|
 |
 |
El cuadro
Angeles Charlyne
El camino giraba en U. Justo en la mitad de la panza estaba
detenido un auto blanco. El motor en silencio. Parecía
abandonado. Lo vi desde lejos. Estaba atravesado y el tránsito
debía eludirlo con un poco de suerte, porque de un lado estaba
la pared de la montaña y del otro el precipicio. Tres mil metros
abajo, el paisaje lunar y rocoso, hacía culto del silencio. El
auto era casi nuevo y los vidrios oscuros impedían ver el
interior. Me fastidió el episodio, pero también la soledad del
lugar y lo precario del movimiento.
Me sentí al borde de la duda, Reduje la marcha al mínimo,
calculé el espacio como quien elude una cita con la verdad. El
error, por leve que fuera, haría inevitable el después. Me
detuve lo más próximo que pude a la pared de la montaña. Coloqué
el freno de mano. Descendí. Busqué una piedra para reforzar la
prevención de un deslizamiento inoportuno, como las confidencias
a destinatarios violables. Desde allí el paisaje era demoledor.
El azul del cielo casi un insulto. En los picos más altos de los
alrededores, la nieve había depositado su blanca carga, a plazo
fijo. La piedra gris imponía el respeto de la memoria testigo.
Caminé sobre la grava rumbo al vehículo. Hice pantalla con mi
mano, pero el interior parecía impenetrable. Rodeé el auto.
Estaba cerrado luego de comprobar que hay gente que teme hasta
el silencio.
Decidí que si lograba moverlo, ya que al parecer no había nadie,
aunque más no fuera un metro, podía pasar y llegar a destino.
Los misteriosos designios del Señor tienen rumbos ineluctables,
cuyo tránsito no siempre es el que se elige. Me rasqué la cabeza
hasta dar con una piedra que, sin ser filosofal, resolvió mi
compromiso. La envolví en la campera que usé de protección antes
de golpear la ventanilla del lado del conductor, que estalló
como una fiesta de sonidos insolentes. La lluvia de vidrios fue
polvo de estrellas rumbo al polvo.
La oscuridad del interior se interrumpió con el halo de luz que
llegó desde el exterior, como el haz de una linterna. Nadie en
su interior salvo, en el asiento posterior, como si fuera un
pasajero importante, la informe forma cubierta de un cuadro
enmarcado.
¿Cómo podría ser que justo me tocara a mí? columnista de arte en
un ignoto diario de provincia, tropezar con esa carga que hasta
podría ser valiosa. Siempre dije que nada hay más fácil de robar
que una obra de arte y por eso no es bueno hacer público estos
delitos.
Destrabé la puerta trasera sin olvidar comprobar que dentro del
auto todo estaba en orden. Retiré la carga y la apoyé contra la
pared de la montaña. Registré los alrededores para ver que
señales de vida encontraba, vinculadas con ese misterio
atravesado en mi camino. Nada.
Antes de evaluar el contenido reparé que, en realidad, el auto
parecía no haber sido abandonado intempestivamente. Pese a ello
intenté imaginar razones, accioné los mecanismos que liberaban
el baúl y el capot, para verificar la razón mecánica, si la
hubiera, nada parecía afectado. Tampoco tenía ganas ni
conocimientos para verificar que todo estuviera funcionando y en
orden. Lo cierto es que lo único ausente era la vida humana y
las llaves de contacto.
Finalmente, resignado y antes que la tarde progresara en su
marcha, regresé al cuadro. Levanté la gruesa manta que lo cubría,
sospecho que para protegerlo, y me quedé en estado de éxtasis.
Luego palidecí. Ciertos tonos del autor eran casi idénticos a
los que utilizara para explicar la técnica de Piet Mondrian el
mismo que definiera: “para el hombre nuevo lo universal no es
una idea confusa, sino una realidad viva que se manifiesta
visible y audiblemente”. Pese al calor incipiente, una mano
helada me situó en la imagen, allí estaba su. “Molino de noche”
y me quise explicar lo inexplicable. Primero si era auténtico.
Para eso busqué los elementos que llevaba como el cepillo de
dientes, incorporado. Hice los trabajos de peritaje, sencillos
para alguien que, como yo, conoce el oficio, para volver a
temblar ante la certeza. Era legítimo. Retrocedí como si alguien
me hubiera empujado. ¿Qué debía hacer? además de pedir ayuda o
de informar en algún lugar del camino. Pero ¿y eso incluía
devolver el cuadro?
La potencia de la oportunidad galopaba furiosa buscando
legitimar la decisión. Me golpeé la cabeza contra la
incertidumbre y la piedra.
Finalmente decidí que antes de partir y por el tiempo de luz que
me quedaba, podía tratar de averiguar algo, en esa soledad
sobrecogedora, donde hasta una idea parecía oírse en el tiempo.
Descendí la montaña con cuidado luego de comprobar, por algunas
pertenencias, que una mujer y un hombre tripularon el auto.
Me llevó un largo tiempo explorar y seguir tenues señales de
marcas en la tierra, finalmente en un recodo del camino, debajo
de una saliente de la montaña casi refugio natural, fuera de la
vista y por supuesto del camino, dos figuras parecían arropadas
en el piso, como atravesadas de frío y espanto.
Me acerqué, estaban inmóviles, parecían dormidos. No lo estaban,
por lo menos el arma en las manos del hombre, hacía presagiar
que el sueño era definitivo. La mujer desmadejada, por la
posición, parecía haber sido alcanzada a destiempo y mal para
ella que no se pudo poner a salvo. Pero ¿si no hubo lucha que
ocurrió allí en realidad? Los impactos trazaron un mapa en el
cuerpo de ella, por lo menos a simple vista era lo que parecía.
En tanto, ¿qué había ocurrido con él? Lo volví con cuidado para
comprobar que en el lugar de la cara sólo había un hueco que
debió ser sanguinolento, ahora cubierto de polvo seco arrastrado
por el viento que no se detiene. “Carne de viento”, pensé y el
horror había borrado hasta el asombro. Las huellas de una
tercera presencia, sólo eran visibles en algunas malezas
destruidas, por el peso quizás excesivo. Un brillo fruto de los
últimos estertores de la luz, revelaron la presencia de las
llaves del auto. Las recogí, maquinalmente, sin saber que hacer,
con el aturdimiento flamante de
lo irresuelto.
Volví al camino, probé suerte con las llaves. El auto arrancó,
lo hice deslizar lo más próximo a la pared, para facilitar el
paso. Lo detuve. Descendí. Busqué en mi propio vehículo el paño
que usaba para sacar brillo, repasar el parabrisas o secarme las
manos, según fuera necesario. Repasé todas las superficies que
había tocado y recién allí caí en la cuenta que estaba cubriendo
mis huellas, agoté el tiempo posible antes que la lengua negra
de la noche, hiciera la mueca en el cielo y proseguí el descenso.
No pensaba, como si las respuestas fueran a llegar desde fuera.
De reojo y por el espejo retrovisor comprobé con satisfacción
que “el molino...” desde el asiento trasero, vigilaba el camino
rumbo a mi fortuna, porque ese cuadro valía una fortuna y yo
conocía lo suficiente como para dar y obtener el mejor precio de
las ambiciones privadas, en las colecciones privadas, casi tanto
como las curiosidades privadas, que para estas situaciones
dominan todos los tonos de la discreción. Me asusté de mi y la
transformación, pero no retrocedí un milímetro. Por lo menos
alguien decidía por mí y creo que sin excluir que al llegar al
valle, el camino se bifurcaba y elegí el de la izquierda, sin
conocerlo.
Ya era inevitable llevar de techo los tonos oscuros y las
estrellas guiñando, en tanto el frío descendía de las cumbres,
para aplastar los tiempos. Cuando la naturaleza dicta, uno
copia, aprendí en el peregrinar montañoso. Me pareció que al
fondo de la ruta ahora espectral con los primeros tonos de la
luna, sobre una de las márgenes, la sombra de una edificación,
oscurecía el futuro, no era demasiado lejos del reciente paisaje
sangriento, ni siquiera de la carga valiosa que llevaba. Al
aproximarme y mejorar la percepción, me estremecí y un frío
extraño que no llegaba precisamente del clima, me caló por
dentro. Apagué las luces, paralelas a la edificación, estacioné
silenciosamente y descendí empujado por una mano invisible.
Antes de salir volví la cabeza. La manta que cubría el cuadro,
se había deslizado y la tela, estaba en blanco. No tuve espacio
para el asombro, alcé la vista para comprobar que la presunción
era cierta y "el molino...” estaba frente a mí, tan oscuro como
en el cuadro y tan hospitalario c
mo un dedo acusador. Una lenta fatiga descendió sobre mi
voluntad y caminé arrastrando los pies hasta la entrada. La
puerta se abrió tan silenciosamente como la comprensión; cuando
la traspuse, el animal se me vino encima.
ANGELES CHARLYNE, María de los Angeles Carloni, nació en
Monte Buey. Provincia de Córdoba (Argentina), el 2 de mayo de
1956. Reside en Buenos Aires. Argentina. Escritora y Pintora.
Poeta y Narradora. Fue consagrada Primer Premio Poesía en el
“III Certamen Internacional de Poetas y Narradores
Contemporáneos 2002”- Editorial “DE LOS CUATRO VIENTOS”. Ese
mismo año publicó “Vitral” (Poesía). Seleccionada por el
mencionado sello editor para integrar las siguientes antologías
"Poetas y Narradores Contemporáneos 2002"- "Homenaje a Julio
Cortázar" -2002- “Letras en la Red” - 2003- “Letras al viento”-2003-
“Homenaje a Oliverio Girondo” -2003-
“Nueva Literatura Argentina”-2004- “Territorio Sur”-2004- “Nueva
Literatura Argentina 2005”- En proceso de edición “Son puros
cuentos” -2005- (Antología), siendo autora seleccionada por la
Editorial Dunken, Buenos Aires (Argentina) Presente en Stand,
Editorial “De Los Cuatro Vientos”/ Feria Internacional del Libro/
2003/2004. Obtuvo menciones y distinciones en numerosos
certámenes. Primer Premio “Poema Ilustrado”-año 2000- Escuela
Bellas Artes -Lanús- Buenos Aires (Argentina) Ilustró cuentos
del escritor y periodista Carlos Parodíz Márquez (revista
Sudestada). Su material literario ha sido publicado en diversas
páginas y revistas digitales: Letralia -Cagua (Venezuela),
Margen Cero/ Revista Almiar- Madrid (España), Cayo Mecenas-Miami,
Florida (Estados Unidos), El Escribidor, Web del Dr. Luis E:
Prieto -Madrid (España), Mundo Cultural Hispano -Alicante (España),
Vinten Editor -Montevideo (Uruguay), Página Digital (Argentina),
Quaderns Digitals/ Archivos del Sur, revista dirigida por la
escritora y periodista Araceli Otamendi (Argentina), Isla Negra,
dirigida por el escritor y periodista Gabriel Impaglione,
(Argentina), Inventiva Social..Editor responsable: Lic. Eduardo
Francisco Coiro (Argentina), Histocultura/ Blog. Ha sido
invitada para formar parte del proyecto -próximo a editarse-.
“Las Veletas de Minutti” que lleva a cabo su hacedor: Rafael
Cortés Minutti, -Xalapa (México), aportando en este, un texto
narrativo.. En la plástica, expone. Miembro activo de “SURARTE”-Artistas
Visuales-, y de la Federación de Entidades de Artistas
Plásticos, Delegación Lomas de Zamora. Buenos Aires. Actualmente
es Columnista colaboradora en el sitio Web del Diario La Unión,
Lomas de Zamora, Buenos Aires (Argentina), con su espacio “La
lengua en la cornisa”
|