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No time
Tomás Stefanovics
Jimmy está siempre agitado. Desde el instante de abrir los ojos,
de madrugada, al observar angustiado el despertador por si no lo
habrá oído y por eso perdido el primer boletín económico del día
hasta que, después de dormirse tres, cuatro veces con la agenda
en la mano, cuando ya nada entiende de lo que está leyendo,
decide apagar la veladora. Probablemente esté también inquieto
mientras duerma porque con frecuencia tiene pesadillas. Por
supuesto, él nunca habla de ellas. Parece que nació para eso:
para trabajar mucho, rápido y de manera eficiente. Cada decisión
suya es preparada con esmero: analiza las cotizaciones en las
bolsas de Tokio, Londres y Nueva York; inspecciona una mina de
cobre en Zambia; conferencia con ejecutivos de la industria
petroquímica; y luego dispone el traslado de capitales, por
ejemplo, de Indonesia a Brasil. Las características más notorias
de Jimmy son el nerviosismo contenido, el esbozo de sonrisa y
los movimientos bruscos, casi geométricos de la cabeza, como de
una muñeca mecánica. Él es así en todas las circunstancias: en
compañía de sus colegas accionistas o los representantes de las
empresas rivales o solo, en uno de sus apartamentos o casas de
campo, comparando las emisiones de deuda pública de los países
escandinavos o revisando los libros de contabilidad de una
empresa textil en liquidación. Él no quiere y no puede cambiar.
Su único aliciente es la concentración en lo suyo, para
mantenerse a flote. Está convencido de que la vida es cruel y
que estamos atravesando la peor de las épocas y que por eso es
indispensable luchar con porfía para no ser aplastado a la
vuelta de cada esquina. Muy de vez en cuando, estando en la cama
con alguna damisela ocasional, se queja, más que nada para sí,
por no tener amigos ni oportunidades para leer o para participar
en un crucero. Sin embargo, lo que más le falta siempre es el
tiempo; tiempo para cualquier cosa. Parece que está persiguiendo
el tiempo, sin poder alcanzarlo nunca.
En todo momento da la impresión de que el tren que pretende
tomar está en marcha; que prácticamente ya lo perdió pero él, a
pesar de que en apariencia el mundo entero se ha confabulado en
su contra, intenta un supremo esfuerzo para alcanzarlo. Corre a
su lado; abre una puerta; tira la maleta adentro; después se
aferra de un pasamanos; se da un empujón doble, bien calculado:
en forma simultánea hacia adelante y hacia arriba; logra poner
el pie derecho; se afirma en el peldaño; entra en el vagón y
cierra la puerta. Parece que estuviera ejercitándose para una
nueva disciplina olímpica. Una vez en el corredor, empuja con
decisión la puerta corrediza del primer compartimento que, por
suerte, está vacío, aunque él se hubiera quedado allí también en
el caso de que no hubiera habido más que un solo asiento libre
para estar en condiciones de descender enseguida, apenas alcanza
la estación de su destino. Coloca la maleta en el soporte que
está encima de su cabeza y con un suspiro de alivio se arrellana
al lado de la ventana. Se quita los zapatos, pone los pies en el
asiento de enfrente, se reclina y cierra los ojos. En el acto
acomete la tarea de planificar el resto de la semana. Por eso no
se sorprende de que el tren recién ahora se ponga en movimiento.
Si reflexionara un minuto, se daría cuenta de que su agitación,
como tantas otras manifestaciones de su estado febril constante,
ha sido inútil: el compartimento entero estaba reservado para él;
el tren no podía partir antes de que él subiera y se acomodara,
pues él es el mayor accionista de la compañía, de hecho, el
dueño del ferrocarril.
Además, por principio, él nunca llega tarde.
TOMAS STEFANOVICS es uruguayo. En uso de una beca, en
1963 fue a Alemania, donde se radicó. Estudió Derecho, Filosofía
y Literatura. Profesor de Estudios latinoamericanos (Instituto
de Lenguas e Intérpretes, Múnich), de Literatura latinoamericana
(Universidad de la República, Montevideo) y docente del
Instituto Cervantes. Fue vicepresidente de la Asociación Alemana
de Profesores de Español, redactor de la revista de la
Asociación: Hispanorama, jefe de grupo en los cursos posgrado
para los profesores de español de Baviera y director de Khipu,
una revista bilingüe –español-alemán– sobre problemas culturales
de América Latina. Prologó libros, trabajó de lexicógrafo, dictó
conferencias, dirigió seminarios e hizo lecturas en numerosas
universidades y centros de cultura. Sus libros de ensayo
tuvieron buena acogida. Dilthey, una filosofía de la vida, 1961,
obtuvo el primer premio del Ministerio de Instrucción Pública y
del Consejo Directivo Central de la Universidad; Los indios de
América Latina, 1982, fue utilizado durante años en toda
Alemania y el estudio crítico Análisis del cuento "Una historia
cualquiera" de Arturo Martínez Galindo, 2000, publicado por la
Editorial Universitaria de Honduras, recibió calurosos elogios.
Además del libro de cuentos El divorcio, 1980, otros cuentos
suyos aparecieron en muchas revistas y antologías
latinoamericanas y europeas, y se tradujeron a varios idiomas.
Cadenas invisibles es su primera novela.
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