|
 |
 |
Encomio de los cuernos
Alejandro Maciel
El doctor Justo Ovelia, conocido sinólogo del barrio y obsesivo
estudioso de las “Técnicas de engarrafar agua mineral entre los beréberes” ha debido de viajar al extranjero y como vive
solo tomó antes la previsión de pedir a mi familia el cuidado de
la casa, depositar algún dinero para solventar gastos durante su
ausencia prevista en no menos de seis meses y dejarme una
escueta saluda caligrafiada agradeciéndome resolver cualquier
situación “de índole judicial o policial” que pudiera
presentarse en este lapso. Siempre me sorprendieron las
reacciones de mi vecino pero este supuesto allanamiento de la
gendarmería forense me produjo cierta zozobra no exenta de
curiosidad.
Que una patrulla de la comisaría decidiera súbitamente agraviar
con sospechas el domicilio de un hombre que vive estudiando el
rotulado de la Dinastía Shang y las diversas manipulaciones
previas al envasado de agua bajo los diferentes sucesivos
califatos me parecía propio de una mentalidad obtusa, muy lejos
de las previsiones de mi ilustre aunque anónimo vecino.
Entre las discordes y tenuemente contradictorias directivas que
nos adscribió figuraba una inspección ocular (así lo dejó
escrito, como si yo o mi familia fuésemos a tantear mobiliarios
y enseres en la oscuridad) de toda la casa cada diez días. En
una de esas excursiones por la mansión, (que es amplia, tiene
dos plantas y quizás unas veinte habitaciones que ocupan
alternativamente el doctor Ovelia y su gato al que llevó consigo
librándonos de la fastidiosa tarea de cuidarlo, ya que se trata
de un cuadrúpedo áspero y lesivo), encontré el escrito que
figura bajo el turbador título de “Encomio de los cuernos”;
panfleto que supongo traducido de alguna homilía procaz al uso
oriental o de quién sabe qué fuente tan original como el pecado.
Pongo las manos en el fuego en nombre del sinólogo a quien
conocemos desde que nos mudamos al elegante barrio “Las
Gardenias” hace unos veinte años. El doctor Justo, justo es
decirlo, se aplica con insistencia casi malsana a los dictámenes
de su ética protestante y jamás condescendería a redactar algo
nocivo o con intenciones aviesas o traviesas.
Aunque milito en el cursillismo católico, me considero una
especie de revisionista dogmático y la copia y divulgación de
este curioso documento no zahiere mi alma inmunizada por el
salterio y el Libro de Job. Queden en paz los doctores de la
Iglesia; todas las vírgenes que soportaron con ahínco el asalto
de sus pudores por parte de –casi siempre- lúbricos italianos en
tiempos del Imperio; castos y legales concúbitos que jamás
mancillaron los ajuares domésticos con intromisiones de terceros
o terceras. Quede en paz todo el mundo de los probos contra esta
prueba activa de la canallería sensual elevada a misión
redentora por quién sabe qué oscuro oriental pervertido de ojos
y moral oblicuos. No me mueve más que la curiosidad y el sentido
de la solidaridad al propagar esta advertencia. Vaya la prédica
para amonestación de los justos ya que el inicuo, con pasión
contumaz, jamás se dejará persuadir acerca de las ventajas de la
vida conyugal libre del león del adulterio. Ignoro con qué
intenciones el doctor Justo Ovelia recopiló esta pancarta
malsana ya que nadie más libre que él, soltero consuetudinario,
de las acechanzas de la infidelidad conyugal. Tal vez fue
estafado en su buena fe y lo compró, como suele hacerlo, en un
bazar magrebí a un buhonero que lo anunciaba como reliquia
autógrafa del Emir de Tesalónica. Quizás abonaba la intención de
hacérmela llegar o propalar entre los vecinos pacíficos el
libelo adulterino para advertir el peligro. Adulterado en sus
formas, ya que no me pude resistir a retocar el estilo
decorativamente gentil que usaba el autor, lo doy a la prédica
de todos, que es la forma más sencilla de decir nadie.
Supo el sabio Ab-ahl-ami que entre los axiomas del difundo
Euclides Geómetra figuraba uno que enunciaba que “dos líneas
paralelas jamás se cruzarán aunque se las prolongue hasta el
infinito” y, contra tal precepto que confirma la razón hasta del
hombre más torpe, por ser evidente en sí mismo sin requisitos de
demostración, se alza la voz de un Imán, un pastor, un Papa o un
Pope quienes, amparados en rutinarias escrituras anónimas,
quieren cruzar dos destinos y no conforme con hacer de ellos una
cruz, reclaman atarlos de por vida hasta el infinito.
Lo que no puede la Geometría –ciencia de las mediciones
demostrables- lo quiere la Teología, ciencia de las afirmaciones
indemostrables.
El lazo matrimonial asfixia por igual al hombre y a la mujer.
Basta repasar con neutral criterio la historia entera para saber
que los amores más apasionados nacieron y ardieron lejos del
lecho conyugal. La alcoba marital es el patíbulo de cualquier
pasión, por ardiente que fuere. El sexo se sustenta en las
sombras, respira en la clandestinidad, se abona con el fermento
del anonimato o la ocultación. La posesión anatómica del cuerpo
ajeno se basa en el vil traslado del derecho a la propiedad
privada extendido indebidamente al dominio físico de otra
persona y si reaccionamos enfáticamente contra la esclavitud,
¿por qué nos resignamos a seguir pasivamente con la mala
costumbre de atar la gente de por vida en yuntas como si fuesen
bestias de tiro? ¿No constituye otra flagrante forma de mita,
encomienda o yanaconazgo cívico-sexual esta donación de nuestra
libertad individual más íntima; esta capitulación de nuestra
patria-potestad erótica?
Yace hace milenios la sensualidad humana sepultada bajo la
lápida del consorcio marital. Miles de hombres y mujeres se
agostan inútilmente siguiendo la receta ajada de la fidelidad al
vínculo dual amparándose en la cuestión material de la propiedad
privada. El razonamiento que sustenta esta hiperbólica costumbre
social degenerada en jurisprudencia podría resumirse de este
modo: Toda persona es mortal, soy persona: luego, moriré y mis
bienes quedarán bajo la custodia de mis hijos. Si soy fiel
tendré la seguridad de que mis hijos son míos y así, el arduo
esfuerzo de mi trabajo no beneficiará a un extraño.
Analizando bajo sospecha este razonamiento comprobaremos que
sólo tiene vigencia para la mujer y descansa en un cálculo
materialista y mezquino. Ya está dividiendo la sociedad entre
“mis hijos legítimos” y “los otros”. Como es costumbre
ancestral, deposita los deberes en la mujer y los derechos en el
hombre. La fidelidad del esposo no es fundamental para asegurar
la paternidad y esto culmina en la doble vida que todos sabemos
llevar y callar entre caballeros. Pero aún si la mujer decidiera
quebrantar esta norma anormal y devinieran frutos foráneos en la
casa familiar, ¿no estaríamos cumpliendo el ideal que el finado
Platón programó en su “República”? Los hijos serían un bien
público al que todos deberíamos prestar asistencia obligatoria
ya que el niño rollizo de la vecina que alguna vez visitó mi
lecho bien podría ser mi progenie, como así también la cándida
escolar que cada mañana me saluda creyéndome un simpático
conocido cuando soy nada más y nada menos que su padre biológico
aunque ambos lo ignoremos.
De esta manera desaparecerían los niños de la calle por los que
tantas ONGs, fundaciones y fundiciones laboran en confortables
oficinas acondicionadas imprimiendo folletos con instrucciones
sociales, elaborando estadísticas, arduas investigaciones acerca
de causas y consecuencias sin dar con la salida al laberinto de
perdición que es la calle en la que cada vez más y más niños y
niñas adquieren destrezas poco recomendables.
Decir fidelidad es contradecir celos, ese castigo antediluviano
de la raza que amargó más de una vida decente con la sombra de
la sospecha elevada a hipóstasis de la existencia. En la mente
de quien padece celos la coyunda sexual pasa (para exponerlo en
términos aristotélicos) de la potencia al acto en cuestión de
segundos y todos sabemos entre caballeros lo arduo que resulta a
veces pasar al acto por falta de potencia cosa que nuestras
esposas/dueñas/amas ignoran en su imaginación facinerosa. Esposa
que no sospecha de su mejor amiga, tiene ojos torvos para con
nuestras colegas de trabajo, las vecinas, las ex camaradas de
colegiatura, ni qué decir de las secretarias o auxiliares de
cualquier índole. Nada escapa al ojo suspicaz de quien duda
metódica y cartesianamente de la fidelidad. ¿No será una
incubación de su propia mente deseando caballeros ajenos lo que
hace suspicaz a las consortes sin suertes? ¿No será que recela
en el otro lo que desea para sí? Y esto nos lleva a sugerir que
la infidelidad, respetables lectores, anida por igual en hombres
y mujeres aunque unos la lleven sistemáticamente a la práctica y
las otras se queden casi siempre en el camino envenenado de la
teoría. Lo que daña el alma es la intención y ambos por igual
son reos de duplicidad que estafa el juramento nupcial inmortal,
que se vuelve inmoral.
Pero, ¿es naturalmente indispensable la monogamia “quo ad vitam”?
Fuera de los considerandos hipotecarios y sucesorios, ¿fortalece
los vínculos sociales o antes bien, es un factor permanente de
sospechas, disputas, rencillas y hasta refriegas domésticas que
no pocas veces culminan en tragedias que estampan las portadas
de los diarios sensacionalistas? ¿Por qué empecinarnos en cargar
sobre los hombros de hombres y mujeres este pesado yugo que ni
siquiera Moisés pudo soportar en las tablas de piedra que, como
cuenta la historia si algún judío no la retorció, terminó
arrojándolas al becerro, símbolo de la fertilidad natural de la
raza?
La felicidad queridísimos lectores es en sí, efímera. ¿Por qué
habría de ser eterno el amor que no es más que un estado de
felicidad vivido a dúo? Pasa, ínclitos lectores. Cede su sitio a
la rutina, a la misma mesa, a la misma cama, a las mismas
posiciones anatómicas, al desgaste y la usura de los años.
Y ya que dijimos años, la edad es la piedra de Sísifo a la que
natura nos condenó inocentemente: nada le hemos hecho al nacer
para sufrir la maldición del desgaste, las artrosis, la
próstata, la menopausia, los taponamientos arteriales, la
diabetes o la gota. Si algo alivia al hombre y la mujer en la
edad madura es el bálsamo de la juventud, aunque fuese prestada.
¿Quién, aunque hubiese propasado la barrera de la cuarentena no
se inflama de ardores juveniles junto a una cándida joven de
veinte años? Y Viceversa. Hemos sido testigos de verdaderas
resurrecciones hormonales en señoras cincuentonas que adoptaron
un entenado de veinte. ¿Qué futuro le espera a esta digna señora
al lado del hombre averiado de sesenta años al que las leyes
humanas y divinas ataron de por vida? Este mismo señor
deteriorado ya hallará recursos de reparación junto a una joven
mujer de treinta con olor a espliego y salud.
Hasta aquí la traducción del sinólogo, siempre metido entre los
vericuetos de su conciencia que alberga, como lo acabamos de
constatar, ideas casi subversivas y altamente peligrosas para la
paz social basada en la sagrada familia. Copié la traducción
traicionando alguna que otra frase para seguir los dictámenes
del autor tan contrario a la fidelidad. En cuanto al misterio
del doctor Ovelia sigue pareciéndome sospechosa la aplicación
insana que invirtió en trasladar al español esta receta impía
que, de acatarse derrumbaría los muros de Jericó que defienden
el orden, los pilares de la sociedad, la democracia, la
participación ciudadana en la responsabilidad pública, la
estabilidad de los títulos bursátiles y quién sabe cuántas cosas
más que podrían averiarse si malgastáramos el bien ganancial que
es la base del capitalismo. No sé qué otra excusa agregar para
silenciar mi conciencia y, en consecuencia, la del sinólogo.
Ya saben qué esperar de ahora en más de un hombre que vive con
un gato.
ALEJANDRO MACIEL es medico psiquiatra nacido en Argentina
e 1956. Es asistente-secretario y médico de Roa Bastos desde
1996. Ha publicado "El trueno entre las páginas" un libre de
conversaciones con Roa, la parte argentina de "Los conjurados
del Quilombo del Gran Chaco" Edit. Alfaguara, 2001. "Polisapo"
un cuento infantil en colaboración con Roa (va por 3ra. edición)
y "La Bruja de oro" una novela infantil de su autoría, va por
2da. edición. Ejerce el periodismo radial en Radio Ñandutí (la
más importante del Paraguay) en el programa Casa Abierta bajo su
dirección 3 horas los días sábados y en una columna del Diario
"Noticias" de Asunción
|