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Ilustração de Paul Klee
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Jackie
“La vida resulta una pesada carga a veces, y es bueno
que uno se engañe un poco a sí mismo, que cultive
secretamente una ilusión.”
Juan Marsé, El embrujo de Shangai
Para la desconocida del teléfono
RECIBÍ LA PRIMERA LLAMADA hace una semana. Esperaba encontrarme,
al descolgar el auricular del teléfono y decir “bueno”, con la
voz dulce de una Estela que me diría que por fin se había
desocupado, que podíamos salir cuando yo quisiera. De ahí mi
desilusión al encontrarme con la voz de una niña de no más de
cinco años, quien sin previo aviso, apenas dije “bueno”, me
preguntó:
-¿Hay ahí una niña Jackie?
-No, aquí no vive.
Tardó en hablar la niña. Al fin preguntó, desilusionada:
-¿No hay?
-No –respondí.
-Adiós –me dijo al fin, y colgó el teléfono.
DOS DÍAS DESPUÉS recibí la segunda llamada. Había resuelto para
entonces negarme a salir, caso de ser ella quien llamara, con
Estela, mentirle que estaba muy ocupado, en respuesta a su
desatención de no hablarme durante los últimos cuatro días. De
todos modos levanté el auricular pensando que podría dejarme
convencer por Estela.
-¿Bueno?
-¿Hay ahí una niña Jackie? –Era la misma niña, y en su voz no
había otra cosa, no cabía, sino el deseo de que le dijera que sí,
aquí está Jackie, espera un momento que la llamo.
-Lo siento. No vive aquí –respondí.
-¿No hay? –preguntó. Parecía a punto de echarse a llorar.
-No –respondí apenado-. Quizá te equivocaste de número. Vuelve a
marcar –le dije, deseando furtivamente, con ganas locas, que se
hubiera equivocado, que marcara otro número y le respondieran y
le comunicaran, por favor, con Jackie.
-Adiós –se despidió y colgó inmediatamente.
Sentí curiosidad por la niña entonces, por Jackie. Estaba
pensando en ellas, en quiénes serían, cuando el teléfono volvió
a sonar. Levanté el auricular eufórico, pensando, quién sabe por
qué, que era de nuevo la niña, que sólo hablaba para avisarme
que efectivamente tenía el número equivocado, que había
rectificado y entonces le habían comunicado con Jackie. Era
Estela.
-Hola, señorito –respondió ante mi “bueno”. Detestaba que me
dijera “señorito”.
-Hola, Estela. ¿Cómo has estado?
-Muy bien con todas tus llamadas.
-Pero si tú quedaste en hablarme.
-¡No es cierto! ¡Si te dije que me llamaras para que saliéramos!
-No. Tú quedaste en llamarme.
-¡No es cierto!
-Está bien. Tú ganas. Yo quedé en llamarte y no lo he hecho.
Hagamos de cuenta que yo te he hablado. ¿Qué te parece que
salgamos hoy en la tarde?
-No sé… déjame pensarlo.
Estela no dijo palabra durante los siguientes dos minutos; debí
preguntarle si aún se encontraba ahí para que, luego de soltar
una risa coqueta, respondiera:
-Está bien. Salgamos hoy en la tarde. ¿Adónde me vas a llevar?
-¿Te gustaría el cine?
-¿Otra vez el cine? ¡Qué aburrido!
-¿Adónde quieres ir? Tú elige el lugar.
-No. El cine está bien. ¿A qué horas?
-¿Te parece bien a las cuatro?
-Mejor a las cinco.
-Ok, paso por ti a las cinco.
-Te espero, señorito.
Faltaban diez minutos para las cinco, ya me había bañado,
cambiado, estaba a punto de salir de casa para ir por Estela
cuando el teléfono sonó y era ella.
-Hablo para cancelar nuestra cita –se fingió compungida-. Fíjate
que se me había olvidado que tengo que hacer un trabajo de la
escuela con unas amigas también a las cinco, y es para mañana.
Discúlpame. Salimos otro día.
-No te preocupes, Estela. Lo entiendo. ¿Cuándo salimos? ¿Por qué
no ponemos de una vez la fecha?
-No. Mejor te llamo. ¿Ok? Chao. Te cuidas, señorito.
RECIBÍ LA TERCERA llamada al otro día. Pensé que llamaba Estela
para decirme que hoy sí estaba desocupada: ¿adónde la invitaría?
-¿No hay ahí una niña Jackie?
La misma niña.
-No está. Salió –le dije. Me apenaba tanto el desamparo de su
voz que, me dije, engañarla sería lo mejor que podía hacer por
ella.
-¿A qué hora podría encontrarla? –preguntó, con una soltura
impropia de una niña de cinco años: se le escuchaba radiante,
feliz de estar tan cerca, a unas horas, a unos minutos quizá, de
su encuentro con Jackie.
-Llámala a las cinco.
-Gracias –me dijo, y colgó.
Unos minutos antes de las cinco el teléfono sonó. Era Estela:
-¿Adónde me vas a invitar hoy? Espero que al cine no, porque la
cinta que vimos ayer estuvo fatal.
-Pero si ayer no salimos, Estela. ¿No recuerdas que debiste
hacer un trabajo con unas amigas y me cancelaste la cita?
-¿Trabajo? No, estás confundido. Ayer tú y yo fuimos al cine y
vimos una película que era pésima y al salir me dije miranadamás
las películas que me trae a ver el señorito, dan ganas de no
volver a salir con él. Pero hoy resolví darte una segunda
oportunidad. ¿Adónde me vas a invitar hoy?
-A un Café. ¿Qué te parece un Café?
-Mmmm… Vamos, pero procura que me la pase bien, no como ayer en
el cine.
-Te la vas a pasar muy bien. ¿A qué horas nos vemos?
Estela rió sin discreción, con ligereza.
-La verdad es que no puedo ir. Te hablaba para decirte que sigo
ocupada. Creo que mañana terminamos con los trabajos. ¿Te parece
que mañana te hable?
-¿No prefieres que te hable yo?
-No. Mejor yo te hablo. ¡Ah! Y quiero que sepas, porque te
conozco: eres harto desconfiado, que si no salimos hoy es porque
de veras tengo mucho trabajo, y no por lo mal que me la pasé
ayer en el cine ni por lo pésima que era la película.
-Pero Estela. Si ayer no…
-Te digo que no creas que es por eso. Realmente tengo mucho
trabajo, además mañana iremos a un Café, no al cine. En fin,
sólo quería que lo supieras.
-Está bien, Estela. Espero tu llamada.
Cuando colgué eran las cinco de la tarde con cinco minutos. Ya
no llamó la niña (debió haberlo hecho mientras yo hablaba con
Estela), quien, con una felicidad desmesurada en la voz, con
miedo, con emoción, habría preguntado muy amablemente si acaso
ya había llegado Jackie, si podía hablar con ella.
RECIBÍ LA CUARTA llamada al otro día, justo a las cinco de la
tarde:
-Disculpe, señor. ¿Me podría comunicar con Jackie? Le hablé ayer
y usted me dijo que no estaba. ¿Estará ahorita? –Sin duda era la
misma niña, pero ahora su voz no sonaba como la de una niña de
cinco años, sino, al menos, como la de una mujer de veinte.
-Fíjate que acaba de salir –le respondí-. Pero ya le di tu
recado. Me dijo que llegaría a eso de las siete. Puedes hablarle
a esa hora.
-Muchas gracias, señor. Y disculpe las molestias. Tengo mucho
interés en hablar con Jackie, no imagina cuánto. ¿Es usted su
papá?
-Soy su hermano.
-Qué raro. Nunca mencionó que tuviera hermanos sino hermanas. En
fin. Le agradezco.
-Háblame de tú.
-Está bien. Te agradezco. Hablo a las siete, entonces.
Unos minutos antes de las siete, habló Estela.
-Fíjate que tampoco me desocupé hoy. Es una pena, ¿verdad?
-No te preocupes. Salimos cualquier otro día. Nos vemos hasta
entonces. Te cuidas, Estela.
-¿Es mi imaginación, señorito, o me estás cortando?
-¿Cómo crees, Estela? Lo que pasa es que también yo tengo que
hacer algunos trabajos y…
-No, me estás cortando.
Debí convencerla de que no, no la estaba cortando, ya nos
veríamos otro día. Adiós, Estela, te cuidas. Cuando conseguí que
colgara, luego de repetirme que se sentía mal de que yo la
quisiera cortar, eran las siete quince de la noche. Ya no llamó
la muchacha (¿o era una niña?) preguntando por Jackie: esa noche,
a pesar de haber estado más cerca de ella que nunca, tampoco la
encontraría.
-¿HAY AHÍ una niña Jackie? –Nuevamente la voz era la de una niña
de cinco años.
Estuve a punto de responderle que sí, que ahorita la comunicaba,
pero no me sentí listo.
-Acaba de salir. Volverá en la tarde. ¿Quieres dejarle algún
recado?
-Sólo dígale que le habló Margarita –la voz era ahora la de una
mujer de al menos veinte años-. ¿Eres el hermano? Ah, ok. Sólo
dile que le hablé, por favor. Que es una vaga –y por primera vez
rió-. Que le voy a hablar hoy de nuevo a las cinco. Que espero
encontrarla. Que si no la encuentro, con el dolor de mi alma, no
volveré a llamarla, dejaré de buscarla.
-Muy bien, Margarita. Yo le digo todo eso. Sólo te pido que,
caso de estar ocupado el teléfono, insistas un poco. Seguro que
encuentras a Jackie.
-Voy a llamar a las cinco. Gracias. – Y Colgó el teléfono.
FALTABAN CINCO para las cinco y el teléfono sonó. Era Estela.
-Te llamo para decir que no pude llamarte ayer porque…
-No importa, Estela, de veras. Luego te llamo.
-Déjame explicarte, señorito. Lo que pasó fue que…
-Me explicas después. En serio no hay problema.
-¿No será que estás esperando una llamada, señorito, de una
mujer?
-Sí, justamente eso es, y necesito que la línea esté desocupada.
Te voy a colgar. Chao.
-¡Así que eso es, señorito! ¡Estás esperando la llamada de una
mujer! ¿Para eso me invitas a salir, para eso me cortejas, para
enredarte con la primera tipa que se te cruce por enfrente y te…
-Estela, voy a colgar. Te hablo después.
-Si me cuelgas ya ni me hables.
-Está bien. Prometo no volver a hablarte. Simplemente cuelga.
-No voy a colgar.
-Estela, cuelga, necesito la línea.
-No voy a colgar.
Colgué yo, descolgué y Estela seguía ahí. Eran las cinco en
punto.
-Con una chingada, Estela, cuelga.
-¡Me estás insultando! ¡Ahora hasta groserías! No me decías lo
mismo cuando me invitabas al cine, cuando te morías por salir
conmigo y…
-¡Putamadre! ¡Estela, cuelga!
Se hizo el silencio pero Estela no colgaba.
-¡Cuelga, hijadetuchingadamadre!
Al fin, escuché los ruidos felices que indicaban que Estela
había colgado. Eran las cinco con uno.
El teléfono no sonaba, no sonaba, y yo pensé que ya no sonaría
(eran las cinco y cinco) cuando al fin sonó. Levanté el
auricular con ansiedad, dije “bueno” y una voz de niña de cinco
años preguntó:
-¿Hay ahí una niña Jackie?
-¡Sí! –respondí eufórico-. Te la paso.
-¡Gracias!
Tapé la bocina del teléfono, carraspeé, fingí la voz lo más
agudo posible, y al fin dije:
-¿Bueno? –Listo: mi voz parecía la de una niña de cinco años.
-¿¡Jackie!? –preguntó una voz de mujer de veinte; luego continúo
la misma voz, pero de niña de cinco-. ¡Al fin, Jackie!
Se echó a llorar. Le rogué, con la voz de Jackie, que no llorara
porque lloraría yo también.
-No, si soy una bruta, por eso lloro. Ya no lloro más. Esto hay
que celebrarlo. Tenemos que vernos, Jackie. Tengo tantas cosas
que contarte.
Me contó que desde que yo me había ido, hacía unos quince años,
no había tenido un instante de sosiego, Jackie, porque todo el
tiempo pensaba en ti, en que algún día debería verte o al menos
hablar contigo. Mi madre insistía en que te olvidara, que
diosito te había llevado, me decía primero, y luego, cuando la
exasperaba, que tú estabas muerta, que cómo quería verte,
llamarte. Pero yo estaba segura que no, que alguna vez te
encontraría, no sabía cómo pero te encontraría. Hasta que una
noche, en un sueño, se me apareció, nítido, el número de
teléfono donde te encontrabas. Marqué y me dijeron, primero, que
no estabas aquí. Insistí sabiendo que en ese y no en otro número
te encontraría, entonces me dijeron que habías salido, de nuevo
que habías salido, no sé cuántas veces que habías salido cuando
yo debía hablarte. Pensé que te escondías de mí, que no querías
hablarme, hasta hoy, hasta hoy que te encuentro y te hablo y te
cuento todo esto, Jackie, y confirmo que estaba equivocada mi
madre, que tú no estás muerta, que sigues viva del otro lado del
teléfono, que quizá pueda verte, pero te costará reconocerme,
Jackie, estoy muy cambiada, parezco una mujer de veinte años
pero en lo profundo sigo siendo la niña de cinco que conociste,
hermana, espero podamos vernos, ¿cuándo podemos vernos?
-No podemos vernos por lo pronto –respondió Jackie, muy
conmovida-. Pero podemos hablar mucho, mucho, mucho. Te
agradezco que me hayas hablado, te agradezco que no te hayas
creído la mentira de que me había muerto. Te quiero, Margarita.
Te recuerdo. No ha pasado un día sin que me acuerde de mi
hermana, ¿cómo olvidarla?
Me respondió Margarita que me agradecía. Que la disculpara,
Jackie, pero estaba demasiado agitada. Demasiadas emociones
juntas. Que me iba a colgar pero volvería a llamarme. ¿Cuándo
podía volver a llamarme?
-Llámame cuando quieras, Margarita, hoy más tarde, mañana,
cuando sea. Estaré esperando tu llamada. Un gusto haber hablado
contigo. En serio, háblame cuando quieras: hoy más tarde,
mañana.
Mientras esperaba ansiosa la siguiente llamada de Margarita, que
se produjo una o dos horas después, me puse a rumiar la
felicidad grande de haber encontrado al fin, luego de quince
años sin tener noticia de ella, a mi hermana.
JAVIER MUNGUÍA es licenciado
en Literaturas Hispánicas por la Universidad de
Sonora. Ha publicado cuento en el portal de
relatos Ficticia y en el diario español La
Razón. Su primera novela, Los negocios malos, y
su primer cuentario, Buenos modales, aún están
sin publicar.
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