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| Una mochila roja, abierta, en la Plaza de Armas Salomón Valderrama Cruz Llegué al Cusco. Pregunto la hora; son las 7 de la mañana y estoy caminando, ascendiendo por una calle llamada avenida El Sol; me dicen que si sigo de frente llegaré a la Plaza de Armas, el centro del ombligo del mundo o centro del universo Inca. Estoy cansado pero sigo adelante, me falta el aire pero poseo lo que necesito: una bolsa de aire metropolitano guardada en mi mochila, para recordar que salí siendo prisionero. Por momentos me detengo y contemplo maravillado la suerte que tengo de vivir, de poder ser testigo de la belleza bajo un cielo tan celeste como claro y libertado de ingentes e hirientes edificios, de laboratorios uranio. La avenida es interesante. Por regocijo o por cansancio, ya no sé pero, soy testigo de los soles, veo un sol radiante del cual brota o nace el agua, creo que es mi estado de renovación; veo un sol oscuro donde se ha posado la noche, ¡ah!, no es sol sino que veo una construcción de piedra. Cada vez estoy más cerca de la plaza y noto como se me acercan una a una las cimientes de un antiguo reino. Estoy por la vereda derecha y leo un letrero: Museo de Sitio Korikancha o Huaca del Sol. Sigo en mi ascenso y noto las calles empedradas, veo rostros nativos todavía, siento como la libertad me coge con su manto suave. Por fin alguien me dice, esa es la Plaza de Armas, y me ve y nota que soy de esos que buscan historias, maravillas escondidas en los muros de carne y hueso. El amigo me sonríe y me invita a sentarme muy cerca de la pileta. Conversamos; me cuenta sus historias, las historias de la plaza y del Cusco, de como mucha gente lo visita de lugares tan increíbles como este mismo sitio; países que él no conocía sino ahora gracias a que han llegado a su tierra legendaria. De como asientan vuelo pájaros de todo tipo, algunos heridos, otros vivaces, algún otro tan tortuoso como su propia tierra encumbrada (metálicos). Pájaros, me dice, de todo color y forma. Hasta hay algunos que se vienen especialmente para volverse locos aquí: les decimos los locos con pasaporte o locos gringos. Me pregunta, ¿cómo has llegado?, y yo le cuento que salí de Lima huyendo. Que estaba harto de la vida diaria, del trabajo eterno en claustro cíclico, de los amigos de trueque a más no poder, de mi pareja que estaba tan loca o mejor que yo, y de la maldita contaminación, bulla y matanza del cielo que me atormentaba a donde fuese en un coche. Le conté que no planifiqué el viaje, que simplemente agarré una mochila, saqué un poco de dinero del banco y me vine. Que no compré pasaje en agencia sino que agarré un carro en el puente Atocongo que me llevó para Ica, donde llegué a las 12 de la noche; bajé del autobús y me encaminé a la Plaza de Armas donde encontré en abundancia, una reunión de homosexuales; me senté en una banca, abracé mi mochila roja y contemplé la oscuridad, los árboles durmientes, poetas solitarios. Del frente me miraban así como interrogando; después de media hora uno, o una, se me acerca. Se te ve tan solito, me dice, ya nos vamos todas a una fiesta, ¡no quieres venir... ¿Ya no sé qué pensar?, estoy solo, huyendo, la noche es extraña en Ica, acepté. Llegamos al lugar en una taxi azul. Todo era desconocido para mí, por un instante me invadió un, hasta entonces, desconocido temor pero lo superé y seguí adelante. Tocaron en una puerta de madera, algo así como un código, luego ingresamos. El que nos abrió era un hombre corpulento, avanzamos por un contorneado pasadizo y de pronto todo se transformó; la plaza en donde todos estaban conversando y sonriendo se metamorfoseo en un escándalo. Fiesta estrambótica, ya fuere un bacanal moderno. Todos tenían su pareja, había trago de todo tipo, y todo clase de tipos habían ahí. Indagando, descubro que muchos son profesionales, abogados, médicos, ingenieros, dueños de afamados restaurantes, salones de belleza y otros medios no menos importantes, para el caso. Me sorprendí a sobremanera ya que jamás había estado en una fiesta homosexual, pero todo me pereció normal, aquí no había nada de maldito sino solamente equiparable a una fiesta heterosexual donde todos verdaderamente se divierten (gozan). Estaba tomando como todos, circulaba el pisco, ron, cerveza, champagne, vino, sangría, cuba libre... luego alguien se me acerca y me propone bailar, yo accedo con la misma cortesía con que lo pide, era una pieza clásica, si mi escasa cultura musical no falla era Stayin Alive de los Bee Gees. Y nada, simplemente bailamos, claro que de ves en cuando trataba de sujetarme alguna salida o prominencia de emergencia. Pero me divertí; creo que acabé tirado en el suelo o sobre una de las mesas, el asunto es que alguien me llevó a su casa y ahí descansé sobre un cálido sofá. Ni en sueños pensé, alguna vez, acabar en una fiesta así pero lo hice y no me arrepiento porque ahora entiendo a los homosexuales, que son personas tan normales como otras. Les gusta divertirse, salir un momento de la realidad asfixiante y críptica. Recorrí algunos lugares de Ica, en un taxi me fui a la Huacachina y estuve allí por momentos sentado, otros echado, algunos otros nadando, en mi mente, agradecido con la naturaleza tan compleja y bella, tan sorprendente e impredecible. Imagina en medio del desierto, un secreto, al pie de unas hermosas dunas una laguna tan mítica como mujer enamorada. Vi bellas mujeres, traté de acercarme a alguna y lo hice. Se llamaba Sofía, y como una “Sophia” a correspondencia de “sabiduría”, me mostró Ica y la Huacachina. Nos perdimos por calles, hoteles, discotecas y dulces aguas trigueñas. La pasé de maravilla. Era una hembra completa de pies a cabeza, de manos a sonrisa paralela transversal o vertical. Debo decir, la penetré tanto como ella lo hizo conmigo. Pasaron tres o cinco días creo; yo estaba en el parnaso de Baudelaire extasiado y mitificado, de Verlaine y Rimbaud orgiásticos superlativos helénicos, de Stephen Dedalus o Leopold Bloom en trayectoria cometa de tierra ligada y purificada, de Remedios la bella expiando su palacio y hasta la hermanita de Gregorio Samsa envistiendo su erecto violín. Así estaba con Sofía, flamante profesora de literatura. La cuestión es que la gocé como se goza mutuamente; luego ella tuvo que volver a Trujillo, y como una primavera se fue, dejando el brillo en mí. Recargado. Alucinado, especialmente como un poeta decidí proseguir; pregunté por dónde se llega a la Panamericana y me fui a ella, en seguida tomé otro autobús que me llevó para Arequipa. El viaje fue largo y pesado, pero en general lo disfruté, ya que como compañero de asiento tuve una mujer. Ella era segura, lo noté por como hablaba, todo en primera persona, todo mirándote a los ojos, sin titubear. Tenía un vestido, ¡raro!, porque en los últimos años de mi anterior vida toda mujer que observaba viajar, en la calle, en el trabajo, en el taxi, en la bicicleta, en los patines, en el avión... llevaba pantalón. Pero esta tenía vestido y era bonita. La forma como el niño o caprichoso vestido por momentos parecía traicionarla o bendecidla en exposición de arte escultórico delicado. Y es que ella tenía una cincelada precisa, un matiz perfecto, cada gesto parecía una obra escultórica de algún genio o Dios. Sus ojos, dos puertas tan luminosas como ovaladas novedades de otros mundos, casi sino fuera por Sofía, reflejos o puertas del tiempo maravilloso. Sus labios me hacían pensar que el amor no tiene ni tendrá definición sino que llega o llegará precisamente inefable y hechizo traicionero, un cuchillo de cuatro filos. Llegamos a Arequipa, ella era de aquí. Muy cortésmente me invitó a su casa pero me rehusé. Entonces me dijo que la llamara apenas esté alojado; porque ella iría a verme. No lo pensé dos veces, me alojé en un hotel llamado El Misti y la llamé. Llegó y salimos a las calles de La Ciudad Blanca. Recorrimos la plaza como cinco veces, yo estaba absorto por el imponente volcán y la imagen que proyectaba hacia la ciudad, algo así como una gran espada amenazante y a la ves sonriente, sólida dirección. Le dije que me llevara por donde están los acuarelistas, ya que sé que ellos son una de las magias de Arequipa; me dijo que son los dueños de los concursos, porque todos los ganaban, y que uno de ellos ya la había pintado desnuda. No sabes lo que me vino a la mente en ese momento, estar prendado, nadando en ese hermoso cuerpo, besándola por todas partes, dejando que ella me besara a su manera, insondable y radiante camino moreno. Ella me sujetaba de la mano y así nos fuimos a un restaurante y pedimos rocoto relleno, helado y un vino. Estuvimos conversando largo y expuesto rato. Ella estaba estudiando pintura en Lima, debo decir que era una maestra del color, su bella piel morena combinaba perfectamente con el vestido que se había puesto, sus ojos se apreciaban refulgentes como las dos marías en noche despejada, tal vez era su presencia que me mantenía atento y excitado. Hablamos un poco de la pintura peruana, tema a sobremanera delicado y exigente. Comentamos la obra del pintor, que para ella era el mejor, Gerardo Chávez y su ya perfilado legendario cuadro o serie copulada en La Procesión de La Papa. Sobre su estancia y proceso evolutivo en Italia, Francia, África y Chile, y por supuesto su punto de partida y de llegada, el Perú. Decía que, el maestro, tiene todo para ser reconocido a la altura de Miró, Matta, Gris, Botero o Guayasamín. Lo más interesante fue que ella admiraba la obra de referencia lúdica de Chávez, pero, aseveraba pintar a la manera de Fernando de Szyszlo, cosa por demás compleja, ya que los símbolos y ambigüedades están inmersos en la obra de todos los artistas desde la época del arte rupestre, definición particular. Ella también lo entendió así, aunque fue después de un extenso debate a golpe de vino y miradas celosamente riesgosas, no para nosotros sino para los que entraban al restaurante. Así acabamos el día en el hotel, abrazados, hablando de pintura, filosofía, poesía y otros temas de más profundidad. Se fue a su casa al día siguiente, asustada, por que su madre le había dicho: ¡qué si se volvía a perder ya no iba a salir de su casa mientras esté en Arequipa!. Así que nos despedimos con la ligera sospecha de que nos volveríamos a ver. Me dejé llevar, acomodé mis escasas cosas y me enfrenté a dejar nuevamente una historia como ensayo ejemplar o bello poema. Pregunté donde se toma autobús, agarré un taxi y llegué al terrapuerto. Sin pensarlo y sin mirar atrás tomé un carro y me vine para el Cusco. Ahora estoy aquí contigo, sentado y no sé siquiera cómo te llamas o qué haces por la vida o si has entendido algo de lo que te he contado. Pero, la verdad, es que me has caído bien; me dices, sí lo sé, porque yo no le contaría lo que me has contado a cualquiera, y te digo, sí es verdad... y hablamos, y me dices, que sí has entendido porque lees los periódicos, porque has leído a los clásicos, porque también te gusta la pintura y que te dedicas a guiar a los visitantes o turistas por todo el Cusco; que tu lugar preferido es Machu Picchu y que te encanta como reacciona el visitante cuando la ve por primera vez o segunda o tercera, porque todas las veces parece nueva, la mística, lítica y olímpica poesía arquitectónica. Que has estudiado en la Universidad San Antonio Abad del Cusco y que vas a ser mi guía personal porque cualquiera no escribe ni vive, mucho menos, lo que yo he vivido. Y que hace mucho tiempo querías conocer a un escritor, pero todo esto es otro cuento, así que volvemos al principio. SALOMÓN VALDERRAMA CRUZ nace en abril de 1979 en Chilia, departamento de La Libertad (Perú). Realiza estudios en la Universidad Nacional Federico Villarreal y Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Aparece su primer libro de poemas Encrucijada (entre el amor y otras pasiones, primera parte) el año 2002 y, en el 2003, Anemómetro (entre el amor y otras pasiones, segunda parte). Ha sido publicado en las revistas: El Hablador (Perú), Almiar (España), Letras Salvajes (Puerto Rico), Ariadna-rc (España), Cultopía (Perú), Malabia (Argentina), El Cuarto Amarillo (México), Revista Voces (España), Escáner Cultural (Chile), La Teta del Sapo (Perú), Prometeo Digital (España), Al Margen (México), Paradoja (Estados Unidos), Panfleto Negro (Venezuela), Café Berlín (Alemania), Deriva (España), Conexión Mutante (Chile), Los Noveles (Perú), Red y Acción (Estados Unidos), Fuegos del Sur (Argentina), Máquina do Mundo (Brasil), Bitácora del Quijote (España), El Búho (Perú), Blocos (Brasil), Liceus (España), El gato con botas (El Salvador), La Siega (España), Agulha (Brasil) y en otras revistas y medios de difusión literaria.
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