela La fiesta del asno (a la que pertenece este fragmento) y del ensayo monográfico Alegorías de la postmodernidad. Juan Goytisolo lo ha destacado entre los escritores más interesantes surgidos en el panorama literario español durante la última década.
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