Ilustração: Jackson Pollock

Pishtako: Confesiones de un poeta ebrio o vivo

Salomón Valderrama Cruz

 
 
I
 
Todavía, ahora, después de haber asesinado a la persona que más me importaba en la vida, la consiente vida, me pregunto si realmente merezco alguna condena humana. Y no sólo ahora sino que cada día en mi frágil, perdida o poética vida me he interrogado si es posible ser algún elegido para ser asesinado o asesino. La culpa valle-eje-ana la tendrá como siempre Dios, el otro dios, el Diablo o no sé. Ya no sé pensar la cosa extraña que me ata o segrega del cúmulo acopiado en las prisiones del mundo. Cómo ser culpable de algo que se ejecuta pero que no se siente ni positivo ni negativo, sino que siempre hace la sumatoria de un hecho tangencial o aislado al Todo. Mejor ya no pienso en esto y hago la parábola o paradoja de ser como simple matemática que aún no se entiende o descifra. Así entre rectas que se cruzan en algún lapso o consigna distante del tiempo, en lo que asumía Leonardo da Vinci, el nuevo escenario que se convierte en realidad y guerra. Idea que se negocia y arma, que se regala y llena, que se entiende y mata. Me anudo o me anulo: un cuerpo podrido y así estoy. El tiempo se me acaba. Será, siempre, lo que alguien más piense, de mí.
 
 
II
 
Por placer. Sentirse culpable, a pesar del placer, para qué, si yo la amaba y ella, se supone, me amaba. Se llamaba Ana y está muerta. Tan joven. La maté, la violé también por su ano. Se llamaba Anacleta y yace esperándome, bailando, desquiciada, por la tétrica lluvia, como un dulce abrazo de mastaba, mi amable nativa. También se llamó Diana y luego Vanessa, a las dos o las dos me violaron una noche de olvido, la idea, sexos por sexos, latidos. Y aun así se me está acercando una no tan virgen María, que es bella pluma que baila, ahora, se llama, la amo, Victoria. Por mi único hijo, mi doble, el perdido, el robado. Herido. Así ha sido mi vida de santo, propio, que jamás recibe dinero. Entendiendo que el amor es la manera de explicar la invasión salvaje a otro cuerpo. Volando, maquinando cómo dejar la señal de mi paso brutal. He copulado con muchos y muchas y donde no he sufrido es donde no he aprendido. Abandoné la libertad, las universidades, de hacer terrorismo en mi piedra y en lugar de eso he acabado mendigando en las calles, donde unos amigos me prestan sus, báratros, fardos: digo pintando, las cosas que creo sentir, no pienso ni río, sólo es la pordiosera manera de ser libre. Juego y camino sin pensar en mañana. Mi muerte será hoy. Mi vida es una cosa que a mis amigos deprime, asusta, conmueve y libera.
 
 
III
 
He tenido dos, extraños, frutos. Los extraño. Lo único que extraño en las calles de Lima. El primero fue muerto, y sé, fue el precio que tenía que pagar por pensar; fue con mi primer amor: el que me desarticuló la timidez. El segundo está vivo y es hermoso como su madre que lo cuida de mí. No compartimos el mismo suelo o país, pero estoy seguro que ella aún me ama como yo a ella: recién hoy lo entendí. Qué hacer en este mundo maldito donde todo recurso, en concreto o idea, está comprado. Inevitablemente está más cerca el suicidio. Ya no sé qué hacer. Mi mamá me ha dicho que mi hijo vive en Europa y que se parece a mí. Pero es este estado de ser como una idea donde todo es irreal, como el sustento pragmático del arte abstracto o condicional: el estado anímico, lo determinarán. Parece que he pintado con sangre los pocos cuadros que todavía no entienden los niños que hay dentro de mí. Y así pienso que jamás debo morir hasta no haber digerido alguna idea desaforada de alcohol, polvo, humo y de mí.
 
 
IV
 
Sólo me enamoré una vez hasta hoy; amor que nos destruyó. No sabía nada de la vida, el sufrimiento y el sexo, pero es un hecho adverso, entre libros y huesos, que en las mesas de Anatomía Humana: fornicamos los dos. En esos años quería ser un dócil doctor en medicina. No sé si estoy sano o es que hay un fuego absoluto en mí. Pobre búsqueda, poesía que soy o no soy, heterónimos: sinfonía de mí. Es que jamás aceptaré lo que dice George Steiner, entre las discotecas y lo maniaco de las modernas bibliotecas: El arte va, viaja, a donde hay dinero. Tiempo que se usa y gasta en el arte, es el tiempo que se gasta, se cobra, con la vida.
 
 
V
 
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