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Aballay
Antonio Di Benedetto
En el sermón de la tarde, el fraile ha dicho una palabra bien
difícil, que Aballay no supo conservar, sobre los santos que se
montaban a una pilastra. Le ha motivado preguntas y las guarda
para cuando le dé ocasión, puede que en los fogones.
Son visitantes, los dos, el cura y él, con la diferencia que el
otro, cuando termine la novena, tendrá a dónde volver.
La capilla, que se levanta sola encima del peladal en medio del
monte bajo, sin viviendas ni otra construcción permanente que se
le arrime, se abre para las fiestas de la Virgen, únicamente
entonces tiene servicio el sacerdote, que llega de la ciudad,
allá por la lejanía, de una parroquia de igual devoción.
Los peregrinos – y los mercaderes – arman campamento. Se van
pasando los nueve días entre rezos y procesiones; las noches,
atemperadas con costillares dorados, con guitarra, mate y carlón.
Aballay presenció un casorio, de laguneros, muchos bautizos de
forasteros. Más bien deambuló de curioso y también necesitado de
probarse entre la gente, pero alerta y sin darse con nadie.
Contó cuatro milicos.
Mientras tanto en el altar declina la llama de los cirios,
afuera se reanima y alimenta el fuego de las brasas, en las
enramadas de vida corta, de esas fechas no más.
El cura recorre el sendero de vivaques echando las bendiciones y
las buenas noches. Solicitado al pasar por cada grupo, hace
honor a una familia venida de Jáchal. Se asa un chivito, la
abuela fríe pasteles, un hombre sirve vino, todos en sosiego y
discretos. De las quinchas vecinas brotan cantos, tempranamente
entonados.
Se nombra a Facundo, por una acción reciente. ( "¿Qué no es que
lo habían muerto, hace ya una pila de años? ... " )
Aballay ha sido una persona en la andanza de la sotana, ahora es
un bulto quieto, que no se esconde. Espera.
Uno de los jachalleros lo invita a acercarse. Con una seña dice
no. Otro es su apetito.
Pero media el cura y Aballay obedece. Nada agrega a la
conversación, tampoco propicia su intervención el fraile, tal
vez acostumbrado a esos silencios de los humildes y los ariscos.
Pero a cierta altura, cuando ya las estrellas remontan el
horizonte, Aballay lo sorprende con un toque en la manga y la
consulta que le desliza en voz baja:
- Padre, ¿podrá oírme?...
- ¿En confesión?
Aballay medita y al cabo dice:
- No todavía, padre. Pero ahora hablemos, le pido. Usted y yo.
Más tarde se apartan de la animación de los fogones, eluden a
los achispados de la cantina y se pierden entre carretas
dormidas donde reposan los niños.
Entonces hablan y, al calar el asunto que el desconocido le trae,
el religioso se regocija de su eficacia como orador sagrado. He
aquí quien le muestra que su verbo penetra y es capaz de causar
inquietudes. Trata de corresponder a ellas agregando claridad y
simplifica el lenguaje, la expresión, lo más que puede.
- No, hijo: no dije que fueran santos, sino que vivían en
santidad. Era propio de anacoretas o ermitaños.
- Dispense, no fueron sus palabras.
- ¿Qué no?...
- No, padre. Los nombró de otra manera.
- A ver... estilitas. ¿Puede ser?
- Puede.
- Ah, bien. Significa más o menos lo mismo. Solo que los
estilitas eran una clase especial de anacoretas... ¿conoces qué
quiere decir esta palabra?
- Pongámosle que no y te explicaré. Los anacoretas eran
solitarios, por su propia voluntad se habían retirado de los
seres humanos. A lo más, mantenían la compañía de un animal
fiel. Recorrían los desiertos o habitaban una cueva o la cumbre
de una montaña.
- ¿Para qué?
- Para servir a Dios, a su manera.
- No lo entiendo. En el sermón usted dijo que estaban arriba de
un pilar.
- Si ... pilar o columna. Esos precisamente son los estilitas.
Su rara costumbre sólo era posible en aquellos países del mundo
antiguo, donde, antes de Cristo, fueron levantados templos
monumentales, que apoyaban su techo en pilastras. Al desaparecer
sus religiones y ser abandonados por los hombres, durante siglos
y siglos, se fueron destruyendo. En algunos casos, solamente
quedaron en pie las columnas. Los estilitas subían a ellas para
tratarse con rigor y alejarse de las tentaciones. Permanecían
allí con viento o lluvia, enfermos o hambrientos.
- ¿Cuántos días?
- ¿Días?... ¡Eternidades! Se dice que Simón el Mayor vivió así
37 años y Simón el Menor 69.
Aballay entra en un denso silencio. El sacerdote lo estimula:
- ¿Y?... ¿Qué piensas ahora que sabes el tamaño de su sacrificio?
¿Podías imaginarlo?
Aballay no recoge sus preguntas. Tiene otras, muchas más,
minuciosas: que si en tan estrecho sitio podían sentarse o
debían estar de pie, en cuclillas o arrodillados; que por qué no
morían de sed; que si nunca jamás bajaban, por ningún motivo, ni
por sus necesidades naturales; que si puede creerse que no los
tumbara, al suelo, el sueño...
El sacerdote está contestando, más no omite sospechar que esa
inquisitoria sea la de un descreído rústico, que lo esté
incitando a perder fe en lo que ha predicado desde el púlpito.
No obstante, se dice, hay respuesta para todo.
- ¿Cómo se alimentaban? Lo hacían moderadamente, aunque algunos,
según el lugar donde se estableciesen, se veían favorecidos por
la naturaleza. Estos tal vez disponían de miel silvestre y del
fruto de los árboles. De otros, especialmente de los caminantes
del desierto, se cuenta que comieron arañas, insectos, hasta
serpientes.
El tipo repulsivo de animales que evoca ahonda la naciente
preocupación del cura. Por un sentido de seguridad, está
observando a donde han llegado. "Al fondo de la noche", se dice
, considerando la espesura del matorral inmediato. Se han
apartado del aduar, la concentración de carretas y animales de
tiro. Se analiza junto a ese emponchado nunca visto previamente,
que parece ansioso y díscolo, y de quien desconoce si debe temer
el mal. Se sobrepone; hace por tranquilizarse y piensa que tiene
que complacerse de esta provocación, tal vez ingenua, que lo ha
llevado a la memoria de sus lecturas, aunque sea para
transmitirlas a un solo feligrés y en tan irregulares
circunstancias.
El religioso está explicando que así mismo podrían sostenerse
por obra de la caridad ajena, pero Aballay le cuestiona. "¿No
era que estaban solos y les escapaban a los demás?"
- Desdichados y creyentes hacían peregrinaciones para rogarles
su ayuda ante Dios y a esas personas de tanta fe les aceptaban
algunos alimentos muy puros.
- ¿Eran santos, entonces? ¿Podían pedir a Dios?
- Todos podemos.
Aballay se interna de nuevo en los callejones del espíritu y se
distrae del cura. Este ya lo deja estar, hasta que reaccione
solo.
Después:
- Usted dijo, en el sermón, que se retiraban para hacer
penitencia.
- Dije más; penitencia y contemplación.
- Contemplación... ¿Acaso veían a Dios?
- Quién sabe. Pero la contemplación no consiste sólo en tratar
de conocer el rostro de Jesús o su resplandor divino, sino en
entregar el alma al pensamiento de Cristo y los misterios de la
religión.
Aballay ha asimilado, pero su empeño consiste en despejar
específicamente el primer punto:
- Usted dijo: penitencia. ¿Por qué hacían penitencia?
- Por sus faltas, o por que asumían los yerros de sus semejantes.
Concretamente en el caso de los estilitas: montaban una columna
para acercarse al cielo y despegarse de la tierra, porque en
ella habían pecado.
Aballay sabe qué grande pecado es matar. Aballay ha matado.
Esta noche, Aballay ha decidido despegarse de la tierra.
Bien es real que el llano, que es lo único que él conoce, no
tiene columnas, ni nunca ha visto más que las de un pórtico, en
la iglesia de San Luis de los Venados.
Recuerda que para escabullirse de las disciplinas de su madre,
se trepaba a un árbol. Acepta que al presente está intentando lo
mismo: huirse de su culpa, y busca a dónde subir.
No le valdría, actualmente. Ni un ombú, si probara el refugio de
su altura y follaje. Sería descubierto, sería apedreado, aunque
no supieran la verdadera causa, solamente por portarse de una
manera extraña. Tampoco nadie le alcanzaría un mendrugo.
Está firme, a conciencia, en el trato consigo mismo de separarse
del suelo y llevar su vida en penitencia. Mató, y de un modo
fiero. No se le perderá la mirada del gurí, que lo vio matar a
su padre, uno de los escasos recuerdos que le han quedado de
aquella noche de alcohol.
Pero él podría quedarse quieto en su remordimiento. En tiene que
andar. Salirse (de un sitio en otro).
¿Cómo, si quiere copiar a los de antes, lo que contó el cura?
El fraile dijo que montaban a la columna. El, Aballay, es un
hombre de a caballo. Tempranito, a los primeros colores del día,
Aballay monta en su alazán.
Le palmea con cariño el cuello y consulta: "¿Me aguantarás?".
Supone que su compañero acepta y, mientras avanzan al trote
suave, lo prepara: "Mirá que no es por un día... Es por siempre".
La primera jornada ha sido de voluntario ayuno, la segunda de
atormentarse pensando en comer y no amañarse para hacerlo.
Gozó de aquélla. Privarse un día da pureza a la sangre, se
argumentó como consuelo.
Después vino el hambre tan grande y con tal reclamo que entró a
desesperar de conseguir ayuda, y por consecuencia de no ser
capaz de cumplir su intención.
Lo orientó el humo. Se ganó al rancho. Habían carneado y asaban
las achuras en el mismo patio. No hizo falta que pidiera. Solo
que llamó la atención con su resistencia a ponerse a gusto,
junto al puestero y los suyos. De todos modos, le alcanzaron una
generosa porción ensartada en su propio cuchillo.
Supo que esta vez era diferente a otras. Había recibido el
bocado hospitalario que, sin preguntas, nunca se niega al que
hace camino. Antes también lo tuvo, en distintos sitios. Sin
embargo, desde esta ocasión podría volvérsele necesidad de todos
los días, y se le nubló el orgullo de su nueva condición.
Ya estaba cercado por los apuros que no pudo prever y los que la
penuria comenzaba a mostrarle.
En adelante debió socorrerse con imaginación y ahí donde la
astucia fallaba o vislumbraba riesgo de quebrantar su designio,
tomaba enseñanza del relato del cura.
No menudeaban los ranchos, por esas soledades, ni él se figuraba
de entenado. Se haría de avíos o provista, algún recurso
guardaba como para poder pagarla. ¿Cazar? Sí , pero ¿cómo cocer
la carne? ¿Fruta? La naturaleza de esa región la negaba.
Habilidoso fue siempre para las suertes sobre el estribo o
colgado de las cinchas, con lo que le vino a resultar sencillo
recoger agua en el jarro o, por probarse destreza, beberla
aplicando directamente los labios a la superficie de los arroyos.
De dormir sobre el caballo tenía experiencia y éste de
soportarlo. Pero, si no lo aliviaba de su carga, no le
concedería descanso y sobrevendría la muerte del animal. Enlazó
su cimarrón, lo convirtió en su parejero y se pasaba de una
cabalgadura a otra, para darles respiro. El segundo no hizo
resistencia ni al jinete ni a la rutina; seguramente había
tenido dueño.
Pudieron someterlo a las prácticas menos ilustres sus
necesidades naturales, de haber tomado con absoluto rigor de la
ley vivir montado. Tuvo el tino, aquella noche, de consultárselo
al cura, que nunca supo a qué tanta averiguación sobre los
hábitos y vedas de los encimados a las columnas. Dijo el fraile
que no concebía penitentes a tal punto severos que se
prohibieran descender a tierra por tan justificada razón, aunque
no dudaba que algunos cometieron esos excesos de mortificación.
De todos modos, Aballay se proponía se limpio. ¿Acaso no penaba
por limpiarse el alma?
Aballay remueve las ramas de un arbusto, buscando vainas
comestibles. Sorprende a un pájaro atolondrado que demoraba en
volarse. Lo manotea en el aire. Lo retiene con cuidado para no
dañarlo. Nota su agitación desesperada y lo dispensa del pavor.
Ya se proyecta el ave hacia arriba y al hombre le da contento su
libertad.
Pero se le atraviesa una memoria empecinada: la mirada del gurí,
cuando le mató al padre.
También terca, porfiada en volver, es su imaginación de los
empilados. Suele como esta noche, estremezclársele con las
impresiones del día.
El, Aballay, es un penitente y está parado en un pilar. No una
columna de las de iglesia, tampoco pilón de portal de cementerio:
pilar de puente, de piedra, sólo que más fino y encumbrado, él
arriba.
No está solo. Hay otros pilares y otros que penan. Son los
antiguos, los santos, y para él resultan extranjeros. No se
hablan, porque así tiene que ser, y si hablaran él no entendería
su lengua. Se cubren, como él, con ponchos.
En una parte del sueño hay paz, después cambia en pesadilla:
llegan los pájaros.
Le caminan por la cabeza y los hombros. Le picotean las orejas,
los ojos y la nariz, o quieren alimentarlo en la boca. Hacen
nidos, ponen huevos... y él, en todo momento, está muerto de
miedo al vacío, donde caerá si se mueve.
Aballay despierta a medias. Le ordena a su alazán: "¡Quieto..."
Encuentra una pulpería. Pasa de largo, no le sirve: no tiene
reja empotrada al muro del frente para hacer su compra desde el
caballo.
Al tiempo halla otra. El pulpero antes de entregarle el charque
pone la condición: "Platita en mano". Aballay descuelga de su
sitio algunos de los cobres que, con otras monedas de diferente
ley, hacen el esplendor de su rastra.
Desemboca en el patio de una posta. Se juega. Baraja, taba. En
el redondel, los gallos se dan la muerte a primera vista, o a
ciegas, si se revientan los ojos a puazos. Se apuesta.
Se come y se bebe.
Aballay, ha atado el cimarrón al palenque, con su alazán circula
entre los grupos, por ver. Lo mismo ante el asador. Pero alguien
lo provoca: "el que no se pone, no come". Aballay comprende. El
provocador está por tirar la taba. Aballay desune de la rastra
una moneda. El hueso que hace su vuelo e hinca el borde en la
tierra decide que gane Aballay. El perdedor paga: con desprecio
arroja dos monedas al suelo, entre las patas del alazán.
Aballay observa los dineritos que podrían ser suyos, si se
humillara a solicitar a alguien los recoja del polvo y se los
ponga más al alcance. Podría tomarlos él mismo, corriéndose por
la barriga del animal, asido de la cincha, pero daría risa, y
tendría que pelear. Considera con vaga tristeza el doble
relumbrón que lo espera, enfila hacia el palenque a desatar al
parejero, y parte.
Desde entonces, por ese gesto, para los testigos nada fáciles
descifrar y que tendría relación con el desprendimiento, a
Aballay le nacen famas.
El no se entera. Si fuera más avisado, las habría visto dar
lumbre a los ojos admirativos de la moza que una mañanita le
tendió unos mates con azúcar.
Amargos son los que él se ceba, de madrugada y a todo
requerimiento de las tripas cuando de vuelven quejosas. No abusa
de la licencia por causa de extrema necesidad o fuerza mayor –
aunque para él lo sea la yerba – que creyó sobreentender de los
ejemplos del cura. No pone pie a tierra ni para encender leña.
Dispone de los cacharros debidos. Elige un desnivel del terreno
que le sirve de mesa en tanto él pueda arrimarle el caballo de
manera que, aproximadamente, se recueste en el borde. Sobre esa
prominencia, no más alta que donde va la montura, hace un
fueguito y caldea el agua. Cuando la llanura exagera de chata,
se interna en las rajaduras profundas y anchas de la tierra que
abrieron olvidadas correntadas. De esta manera, busca un nivel
desde abajo.
Para sus pausadas mateadas del ocaso, se entiende que coopere el
cimarrón, tan sosegado como es. Sin incomodar al amo, ramonea
toda planta que halle a tiro. Mientras, el compañero libre de
tareas explora a su gusto la terneza de los brotes y los pastos.
Aballay tiene las piernas cruzadas sobre el dorso del cuadrúpedo,
que es su asiento. Entrelaza los dedos para abarcar en el hueco
de las manos el volumen de la liviana calabaza. Sorbe, con
dilatadas pausas, de la labrada bombilla de metal plateado. Se
absorbe, Aballay, no en sus pensamientos quizás, sino
simplemente en su parsimoniosa mística del zumo verde y cálido.
No obstante, él, que no suele hablar solo, una vez, en voz alta,
exclama: "¡Dios es testigo!".
Extrañado del clamor, entre un silencio tan tendido, el cimarrón
reacciona con un relincho y se sacude. Por el remezón, Aballay
se despeja.
En una trocha tropieza con cuatro indios mansos.
Desprendidamente, le ofertan pescado, que a poco hiede. Está
crudo, lo transportan en canastas de totora expuestas al sol, a
campo traviesa, para feriar en poblado. Aballay no acepta, pero
retribuye la intención: de sus alforjas les provee dos puñados
de sal.
De inmediato los indios acampan, encienden un fuego, destripan y
asan los bichos de escamas nacaradas.
Ahora huelen pasablemente, para el hambre sin curar de Aballay.
Aguarda, se horqueta en su potro.
Los cuatro pescadores se han puesto efusivos y pretenden
forzarlo a bajas con ellos. El no accede pero recibe su porción.
Los indígenas mascan en cuclillas. Uno lo observa de reojo,
prolijamente en todos los instantes. Deduce que no es que el
blanco no quiera, sino que no puede despegarse de los lomos del
animal, y traslada a su clan esta preocupada conclusión: "hombre
– caballo".
Bultos duermen en la noche. Forman uno Aballay y su cabalgadura;
hace el segundo la otra bestia buena. Anidan en un malezal, nada
mejor han hallado en lo que la vista podía alcanzar. No hay luz
lunar, la impide una cubierta de nubes.
Aballay está encaramado en un pilar. El sol le hace arder la
boca que guarda resabios de pescado echado a perder.
Hay otro anciano. La columna de éste es más espléndida, pero la
sed los iguala. No tiene aguante. Se abre el escote del poncho,
para ventilarse. Todo transcurre en silencio, hasta que el santo
antiguo clama: "¡Agua!". No le parece a Aballay que dijera agua,
aunque ése es el sentido que le encuentra a lo que hizo el otro;
más bien se le figuró un trueno, casi encimado a un relámpago.
Cae, Aballay, cree que volteado por el relámpago o el rayo, al
golpearse despierta y ya lo empapa la lluvia. Un instante
disfruta del agua que le contenta la boca ardida. Hasta que
descubre que ha tocado tierra con el cuerpo.
Batidos los ojos por el chaparrón , intenta no obstante elevar
la mirada, al menos la frente, en un confuso acto que no sabría
desentrañar él mismo: ¿Está pidiendo perdón, haciendo valer que
no fue a propósito?...
Embarrado y trastornado, salta sobre el pingo y a su juicio y
riesgo, aunque temeroso, decide que esta bajada no hay que
ponerla en la cuenta. Admite que lo tiene agarrado un yugo que
él mismo se echó. Lo acata con la obediencia más sumisa.
Los días de la polvareda grande lo tienen exigido y del apremio
saca listeza para mejorar su sustento.
Por los indicios entiende que no es polvo del viento, sino de
caballada, y no montaraz, si no caballada de tropa armada. Malo
eso para Aballay: puede ser reclutado o lanceado, sin causa;
puede perder los pingos, por requisa o por codicia.
Se ampara en las lejanías y yendo a ellas se aparta de las
últimas huellas de la gente, cae en la bruta pampa.
Toma referencia de las ilustraciones del cura, cuando le contó
de aquellos arrepentidos de los tiempos de antes que, si iban a
dar al desierto, no todo era miel para ellos: de comer arañas y
hasta víboras le habló.
Sopesa la alforja del charque y se le pinta, no muy distante, el
hambre. Esta le encadena ideas: serpiente – lagartija – piche.
Posiblemente en el desierto de los santos antiguos no
correteaban los armadillos.
Precisamente de sus mareadoras corridas en varias direcciones,
de sus zambullidas en las cuevas, del ahínco con que ellas se
prenden de las raíces, depende la dificultad para que Aballay
logre cazarlos desde el caballo. No obstante, arriesga rodadas (suyas,
al colgarse del potro lanzado a la carrera; del animal, si hunde
la pata en los agujeros que cava el piche para vivir).
Fracasa y fracasa. Persevera y aprende.
Después, cocerlos es como caldear agua para matear. Sólo que hay
que sacrificar los bichos. Puestos boca arriba, a punta de
cuchillo los despensa y los abre en cruz. En su propia cáscara,
que sirve de olla, y en su misma grasa, que tiene abundante, se
fríe el almuerzo.
De esta suerte, sobra comida. Pero falta el agua, carencia que
obliga al regreso.
Harto astroso ha vuelto. No se ve a sí mismo, hace tiempo. Pero
los ojos de los demás le controlan la presencia, no porque salga
de lo común la aparición de un menesteroso, sino por resistencia
a los malentretenidos, que pueden cometer iniquidades cuando
caen en la miseria extrema.
Halla conocimiento en un rancho. No lo reconocen a él, nunca lo
vieron; le reconocen sus famas, que le han crecido, sin él
saberlo, que son diversas y contradictorias, aunque lo realzan,
dentro de una concepción reverente.
"Lleva su cruz", se susurran, con actitud reverente.
Aballay, que afina el oído para pillar el secreto, considera que
la verdad es justamente lo contrario: él no tiene ni una cruz,
ni una medallita, ni una estampita siquiera.
Acepta unas pilchas, que le son propuestas con comedimiento.
Es un día cálido.
Busca el arroyo y se sumerge en prolijas abluciones.
No tiene peine y se fija como primera meta un boliche o pulpería
donde adquirirlo y reponer la provista de sal, yerba mate y
tasajo.
En camino, al tranquito corto, una tarde a eso de la oración,
con el cuchillo descorteza y pule un trozo de rama seca, luego
uno segundo y más corto. Los une en cruz con un tiento. Con otro
se la enlaza al cuello y la echa por fuera de la camisa o blusa
que ahora posee por dádiva de los puesteros.
Del paraje donde conviven unas cinco casas le salen al encuentro
unos estampidos que no han de ser de guerra, como lo distingue
al poco por exclamaciones que son de entusiasmo y muestran
alegría. Al pasar hacia la pulpería observa al costado la causa:
entre tablones y con un tope de tronco, circulan, por mano de
hombre, pelotas macizas y duras, de quebracho pueden ser, que
ora buscan su senda con independencia y ligereza, ora se dan
golpazos de matasiete. Lo tientan las bochas. Seguro que se
podrá apostar. Lo ataja un recuerdo deprimente. ¿ y hacer un
tiro? ¡Lindo sería!... ¿Desde el caballo?...
El peine, el charque, sal y yerba le consumen los valores de la
rastra. Solamente retiene una moneda, la más valiosa, el patacón
de plata, que era el centro del vistoso ornamento. Lo guarda en
un pliegue, como bolsillo, que lleva por dentro de ese cuero
curtido que le faja la cintura con donaire y solidez.
Se incorpora no al juego sino al espectáculo de las bochas, sin
meterse entre la hombrada. Como permanece, lo toman en cuenta, a
la hora del asado:
- Hágale, con confianza.
Como está indeciso, le insisten:
- ¿Y?... ¿Gusta?
Aballay asiente, apenas con una inclinación de cabeza, sin
comprometerse del todo, ya adivinan lo que sucederá a
continuación: pretenderán que para arrimarse al asador descienda
y se entablará el repetido duelo con sus resistencias.
Así ocurre hasta que alguien toma razón del crucifijo y pide
parecer a un vecino: "¿Será ese que...?". Hay acuerdo en que
puede ser. Van ellos, entonces, a rendir su ofrenda – pan y vino,
como principio - a ese peregrino extraño que, según decires, no
descabalga nunca.
Así terminó la primavera y pasó el verano, Aballay.
El invierno le hizo pensar que el estío había sido una gloria,
para su vida al raso.
Por el fondo de los campos estaba subiendo el sol, pero Aballay
no terminaba de despertarse. Helaba, y él estaba helando. Lo
poseían vagas sensaciones de vivir un asombro, y que se había
vuelto quebradizo. No intentaba movimiento y lo ganaba una
benigna modorra.
Mucho rato duró el letargo, ese orillar una muerte dulce, mas
atinó a reaccionar su sangre a las primeras tibiezas de la
atmósfera.
Al tomar conciencia del riesgo que había vadeado, se santiguó,
besó la cruz de palo y controló sus apoyos, sobre los que
discurrió.
"Si muriera encima de un caballo... ¿Quién me despegaría de él?
¿Podría, la muerte?..."
Desde su carretón ambulante, el mercachifle lo convocó con una
voz: "¡Gaucho!", que Aballay no reconoció para sí o lo
predispuso contra la intención de quien lo nombraba de esa
manera, por unos cuantos aplicada con menoscabo. Iba a
desentenderse de él; no obstante, el otro, a gritos para hacerse
oír, sólo quiso preguntarle si tenía plumas.
Aballay se contuvo.
- ¿Plumas?...
- De avestruz. Las compro, o cambio por mercadería, buena
mercadería.
Por este encuentro y la tal propuesta, Aballay creyó hallar
oficio que no lo hiciera renegar de su voto.
Tuvo que correrse a la llanura central, menos árida, más
solitaria, y rumbear al sur, hasta confines odiosos por sus
peligros, los de tener encimados los territorios de tribus no
avenidas con el blanco.
Acechó al ñandú. No para faenar sus carnes (empresa imposible
sin echar pie a tierra). No que quedara sin vida, quería Aballay:
que quedara sin plumas.
Supo de pacientes vigilias, aplicó el ojo avisor, se sometió a
la inmovilidad (por no delatarse al zancudo).
Ensayó carrerearlos y sobre la marcha, al emparejarse,
arrancarles los alerones o parte de la cola. Demasiado
resistentes le resultaron; si el alazán por un trecho alcanzaba
al ñandú y él se le aferraba a las plumas, los enviones del
patas largas amenazaban arrastrarlo o le dejaban como recompensa
un manojo escaso o maltrecho.
Lamentó su ineficacia con las boleadoras, de las que de todos
modos, carecía.
Ensayó el lazo. Aprendió que voltear de un tirón al avestruz no
es dominarlo. El ave grande pateaba con una energía temible y le
espantaba el caballo.
Comprobó, por último, ante la reja del pulpero, lo engañoso de
las ilusiones del trueque.
Que fuera oficio para mujeres, nunca se le avisó; lo daba por
hecho como menester de varones. Sin embargo, ahí, al comando de
la carreta, estaba una.
Por el momento en aprietos considerables.
Aballay no fue tenido en cuenta, ni él se postuló, ni adelantó
palabra. Meramente se detuvo a un costado a apreciar la
situación y tomó nota que en el interior de carruaje estaban
atrapados: otra mujer, de apariencia más delicada; un civil,
quizás el marido, y hasta tres niñas.
Resaltaba que para la mujer carretera sacar del agua fangosa esa
mole con ruedas era obligación de los bueyes y se lo exigía con
voces de mucho imperio y el duro estímulo de una picana bien
manejada.
Aballay entró al pantano, a probar honduras. A continuación,
desenrolló el trenzado y enlazó el pértigo. Se paso a la
vanguardia y con el de montar y el parejero comenzó a cinchar,
cuidadosa pero firmemente. Todo ello, sin perder su posición
sobre el alazán, lo cual motivó primero la atención, luego la
estimación de la mayorala. Esta entro a colaborar con él.
No sirvió el esfuerzo inicial por el mucho peso del carro y la
carga entera. Menguó: Aballay desembarcó, uno a uno, a los cinco
transportados y sin dar tregua a sus caballitos los reimplantó a
la cuarteada.
Hacia el crepúsculo, liberados de la prisión del cieno, aunque
abundaran las injurias de éste sobre botas, ropa y rostros, los
confortaban a un fuego animoso sobre piso seco. La olla de
mazamorra se confiaba al influjo de las llamas quedas.
Aballay pudo comprobar su destino – que no pretendía – de
provocar desconcierto, teñido de admiración.
Con este estado de ánimo, la carretera acató sin insistencia ni
comentarios que rehusara desensillar para tomar una comida
caliente y más tarde su descanso en forma natural. Ejerció una
prudencia elemental y confió en hallar ocasión para retribuir
mejor la ayuda.
Aballay durmió sobre el cimarrón.
Al despertar, sabedor del apego que le profesaba el alazán, que
como de costumbre había quedado suelto, no le preocupó su falta;
lo supuso vadeando largamente en resarcimiento del desgaste que
tuvo el día anterior.
Saboreó él, Aballay, su propio verde amoroso, en sucesivas
rondas que el postillón adolescente le sirvió con tortitas de
maíz. Luego salió en procura del demorado.
Cuando lo encontró, estaba tumbado, sin inquietud, sin
violencia, sin resuello.
Aballay entró a pensar y hubo de inquirirse si bajar por su
potro le sería dispensado. Rumiada la duda, no lo hizo. Colgado
del cimarrón, retiró el cabezal del alazán y dejo que su mano se
demorara tiernamente asentando el pelaje sano y parejo.
Se le instaló el desamparo en la voluntad, una desolación que lo
puso inservible, hasta el punto de no atinar qué hacer para no
matar con su peso al cimarrón. Estaba igual que al principio;
para no asentar la bota en tierra precisaba un caballo más con
que alternar.
Sin decisión, siguió la carreta.
Más adelante, en una parada, hubo ocasión:
- Concédame...
Con esta sola palabra, la mayorala le hizo don de la mulita, la
de servicio, la que llevaba de rabo del carro para un rodeo o
avanzada del postillón mozo.
Se sumó a la travesía, sin resistirse a la ojeriza que le
dedicaba el hombre que mudaba destino, de un costado a otro del
país, con sus bártulos y su familia de cuatro polleras entre los
cueros del galerudo y lerdo transporte de bueyes.
Para Aballay estaba bien con que la mayorala tolerara sus
hábitos. Si no se hacía mella de éstos, conllevaba tareas. De
tal modo resultó que pudo darle a ella algunos desahogos, de
media jornada más, conduciendo él la carreta. Le bastaba pegar
un salto de su cimarrón al pescante: no pecaba de posarse en
tierra.
En la noche, el resguardo de la caja del carretón le aligeraba
el trámite hacia un sueño con menos escalofríos. El yantar se
había vuelto seguro.
Aballay se incómodo a sí mismo con dos preguntas ¿Por qué ella
me ampara? Lo que yo hago, ¿es penitencia?
De la primera pidió respuesta a la bienhechora:
- ¿Por qué?
- Por que me ayudás. (Ella lo voseaba, no él a ella.)
No lo convenció y se fue al silencio.
Entonces, la mujer se allanó a confesarle:
- Porque me recordás a un hijo que supe tener.
Conversaban en igualdad (a igual altura), en la noche. Para
hacerlo real, él se arrimaba en la mulita y ella se sentaba en
el piso del pescante de la carreta quieta.
Cuando la mayorala le alcanzaba un tazón o un cacharro, vale
decir, alimento de tomar con cuchara, a Aballay le asomaba la
inquietud. La cuchara, en su mano, le representaba el bienestar,
y era cuando se preguntaba si de verdad hacía penitencia.
La llamaba "vida de balde" y sabía que eso era como "vivir de
regalo", pero también sospechaba que fuera vivir en vano.
Pensó, una vez, ir al encuentro del cura o de otro hombre mayor
e instruido con quien aconsejarse.
A sus dudas, como de una tiniebla, le venía la réplica, casi
parecida a una justificación: vivir para pagar una culpa no era
vivir en vano.
Podrían haberlo tranquilizado, esos pensamientos, si no se
hubiera interpuesto en cada caso, la cara del chico. ¡ No había
arreglos, con el gurí!.
Aballay desaparece dos días.
De vuelta, se distingue sobre la mulita un fardo. Esa diferencia
podría no tener significado; no obstante, la mujer de la carta
le atribuye alguno, aunque todavía incierto.
Que Aballay se lo confíe, como está haciendo, podría creerle
contribución de su parte a los consumos del viaje. No es lo que
la mujer considera, menos cuando deslía el bulto y encuentra:
tocino, ginebra, sal, galleta... sí; pero además una pieza de
percal, agua de olor, un pañuelo...
Algo, en la mayorala, se pone muy flojo.
Ahora ya casi comprende... Quizá, que no es un presente común.
Que Aballay se va y paga. No, no paga: retribuye.
Casi lo puede entender de esa manera, pese a que Aballay aún
nada explica, ni cuenta nada.
Ni dirá que entregó el patacón de plata, aquel guardado en el
pliegue de la rastra para la ocasión especial. O para una gran
necesidad (como la de hacer lo que ha hecho)
Como se perdió la carreta con su mayorala, se perdió el invierno
y se pierden los años.
Murió el alazán, murieron el cimarrón y la mulita. Siempre pudo
sustituirlos, nunca con ventaja. Lo más, orejanos; los menos,
dóciles. Por hallar sumisos, cuando enlazaba perdidos sin marca,
los elegía viejos, reputados de mansos. Precisaba uno preferido
para montar, y el ladero. Un tiempo se avino a llevar, de
parejero, un burro. Precisaba, propiamente, un sillero. Ni
silla, ni montura, ni bastos llegó a tener.
Sospechoso de abigeato, y en reincidencia, un policía le cargó
la mirada.
Aballay y su yunta fueron arreados al destacamento.
El milico le mandó el "Bajate, que el comisario te quiere ver".
Soportó el tono, soportó el enojo y las palabras puercas.
Calculaba para enseguida unos guascazos y unos tirones, pero el
milico decidió darle una oportunidad.
- Tenés que entrar, por las buenas
- No me niego, si es montado.
- ¡Ah, vos, con tu manía!... – lo reconocía y lo despreció, el
uniformado, sin atreverse a más.
Fue a poner el litigio al arbitrio del comisario. Salió de
vuelta no por contrariado menos altanero, e hizo las cosas como
si se dirigiera a un tercero.
- De orden de mi superior, que el citado Aballay tiene que
comparecer no más.
Si bien debió agregar, de distinta manera: "Andá adentro, te las
tendrás que ver con el jefe. Pero pasa derecho al patio, podés
entrar con tu flete".
El comisario, para no ser menos que el indagado, fingió que
estaba por salir con apuro y subió a su caballo. Sólo entonces,
como condescendiendo a no dejar desatendida la cuestión, planteó
el reclamo: "!Despachemos pronto! Me va a decir, Aballay, en qué
asuntos se ha metido... ".
Pero fue indulgente. Sabía ( o creía saber) ante quién se
hallaba.
Al tiempo de vida errante, le había salido al cruce una partida
de jinetes.
Eran tres y pensó en malandanza. De él quisieron sondear una
suposición semejante (el crucifijo al cuello podía usarlo como
un despiste) y, al parecer, con unos datos creíbles se les pasó
tal idea.
- ¿Querés trabajar?
- Según...
Enganchaban peones. Dos de ellos lo eran y el otro su capataz.
Estaban formando una hacienda, para un patrón. Reclutaban
hombres para el desmonte.
Aballay dijo no, que él no.
- Pretencioso el gaucho – soltó uno. Con agresividad.
"¿Otra vez?", se consultó Aballay, y no pudo impedir que se le
embravaran los ojos. Se los controló el retador y para acentuar
la provocación le caracoleó el caballo por delante.
No le gustó el lance inútil, al capataz. Lo llamó al orden:
"¡Pereira!", e increpó a Aballay
- ¿Quién sos?
A Aballay le salió la respuesta: "Un pobre", como un tenue
desprendimiento. Lo miraba de frente y ya no tenía cólera ni
soberbia en el rostro.
Entonces, para el principal de la partida cobraron sentido la
cruz de palo y las trazas, ya de mucho oídas, del montado
errante. Con respeto llevó la mano al sombrero y se descubrió la
cabeza.
Y Aballay supo que, al cabo de tanto, había regresado a la
comarca acogedora de donde lo apartó la carreta.
Otras veces se encontró con gente de a pie: "Más pobrecitos que
yo...", comprobaba.
Podía transcurrir un día sin que distinguiera persona, y quizás
lo mismo le ocurría al otro; sin embargo, al coincidir raramente
se excedían de estas manifestaciones
- Buenas...
- Y santas, amigo.
Y cada cual proseguía, con el nudo de lo suyo, cerrado, dentro
de un mundo tan abierto (y solo).
Podía dar testimonio de éxodo - vaya a saberse hacia dónde que
imaginaban el pan – de familias que nada poseían, salvo los
hijos. Tropitas polvorientas, en las que el padre hacía punta, y
luego los chicos; uno, puede que de leche, bajo el cobijo del
amplio chal de la madre, negras por lo común las vestiduras de
ésta. El más animado, cuando no extenuado por la hambruna, era
el perro.
- Buenas...
- ... y santas, señor.
Resaltaba la respetuosidad, no sólo por darle a Aballay el trato
de señor. Al ver de cerca al montado, se había recuperado del
borde de donde descansaba. Sombero en mano, lo sacudía del polvo
contra la pierna.
- ¿Me conocés?
- De mentas, señor.
Aballay lo dejó parado y meditó. El caminante era el tipo del
venido a menos hasta lo muy mínimo donde ya ni fe en sí mismo le
queda. Aballay consideró que podían hacer juntos el camino y se
dio cuenta de lo provechoso de la cooperación entre un hombre
privado de la tierra y un hombre que puede desenvolverse al ras
del suelo. Aballay se dijo que andar con otro demandaba plática
y él no era de mucho hablar. Tan bien lo probó que al rato se
fue sin revelarle que lo estuvo pensando de acompañante.
En una cuesta descollaba a distancia uno como ensotanado, por el
poncho negro y caído hasta los pies. Gesticulaba, llamándolo a
llegar a él mas de prisa, lo que no obligó a Aballay.
Sostenía un largo palo, más alto que él, y el personaje se
parecía al palo.
Desplegó méritos para acreditarse, vivísimamente interesado en
conquistar el uso del caballo que consideraba vacante.
Aballay toleró el discurso, notó codicia, midió la potencia del
palo. Sencillamente le notició que se inclinaba a no tener socio
alguno, lo cual exasperó al figura y ante este resultado Aballay
se decidió a partir sin agregar palabra.
El taimado zumbó un varazo propio para hacer volar la cabeza del
jinete, que con agacharse la salvó, mientras ponía distancia con
la ligereza de sus caballos.
- ¡Anda, ve con Dios! – le vociferaba, muy castizamente, el
salteador fallido - . ¡Anda, ve con Dios!...
"En eso estoy", se consoló Aballay.
En una época siguiente, padece deterioro de salud. No lo
esconde, tampoco lo pregona.
Las puesteras hacen lo que pueden por él: un té de yuyos, un
caldo de ave, una tibia leche de cabra... No se atreven a
medicar: piensan que a un hombre en ese estado hay que mandarlo
a la cama, pero no a ese hombre.
Menos osaría ninguna propiciarle un rezo. Por descontado que
Aballay llena sus retiros con la oración.
No es tanto así, como creen las mujeres. Sin embargo, Aballay
reza, a su manera, y no para implorar por su salud. De siempre
lo ha hecho igual.. su rezo es como un pensamiento, que continúa
después que ha dicho las frases de la doctrina. Nunca hizo de la
plegaria una queja.
Hoy, que se ha arrinconado con su fiebre en una barranco y tiene
mucho frío, nota, con la vecindad de la noche, las majestuosas
pinturas del cielo. Le llenan el espíritu y se le antoja de
hacer lo que nunca se le ocurrió: rezar de rodillas, sin que
tenga que quebrar su voto, sin hincarse en la tierra: doblado
sobre su potro.
Prueba, con unción, con vehemencia, con tenacidad, pero no
puede: arriesga una ruidosa caída.
Ciñe desesperadamente sus piernas al cuerpo del animal,
dispuesto a no derrumbarse, a afrontar la infinitud de las
sombras que se lo están tragando.
Sueña con hojas de flor de durazno.
Sueña que interpreta: ha de ser mi remedio, el tiempo soleado,
ya que la flor se abre en primavera.
Un día, a la vista de un duraznero que estalla en flores por
todas las ramas, recuerda con benevolencia aquel sueño y se
enseña del acierto de su presagio.
Una mujer le pide que salve a su hijo.
Aballay no entiende. ¿ Que le ayude a llevarlo a donde se pueda
dar con un médico? ...
No. Que él lo bendiga y el niño se pondrá sano.
Aballay se espanta de esa atribución: lo están confundiendo con
un santón.
Después se duele: "De haber podido, yo..."
El antiguo, que se cubre con poncho blanco, le impacienta el
ánimo.
Entre tantos pilares de los templos descabezados, vino a subirse
a la columna quebrada más cercana a la suya.
Tenía un silencio odioso, muy diferente al que cumplía Aballay,
porque en Aballay era como una costumbre de estar callado sin
ostentación.
Aballay se sintió vigilado y aunque no pretendía ser más que
nadie, no cedió, y vigilaba al vecino.
Se daba cuenta si el antiguo bajaba más de lo perdonable y
tomaba nota igual que si nutriera un encono.
Al padecer la lluvia o el frío, resistía y comparaba, por verlo
aflojar.
Si granizaba, menos calculaba los coscorrones en su cabeza que
los que machucaban al otro.
Su comportamiento era mezquino, tenía que reconocerlo; pero,
alegaba, por causa del control malintencionado que le aplicaba
al intruso.
De todos modos, uno y otro lo pasaban pendientes de quien cayera
primero.
Permanecían al acecho de los indicios: si se ladeaba a dormir,
si lo marea el sol, si lo zamarrea el chucho...
"Puede que el poncho blanco le éste dando apariencia que lo
favorezca de bendito..." – Aballay juntaba argumentos por
menospreciar la ventaja que le llevaba el antiguo en recibir
ofrendas: se acumulaban, éstas, en la base de la columna.
Después de unos cien años de rivalizarse, ninguno ganó en
morirse. Los dos quedaron sin gestos justito en el mismo
instante, y se secaron de a poco. Después se desmenuzaron como
un par de panes viejos.
No pasó sin huella para el montado esta fantasía de la noche: le
marcó ondas graves de desabrimiento y melancolía.
Siempre piensa en el gurí que le hincó la mirada.
Pasan años. Un día se encuentra con esa mirada.
Sabe que el niño, hecho hombre, viene a cobrarse.
Lo ha seguido el mozo. Lo topa en el cañaveral.
Podría parecer un santón de poca edad, en digno caballo. Trae
templados los ojos, pero decididos. Igual que Aballay, está en
harapos.
Le comunica:
- Lo he buscado.
- ¿Mucho tiempo?
- Toda mi vida, desde que crecí.
No pregunta, afirma:
- Conoció a mi padre. Sería ociosopreguntarle quién es él y
quién era su padre.
Le pide:
- Señor, eche pie a tierra.
Aballay decide que tampoco por este motivo puede. Además, esta
rumiando que no debe revelar el porqué: parecería un disimulo
del miedo.
Como demora en su cavilación, padece que el otro lo apure.
- Señor, he venido a pelearlo.
Aballay hace un gesto sereno, que muestra conformidad, y el
joven resume:
-Sé que tiene fama de que no se abaja nunca del caballo. Tendré
que abajarlo. Le ofrecía, no más, la ocasión de un frente en que
los dos pisemos firme. Si usted no la quiere, me acomodaré a su
modo.
Lentamente, del dorso desenvaina el facón cruzado, que es largo
como la búsqueda que ha terminado.
Agil y rápido, Aballay se inclina pronunciadamente y con
incisión certera y enérgico forcejeo corta una caña gruesa y
poderosa como de más de un metro. Toma posición, con ella en
ristre igual que lanza y ya ha guardado en la faja la hoja
triangular del cuchillito.
El desafiante se asombra:
- ¿No tiene cuchillo que valga?... ¿Ni ese cortón piensa usar?
Pero ni más palabras usa Aballay, aguarda.
No quiere matar, pero opondrá defensa.
Luchan. Con la caña hostiga y lastima superficialmente. Busca
herirle la mano que empuña el arma, para que la suelte. El
contendor lo pasa a la carrera, por el costado, bajando planazos
que aciertan y escuecen. Vuelve y suelta un mandoble de partir
la cara. Aballay esquiva y lo que corta el facón es la caña,
formándole un chanfle perfecto. Aballay, por instinto, la
mantiene rígida y no afloja. Con el extremo por ese azar
afilado, la caña se incrusta en la boca del retador que
atropella, y se la destroza. Resbala, manoteando inútilmente el
pretendido sostén de las riendas.
Desde arriba, Aballay lo estudia, un segundo. No ha cometido lo
que no quería: matar otra vez. Compasión y náusea le causa la
efusión de sangre que ahoga los ayes y enturbia el bramido.
Desmonta a dar socorro y llega hasta el vencido, pero lo bloquea
su ley: no bajar al suelo, y lo ha hecho.
Angustiado, levanta la mirada, para consultar, y por su cuenta
resuelve que en esta ocasión será justo que permanezca todo lo
que haga falta.
El instante de vacilación basta para que el vengador, de abajo,
alce la punta del cuchillo y le abra el vientre.
Aballay cae, perdiendo aceleradamente las energías, y lo que se
embota primero es el sufrimiento de la cortadura.
Alcanza a saber que su cuerpo, ya siempre, quedará unido a la
tierra. Con el pensamiento velado, borronea disculpas: "Por
causa de fuerza mayor, ha sido...".
Aballay, tendido en el polvo, se está muriendo, con una dolorosa
sonrisa en los labios.
ANTONIO DI BENEDETTO nació en Mendoza el 2 de noviembre de
1922. Luego de cursar algunos años de abogacía, se dedicó al
periodismo. El gobierno de Francia lo becó para realizar
estudios superiores en esa especialidad. Como periodista fue
subdirector del diario "Los Andes", y corresponsal del diario
"La Prensa". En 1953 publicó su primer libro, Mundo animal, con
el que inició su brillante carrera de escritor cuya cima fue la
novela Zama, acaso una de las más grandes novelas de la
literatura argentina. Antonio Di Benedetto recibió numerosos
premios y distinciones por su labor: el gobierno italiano lo
condecoró como caballero de la Orden de mérito en 1969; en 1971
la medalla de oro de Alliance Française; en 1973 fue designado
miembro fundador del Club de los XIII, y un año después recibió
la Beca Guggenheim. Di Benedetto ocupa un destacado lugar en la
narrativa contemporánea argentina. Para ello lo acreditan su
personalísimo estilo, su capacidad de crear personajes vivos, su
facultad inventiva, su aguda captación sensorial y su activa
intencionalidad poética de remodelador del mundo. En Zama,
alcanzó su culminación el realismo profundo de Di Benedetto;
fuerte, cruel, incisivo, supera las apariencias de las cosas y
acoge en su seno los productos de la más pura fantasía creadora.
En 1976, pocas horas después del golpe militar del 24 de marzo,
Di Benedetto fue secuestrado por el ejército. "Creo nunca estaré
seguro que fui encarcelado por algo que publiqué. Mi sufrimiento
hubiese sido menor si alguna vez me hubieran dicho qué
exactamente. Pero no lo supe. Esta incertidumbre es la más
horrorosas de las torturas", diría años más tarde. Humillado,
golpeado y destrozado anímicamente, fue excarcelado el 4 de
septiembre de 1977 y se exilió en Estados Unidos, Francia y
España. Regresó definitivamente a la Argentina en 1985. Murió
víctima de un derrame cerebral el 10 de octubre de 1986 en
Buenos Aires.
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