Viciosos

Federico Rivero Scarani

Discúlpenme, no quise interrumpir, dije, pero ya era demasiado tarde. Un tipo joven me amenazó con un cuchillo y me introdujo a la casa. El líving estaba pintado de un amarillo gastado, con lamparones de humedad y revoques de mezcla mal puestos. La luz tenue iluminaba el ámbito donde otras "personas" se encontraban en los rincones sentadas sobre sillones desmembrados y en un sofá cuyos resortes tocaban el piso oscuro. Me obligó a sentarme en el sofá raído y percibí de reojo a una joven pálida que se hacía tajos con un estilete en los brazos. Otro individuo cruzó el líving y fue a sentarse oblicuamente a mí; tenía amputado dos dedos y era calvo y deforme. Los dos sujetos restantes se hallaban sentados cerca de la oscuridad que la tenue luz permitía; el que me amenazó se sentó a mi lado y me di cuenta que en cualquier momento me metía un tajo en la cara. Yo lo esperaba de un momento a otro; sin embargo acercó su rostro al mío y me sonrió como lo hace un idiota; su barba rala escondía cicatrices y tocándome la frente con sus dedos me marcó con dos gotas de sangre que se deslizaron por mi rostro como si llorara. No me hizo ningún daño, la sangre era de él. La muchacha seguía tajéandose las muñecas ahora, y los demás laceraban su cuerpo mientras exhalaban gemidos de placer. Eran drogadictos de la mutilación, viciosos de la carne herida, y esa casa era el antro donde practicaban semejantes atrocidades. El de barba seguía a mi lado esperando una reacción mía; yo no podía moverme, apenas miraba fijo hacia adelante y de vez en cuando movía los ojos para saber cuándo iba a llegar mi primer tajo. El pelado deforme se acercó a mí y observándome como en sueños movía su cabeza de un lado a otro igual a un demente que no puede hablar. Luego se fue a un rincón donde las otras dos figuras, - no supe si eran hombres o mujeres -, se movían lentamente tragados por la penumbra. Había olor a sangre en el ambiente; mientras tanto yo aguardaba a que me tajearan pero mi preocupación era dónde, cuál sería el lugar elegido y la mano segura, acostumbrada, la mano que mutilaría mi carne con certeza de cirujano.


El jardín estaba descuidado: el pasto alto, enredaderas, árboles con ramas que llegaban al suelo, las flores blancas metidas en la humedad verde. Al fondo estaba la casa; yo vivía en una extraña comunidad, éramos alrededor de veinte y había algunos niños; todos éramos jóvenes. Me gustaba una muchacha de ojos violetas y cutis lívido; sus cabellos eran negros, ni cortos ni largos. Sentía por ella una extraña fascinación pero nunca hablábamos, en la comunidad generalmente no se hablaba. La casona antigua tenía un patio interno donde se llegaba desde el zaguán; había habitaciones a los costados y en el piso de arriba. Una claraboya apenas dejaba entrar la luz. En esa casa vivíamos todos en una estrambólica cofradía. No recuerdo cómo me uní, pero ahora soy uno de ellos, tengo cicatrices y a veces me lacero, de todas maneras soy el más "sano". Siempre es de noche en esa casa, aunque en ocasiones me parece que existe el atardecer, al menos su luz opacada por las nubes de un cielo siempre gris. En el patio interno nos reunimos en corro y dos de nosotros juegan a mutilarse y a tajearse entre ellos; es como un duelo en el que se usa toda clase de armas blancas, inclusive el machete, pero no vale morir.


Un día salí con un amigo que entró en la cofradía sin percatarme del asunto. Con nosotros iba una muchacha de piel trigueña y gordita. No supe cuál fue el motivo que nos llevó a salir, quizás a hacer compras de víveres, pero yo nunca preguntaba nada, simplemente estaba ahí o allá sin voluntad. Nos paró una promotora y preguntó mi nombre después de ofrecerme los servicios de no sé qué. Como le dije que sí, respondí a su pregunta pero no quise darle la dirección. Eso provocó que me negara el servicio; sin embargo la muchacha que estaba con nosotros accedió. Fue en ese instante cuando le dije a la promotora que el nombre de nuestra compañera era falso, que se llamaba Ángeles, aunque creo que tampoco se llamaba así porque ese nombre era de aquella joven que me gustaba y que tenía ojos violetas. Le sugerí a la promotora que no fuera a esa dirección porque se lamentaría. Yo estaba seguro de que la querían llevar para la casa y convertirla en uno más de los nuestros. Creo que me comprendió y se fue atemorizada. Noté a mi amigo inquieto y a la muchacha de piel trigueña también; ésta me dijo que luego arreglaríamos cuentas en la casa y mi amigo pareció apoyarla. En ese momento me percaté de que yo quería hacer un complot contra la comunidad, era el único vestigio de voluntad que me animaba.


Ahora me persiguen por todas las habitaciones que se conectan, subo o bajo corriendo pero siempre hay alguien que me busca y me encuentra; hasta los niños se unieron a la cacería en la casona. Traté de convencer a algunos de lo irrisorio de nuestras vidas; intenté revolucionar la comunidad, me di cuenta de que no podíamos seguir viviendo entre charcos de sangre y pieles abiertas por tajos inicuos en un placer de lo más retorcido. Nadie me escuchó, ni mi propio amigo. Ángeles de repente apareció a mi siniestra, traía al odio destilando veneno en sus maravillosos ojos violetas que clavados en mí desde su rostro pálido me perforaban eso que algunos dicen llamarse alma. Sentí un desgarro interno y evité mirarla, ella apenas caminaba siguiéndome; estaba convencida de que no escaparía. Cuando bajaba hacia el patio por las escaleras de metal mi amigo me esperaba con una cuchilla en la mano, se había vestido con una camisa negra para la ocasión. Recordé aquella vez cuando miré para adentro de la casa a través de los vidrios polvorientos, fue cuando me metieron para adentro. Estaba rodeado, no había salida, la presencia del arroyo se me hizo húmeda y marrón; de un tajo le abrí el vientre a uno que cayó al suelo desangrándose; corrí hacia el jardín. Me vino a la mente el laberinto y el minotauro, ¿dónde arraiga el miedo?, ¿es por el laberinto del cual no hay esperanzas de salir o del monstruo que trae la muerte?, ¿o es el miedo al miedo?, ¿el verdadero laberinto está en el temor? Y el jardín se transformó para mí en un laberinto; resultaba imposible salir de él, carecía de límites y atrás la casa; ellos que caminaban lento hacia mí, algunos mutilados, otros cosidos de cicatrices, sus manos traían algo que brillaba, miraban con ojos perdidos en la nada y fue en la nada en la que me perdí.


RIVERO SCARANI
, Federico Nace en Montevideo en 1969. Publicó "La Lira, el Cobre y el Sur" (1993); "Ecos de la Estigia" (1998) y "Atmósferas" (Vintén Editor, 2000). Participó en los discos compactos de poesía "Sala de experimentación y trabajos originales" (Maldonado, 2001); "Contextos y vocales" (Punta del Este, 2002). En la actualidad colabora con artículos y reseñas en las revistas digitales brasileñas Verbo 21 y Banda Hispánica. Según el docente y crítico literario Gerardo Ciancio, Federico Rivero pertenece a la "Generación M" (marginal) la cual incluye a los jóvenes poetas que comenzaron a publicar sus obras hacia finales del siglo XX en Uruguay.