Marina

Jesús Carazo

Una mañana de primeros de octubre me vi de nuevo sentado en una clase, interpretando aquel temible papel docente del que llevaba huyendo tantos años. Ese día, como un alud de dolorosas estampas, cayeron sobre mí los recuerdos de mis profesores de bachillerato, de sus angustiosos exámenes, de tantos miles de horas de lento y aburrido aprendizaje... Creo que no hubiera podido resistirlo de no haber sido por Marina, una muchacha de veintiséis años, delgada, silenciosa e insensatamente aficionada al esoterismo. Enseñaba Inglés en mi instituto y, al parecer, se había aficionado a los karmas y a las cartas astrales durante una larga estancia en el Reino Unido. Tal vez no era exactamente la chica que yo andaba buscando, pero me sentía tan rematadamente perdido entre aquellos corredores embaldosados y sombríos que me aferré a la única mano que se me tendió.

Nos hablamos por primera vez en un bar siniestro y ruidoso al que los profesores acudíamos durante el recreo para ingerir un líquido turbio que tenía la engañosa apariencia de café. A Marina se la veía siempre en un extremo de la barra, ensimismada y distante, mientras el resto de los profesores se empeñaba en contar desoladoras anécdotas de sus alumnos. Según ellos, en aquel barrio de Madrid nadie tenía interés por cultivarse, por aprender, y nosotros sólo estábamos allí para evitar que un montón de jovenzuelos descarriados se aficionara al robo y a las drogas.

Como esas depresivas conversaciones se repetían mañana tras mañana, un día decidí acercarme a aquella solitaria jovencita que se pasaba los desayunos contemplando su vaso de café. Pareció sorprendida de que alguien se interesara por su mínima existencia. Tenía los ojos azules y una piel blanca, casi transparente. Cuando, mucho más tarde, intenté encontrarle alguna semejanza zoológica, sólo se me ocurrió identificarla con un pez, un pez de ojos grandes y cabellos largos, aparentemente perplejo ante los insondables misterios de este mundo singular.

Marina parecía tan perdida como yo. Era el primer año que daba clase y ya se planteaba la idea de abandonar definitivamente la enseñanza. Cuando le pregunté si tenía novio o estaba casada alzó las cejas y movió la cabeza como si esas categorías convencionales no abrigaran ningún significado en su percepción de la realidad. A finales de octubre comenzamos a desayunar en una mesita aparte, el uno frente al otro, y allí fue donde supe de su afición al esoterismo. Se pasaba los recreos hablándome de la influencia de las radiaciones invisibles de las estrellas. Confieso que nunca he creído en tales historias, pero esos primeros días fingí escucharla con cierto interés mientras me preguntaba qué habría de aprovechable en aquel cuerpo escurrido y en aquellos senos casi inexistentes.

Ah, pero el encanto de Marina estaba en su alma, en su sorprendente distanciamiento de las cosas, en su absoluta falta de sentido moral. Pensaba que todas nuestras acciones se hallaban predeterminadas desde hacía millones de siglos. “Todo lo que sucede tenía que suceder”, parecía ser su más irrefutable certidumbre. Ni siquiera éramos libres de elegir entre dos libros, entre dos mujeres, entre dos manzanas. (En una ocasión, le dije que estaba convencido de que, la primera vez, en el bar, me había acercado a ella libremente. Me miró con una sonrisa de conmiseración. También el que nos hubiéramos conocido en aquel desolado cafetín se hallaba escrito en algún lugar desde el comienzo de los tiempos.)

Marina se empeñó enseguida en establecer mi carta astral, así que me vi obligado a preguntarle a mi madre la hora exacta a la que me había traído a este mundo. Tras una interminable discusión con mi padre (y sin duda para no llevarle la contraria), la autora de mis días aceptó que el fausto suceso había tenido lugar hacia las siete de la tarde de un siete de abril. Marina insistió en saber el minuto exacto y a continuación se pasó una semana elaborando el perfil estelar del hombre que estaba a punto de seducirla. Mi carta astral era un conjunto de vaguedades aplicables a varios cientos de miles de terrícolas. Marina no debió de hallar en aquel cósmico destino nada incompatible con el que le habían confeccionado a ella sus amigos ingleses porque, un par de días después, estábamos haciendo el amor en mi apartamento.

Recuerdo que durante esos primeros contactos no nos hablábamos. Ni siquiera solíamos decirnos ciertas frases más o menos ridículas que las parejas de todos los tiempos han utilizado para despertar sus instintos reproductivos. Tal vez por eso me parecía percibir en todo aquello algo levemente irracional. A veces llegué a sentirme como uno de esos obstinados insectos que se aparean en primavera tras un rápido y anodino bailoteo. Marina debía de verse también así porque, al terminar, alzaba el vuelo y comenzaba a vestirse como si no tuviera nada que ver con el tipo ojeroso que la miraba desde la cama. Yo recordaba haber tenido novias que, después de hacer el amor, se pasaban el día canturreando y concibiendo fabulosos planes para la hora de cenar. Marina no. Marina hojeaba una revista y se rascaba la planta del pie. O se quitaba las espinillas de la nariz. O se sentaba a corregir exámenes. Y si en alguna ocasión intentaba yo rememorar los momentos más destacados de nuestro silencioso acoplamiento, ella alzaba un
instante la cabeza y me preguntaba en un tono desoladoramente irónico si no pretendía hacer un cine-fórum.

Tras aquellos deprimentes epílogos, a mí me daba la impresión de que, para Marina, hacer el amor constituía una actividad tan sugestiva y apasionante como batir un huevo o arreglar un armario. Una vez se lo dije, y me respondió que, a la luz de una mirada cósmica y universal, las tres cosas tenían la misma importancia. Debo reconocer que sus palabras produjeron un efecto perturbador en el ánimo de alguien que siempre había situado los gozos de la carne en el cenit de las delicias de este mundo.


Marina había alquilado un pisito diminuto y deslucido a dos manzanas del centro docente y, como mi apartamento se hallaba al otro lado de la ciudad, al final acostumbramos a pasar allí la mayoría de las noches. Debo decir que a mi nuevo amor le traían sin cuidado todas esas exquisiteces que los semanarios ilustrados llaman “decoración del hogar”. En las paredes del salón sólo se veía la imagen de una divinidad india (pintada, sin duda, por un alucinado psicópata) y un par de adornos orientales colgados de un clavito. A falta de una estantería, los libros se amontonaban en su mesa de trabajo, una simple plancha de madera sostenida por dos rústicos caballetes.

Cuando no estaba en clase, Marina se pasaba el día derrumbada en un sofá, o practicando el yoga sobre una esterilla polvorienta. Pronto averigüé que, tras haber ocupado algunos años en rastrear la misteriosa influencia de los astros, desde hacía unos meses intentaba encontrar en su alma las huellas de la divinidad. No de una divinidad cualquiera, desde luego, sino del Ser Supremo y Absoluto, de la Divinidad de Todas las Divinidades. En esto la estaba adoctrinando Ramón Ciruelos, un tipo blandito y siniestro que había vivido dos años en la India. Según Ciruelos, el universo venía a ser como el gran estornudo de Dios, y cada célula, cada partecita, cada individuo, era una verdadera porción de Su Ser Providencial. Como, después de tantos milenios, el hombre había acabado por olvidar ese origen sorprendente y maravilloso, ahora cada cual se veía obligado a buscar en su alma las huellas del Divino Hacedor. Marina me contaba esas cosmologías con una fe de catecúmeno y yo le decía, medio en broma, que era mi primera
novia panteísta. Lo del panteísmo se le antojaba a ella algo sospechoso, así que me respondía que no, que una cosa era ver al Padre Eterno en los árboles, los ríos y las montañas, y otra muy distinta ser uno mismo una salivilla de Dios. Resultaba bastante pintoresco que alguien que no fuese Ramón Ciruelos pudiera creer esas doctrinas, pero uno nunca sabe en qué humildes espíritus germinarán ciertas fantasías.

Como el camino misterioso y ascético que conducía a la divinidad llevaba implícita la creencia en las sucesivas reencarnaciones del individuo, Marina —tal vez por miedo a zamparse a alguno de sus antepasados— había dejado de consumir alimentos de origen animal. Nuestro menú se componía, pues, de legumbres, arroces y verduras de todo tipo. Aquel régimen debía de ser sanísimo, desde luego, pero yo procuraba añadirle cada dos o tres días un muslo de pollo que solía chupetear ante la mirada recelosa de mi amada. En alguna ocasión intentaba demostrarle matemáticamente la imposibilidad de que hubiese un individuo reencarnado en cada animalito vivo porque, según la zoología, existían millones de aves, centenares de millones de peces y miles de millones de insectos, siempre muchísimos más que seres humanos, así que era altamente improbable que en el pollo que me estaba comiendo se hubiera albergado el alma de alguno de mis bisabuelos. Naturalmente, ella nunca entraba en esas discusiones de tendero de barrio, pero me aseguraba que había otras razones mucho más solidarias y sutiles que la obligaban a rechazar el sacrificio de animales —razones que, por supuesto, yo no podría entender jamás.

Aparte de esos estimulantes menús, Marina se tomaba todas las noches un puñadito de almendras que, al parecer, constituían el indispensable complemento de su dieta vegetariana. Estoy seguro de que, si su amigo Ciruelos le hubiese prescrito unos garbanzos crudos o una hoja de laurel, Marina se los habría tragado sin pestañear.



En uno de nuestros momentos de intimidad me atreví a hablarle de los Bee Gees, que en esa época me gustaban muchísimo, y ella me miró como a un pobre imbécil y se preguntó en voz alta cómo un tipo de apariencia normal podía escuchar unas canciones tan almibaradas. Y es que Marina sólo soportaba unas letanías de monjes budistas que solían sonar en el tocadiscos cuando había reuniones en casa. A esas veladas solía invitar a un puñado de gente sigilosa y sonriente: dos tipos desnutridos, tres o cuatro amigas tan chifladas como la anfitriona y Ramón Ciruelos con su compañera sentimental —una joven alicantina que gozaba de la misma transparencia anatómica de mi amada. Condenado a escuchar los insípidos recuerdos orientales de Ramón Ciruelos, al cabo de un rato me sentía como un esquimal en un conciliábulo de benedictinos. Alguna vez traté hacer algún comentario gracioso, pero todos me miraron siniestramente, como si estuvieran considerando la idea de sacrificarme allí mismo, al final de la velada.

Al igual que la mayoría de los obsesos, Ramón Ciruelos sólo se animaba cuando hacía proselitismo. Aseguraba que todas las religiones se hallaban ligadas por misteriosos pasadizos subterráneos a los que sólo los iniciados podían acceder. Eso quería decir que, a fin de cuentas, Cristo, Brahma o Alá venían a ser la misma persona, si es que en esos resbaladizos dominios puede hablarse de esta manera. Creo que a Ciruelos le fastidiaba un poco que yo no me interesase por los estornudos de su Dios Universal. Seguramente sospechaba que lo hacía porque era un empecinado católico o algo así. Un día, le aclaré que yo no creía ni en las reencarnaciones orientales ni en los cielos e infiernos de occidente, pero que el mundo visible me seguía sumiendo en una turbadora perplejidad. Aparte de eso, pensar en un dios sensible y bondadoso como origen de este universo trufado de horrores resultaba tan descabellado como imaginar a una monjita dinamitando un parvulario.

Aunque, después de esta conversación, nuestro amigo debió de concluir que yo era totalmente irrecuperable, no por ello dejó de aconsejarme la práctica del yoga. Me aseguró que, con paciencia y tenacidad, uno podía alzarse sobre la vulgaridad de nuestras esperanzas e ilusiones y llegar a considerar el universo como “un hoyo abierto por la pezuña de una vaca”. Yo le dije que en el mundo había algunas cosas maravillosas y que me molestaría que perdieran su encanto. “¿Qué cosas?”, preguntó. “Los Bee Gees, las mujeres, los canelones que prepara mi madre...”, le respondí sin titubear. Entonces él se rascó la barbita con un gesto que quería ser de Gran Gurú de la India pero que sólo era de Ramón Ciruelos, publicista de una empresa siempre a punto de quebrar, y me dijo que era preferible asumir la futilidad absoluta de todas las cosas, por si un día me veía obligado a renunciar a ellas. Yo no veía por qué razón debería renunciar un día a las mujeres y a los Bee Gees, a no ser que me quedara sordo e impotente. Por otro lado, me parecía que la probabilidad de quedarse a la vez sordo e impotente debía de ser muy pequeña. Cuando se lo dije a Ciruelos, el hombre alzó las cejas, incapaz de darse cuenta de que le estaba tomando el pelo, y me aseguró que más valía tenerlo todo previsto, porque los designios de la divinidad eran cada día más insondables.



A finales de enero, mis relaciones con Marina comenzaron a desmoronarse. Y es que, aparte de aquellas sesiones de silenciosa lujuria, compartíamos muy pocas cosas. En los últimos tiempos, se pasaba las horas practicando las posturas de yoga que le recomendaba Ciruelos. Tal vez le habría gustado verme a su lado, inmóvil, tratando de vaciar mi cabecita de cualquier ambiciosa inquietud. Pero a mí no me entusiasmaba perder el tiempo en aquella aburrida gimnasia. (En una ocasión lo intenté durante veinte minutos y sólo conseguí que, al día siguiente, me dolieran las piernas.)

Una noche, Marina me confesó que, esa misma tarde, mientras estaba practicando el yoga, había sentido que se alejaba del mundo y la había asustado la idea de no poder regresar. Le dije que debía tratarse de una simple fantasía, pero, un par de días después, aquello se volvió a repetir. Al parecer, le daba la impresión de estar cayendo en un pozo misterioso y profundo, de escapar del tiempo y del espacio. Aunque, según el pensamiento kantiano, no era posible escapar del tiempo y del espacio, me acostumbré a espiarla disimuladamente a través de la rendija de la puerta. Marina se sentaba en su tronada esterilla y colocaba el pulgar y el índice de ambas manos en ligero contacto, como haciendo una “o”. Era la “postura del adepto” y, según Ciruelos, debían practicarla todos aquellos que habían decidido ser célibes. A mí, este asunto me mosqueaba un poco, y hasta me preguntaba si no tenía algo que ver conmigo, si no era una sutilísima manera de anunciarme que estaba de más en aquella casa. A veces, desde el pasillo, veía cómo a Marina se le ponían los ojos en blanco y temía que se desplomara bruscamente, fulminada por la repentina comprensión de los misterios de la existencia. Después, al regresar de nuevo a este mundo, mi amada se pasaba un buen rato dando vueltas por las habitaciones, sin decir nada, sin mirarme siquiera, o mirándome como una marquesa hindú miraría al último de los parias.

Alguna noche le recordaba yo que en su mesa de trabajo tenía un montón de exámenes por corregir y ella decía “ya lo sé”, en un tono distraído e indiferente. La enseñanza le interesaba cada día menos y había tomado la costumbre de aprobar a la mayoría de sus alumnos, de modo que los chicos estaban encantados con ella. Creo que en clase les hablaba también (en inglés) de la sabiduría védica, y de la posibilidad de identificarse con el Ser Supremo a través de la práctica del yoga. Aún temblaba en sus labios la pálida sonrisa de los primeros tiempos, pero ahora parecía más un arma defensiva que una muestra de verdadero interés por los problemas de su interlocutor. A mí me inquietaba bastante todo eso y cada vez me resultaba más difícil mantener una conversación sensata con ella. Ahora, cuando le planteaba alguna pregunta importante, solía responderme con evasivas, o todo lo más con alguna frasecita enigmática que volvía a dejar el asunto en el aire. Sólo durante aquellos silenciosos abrazos en el dormitorio volvía a ser la muchacha que yo había conocido en el mes de octubre.
A mediados del segundo trimestre, sin embargo, observé que comenzaba a perder interés por los misterios copulativos. Se lo hice ver, pero ella se encogió de hombros. Todo el mundo tenía períodos más o menos eróticos, dijo, y, de cualquier manera, el asunto no era tan importante, ¿verdad? ¿Que no era importante? ¿Que no era importante si hacíamos o no el amor?, le pregunté en un tono desorbitado. Marina se volvió hacia mí (estábamos en la cama y ella leía un libro de Swami Vivekananda) y me lanzó una mirada vagamente piadosa. Luego me contó la parábola de un tipo que escalaba una montaña y veía cómo, allá abajo, todo se reducía de tamaño: los edificios parecían casitas de muñecas; los caballos, ratones perezosos, y la gente, un montón de ridículos bichitos... Le dije que dejase de hablarme con apólogos, como a los tontos, y que había entendido perfectamente que ahora yo venía a ser para ella un ridículo bichito. “Mira, Sergio, los ejemplos no hay que tomárselos al pie de la letra,” me respondió, “sólo son maneras de hablar. Lo que quiero decir es que todas las cosas tienen una importancia relativa cuando se las mira desde lejos.” Pues entonces lo mejor era que me mirase desde más cerca, como un entomólogo entusiasta miraría a su insecto preferido, le dije. Pero ella no quería mirarme de cerca; de cerca, todos los insectos tenían un aspecto horrible y monstruoso. “¡Así que yo era un monstruo!”, exclamé. “¡No se puede hablar contigo!”, dijo ella, y volvió a enfrascarse en su filosofía vedanta.

Esa noche me pareció comprender que era el imbécil de Ramón Ciruelos quien tenía la culpa de todo, así que fui a verle una tarde, a su oficina. Recuerdo que me miró con cara de espanto. No le había anunciado mi visita y no podía imaginar a qué había venido hasta allí. Le dije lo que me ocurría: Marina estaba cada día más ensimismada y se empeñaba en mirarme como a un bichito. Ciruelos sonrió nerviosamente —seguro que el apólogo del tipo que subía a una montaña se lo había contado él— y me aseguró que cuando alguien emprendía la búsqueda del Señor Dios del Universo, nunca se sabía hasta dónde podía llegar. Le dije que no estaba dispuesto a dejar que el Señor Dios del Universo me birlara la novia. Me respondió que el Señor Dios del Universo no era ningún ser personal y que, por lo tanto, nunca podría quitarme la novia. Además —añadió intentando hacerse el gracioso—, si me hubiera interesado un poco por la filosofía oriental, a esas alturas ya sabría que todos veníamos a ser la misma cosa, es decir, que todos éramos novios de todos. Tal vez Marina había empezado a ver el mundo de esa manera... ¡Pues yo prefería que lo viese como antes de que él la empujara a lanzarse a la búsqueda del Ser Supremo y de la Absoluta Realidad!, le repliqué. “No puedes hacer nada”, dijo. “Puedo partirte la nariz”, le respondí. Ciruelos se apartó unos pasitos. “Yo estoy en contra de la violencia”, me recordó con un ligero temblorcillo en los labios. “¡Pues yo no!”, exclamé aspirando furiosamente el aire viciado de su oficina. Pero no tenía ganas de pelearme con un tipo que tal vez ni siquiera se hubiese defendido debidamente.



Aquella historia de amor ensombrecida por la infinitud y el misterio se prolongó aún hasta finales del curso escolar. Para entonces, yo ya había renunciado definitivamente a tener trato alguno con la filosofía vedanta, así que cuando Ciruelos aparecía por nuestro piso, corría a meterme en un cine y me olvidaba durante un par de horas de aquellos dos pánfilos inmóviles en el suelo del salón.

Paradójicamente, a medida que mi amada descubría que su cuerpo y su alma eran una maravillosa porción de la Divinidad Universal, comenzaba a perder su sentido del humor. Puede que los dioses sean demasiado importantes como para reírse de sí mismos, pero sin risa y sin amor nuestra relación fue tomando un tinte cada vez más siniestro. Un día le dije que me estaba cansando de aquella insensata existencia y me respondió que, como yo había elegido el camino equivocado, no podría ser feliz hasta que no se me cayera la venda de los ojos. Le aseguré que la venda ya se me había caído y que andaba dándole vueltas a la idea de volverme a mi casa. Aquella amenaza no hizo ningún efecto, así que concluí que mi chica estaba embrujada y que no la recuperaría hasta que Ramón Ciruelos no hubiera abandonado este valle de lágrimas. Recuerdo que pasé unos días fraguando descabellados planes para eliminar a aquel indeseable gurú, pero, naturalmente, nunca tuve el valor de ponerlos en práctica.

Con el tiempo, mi papel en la vida de Marina había ido cambiando patéticamente. De apasionado amante pasé a resignado compañero, y de resignado compañero, al tipo que le compraba las frutas y verduras cada mañana. Cuando trataba de hacerle ver la sutil degradación de nuestro amor, ella me miraba como si no supiese de qué le estaba hablando. Un par de veces se me ocurrió llevarla a comer a casa de mis padres y pude comprobar con estupor que ante ellos se comportaba como alguien aparentemente normal. Sabía elogiar los exquisitos platos de mi madre y hasta le reía las gracias al autor de mis días. Sólo mi hermana era capaz de descubrir aquella formidable duplicidad. “Esta chica es un poco rarita, ¿no?”, me susurraba al oído cuando nos dábamos el beso de despedida.



Tal vez al lector le hubiera gustado que mi brumoso idilio con Marina tuviera un final sorprendente o melodramático, pero en la vida real las cosas casi nunca suceden de esa manera. Nuestro amor se fue diluyendo lentamente, como azotado por cotidianas ráfagas de lluvia. A menudo me preguntaba por qué no se decidía a romper conmigo, a confesarme que no era feliz en mi compañía o algo así. Ahora sólo se me ocurre que, en el fondo, le espantaba trastocar las cosas, alterar el dibujo de nuestros misteriosos destinos.

A mediados de junio, Marina me anunció que pensaba pasarse el verano en un caserón que su amigo Ciruelos había alquilado en un pueblecito de Guadalajara. Con ellos irían también cuatro o cinco empecinados buscadores y buscadoras de la Suprema Divinidad. Si yo lo deseaba —me propuso sin ningún entusiasmo— podía acompañarlos. Enseguida imaginé lo que iba a ser aquello: el mareante olor a incienso a las horas de las comidas, los siniestros cánticos al atardecer, los largos paseos por el campo acompañando al grupo de aburridos seminaristas... Le dije que no tenía ninguna intención de perder el tiempo con una pandilla de espiritados, y que debía elegir entre el Ser Supremo Creador de Todo el Universo y su pálido compañero sentimental. Marina se encogió de hombros y salió de la habitación. En ese instante me hubiera gustado echarle un vistazo al fondo de su alma. Sé que, en alguno de sus sombríos rincones, habría descubierto la temblorosa satisfacción de estar a punto de librarse de mí.

Después de aquello, tuve la curiosa impresión de que Marina se aproximaba unos centímetros a la superficie de la tierra. Hasta me acompañó al cine una tarde (a ver una película sobre Gandhi). Creo que se daba perfecta cuenta de que estábamos viviendo nuestros últimos días. También hicimos el amor una o dos veces. Pero ahora era sólo un ejercicio profiláctico, como aquellas inspiraciones purificadoras que ella solía realizar en su esterilla, antes de adoptar la postura de adepto.

Cuando sólo faltaba una semana para que ella se marchara a aquel perdido caserón, recogí mis cosas y regresé a mi apartamento. Le dije que la llamaría un par de días más tarde para llevarla a cenar a un restaurante vegetariano. Las clases ya habían terminado y los dos sabíamos que aquello era sólo una excusa para evitar la despedida. No obstante, una mañana de primeros de julio marqué de nuevo su número de teléfono —y me estuve maldiciendo mientras oía la campanita. Por fortuna, nadie descolgó el auricular. Las diez horas siguientes las pasé tumbado en la cama, esperando en vano una llamada suya e intentando considerar el universo como un simple “hoyo abierto por la pezuña de una vaca”.

Durante los exámenes de septiembre, nos encontramos dos o tres veces en los pasillos del colegio. Recuerdo que nos hablamos exactamente igual que si acabáramos de conocernos —igual que si yo no la hubiera tenido en mis brazos tantas noches, durante tantos meses, igual que si nunca hubiese cocinado para ella, ni le hubiera comprado día tras día aquellos manojos de brécol, aquellas endibias blancas que tanto le gustaban...

Siempre me sorprendo de que ocurran estas cosas.


JESÚS CARAZO
nació en Burgos, en 1944. Estudió el bachillerato en el Liceo Castilla de su ciudad natal y en 1968 se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid. Entre 1968 y 1977 fue profesor en Tánger. Tras cinco años de estancia en España (Palma de Mallorca y Málaga) es nombrado profesor en Burdeos, donde permanece desde 1982 hasta 1988. Actualmente, es Catedrático de Lengua y Literatura en el Instituto López de Mendoza de Burgos. Ha dado conferencias y realizado decenas de coloquios en institutos y universidades de Francia, España y Marruecos. Ha obtenido los premios Sésamo, Elena Fortún, Ciudad de Barbastro y Ciudad de Valladolid. Los límites del Paraíso fue la novela finalista del premio Nadal en 1988. Algunos de sus libros han sido traducidos a otros idiomas. También es autor de varias novelas juveniles que han cautivado a decenas de miles de lectores dentro y fuera de España. Asímismo, ha escrito y publicado varias obras de teatro, que han sido representadas en Tánger, Valladolid, Madrid y Burgos. Último verano en el paraíso obtuvo el premio Lope de Vega en el año 2004.