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Marina
Jesús Carazo
Una mañana de primeros de octubre me vi de nuevo sentado en una
clase, interpretando aquel temible papel docente del que llevaba
huyendo tantos años. Ese día, como un alud de dolorosas
estampas, cayeron sobre mí los recuerdos de mis profesores de
bachillerato, de sus angustiosos exámenes, de tantos miles de
horas de lento y aburrido aprendizaje... Creo que no hubiera
podido resistirlo de no haber sido por Marina, una muchacha de
veintiséis años, delgada, silenciosa e insensatamente aficionada
al esoterismo. Enseñaba Inglés en mi instituto y, al parecer, se
había aficionado a los karmas y a las cartas astrales durante
una larga estancia en el Reino Unido. Tal vez no era exactamente
la chica que yo andaba buscando, pero me sentía tan
rematadamente perdido entre aquellos corredores embaldosados y
sombríos que me aferré a la única mano que se me tendió.
Nos hablamos por primera vez en un bar siniestro y ruidoso al
que los profesores acudíamos durante el recreo para ingerir un
líquido turbio que tenía la engañosa apariencia de café. A
Marina se la veía siempre en un extremo de la barra, ensimismada
y distante, mientras el resto de los profesores se empeñaba en
contar desoladoras anécdotas de sus alumnos. Según ellos, en
aquel barrio de Madrid nadie tenía interés por cultivarse, por
aprender, y nosotros sólo estábamos allí para evitar que un
montón de jovenzuelos descarriados se aficionara al robo y a las
drogas.
Como esas depresivas conversaciones se repetían mañana tras
mañana, un día decidí acercarme a aquella solitaria jovencita
que se pasaba los desayunos contemplando su vaso de café.
Pareció sorprendida de que alguien se interesara por su mínima
existencia. Tenía los ojos azules y una piel blanca, casi
transparente. Cuando, mucho más tarde, intenté encontrarle
alguna semejanza zoológica, sólo se me ocurrió identificarla con
un pez, un pez de ojos grandes y cabellos largos, aparentemente
perplejo ante los insondables misterios de este mundo singular.
Marina parecía tan perdida como yo. Era el primer año que daba
clase y ya se planteaba la idea de abandonar definitivamente la
enseñanza. Cuando le pregunté si tenía novio o estaba casada
alzó las cejas y movió la cabeza como si esas categorías
convencionales no abrigaran ningún significado en su percepción
de la realidad. A finales de octubre comenzamos a desayunar en
una mesita aparte, el uno frente al otro, y allí fue donde supe
de su afición al esoterismo. Se pasaba los recreos hablándome de
la influencia de las radiaciones invisibles de las estrellas.
Confieso que nunca he creído en tales historias, pero esos
primeros días fingí escucharla con cierto interés mientras me
preguntaba qué habría de aprovechable en aquel cuerpo escurrido
y en aquellos senos casi inexistentes.
Ah, pero el encanto de Marina estaba en su alma, en su
sorprendente distanciamiento de las cosas, en su absoluta falta
de sentido moral. Pensaba que todas nuestras acciones se
hallaban predeterminadas desde hacía millones de siglos. “Todo
lo que sucede tenía que suceder”, parecía ser su más irrefutable
certidumbre. Ni siquiera éramos libres de elegir entre dos
libros, entre dos mujeres, entre dos manzanas. (En una ocasión,
le dije que estaba convencido de que, la primera vez, en el bar,
me había acercado a ella libremente. Me miró con una sonrisa de
conmiseración. También el que nos hubiéramos conocido en aquel
desolado cafetín se hallaba escrito en algún lugar desde el
comienzo de los tiempos.)
Marina se empeñó enseguida en establecer mi carta astral, así
que me vi obligado a preguntarle a mi madre la hora exacta a la
que me había traído a este mundo. Tras una interminable
discusión con mi padre (y sin duda para no llevarle la
contraria), la autora de mis días aceptó que el fausto suceso
había tenido lugar hacia las siete de la tarde de un siete de
abril. Marina insistió en saber el minuto exacto y a
continuación se pasó una semana elaborando el perfil estelar del
hombre que estaba a punto de seducirla. Mi carta astral era un
conjunto de vaguedades aplicables a varios cientos de miles de
terrícolas. Marina no debió de hallar en aquel cósmico destino
nada incompatible con el que le habían confeccionado a ella sus
amigos ingleses porque, un par de días después, estábamos
haciendo el amor en mi apartamento.
Recuerdo que durante esos primeros contactos no nos hablábamos.
Ni siquiera solíamos decirnos ciertas frases más o menos
ridículas que las parejas de todos los tiempos han utilizado
para despertar sus instintos reproductivos. Tal vez por eso me
parecía percibir en todo aquello algo levemente irracional. A
veces llegué a sentirme como uno de esos obstinados insectos que
se aparean en primavera tras un rápido y anodino bailoteo.
Marina debía de verse también así porque, al terminar, alzaba el
vuelo y comenzaba a vestirse como si no tuviera nada que ver con
el tipo ojeroso que la miraba desde la cama. Yo recordaba haber
tenido novias que, después de hacer el amor, se pasaban el día
canturreando y concibiendo fabulosos planes para la hora de
cenar. Marina no. Marina hojeaba una revista y se rascaba la
planta del pie. O se quitaba las espinillas de la nariz. O se
sentaba a corregir exámenes. Y si en alguna ocasión intentaba yo
rememorar los momentos más destacados de nuestro silencioso
acoplamiento, ella alzaba un
instante la cabeza y me preguntaba en un tono desoladoramente
irónico si no pretendía hacer un cine-fórum.
Tras aquellos deprimentes epílogos, a mí me daba la impresión de
que, para Marina, hacer el amor constituía una actividad tan
sugestiva y apasionante como batir un huevo o arreglar un
armario. Una vez se lo dije, y me respondió que, a la luz de una
mirada cósmica y universal, las tres cosas tenían la misma
importancia. Debo reconocer que sus palabras produjeron un
efecto perturbador en el ánimo de alguien que siempre había
situado los gozos de la carne en el cenit de las delicias de
este mundo.
Marina había alquilado un pisito diminuto y deslucido a dos
manzanas del centro docente y, como mi apartamento se hallaba al
otro lado de la ciudad, al final acostumbramos a pasar allí la
mayoría de las noches. Debo decir que a mi nuevo amor le traían
sin cuidado todas esas exquisiteces que los semanarios
ilustrados llaman “decoración del hogar”. En las paredes del
salón sólo se veía la imagen de una divinidad india (pintada,
sin duda, por un alucinado psicópata) y un par de adornos
orientales colgados de un clavito. A falta de una estantería,
los libros se amontonaban en su mesa de trabajo, una simple
plancha de madera sostenida por dos rústicos caballetes.
Cuando no estaba en clase, Marina se pasaba el día derrumbada en
un sofá, o practicando el yoga sobre una esterilla polvorienta.
Pronto averigüé que, tras haber ocupado algunos años en rastrear
la misteriosa influencia de los astros, desde hacía unos meses
intentaba encontrar en su alma las huellas de la divinidad. No
de una divinidad cualquiera, desde luego, sino del Ser Supremo y
Absoluto, de la Divinidad de Todas las Divinidades. En esto la
estaba adoctrinando Ramón Ciruelos, un tipo blandito y siniestro
que había vivido dos años en la India. Según Ciruelos, el
universo venía a ser como el gran estornudo de Dios, y cada
célula, cada partecita, cada individuo, era una verdadera
porción de Su Ser Providencial. Como, después de tantos milenios,
el hombre había acabado por olvidar ese origen sorprendente y
maravilloso, ahora cada cual se veía obligado a buscar en su
alma las huellas del Divino Hacedor. Marina me contaba esas
cosmologías con una fe de catecúmeno y yo le decía, medio en
broma, que era mi primera
novia panteísta. Lo del panteísmo se le antojaba a ella algo
sospechoso, así que me respondía que no, que una cosa era ver al
Padre Eterno en los árboles, los ríos y las montañas, y otra muy
distinta ser uno mismo una salivilla de Dios. Resultaba bastante
pintoresco que alguien que no fuese Ramón Ciruelos pudiera creer
esas doctrinas, pero uno nunca sabe en qué humildes espíritus
germinarán ciertas fantasías.
Como el camino misterioso y ascético que conducía a la divinidad
llevaba implícita la creencia en las sucesivas reencarnaciones
del individuo, Marina —tal vez por miedo a zamparse a alguno de
sus antepasados— había dejado de consumir alimentos de origen
animal. Nuestro menú se componía, pues, de legumbres, arroces y
verduras de todo tipo. Aquel régimen debía de ser sanísimo,
desde luego, pero yo procuraba añadirle cada dos o tres días un
muslo de pollo que solía chupetear ante la mirada recelosa de mi
amada. En alguna ocasión intentaba demostrarle matemáticamente
la imposibilidad de que hubiese un individuo reencarnado en cada
animalito vivo porque, según la zoología, existían millones de
aves, centenares de millones de peces y miles de millones de
insectos, siempre muchísimos más que seres humanos, así que era
altamente improbable que en el pollo que me estaba comiendo se
hubiera albergado el alma de alguno de mis bisabuelos.
Naturalmente, ella nunca entraba en esas discusiones de tendero
de barrio, pero me aseguraba que había otras razones mucho más
solidarias y sutiles que la obligaban a rechazar el sacrificio
de animales —razones que, por supuesto, yo no podría entender
jamás.
Aparte de esos estimulantes menús, Marina se tomaba todas las
noches un puñadito de almendras que, al parecer, constituían el
indispensable complemento de su dieta vegetariana. Estoy seguro
de que, si su amigo Ciruelos le hubiese prescrito unos garbanzos
crudos o una hoja de laurel, Marina se los habría tragado sin
pestañear.
En uno de nuestros momentos de intimidad me atreví a hablarle de
los Bee Gees, que en esa época me gustaban muchísimo, y ella me
miró como a un pobre imbécil y se preguntó en voz alta cómo un
tipo de apariencia normal podía escuchar unas canciones tan
almibaradas. Y es que Marina sólo soportaba unas letanías de
monjes budistas que solían sonar en el tocadiscos cuando había
reuniones en casa. A esas veladas solía invitar a un puñado de
gente sigilosa y sonriente: dos tipos desnutridos, tres o cuatro
amigas tan chifladas como la anfitriona y Ramón Ciruelos con su
compañera sentimental —una joven alicantina que gozaba de la
misma transparencia anatómica de mi amada. Condenado a escuchar
los insípidos recuerdos orientales de Ramón Ciruelos, al cabo de
un rato me sentía como un esquimal en un conciliábulo de
benedictinos. Alguna vez traté hacer algún comentario gracioso,
pero todos me miraron siniestramente, como si estuvieran
considerando la idea de sacrificarme allí mismo, al final de la
velada.
Al igual que la mayoría de los obsesos, Ramón Ciruelos sólo se
animaba cuando hacía proselitismo. Aseguraba que todas las
religiones se hallaban ligadas por misteriosos pasadizos
subterráneos a los que sólo los iniciados podían acceder. Eso
quería decir que, a fin de cuentas, Cristo, Brahma o Alá venían
a ser la misma persona, si es que en esos resbaladizos dominios
puede hablarse de esta manera. Creo que a Ciruelos le fastidiaba
un poco que yo no me interesase por los estornudos de su Dios
Universal. Seguramente sospechaba que lo hacía porque era un
empecinado católico o algo así. Un día, le aclaré que yo no
creía ni en las reencarnaciones orientales ni en los cielos e
infiernos de occidente, pero que el mundo visible me seguía
sumiendo en una turbadora perplejidad. Aparte de eso, pensar en
un dios sensible y bondadoso como origen de este universo
trufado de horrores resultaba tan descabellado como imaginar a
una monjita dinamitando un parvulario.
Aunque, después de esta conversación, nuestro amigo debió de
concluir que yo era totalmente irrecuperable, no por ello dejó
de aconsejarme la práctica del yoga. Me aseguró que, con
paciencia y tenacidad, uno podía alzarse sobre la vulgaridad de
nuestras esperanzas e ilusiones y llegar a considerar el
universo como “un hoyo abierto por la pezuña de una vaca”. Yo le
dije que en el mundo había algunas cosas maravillosas y que me
molestaría que perdieran su encanto. “¿Qué cosas?”, preguntó.
“Los Bee Gees, las mujeres, los canelones que prepara mi
madre...”, le respondí sin titubear. Entonces él se rascó la
barbita con un gesto que quería ser de Gran Gurú de la India
pero que sólo era de Ramón Ciruelos, publicista de una empresa
siempre a punto de quebrar, y me dijo que era preferible asumir
la futilidad absoluta de todas las cosas, por si un día me veía
obligado a renunciar a ellas. Yo no veía por qué razón debería
renunciar un día a las mujeres y a los Bee Gees, a no ser que me
quedara sordo e impotente. Por otro lado, me parecía que la
probabilidad de quedarse a la vez sordo e impotente debía de ser
muy pequeña. Cuando se lo dije a Ciruelos, el hombre alzó las
cejas, incapaz de darse cuenta de que le estaba tomando el pelo,
y me aseguró que más valía tenerlo todo previsto, porque los
designios de la divinidad eran cada día más insondables.
A finales de enero, mis relaciones con Marina comenzaron a
desmoronarse. Y es que, aparte de aquellas sesiones de
silenciosa lujuria, compartíamos muy pocas cosas. En los últimos
tiempos, se pasaba las horas practicando las posturas de yoga
que le recomendaba Ciruelos. Tal vez le habría gustado verme a
su lado, inmóvil, tratando de vaciar mi cabecita de cualquier
ambiciosa inquietud. Pero a mí no me entusiasmaba perder el
tiempo en aquella aburrida gimnasia. (En una ocasión lo intenté
durante veinte minutos y sólo conseguí que, al día siguiente, me
dolieran las piernas.)
Una noche, Marina me confesó que, esa misma tarde, mientras
estaba practicando el yoga, había sentido que se alejaba del
mundo y la había asustado la idea de no poder regresar. Le dije
que debía tratarse de una simple fantasía, pero, un par de días
después, aquello se volvió a repetir. Al parecer, le daba la
impresión de estar cayendo en un pozo misterioso y profundo, de
escapar del tiempo y del espacio. Aunque, según el pensamiento
kantiano, no era posible escapar del tiempo y del espacio, me
acostumbré a espiarla disimuladamente a través de la rendija de
la puerta. Marina se sentaba en su tronada esterilla y colocaba
el pulgar y el índice de ambas manos en ligero contacto, como
haciendo una “o”. Era la “postura del adepto” y, según Ciruelos,
debían practicarla todos aquellos que habían decidido ser
célibes. A mí, este asunto me mosqueaba un poco, y hasta me
preguntaba si no tenía algo que ver conmigo, si no era una
sutilísima manera de anunciarme que estaba de más en aquella
casa. A veces, desde el pasillo, veía cómo a Marina se le ponían
los ojos en blanco y temía que se desplomara bruscamente,
fulminada por la repentina comprensión de los misterios de la
existencia. Después, al regresar de nuevo a este mundo, mi amada
se pasaba un buen rato dando vueltas por las habitaciones, sin
decir nada, sin mirarme siquiera, o mirándome como una marquesa
hindú miraría al último de los parias.
Alguna noche le recordaba yo que en su mesa de trabajo tenía un
montón de exámenes por corregir y ella decía “ya lo sé”, en un
tono distraído e indiferente. La enseñanza le interesaba cada
día menos y había tomado la costumbre de aprobar a la mayoría de
sus alumnos, de modo que los chicos estaban encantados con ella.
Creo que en clase les hablaba también (en inglés) de la
sabiduría védica, y de la posibilidad de identificarse con el
Ser Supremo a través de la práctica del yoga. Aún temblaba en
sus labios la pálida sonrisa de los primeros tiempos, pero ahora
parecía más un arma defensiva que una muestra de verdadero
interés por los problemas de su interlocutor. A mí me inquietaba
bastante todo eso y cada vez me resultaba más difícil mantener
una conversación sensata con ella. Ahora, cuando le planteaba
alguna pregunta importante, solía responderme con evasivas, o
todo lo más con alguna frasecita enigmática que volvía a dejar
el asunto en el aire. Sólo durante aquellos silenciosos abrazos
en el dormitorio volvía a ser la muchacha que yo había conocido
en el mes de octubre.
A mediados del segundo trimestre, sin embargo, observé que
comenzaba a perder interés por los misterios copulativos. Se lo
hice ver, pero ella se encogió de hombros. Todo el mundo tenía
períodos más o menos eróticos, dijo, y, de cualquier manera, el
asunto no era tan importante, ¿verdad? ¿Que no era importante?
¿Que no era importante si hacíamos o no el amor?, le pregunté en
un tono desorbitado. Marina se volvió hacia mí (estábamos en la
cama y ella leía un libro de Swami Vivekananda) y me lanzó una
mirada vagamente piadosa. Luego me contó la parábola de un tipo
que escalaba una montaña y veía cómo, allá abajo, todo se
reducía de tamaño: los edificios parecían casitas de muñecas;
los caballos, ratones perezosos, y la gente, un montón de
ridículos bichitos... Le dije que dejase de hablarme con
apólogos, como a los tontos, y que había entendido perfectamente
que ahora yo venía a ser para ella un ridículo bichito. “Mira,
Sergio, los ejemplos no hay que tomárselos al pie de la letra,”
me respondió, “sólo son maneras de hablar. Lo que quiero decir
es que todas las cosas tienen una importancia relativa cuando se
las mira desde lejos.” Pues entonces lo mejor era que me mirase
desde más cerca, como un entomólogo entusiasta miraría a su
insecto preferido, le dije. Pero ella no quería mirarme de
cerca; de cerca, todos los insectos tenían un aspecto horrible y
monstruoso. “¡Así que yo era un monstruo!”, exclamé. “¡No se
puede hablar contigo!”, dijo ella, y volvió a enfrascarse en su
filosofía vedanta.
Esa noche me pareció comprender que era el imbécil de Ramón
Ciruelos quien tenía la culpa de todo, así que fui a verle una
tarde, a su oficina. Recuerdo que me miró con cara de espanto.
No le había anunciado mi visita y no podía imaginar a qué había
venido hasta allí. Le dije lo que me ocurría: Marina estaba cada
día más ensimismada y se empeñaba en mirarme como a un bichito.
Ciruelos sonrió nerviosamente —seguro que el apólogo del tipo
que subía a una montaña se lo había contado él— y me aseguró que
cuando alguien emprendía la búsqueda del Señor Dios del
Universo, nunca se sabía hasta dónde podía llegar. Le dije que
no estaba dispuesto a dejar que el Señor Dios del Universo me
birlara la novia. Me respondió que el Señor Dios del Universo no
era ningún ser personal y que, por lo tanto, nunca podría
quitarme la novia. Además —añadió intentando hacerse el
gracioso—, si me hubiera interesado un poco por la filosofía
oriental, a esas alturas ya sabría que todos veníamos a ser la
misma cosa, es decir, que todos éramos novios de todos. Tal vez
Marina había empezado a ver el mundo de esa manera... ¡Pues yo
prefería que lo viese como antes de que él la empujara a
lanzarse a la búsqueda del Ser Supremo y de la Absoluta Realidad!,
le repliqué. “No puedes hacer nada”, dijo. “Puedo partirte la
nariz”, le respondí. Ciruelos se apartó unos pasitos. “Yo estoy
en contra de la violencia”, me recordó con un ligero
temblorcillo en los labios. “¡Pues yo no!”, exclamé aspirando
furiosamente el aire viciado de su oficina. Pero no tenía ganas
de pelearme con un tipo que tal vez ni siquiera se hubiese
defendido debidamente.
Aquella historia de amor ensombrecida por la infinitud y el
misterio se prolongó aún hasta finales del curso escolar. Para
entonces, yo ya había renunciado definitivamente a tener trato
alguno con la filosofía vedanta, así que cuando Ciruelos
aparecía por nuestro piso, corría a meterme en un cine y me
olvidaba durante un par de horas de aquellos dos pánfilos
inmóviles en el suelo del salón.
Paradójicamente, a medida que mi amada descubría que su cuerpo y
su alma eran una maravillosa porción de la Divinidad Universal,
comenzaba a perder su sentido del humor. Puede que los dioses
sean demasiado importantes como para reírse de sí mismos, pero
sin risa y sin amor nuestra relación fue tomando un tinte cada
vez más siniestro. Un día le dije que me estaba cansando de
aquella insensata existencia y me respondió que, como yo había
elegido el camino equivocado, no podría ser feliz hasta que no
se me cayera la venda de los ojos. Le aseguré que la venda ya se
me había caído y que andaba dándole vueltas a la idea de
volverme a mi casa. Aquella amenaza no hizo ningún efecto, así
que concluí que mi chica estaba embrujada y que no la
recuperaría hasta que Ramón Ciruelos no hubiera abandonado este
valle de lágrimas. Recuerdo que pasé unos días fraguando
descabellados planes para eliminar a aquel indeseable gurú,
pero, naturalmente, nunca tuve el valor de ponerlos en práctica.
Con el tiempo, mi papel en la vida de Marina había ido cambiando
patéticamente. De apasionado amante pasé a resignado compañero,
y de resignado compañero, al tipo que le compraba las frutas y
verduras cada mañana. Cuando trataba de hacerle ver la sutil
degradación de nuestro amor, ella me miraba como si no supiese
de qué le estaba hablando. Un par de veces se me ocurrió
llevarla a comer a casa de mis padres y pude comprobar con
estupor que ante ellos se comportaba como alguien aparentemente
normal. Sabía elogiar los exquisitos platos de mi madre y hasta
le reía las gracias al autor de mis días. Sólo mi hermana era
capaz de descubrir aquella formidable duplicidad. “Esta chica es
un poco rarita, ¿no?”, me susurraba al oído cuando nos dábamos
el beso de despedida.
Tal vez al lector le hubiera gustado que mi brumoso idilio con
Marina tuviera un final sorprendente o melodramático, pero en la
vida real las cosas casi nunca suceden de esa manera. Nuestro
amor se fue diluyendo lentamente, como azotado por cotidianas
ráfagas de lluvia. A menudo me preguntaba por qué no se decidía
a romper conmigo, a confesarme que no era feliz en mi compañía o
algo así. Ahora sólo se me ocurre que, en el fondo, le espantaba
trastocar las cosas, alterar el dibujo de nuestros misteriosos
destinos.
A mediados de junio, Marina me anunció que pensaba pasarse el
verano en un caserón que su amigo Ciruelos había alquilado en un
pueblecito de Guadalajara. Con ellos irían también cuatro o
cinco empecinados buscadores y buscadoras de la Suprema
Divinidad. Si yo lo deseaba —me propuso sin ningún entusiasmo—
podía acompañarlos. Enseguida imaginé lo que iba a ser aquello:
el mareante olor a incienso a las horas de las comidas, los
siniestros cánticos al atardecer, los largos paseos por el campo
acompañando al grupo de aburridos seminaristas... Le dije que no
tenía ninguna intención de perder el tiempo con una pandilla de
espiritados, y que debía elegir entre el Ser Supremo Creador de
Todo el Universo y su pálido compañero sentimental. Marina se
encogió de hombros y salió de la habitación. En ese instante me
hubiera gustado echarle un vistazo al fondo de su alma. Sé que,
en alguno de sus sombríos rincones, habría descubierto la
temblorosa satisfacción de estar a punto de librarse de mí.
Después de aquello, tuve la curiosa impresión de que Marina se
aproximaba unos centímetros a la superficie de la tierra. Hasta
me acompañó al cine una tarde (a ver una película sobre Gandhi).
Creo que se daba perfecta cuenta de que estábamos viviendo
nuestros últimos días. También hicimos el amor una o dos veces.
Pero ahora era sólo un ejercicio profiláctico, como aquellas
inspiraciones purificadoras que ella solía realizar en su
esterilla, antes de adoptar la postura de adepto.
Cuando sólo faltaba una semana para que ella se marchara a aquel
perdido caserón, recogí mis cosas y regresé a mi apartamento. Le
dije que la llamaría un par de días más tarde para llevarla a
cenar a un restaurante vegetariano. Las clases ya habían
terminado y los dos sabíamos que aquello era sólo una excusa
para evitar la despedida. No obstante, una mañana de primeros de
julio marqué de nuevo su número de teléfono —y me estuve
maldiciendo mientras oía la campanita. Por fortuna, nadie
descolgó el auricular. Las diez horas siguientes las pasé
tumbado en la cama, esperando en vano una llamada suya e
intentando considerar el universo como un simple “hoyo abierto
por la pezuña de una vaca”.
Durante los exámenes de septiembre, nos encontramos dos o tres
veces en los pasillos del colegio. Recuerdo que nos hablamos
exactamente igual que si acabáramos de conocernos —igual que si
yo no la hubiera tenido en mis brazos tantas noches, durante
tantos meses, igual que si nunca hubiese cocinado para ella, ni
le hubiera comprado día tras día aquellos manojos de brécol,
aquellas endibias blancas que tanto le gustaban...
Siempre me sorprendo de que ocurran estas cosas.
JESÚS CARAZO nació en Burgos, en 1944. Estudió el
bachillerato en el Liceo Castilla de su ciudad natal y en 1968
se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense
de Madrid. Entre 1968 y 1977 fue profesor en Tánger. Tras cinco
años de estancia en España (Palma de Mallorca y Málaga) es
nombrado profesor en Burdeos, donde permanece desde 1982 hasta
1988. Actualmente, es Catedrático de Lengua y Literatura en el
Instituto López de Mendoza de Burgos. Ha dado conferencias y
realizado decenas de coloquios en institutos y universidades de
Francia, España y Marruecos. Ha obtenido los premios Sésamo,
Elena Fortún, Ciudad de Barbastro y Ciudad de Valladolid. Los
límites del Paraíso fue la novela finalista del premio Nadal en
1988. Algunos de sus libros han sido traducidos a otros idiomas.
También es autor de varias novelas juveniles que han cautivado a
decenas de miles de lectores dentro y fuera de España. Asímismo,
ha escrito y publicado varias obras de teatro, que han sido
representadas en Tánger, Valladolid, Madrid y Burgos. Último
verano en el paraíso obtuvo el premio Lope de Vega en el año
2004.
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