Ilustração: Michael Randall
  

Al mediodia

      Mirándome esa mañana en el espejo, me pregunté qué hacía yo mirándome tanto tiempo en el espejo. Lo recuerdo, sí, aunque entre tinieblas, y entre tinieblas refregué mis ojos y marché hacia la habitación. Casi no había podido dormir, inquieto una vez más por el deseo de llegar algún día a caminar por esas calles y respirar ese aire, pasar bajo la Torre y recorrer las orillas del río tan famoso y tan lejano. Miré el reloj y vi la hora, se hacía tarde y no me importaba. Aún debía afeitarme, cepillarme los dientes, bañarme, ponerme el perfume y el traje, hacer pis antes de salir, todas esas cosas que acostumbraba entonces. Sin embargo, me senté en la cama y prendí la radio para escuchar el noticiero. Desde hacía un tiempo era para mí una obsesión conocer el pronóstico y así elegir la ropa adecuada para cada día, pero el de esa mañana resultaba particularmente ambiguo. Miré el interior del placard, no había mucho para elegir y aún así pasó el tiempo conmigo mirando la ropa. Para los jóvenes y para los viejos no existe tal dilema, pensé. Los jóvenes andan siempre con poca ropa. Los viejos, en cambio, se abrigan a más no poder, total si transpiran nadie los huele. Pero yo tenía cuarenta años, casi cuarenta y uno. Me di cuenta, la tardanza resultaba a esa altura inevitable y cada momento que transcurría empeoraba la situación. Tal vez por eso me quedé bajo el agua de la ducha un buen rato, mirándola correr por el piso. Y seguí luego con la rutina, lentamente hasta salir. 
      Caminé mirando las casas del barrio. Llegué a la parada y dejé pasar un par de colectivos. Cuando se acercaba el tercero me acordé que no tenía cigarrillos, le hice una seña para que siguiera nomás, y entré al kiosco. Con el gordo que atendía siempre hablábamos de fútbol y de mujeres. Al fútbol yo lo miraba por televisión y a las mujeres también pero más. Al terminar la charla, salí y dejé pasar otro colectivo. Fumé. El siguiente me gustó, había demorado bastante y era de los viejos. Subí. Creo que no sucedió nada especial durante el viaje y al llegar fuimos varios los que bajamos. El resto del grupo pareció ponerse de acuerdo y alejarse.
      El aire espeso de la boca del subte me recibió, me sentí impulsado y bajé las escaleras corriendo. Tenía una ficha, pero vi a una muchacha que valía la pena y me puse detrás de ella, en la fila de la ventanilla. Después la miré alejarse, fabulosamente de atrás. 
      Desde arriba vi al subte que ya entraba a la estación y corrí, no se me podía escapar. Era el mío. Bajaba ya los últimos peldaños cuando sonó la orden de partida, me precipité aún más y alcancé a subir. Caminé por el pasillo y elegí un vagón, creí elegirlo. Me senté y distraídamente observé los carteles de publicidad que ofrecían la felicidad con menos kilos y más potencia. Raro que todavía me acuerde de esos carteles y sus colores. No había tanta gente como otras veces y pude mirar bien a mis compañeros de viaje. Las mujeres iban vestidas con elegancia, los hombres de saco y corbata, y también había uno que se veía que iba a trabajar. Cada tanto alguna mujer bostezaba, a mí me gustaba mirar esas bocas abiertas y soñarme dentro de ellas.
      Aún hoy no podría determinar con certeza si la brevísima interrupción de la luz fue producto de un pestañeo de mis ojos o si efectivamente la iluminación del vagón había cedido por un instante. De lo que sí estoy seguro, y podría jurarlo, era de que el subte no se había detenido en estación alguna cuando un personaje se hizo presente en él, mezcla de hombre y fantasma. Le costó un poco afirmarse, pero enseguida la velocidad y el bamboleo del subte parecieron adecuarse a las necesidades del que había subido y se hicieron casi imperceptibles. Llevaba anteojos negros, la barba podría corresponder a por lo menos una semana de abandono, a esa conclusión llegué yo, mirándolo mientras se movía con lentitud. Pareció tomar posesión de un lugar ya determinado y con voz clara dijo:
      Estimado público presente, por mi único intermedio, la compañía de mimos internacionales, de la que soy tan humilde como orgulloso representante, les hace llegar las invitaciones que, para la función del día de hoy, paso a entregarles. Han sido ustedes muy amables en escucharme, y por favor, no dejen de concurrir, será una experiencia imborrable. Habrá sorteo sorpresa. Muchas gracias.
      Tras el anuncio, el ciego procedió a repartir las invitaciones. Observé cómo todas eran recibidas con desgano y desechadas rápidamente, y cuando las tuve a la vista advertí que estaban en blanco. Estiré la mano y recibí la mía, que fue la última. La recibí pero no la miré enseguida, la imaginé tan en blanco como las otras. Con curiosidad miraba al ciego que se había arrimado a una puerta. El subte se detuvo, y fue en ese instante que miré el papel y vi mi nombre escrito con trazo grueso y rojo, y me levanté y corrí. Menos de un segundo en contra y no hubiera alcanzado a bajarme, la puerta rezongó ante el inesperado obstáculo, pero fue inútil, zafé y me encontré, casi sin pensarlo, en el andén. El ciego ya no estaba, al menos para mis ojos. A la distancia me pareció ver, en la salida más lejana, un movimiento que bien podría haber sido el de cualquier persona o producto de mi imaginación. Corrí hacia allí. Cuando llegué al pie de la escalera mecánica, la espalda del ciego desaparecía en el otro extremo, absorbida por la claridad de la mañana que me lastimó los ojos. Colaboré con la escalera subiendo de a dos los peldaños y al llegar a la calle vi como él se alejaba a paso lento. Pero ya no iba solo, lo acompañaba un perro.
      Y en ese instante, el perro giró la cabeza y me miró con el único ojo disponible, en tanto emitía un gruñido que interpreté como una amenaza. Ahora, a distancia de los hechos, le adjudico al animal la pretensión de advertirme para que retomara mi camino tranquilo y seguro de todos los días. Tal vez me ofrecía la última oportunidad de regresar, pero yo no lo supe ver de esa manera y agregué a la curiosidad una furia incontenible y comencé la persecución del dúo. Quizás la palabra persecución resulte demasiado ampulosa para describir la situación, se trataba apenas de un seguimiento sin riesgo alguno para mí. Me fui serenando poco a poco, aunque me costaba aquietar el paso para acomodarlo al ritmo de ellos. No sin asombro, noté que las decisiones en cuanto a la elección de las direcciones a tomar eran asumidas en forma alternada por uno u otro componente de la yunta, aunque percibí cierta preeminencia del animal. A una distancia más que prudente, dadas mis evidentes ventajas, observé atónito el forcejeo violento y encolerizado del ciego contra la desesperación del perro. Esto sucedió en una esquina que, por lo visto, se presentaba particularmente conflictiva para el destino de ambos. Ante tal situación me sentí humillado, ridículo, y casi llegué a preguntarme si lo que hacía tenía algún grado de cordura. La consulta a mí mismo no se completó del todo, me arrastró una marea humana mientras veía que el perro había impuesto su decisión y la pareja doblaba a la derecha. Hacia la derecha me llevó la gente. 
      Alguien me dio un codazo y la acción pareció acelerarse. Durante unas segundos caí en la confusión y observé lo que sucedía como en una película vieja que de repente comenzara a saltar los cuadros. La pareja se aprestaba a cruzar una esquina, al parecer era el hombre el que insistía en ello. Y fue cuando ellos cruzaban que un taxi apareció surgido de la nada. El golpe fue duro y seco, certero en su violencia, lo vi con claridad. Los cuerpos se desparramaron vibrando en la mañana. Sacudí mi entumecimiento y me dirigí al sitio del accidente. Estaba seguro de avanzar pero la sensación era de caída al vacío. Cuando llegué, ya el conductor del taxi había partido llevándose al ciego. El cuerpo del perro yacía junto a un charco de sangre.
      No sé cuanto tiempo estuve allí, parado. En algún momento vi un bar y entré. Atravesé el local en busca del baño. Me lavé la cara con un líquido de color incierto que fracasó en su intento de reanimarme. Salí del baño y me senté a una mesa que daba a la calle, y a través del vidrio algo sucio vi cómo el charco de sangre se había ido extendiendo sobre el asfalto. Alguien se había llevado el cuerpo del perro, al menos yo ya no lo veía.
Intenté recobrar la cordura. Pensé en telefonear a la oficina para avisar que llegaría tarde y supe entonces que se trataría de un empeño inútil, ni cuenta se habrían dado de mi ausencia. Cada uno estaría cumpliendo su función y daba lo mismo.
      Vi a la mujer sentada frente mí. Despedía un olor nauseabundo y sin consultarme pidió café con leche y medialunas para dos.
      -Hay que compartirlo todo en esta loca aventura que llamamos la vida, mi viejo y querido amigo -dijo y comenzó a reír, tal vez para que yo pudiera verle los pocos dientes.
      El mozo trajo el pedido y bebimos en silencio.
      El sonido del eructo de mi compañera de mesa me sobresaltó y, aún hoy no encuentro la relación, me hizo recordar la invitación que me había entregado el ciego. La busqué en los bolsillos, por un momento creí haberla perdido y cuando ya desesperaba, la encontré y suspiré de alivio. Mi nombre se destacaba como ya dije, en rojo, y seguía:
      LA COMPAÑÍA INTERNACIONAL DE MIMOS INVITA A USTED Y SOLAMENTE A USTED PARA LA FUNCIÓN A CELEBRARSE HOY POR PRIMERA Y ÚNICA VEZ EN ESTE PAÍS. LA CITA ES AL MEDIODÍA, SIN DEMORAS NI EQUIVOCACIONES O EXCUSAS. NO ES NECESARIO CONCURRIR CON CERTIFICADO DE LOCURA. SU ESPERADA PRESENCIA SERÁ SUFICIENTE. LO AGUARDAMOS CON DEVOCIÓN.
      Y a renglón seguido daba la dirección del evento e indicaba los medios de transporte que acercaban al lugar a partir de la esquina en la que en ese momento me encontraba. Sin darme cuenta la había leído en voz alta.
      -¿Tiene algo mejor que hacer? -preguntó la mendiga. 
      Cuando atiné a contestar, ya ella había desaparecido. Miré el reloj en la pared y no pude creerle, consulté el mío y empecé a convencerme. La mañana había sido inmensa y sin embargo, de proponérmelo, llegaría tranquilamente a la oficina. Por las dudas le pregunté la hora a una jovencita que había entrado y no tuve más remedio que aceptar la situación. Quedé pensativo. Volver al departamento, mínimo y oscuro, era una posibilidad que no me seducía. Por otro lado, el recuerdo de las voces autoritarias ordenando idas y vueltas sin sentido en el trabajo me tenían hastiado. Aprovecharía entonces el día para caminar, ver la ciudad como nunca la había visto. Esta decisión me llenó de optimismo, verlo todo como nunca, estaba bien, me gustó la idea. Una jornada radiante de sol tibio de la cual podría disponer a mi antojo. Pagué la cuenta y me fui del bar.
      Caminé por las calles y me hice muchas preguntas respecto de los que pasaban. Tal vez sólo estaba haciendo tiempo para la cita. Un teatro. Recordé que una vez, en la primaria, me habían llevado a conocer uno. Al cine había ido muchas veces, me gustaba mirar las películas. Pero al teatro no, al menos no tenía presente haber ido a uno, salvo aquella vez. 
      En fin, la cuestión es que mi mente deambulaba como mi cuerpo. Juegos de infancia, algunos amigos de entonces, la adolescencia un tanto perturbada, mi padre muerto, mi madre que se había ido antes con otro, algún amor no correspondido. Hacía mucho tiempo que no pensaba en estas cosas y me asombré al recordar esa vez que intenté robar algo en un negocio y me sorprendieron, yo creía que nadie me veía pero me vieron. En algo de eso andaba cuando llegué a la plaza San Martín y me senté a la sombra de ese gomero tan enorme y bello que hay allí. Me quedé mirando a unos pibes que jugaban a la pelota, había un morochito que jugaba bien. Me pregunto a veces qué habrá sido de él. 
      -¿Hay alguien? -dijo un hombre a tres o cuatro pasos de mí.
      -Hay uno -contestó el pibe que lo acompañaba.
      Los miré. El hombre parecía pensar alguna cosa complicada y de pronto pulsó su violín. Una melodía triste, llena de nostalgia, se expandió por el lugar y colmó el aire de sentimiento y quietud. Al finalizar, el chico se me arrimó y le di unas monedas. Luego, junto con una brisa que atinó a levantarse, el pibe tomó de la mano al hombre y lo acercó hacia donde yo estaba.
      -Hoy no es un buen día para extraviarse -me dijo el hombre.
      Los vi alejarse, el chico guiándole los pasos.
      Me incorporé y marché hacia mi destino.
      A las doce en punto me encontré en la dirección señalada. Era pleno centro de la ciudad y la gente pasaba y pasaba. Visto de afuera, el aspecto del teatro no resultaba lo que se suele decir un canto a la belleza, lucía una exageración estrafalaria de extrañas figuras en su fachada. No había ningún cartel que anunciara la función. Me acerqué a lo que en algún tiempo debió haber sido la boletería. Había allí una silla muy alta, parecía haber recibido una limpieza reciente. En el piso encontré una entrada y la levanté. La puerta de acceso al interior no dejaba traslucir ninguna esperanza de ser traspasada sin riesgo de desmoronamiento. Pensé en llamar pero no había nadie a la vista, así que probé a entrar. Y entré.
      Seguramente fueron pocos los segundos que pasaron hasta acostumbrarme a la oscuridad, pero a mí me parecieron una eternidad. Estuve a punto de regresar y no pude. Al rato, distinguí dos focos que colgaban del techo. Uno de ellos pareció moverse y seguí su movimiento, que me guió hasta una butaca, y en ella me senté. Al hacerlo rocé el brazo de alguien y presentí un lleno total. Oía las respiraciones, solamente las respiraciones. Y un olor desconocido, nuevo para mí. Deduje que el público era en extremo respetuoso, pues con total discreción aguardaba el comienzo del espectáculo. Reinaba allí una atmósfera inquietante, casi mística. 
      No debí aguardar mucho tiempo. Apareció en escena una pareja de bailarines. Su actuación fue formidable, yo vibraba de entusiasmo, los miraba como en trance y me felicité por estar allí. Realizaron proezas increíbles que se vieron resaltadas ante mis ojos cuando los vi retirarse tanteando por el escenario. Era como si el acallarse de la música les hubiera quitado el don de la ubicación, y recién entonces descubrí que los bailarines eran ciegos. Mi admiración aumentó con el descubrimiento y quise demostrarlo aplaudiendo, di dos o tres palmadas, pero enseguida me turbé pues el silencio seguía mandando en la sala y me sentí un tanto incómodo por el desconocimiento de los hábitos de ese público tan especial. Tal vez se aplaudía sólo al final de la función, pensé.
      A continuación apareció una pandilla de enanos, todos ciegos, que me hicieron divertir muchísimo con sus piruetas sin palabras. Seguí con interés la historia que se mostraba ante mis ojos absortos. Al finalizar, se inclinaron para saludar y cuando yo aguardaba la ovación quedé pasmado ante la indiferencia de la gente. Empecé a preguntarme si en realidad había alguien allí, aunque veía las siluetas entre la penumbra y no parecía haber un sitio disponible. Después siguieron varios números, todos brillantes y todos igualmente despedidos en silencio. Y en el final, con todo el elenco en escena, el virtuosismo llegó a su pico máximo y ya no me pude contener y aplaudí y grité vivas sin importarme la impavidez de los que me rodeaban.
      El telón se cerró. Pensé que la representación había concluido y ya me levantaba para retirarme. Entonces fue cuando apareció sobre el tablado el personaje de esa mañana en el subte. Llevaba un brazo entablillado y un vendaje en la cabeza. Había un bolillero en una mesa, al alcance de su mano. Lo hizo girar y me pareció que una bolilla, una solitaria bolilla que daba vueltas y vueltas mientras el ciego anunciaba que el sorteo que todos estaban esperando desde el principio estaba por ocurrir: el premio mayor que la compañía iba entregando en su gira por el mundo tendría ahora su dueño en el país. El agraciado, dijo, pasará a formar parte en forma definitiva del elenco. Mientras hablaba el público lo urgía con gritos unánimes a llevar a cabo el sorteo. Parecían impacientes, como si hubieran concurrido con ese único motivo. 
      La bolilla fue extraída en el colmo de la exaltación de la horda, que se había puesto de pie, enardecida y eufórica como animales liberados luego de una prolongada condena. Las luces de la sala, hasta ese instante apagadas, se encendieron todas al mismo tiempo cuando el ciego dijo mi nombre, y entonces todos empezaron a venírseme encima, sonreían, me abrazaban y felicitaban. Los vi desfilar ante mis ojos que se iban nublando, los rostros deformes cruzados por gruesos anteojos negros enclavados en las orejas mutiladas. Y con el último saludo entré para siempre en el mundo de ellos.

      El tiempo ha pasado rápido. Estamos en el punto final de nuestra gira anual, la quinta para mí. Estoy muy feliz de volver a caminar con mi perro por estas calles y respirar este aire, cerca de la Torre, a las orillas del río tan famoso y ya no lejano. 
Ya es tarde. Ahora voy a dormir.

MARIO CAPASSO nasceu em Villa Martelli, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Publicou "EL FUTURO ES UN TROPEL ABSURDO", contos e em 2002 publicou a novela "EL EDIFICIO".