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La sombra
Gladys Abilar
Ojeaba distraída el diario mientras esperaba el ómnibus cuando
un sonido líquido, como de pequeña lluvia, atrajo mi atención.
Un perro siberiano estaba orinando encima de mi sombra. Otro de
mis descuidos. La rescaté al instante, la sequé y le rocié un
perfume de cartera. Se quedó muy quietita, extendida en forma
oblicua, sobre la vereda.
Una señora venía caminando en dirección a nosotras y cuando vi
que no se desviaba de su camino, sino que le iba a pasar por
encima a mi sombra, la corrí del lugar y la puse a salvo de la
despiadada mujer; en ese mismo instante su negro y lustroso
zapato aplastaba la baldosa que yo liberé. Mi sombra suspiró
aliviada. Siempre se descuida; total, sabe que me tiene
pendiente de ella todo el tiempo. El colectivo llegó, yo la
levanté, la colgué de mi brazo como si fuera un abrigo y subí.
Evitando empujones y aplastamientos la salvé de la multitud que
se apretujaba por ganar un espacio. Encontré un asiento libre
junto a la ventanilla y me senté. Ella se acomodó sobre la pared
del vehículo, adosada al vidrio como una calcomanía. Le había
advertido que jamás se quedara parada en el pasillo pues sería
víctima de serios pisotones. De esta manera puedo controlarla
mejor.
Quiero a mi sombra porque es silenciosa y fiel, aunque a veces
me desobedece. Suele ser distraída y a menudo se hace la otaria.
Así como hay gente que lleva por mascota un perrito, un gatito,
una iguana, un hamster, etc. yo elegí por mascota a mi sombra.
Me da un trabajo de aquellos. Aunque no tengo que alimentarla,
pues se alimenta de lo mío, debo estar sumamente atenta en
salvar su vida a cada instante. Baja a la calle sin mirar y se
detiene junto a cualquier vehículo que la podría aplastar sin
ninguna consideración.
Una vez la rescaté de un camión que le había estacionado encima.
La saqué sin aliento, pálida como un muerto, medio asfixiada por
el gas carbónico del motor. La sacudí, le di aire, y en casa le
hice nebulizaciones. Me costó reanimarla. Creí que la perdía.
Otra vez se encaprichó ante una vidriera con elegantes ropas de
dormir, camisones de encajes, corpiños con puntillas y
deshabillés de raso. Porque si hay algo que la pierde es la
lencería, y ahí se paralizó extasiada en la colección cuando una
señora que transitaba con su hijo y un carrito de supermercado,
tuvo la misma idea que ella. Se detuvieron en la vidriera y
estacionaron el carro cargado de comestibles encima de mi
sombra. El niño escupió su chicle sobre ella al tiempo que le
pegaba una figurita de Superman en la frente, otra de Mickey en
la boca y la Pantera Rosa en medio del pecho. Luego sacó de su
bolsillo una tiza blanca y le dibujó los ojos redondos y grandes
y una boca enorme. Cuando me percaté de la situación del carro
de supermercado, alegremente detenido sobre la sombra, mi
reacción no se hizo esperar; fue tal el empujón que le di a la
señora y al carro, que los tiré lejos. El chico me miraba
asustado. La mujer no entendía nada. Empezó a chillar como loca,
gritos e insultos escapaban de su garganta mientras juntaba todo
el contenido de su compra. Luego se retiró llevándose a su
pequeño bandolero. Mi sombra quedó maltrecha y dolorida. Las
cuatro ruedas del carro se habían incrustado en su magro cuerpo.
A pesar de su magritud, severas cicatrices la atravesaron. Yo la
sobé y la acaricié, le limpié el chicle asqueroso que le había
pegoteado el niño y, cuando quise retirarle las figuritas, ella
se negó. Sí, se negó rotundamente. Las tuve que dejar, total, a
la noche, mientras durmiera las sacaría con cuidado. Jamás se ha
visto a una sombra con figuritas en su cuerpo y por la calle. ¿Dónde
está la seriedad? Las sombras tienen que ser sombras, y listo.
Ya en casa le hablé seriamente, le advertí que no siempre me iba
a tener a su lado para defenderla. Que aprendiera a cuidarse por
sí misma. Pero jamás escarmentó.
A propósito, siempre está llevando la contraria. Cuando las
sombras se alinean respetando la voluntad del sol, la mía enfila
para otro lado rompiendo el orden impuesto por los principios de
la física. Con el afán de llamar la atención es capaz de
cualquier cosa. Así también le ocurren las desgracias. Como
aquella hermosa mañana que salimos de compras y yo tenía al sol
de frente hostigándome los ojos. Ella me antecedía, es decir,
iba delante de mí, no atrás como el resto de las sombras, de
acuerdo con la hora y la posición de los rayos solares. Porque,
cualquiera que se precie de ser una buena sombra, ocupa el lugar
que le corresponde y sin rebeldía. Pero la mía no. Y así le va.
Dos hombres caminaban adelante transportando una gran placa de
vidrio. Uno de ellos no vio el adoquín que emergía con su punta
de iceberg, pequeñito pero contundente, y le provocó el
inevitable tropezón. El vidrio voló y fue a caer, rígido,
perpendicular, preciso, sobre mi sombra, antes de estallar en
mil pedazos. La cercenó, literalmente la rebanó. Quedó dividida
en dos. El tajo, limpio, neto, la abrió por el medio y un trozo
de vidrio se estaqueó en la cintura. Venciendo mi primera
impresión, recogí las dos mitades y volé a la clínica más
cercana. El médico de turno, al ver su calamitoso estado, la
desahució. Le rogué, le imploré, le supliqué de rodillas que la
interviniera. Conmovido ante mi actitud, accedió a coserla. Tuvo
que ser con anestesia y en quirófano. Dada la urgencia del caso
no pudo recurrir a una cirugía estética, de modo que el
resultado final arrojaba la imagen de un perfecto matambre. Las
puntadas se le dibujaban como patas de araña ciñendo el queloide
que se le había formado. “Tiene mala cicatrización”, sentenció
el médico.
Una vez en casa, y superado el pos-operatorio, mi sombra apeló a
su natural coquetería y se negó a salir a la calle en esas
condiciones. Y yo dejé de salir de casa porque, ¿adónde iba a ir
sin sombra? ¿dónde se ha visto un ser humano sin sombra? Desde
su enclaustramiento, y ya agriado el carácter de tanto encierro,
me exigió un cirujano plástico que le devolviera su belleza.
Lloró, pateó, insultó, hasta que logró hacerme la vida imposible.
Y así tuvo que ser. Gasté todos mis ahorros en el mejor cirujano
y ella quedó satisfecha, más bonita y presumida que nunca.
El 25 de Mayo salí a pasear por la avenida del Libertador porque
había escuchado que desfilarían los granaderos a caballo. No me
lo quise perder y ahí estuve mezclada entre la multitud. Mi
sombra cuidadosamente estacionada junto a otra sombra
perteneciente a un joven de destacada figura. Cuando vi que se
acercaban los granaderos en prolija formación, con sus
impecables uniformes, sus altos morriones y su enhiesta bizarría,
decidí cruzarme de vereda para tener mejor visión. Entonces
sentí que algo me tiraba de los pies. Crucé la calle con cierta
dificultad, como si llevara lastre en los talones. En el preciso
instante en que los garbosos caballos marchaban ante mis ojos,
descubrí que lo hacían también sobre mi sombra que se proyectaba
desde mis pies hasta la otra vereda. Permanecía agarrada a un
anuncio comercial, encaprichada y presumida junto a la de mi
antiguo vecino. El desfile pasó y, de inmediato, fui a
rescatarla, pero se resistía a desprenderse del cartel que le
aseguraba la cercanía del musculoso joven. Tuve que tironear, y
hasta forcejear. Se había abrazado al poste con tal firmeza que
casi me doy por vencida. Felizmente fue el caballero quien se
retiró llevándose su pertenencia. Entonces me atareé en juntar
las ruinas de la mía, curar sus hematomas y cubrir sus
lastimaduras, pues se veía como bandera de guerra perdida en
campo de batalla. También tuve que moldearla de nuevo; quedó tan
estirada que no parecía mi sombra. La comprendí, se había
enamorado de la robusta sombra del joven. Estuvo ofendida
conmigo durante una semana.
Era celosa la pobre. Terriblemente celosa. Yo tenía un novio con
el cual solíamos pasear por Palermo. Nos gustaba bordear el lago
abrazados, caminar por los senderos floridos y mirarnos con
infinito amor. Pero cada vez que nos besábamos, ahí estaba ella,
presa de un ataque de celos, entrometiendo su esquelética figura
entre nosotros, adherida a nuestras bocas como una estampilla.
En esas ocasiones nuestros besos tenían gusto acre. Siempre creí
que las sombras eran insaboras como el agua. Pero no, al menos
la mía sabía acre. Cierta vez estábamos recostados sobre la
hierba mimándonos y ella se las arregló para encontrar un
hormiguero distante de nosotros y, ¡oh sorpresa! ahí se acostó,
encima de las hormigas coloradas. Tenía la extraña facultad de
estirarse como goma de mascar hasta alcanzar su objetivo –el
hormiguero-. Y su objetivo, en este caso, consistía en lograr
que la atendiera a ella y desatendiera a mi novio. Cuando me
percaté de su ausencia, seguí su proyección hasta descubrirla a
lo lejos cubierta de hormigas. Estaba colorada como una feta de
jamón crudo. De inmediato corrí a rescatarla. La sacudí con
energía, la mojé para calmar las picaduras y en casa le unté
Caladril.
Esa misma tarde ya había hecho de las suyas, cuando se tiró al
lago, de donde la saqué empapada y medio ahogada. Recuerdo que,
al zambullirse, sonó como una castañuela al contacto con el agua
fría. De esa manera logró mantenerme vigilante mientras procedía
a secarla y calentarla para evitar un resfriado. Mi novio empezó
a inquietarse. Era más el tiempo que le dedicaba a ella que a él.
Conclusión, perdí a mi novio, se cansó. Ella se sentía tan feliz
que durante mucho tiempo su conducta fue intachable.
Mi sombra es indeleble, maleable y casi anoréxica. A pesar de
que ella se alimenta de lo mío, y no es poco lo que como, se
mantiene en una inmortal delgadez, casi transparente, rayana con
el raquitismo. A veces parece una lámina de metal, rígida y
brillante, cuando estoy parada en el asfalto bajo el sol; otras
veces, un mantel arrugado, cuando nos sentamos sobre el pasto;
otras veces semeja una sábana escurriéndole el agua, cuando la
saco del lago. Y de noche parece una silla, pues la dejo sentada
junto a mi cama cubierta por una manta. Cuando, a menudo, el
sueño la vence, se desliza formando zigzag hasta quedar plegada
como un fuelle, y la manta cae sobre el piso. Entonces me tengo
que levantar, acomodarla y taparla nuevamente. Este esfuerzo
representa un desvelo asegurado.
Así como yo la cuido de día, ella debe cuidarme de noche. El
acuerdo surgió cuando quiso dormir conmigo, metida en mi cama.
Se lo permití un tiempo, pero una noche la aplasté sin darme
cuenta y juré no repetirlo nunca más. Amaneció toda morada, sin
aire, agonizante. Pero insistía en dormir conmigo. El único
argumento que logró convencerla fue que ella debía cuidar de mí
durante la noche y, a cambio, yo velaba por su seguridad el
resto del día, preservándola de los peligros cotidianos –tarea
nada fácil de lograr-.
Al principio, con tal de no dejarla “suelta” considerando lo
traviesa que era, durante la noche la guardaba en el cajón de
las remeras o de la lencería, bien dobladita, hasta que ella
ganó la discusión aduciendo que le faltaba el aire, que se
aburría. Aunque, para matar ese aburrimiento, se probaba toda mi
ropa, corpiños, bombachas, medias y portaligas incluidos. Al día
siguiente mi cuarto era un carnaval, cuando no, una verdadera
orgía.
Ayer, al anochecer, permanecí sentada en el banco de un parque
extasiada ante el cielo de verano y mi sombra extendida junto a
mí, sobre el pasto oloroso. Al rato, retozaba juguetona con la
nube de insectos que se amontonaba en el farol. Brincando entre
luciérnagas, mosquitos y grillos, agotó sus reservas y cayó
exhausta. No sé en qué momento me adormecí y ella, lánguidamente,
también se durmió.
Los primeros rayos del sol acaban de despertarme. Me sobresalto
al descubrir un gigante edificio que se levanta al lado mío. Se
habrá construido durante la noche -pienso. Me incorporo,
agitada, y busco mi sombra. No la encuentro por ningún lado.
Súbitamente, como atraída por un funesto presagio, giro sobre
mis talones y enfrento la mole de granito. Un hálito de muerte
me sacude. El monstruo de cemento descansa indiferente, altanero,
imbatible, sobre mi sombra.
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