Lucky Arbóreo

Nada parecía presagiar una catástrofe, pero en el interior de aquel destartalado café de pueblo un grupo de parroquianos, ignorantes de la trascendencia de sus palabras, apostaban por ello.

-¿Apuesto a que no sabéis lo primero que se come un perro cuando está hambriento?

-No -dijo uno.

-El rabo -afirmó otro.

-¿Las uñas? -inquirió un tercero.

-No seáis tan roñicas -les increpó a todos el primero- Cuando ya no pueden con el hambre y parece que van a enloquecer, se comen la lengua.

-¡Santo cielo! -exclamaron a coro.

-¿Su propia lengua? -preguntó el más incrédulo.

-¡Dios mío! -volvió a exclamar otro.

-Bueno, no todos -les tranquilizó el primero-, algunos se hacen vegetarianos y otros... otros simplemente se mueren.

Una semana después de que tuviera lugar aquella conversación, no muy lejos de allí y sin relación aparente con los hechos, un perro abandonado recibía la luz de un nuevo día.

El viento soplaba tenue por entre las áridas costras de las rocas. Un olor medicinal, fruto de la mezcolanza entre las diferentes hierbas aromáticas que abundaban en la región: lavandas, espliegos, tomillos, romeros, albahacas y manzanillas, invadía el aire perseguido de cerca por ejércitos de abejas.

Allá en lo alto de un pequeño cerro, ovillado en el interior de una angosta oquedad, una mole disecada, más esqueleto que carne, reunía las fuerzas necesarias para desprenderse el frío manto nocturno que encharcaba su pelo.

Lucky, que así lo bautizó su único dueño, era un potaje de animal ilustre y tufo a perro montaraz. Algo taciturno, muy solitario, viejo y, ante todo, perpetuamente hambriento. De padre pastor alemán con supuesto pedigrí y madre «no se sabe bien bien qué», nació hace diez años cerca del mar. Inquilino de una urbanización de casas adosadas, que miraban inexpresivas hacia la autopista, tuvo dos hermanos y tres hermanas. Con ellos disputó, aunque sin excesivo éxito, continuas escaramuzas por los pezones de su madre. Seguramente, de ese periodo de derrotas consecutivas le venía su inagotable hambre canina. También, y ya desde su nacimiento, tuvo un dueño al que todo el mundo llamaba Teo. Fue un amor a primera vista, y como todos los “flechazos” dignos de tal nombre, duró poco. Sin embargo, la primera vez, Teo se quedó «alucinado» cuando lo vio entre el resto de la camada. No era ni mucho menos el mayor, pero sí le pareció el más espabilado y, sobre todo, el más «enrollado». Los demás cachorrillos fueron ejecutados dentro de un saco. Murieron por asfixia entre las algas y los peces de la escollera antes de llegar al fondo marino.

Creció en una terraza de doce metros cuadrados llena de sol y olorosos geranios, que daba a una calle muy transitada. Desde allí se impregnó de los ruidos de la ciudad. Vio desfilar la luna llena cada 28 días, estallar las tormentas y murmurar al viejecito Antón Pirulelo, que le regalaba pan seco desde el balcón de arriba.

Si su nombre vino de una marca de tabaco rubio americano, su desgracia le llegó a los tres años, de la mano de un boleto de la ONCE. De un boleto premiado, naturalmente. A partir de entonces, su vida cambió radicalmente. A Teo le regalaron una Yamaha 750 cc. El padre se compró un deportivo y la madre acabó hartándose de sacarlo a mear dos veces al día. Además, ya no veraneaban en un camping sino que cambiaron a un hotel y, finalmente, Lucky estuvo en el punto de mira de los tres. El segundo verano después del premio, se convirtieron inesperadamente a la fe ecologista y le otorgaron la “libertad” en las inmediaciones del Parque Nacional de Ordesa. La madre lloró, Teo se subió a la moto, el padre aceleró y el pobre gordinflón de Lucky se quedó persiguiendo una mariposa reina que pasaba distraída por la cuneta.

 

La amarillenta mañana hacía algún rato que había echado a andar por el pedregoso Camino del Asno, mientras un Lucky legañoso y somnoliento asomaba el hocico al exterior. Apenas había intentado un primer paso fuera del cubil, cuando todas las articulaciones le crujieron igual que goznes oxidados. Luego, pasándose la lengua por los bigotes, se puso a buscar distraídamente, por entre los matojos de hierbabuena, algún lagarto inválido o algún caracol retrasado, quizá un saltamontes o una polilla dormida, y es que Lucky ya no podía cazar nada más. Su reuma, su artrosis y en general su cuerpo tantas veces vapuleado, estaba tan achacoso al despuntar la senectud de su vida, que cada cinco pasos tenía que descansar seis. Pero aquella soleada mañana de agosto, aunque sólo fuera para ser protagonista de esta historia, Lucky se sentía fuerte, vigoroso, y lleno de antiguo poderío. Tanto era así, que incluso se molestó en perseguir a una liebre moteada, de grandes orejas, que acabó dejándole exhausto y sin almuerzo.

-Paciencia -parecía decirse a sí mismo mientras mordisqueaba el aire.

De pronto, la voz de su conciencia empezó a hablarle.

-¿Por qué no bajas al pueblo?

-¿Quieres decir?, inquirió.

- Sí, perro, ¿Por qué no? Hoy es tan buen día para morir como cualquier otro. Y si no, seguro, seguro que te comes algo...

Por su mente desfiló una larga ristra de suculentos majares, a cuál más apetitoso. Había muslos de pollo llenos de tierra y hormigas, aceitosos restos de asado, pieles de naranja, pan duro, galletas agrias, entrañas de conejo con sus cagarrutas aún atrapadas en el intestino, verdura hervida, patatas quemadas, papel de periódico untado de grasa, bocadillos a medio comer... Había tanto donde elegir en la escombrera municipal, tal variedad de deliciosas inmundicias que, finalmente, Lucky, movido por un resorte ancestral, decidió arriesgarse con la autovía de Sagunto y echó a correr hacia el pueblo.

 

El dinero de la lotería no duró mucho. Teo tuvo una caída tonta con la moto y se fracturó el pie, por lo que su madre, asustada y en previsión de males mayores, la malvendió a escondidas y se compró un soberbio frigorífico de dos metros de altura, con dispensador exterior de cubitos y agua fresca.

Teo se quedó más de dos meses inmovilizado por la escayola, sosteniéndose con unas muletas incomodísimas que le destrozaron las manos. Además, durante ese tiempo rompió con su novia y descubrió El Quijote, que leyó entero. Pero también, durante esos dos malditos meses, hizo otro gran descubrimiento: descubrió la imborrable ausencia de Lucky. En realidad toda la familia la descubrió de golpe, y se sintieron terriblemente mal. El padre Zacarías, párroco de la Santísima Trinidad, afirmó que se trataba de un problema de «cargo de conciencia», pero ellos prefirieron pensar que simplemente se equivocaron. Por eso fueron a la Sociedad Protectora de Animales y adoptaron otro perro en compensación al que habían abandonado. Le pusieron el nombre de «Chester», porque Joaquín, el padre de Teo, fumaba ahora otra marca de cigarrillos, y lo instalaron en la misma terraza. Pero el anciano Antón Pirulelo había muerto de una bronquitis crónica, por lo que Chester no conoció su pan duro. A cambio, eso sí, las palomas que cagaban con furia donde les venía en gana, invadieron sus doce metros cuadrados de libertad mientras él se desgañitaba persiguiéndolas en vano.

 

Lucky seguía corriendo hacia el vertedero municipal, tropezando continuamente con piedras, ramas espinosas e incluso con sus propias patas. No estaba lejos de su escondite, pero no era precisamente un galgo o un podenco ibicenco, sino un chucho hambriento y sin amo.

Un pastor, que contemplaba la grotesca carrera del perro, rió para sí, mientras acariciaba instintivamente su cayado hecho de madera de carrasca. Sabía que era necesario ser precavido con aquellos vándalos asilvestrados, y recordó lo sucedido en otro pueblo de la comarca, donde una manada de perros salvajes había degollado cuarenta corderos y dejado también malherido al pastor.

Pero aquel cuadro trágico no encajaba con el trote del pobre Lucky; él siempre había ido por libre y procuraba no meterse en líos con nadie, incluidos sus congéneres caninos. No en vano había vivido en una casa bien, donde se tiró tres años yendo a buscar la dichosa pelotita de tenis, o el palo de madera que su amo le arrojaba «lo más lejos posible para que haga ejercicio».

El hombre descubrió aliviado que el perro pasaba de largo, perdiéndose detrás de una cuesta. Desde lo alto de ese mismo promontorio, Lucky descubrió con amargura unos penachos de humo grisáceo que escapaban hacia el cielo, vomitados por el ansiado vertedero. -¡Mierda! ¡Mierda! Esto es una puñetera mierda-, gruñó, recordando las palabras de su ex-amo cuando algo le contrariaba. Estaba exhausto, la lengua le chorreaba, el corazón le explotaba y, además, tenía muy mala suerte, porque si había fuego en el vertedero, eso sólo podía significar más hambre y más hambre, era:

-¡Mierda! ¡Mierda! Y mil veces mierda -gruñó.

Había olvidado el día en que vivía. Y había olvidado también que los primeros miércoles de cada mes quemaban la montaña de basura para evitar que ésta creciera en exceso. Poco a poco fue calmándose, no tenía más remedio que resignarse y echar mano de la famosa «paciencia» canina. «Son increíbles, podrían estar horas y horas esperando que les eches algo». «Son un encanto, los pobrecillos».

Lucky se olvidó del humo y enfocó en otra dirección. Allí estaba, blanco y radiante, como la novia de la canción. Torrijo, con su campanario, sus antenas de televisión, sus pequeñas chimeneas, sus tejados de teja árabe, sus huertas, sus fuentes, sus corrales... La cola se le disparó como un muelle, realizando un movimiento involuntario. -Sus corrales... -volvió a pensar, tratando de averiguar lo que pasaba. Pero la cola cogió una cierta inercia repitiendo incesantemente el movimiento. -¿Sus corrales? -preguntó a sus neuronas, mientras cambiaba de expresión. -¡Sus corrales! ¡Claro! Con sus conejos, sus pavos, sus gallinas, ¡humm!...-

Lanzó un desafío. Robaría, sí, sí, R-O-B-A-R-Í-A, robaría, sin remordimientos, sin piedad. “Hoy puede ser un buen día para morir” -recordó. Robaría.

 

-¡Teo!, Lucky se ha comido la carne congelada que teníamos para cenar. Es un ladrón, un desagradecido come-hielo.

-Mamá, tampoco es el robo del siglo.

Aquellos antecedentes delictivos, junto con los pelos en la sopa, que siempre le delataron, eran ciertamente un pobre bagaje para cualquier delincuente, y lo que Lucky necesitaba ahora no era una biografía inmaculada, sino una extensa ficha policial llena de barbaridades como: «Robo con intimidación». «Apropiación indebida». «Intento de asesinato, con premeditación, alevosía y nocturnidad». «Homicidio en tercer grado»... Pero su determinación era tan firme, que a pesar de ser simplemente un listillo que levantaba la pata para que le llenasen la boca, se convertiría en un astuto ladrón, posiblemente el ladrón más codicioso e insaciable de aquellas tierras semiáridas del Bajo Aragón.

Absolutamente decidido, se sentó sobre sus patas traseras al borde de la autovía. Demasiado al borde para un perro tan flaco, ya que el vacío que producían los camiones al pasar podía engullirlo fácilmente hacia una muerte segura. Pero Lucky estaba engendrando una nueva personalidad, y el futuro “homicida” había de ser, antes que nada, un ser temerario. Frente a él, al otro lado del asfalto, un rótulo anunciaba el desvío del pueblo. Sudaba a mares, tenía un nudo en la garganta y, para su desgracia, el tráfico era intenso en ambas direcciones.

-Mira papá, ahí en la cuneta hay un perro abandonado. Pobrecito, si intenta cruzar la carretera pronto será un puré de perro.

-¡Será mamón, el chucho ese! Bocinazo... Más bocinazos.

Tras varias horas de plantón, impasible frente a aquel río de metal multicolor, Lucky seguía sudando a mares, esperando su oportunidad para cruzar. Así le sorprendió el crepúsculo, sentado aún en la cuneta, ya sin sudar, porque había empezado a refrescar, pero con más hambre que un maestro de escuela. Fue la luna llena, engalanada de pálidos reflejos como corresponde a una luna de agosto, la que inició la tregua nocturna y vació la autovía. Sólo entonces, al igual que el bandido busca en la noche el antifaz propicio para encubrir sus fechorías, Lucky se arropó en la semioscuridad para mejor esconder su miedo, y cruzó sigilosamente.

Al llegar a las primeras casas, el corazón empezó a golpearle con furia las costillas. ¡Qué miedo sentía! Las patas le flaqueaban y tenía el rabo tan pegado al culo, que nadie hubiera apostado por su sexo. ¡En qué ladrón más miedoso se había convertido! -¿Y si vuelves otro día? ¿Y si te vas a pescar? ¿Y si, y si? Oyó decir a la voz de su conciencia. Buscaba excusas como el que busca setas. Suerte que apareció un corral bien surtido, que si no... A la altura de un enorme portalón, Lucky se detuvo. Había olfateado el tan anhelado manjar y arrimó el ojo a la cerradura. Sombras chinescas porfiaban en la oscuridad, apiñándose por el corral. Sus cuchicheos les delataban y su aroma embriagador les sentenciaba.

Cualquiera que hubiera pasado por allí y hubiera visto a un chucho maltrecho, inmerso en su larga estela de desolación, con el ojo pegado a la puerta, hablando solo y moviendo con ahínco el rabo, quizá se habría extrañado o, en todo caso, dado el aspecto de Lucky, se habría preocupado seriamente. Sin embargo, para bien del perro, nadie pasaba por aquel lugar, seguramente porque la puerta del corral no daba a la calle, sino a unos pequeños huertos traseros donde sólo pastaban caracoles, babosas y otras viscosidades de la ciénaga.

Cuando Lucky empezó a perforar un túnel junto a la base del muro, once campanadas se descolgaron de la torre de la iglesia, desparramándose sobre el pueblo. También las estrellas, que brillaban como luciérnagas suspendidas en el techo, tiritaron once veces al unísono. E incluso la luna, tan ajena ella a esos ecos mundanos, abrió y cerró once veces consecutivas sus ojos grises. Once nubes venidas de poniente, como once tules de novias a punto de caramelo, resbalaron por el cielo en fila india. Y, finalmente, ya que no podía faltar, once lechuzas cantaron desde sendos árboles un estribillo tan dulce que ni once sonatas de Motzar podrían igualar. Pero ninguno de aquellos signos de tan indudable certeza despertó en Lucky la más mínima sospecha, y cuando terminó el túnel no se lo pensó ni once veces antes de meterse dentro.

El codicioso perro se escurrió por el interior con cautela, arrastrando los huesos como una culebra ratonera. De este modo llegó, sigilosamente hasta las gallinas, que dormían despreocupadas sobre su palo. ¡Qué momento aquel! ¡Qué instante divino! Saltó y atrapó por el pescuezo a la más gorda, luego salió corriendo por el túnel y unos metros más allá la devoró. Volvió a entrar, a escoger y comer. Luego entró, escogió, salió y volvió a comer. Por diez veces se sirvió antes de que sonaran las tres en lo alto del campanario, y cuando esto sucedió fue en busca de la fatídica undécima víctima...

No obstante, le costó un gran esfuerzo llegar hasta el corral, pues su vientre, caído en exceso, era un lastre difícil de arrastrar. Cuando por fin llegó delante del pasadizo, Lucky olfateó el aire. Vio cómo el cielo se cerraba por momentos y cómo la luna desaparecía tras aquellos algodonales premonitorios. -“Si sigue así, no tardará en llover”, -pensó mientras alcanzaba el interior y se dirigía a unas jaulas de madera que descansaban directamente sobre el suelo. Una gruesa piedra les servía de cerrojo, y dentro unos cuerpecillos asustados se apiñaban en las esquinas. -Esto me huele a conejo-, se dijo, y retiró la piedra con esmero.

A pesar de la tranquilidad que reinaba en el corral, apenas alterada por el monótono canto de los grillos, Lucky se inquietó; un inesperado escalofrío le había erizado los pelos del lomo. No sabía por qué, pero lo cierto es que de pronto se sintió receloso. Presentía algún peligro inmediato, oculto en las sombras de la noche. Por eso aguzó el oído, afinó el olfato, prolongó la vista, paladeó el gusto, experimentó el tacto, pero ninguno de esos cinco sentidos delató inconveniente alguno. El mundo se consumía serenamente en una noche de agosto con delirios de tormenta. Sin embargo, Lucky se olvidó de consultar al sentido de reserva, el que hacía seis de todos los que tenía, el de la intuición, ése que detecta las intrigas del destino e indaga en la veracidad de los sueños. De ése se olvidó, lamentablemente, al retirar el cerrojo de la jaula e introducir en ella su húmedo hocico. Pronto se dio cuenta de su error, porque inmediatamente se produjo una gran estampida de roedores que corrieron a ocultarse por los recovecos del corral. Lucky se quedó desconcertado, boquiabierto y, sobre todo, muy nervioso. Apenas reaccionó y cuando lo hizo, no pudo atrapar ni a uno solo de aquellos deliciosos conejos. No obstante, confiaba en conseguirlo, ya que la luna había vuelto a librarse de sus vendas nubosas y asomaba la jeta en su ayuda.

Unos puntitos luminosos e intermitentes, agazapados en la penumbra, les delataron. Eran exactamente once gazapos dispuestos a todo con tal de salvar el pellejo. Pero quien no es capaz de «hacerse» con un conejo, no es digno de llamarse «tipejo», inventó Lucky, antes de lanzarse sobre uno de aquellos pares de ojos rosáceos. Pero otra vez se equivocó, porque el conejo, al sentir la proximidad del perro, dio un salto y salió en dirección a un cuartucho que había en la esquina más desordenada del corral.

-De ahí no saldrás, si no es con los pies por delante -fanfarroneó Lucky, emperrado en desoír los designios de la fortuna. Porque, de haberlo hecho, aún tendría una oportunidad de escapar. Pero... siguió adelante en su obstinada cacería y entró en el cuartito, donde apenas un rayo de luna conseguía penetrar a través de un ventanuco sin cristales.

-No escaparás, lindo conejito, y a mi barriga vendrás.

En estos momentos difíciles, es cuando nacen los poetas o los asesinos. Pero Lucky sólo estaba siendo avaricioso. Su olfato, aguzado durante años por la necesidad, dio con el animal parapetado detrás de una cocina oxidada. Intentó asirlo con la boca, pero sólo consiguió rozarlo con el hocico. Fue entonces cuando sintió un agudo dolor y notó con desesperación que el convicto le mordía rabiosamente la nariz.

-¡Santo cielo, qué dolor! ¡Auxilio! ¡Un conejo caníbal, un come-perros! -gemía mientras intentaba poner centímetros entre aquellos dientes feroces y sus morros ensangrentados. Pero la cabeza le había quedado incomprensiblemente atascada entre la pata de la cocina y unos viejos toneles de vino. «Vamos, con fuerza Lucky». «Quítame el palo Lucky». «No seas vago y tira del carro, serás el perro más fuerte del mundo, ¡venga tira!». Aguijoneado por los recuerdos, Lucky se esforzaba; no en vano había perdido sus dientes de leche intentando arrebatarle aquel dichoso palo a su amo, y ahora necesitaba más que nunca «...ser el perro más fuerte del mundo», o acabaría perdiendo sus narizotas. Por eso tomó aire, apuntaló sus patas y... su cabeza salió del atolladero arrastrando al undécimo conejo, y once pucheros inservibles que se amontonaban encima de la cocina. El ruido fue indescriptible, peor que una salva de aplausos desde la platea de un teatro. Peor, mucho peor que una descarga de dinamita a diez metros de distancia. Pero lo más absurdo es que había sido por nada, ya que el conejo había conseguido escapar.

Una bombilla de no más de 40 vatios se encendió en el primer piso y su luz amarillenta se proyectó, mortecina, de forma rectangular, sobre el estiércol del corral. Al mismo tiempo, la silueta de alguien a quien no le gustaba que lo arrancaran del sueño, se destacó claramente en el marco de la ventana, y su voz enojada resonó como el trueno.

-¿Quién leches anda ahí?

Lucky se paralizó. Un miedo salvaje lo había convertido en una estatua de hielo.

-¿Qué pasa, Saturnino? Cálmate, yo no he oído nada. Anda hombre, cierra la ventana y vuélvete a la cama.

-Jacinta, no me toques los cojones, tu no oirías ni el automotor de las seis aunque pasara por la cocina. Te digo que algo sucede ahí abajo. ¡Leches!

“¡Maldito roedor!”-mascullaba Lucky mientras se lamía la herida de la nariz e intentaba batirse en discreta retirada. Pero el terremoto del cuartucho había dejado el suelo sembrado de cachivaches metálicos, todos ellos de reconocida sonoridad, y cada paso le delataba.

Otra silueta se recortó al lado de la anterior, ocupando casi toda le ventana.

-Yo no veo nada, Saturnino. Pero parece que va a llover.

-Pues juraría...

Al fin, Lucky consiguió asomarse por la puerta después de reptar centímetro a centímetro durante tres minutos y medio.

-¡Me cago en sandiós! -blasfemó-, pero si es una zorra enorme.

Y diciendo aquello, el hombre bajó escaleras abajo corriendo en busca de su escopeta de caza. Mientras tanto, la Jacinta, que se acomodaba en el palco dispuesta a no perderse ripio de la corrida, exclamó:

-Por Dios nuestro señor, que cola tan distinguida. ¡Saturnino! Consígueme el rabo, será una magnífica bufanda.

Lucky, cegado incomprensiblemente por los 40 vatios de la ventana, se quedó quieto enmarcado en la sombra de la mujer, enfrentado a su codicia. Que su cola era espléndida, ya lo sabía él, pero que esto iba a ser un inconveniente en su vida, no se lo hubiera imaginado nunca. La culpa la tenía Rosalía, la madre de su ex-amo, que con su manía de creparle la cola, había conseguido dejarle permanentemente los pelos como electrificados.

-¿Verdad que es maja la hijaputa?

El arma estaba descargada, desmontada y con la baqueta aún introducida en el cañón; además, no tenía cartuchos porque los había disparado todos durante la última desveda.

-¡Me cago en la hostia! -volvió a blasfemar.

Mientras tanto, la Jacinta contemplaba divertida los frenéticos intentos del perro por traspasar el túnel. En efecto, Lucky, aturdido por los acontecimientos, no acertaba con la salida.

A falta de escopeta, el hombre agarró un tronco de la leñera, y sin perder tiempo se dirigió al corral. Sus zancadas de elefante retumbaron en el suelo de la casa como un redoble de tambor. No iba vestido de luces, como hubiera sido lo apropiado, pero la hebilla de su cinturón arrancaba por bulerías algunos mágicos destellos.

Lucky estaba como loco; por más que buscaba, saltaba, olfateaba o arremetía, no había manera de escaparse del ruedo. Podía ocultarse, camuflarse, distraerse, pero irse, lo que se dice esfumarse, eso era del todo imposible. Tras el burladero, una puerta se abrió de par en par, y la magnífica figura del torero se destacó a contraluz como un monumento megalítico. Había sangre en su mirada, miedo destilaban sus axilas, pero tenía el valor de casta colgando de sus testículos. Unos murmullos de admiración le precedieron “¡Qué grande es ser hombre!”-pensó mientras pisaba el estiércol escondiendo la barriga.

Para Lucky era demasiado tarde. El tiempo de las esperanzas se había agotado. Sólo tenía una posibilidad entre un millón. Debía resistir, defender a dentelladas la vida y “lidiar” su mejor corrida...

De modo que el perro alzó engreídamente el morro, frunció el ceño, enseñó dos hileras de dientes macilentos, erizó el pelo del espinazo y dejó escapar unos entrecortados gruñidos. El público presente, es decir, la señora del palco solariego, lanzó varios ¡ays! y ¡ohs! y, por supuesto, algunos largos ¡ufs!, que halagaron a Lucky.

-No te confíes, Saturnino, no te confíes -le advirtió la mujer.

El hombre miró hacia su esposa y esbozó una maliciosa sonrisa. Tenía el semblante terrible, una cicatriz grisácea en la mejilla derecha, y los ojos como dos teas encendidas. Pronto conoció el alcance del latrocinio, el desaguisado de gallinas desaparecidas dentro de aquel aborrecible barrigón que colgaba de la «zorra» como la lengua de un ahorcado. Y la sangre le estalló en la cabeza.

-¡Cuidado Saturnino!, que parece fura -gritó la Jacinta.

-¡Bah!, no pases pena que a ésta la avío yo de un garrotazo. -respondió levantando al mismo tiempo el tronco y avanzando hacia Lucky.

Éste, mientras tanto, le aguardaba en el centro geométrico de aquel ruedo improvisado, rugiendo como un monstruo sanguinario... Pero de nada le sirvió la mentira, de nada su apostura de leyenda, el Saturnino descargó el bastón sobre sus costillas, dejando una estela de dolor y varios huesos rotos o magullados. De la garganta del perro surgió un aullido tan preciso como el corte de un bisturí, pero el palo vengador, lejos de compadecerse, siguió aterrizando y despegando, víctima de un paroxismo homicida.

-¡Oye!, eso es un perro -descubrió suspicazmente la mujer.

-Eso es un ¡maldito hijo de perra! y lo voy a liquidar -bramó Saturnino.

Lucky había logrado esquivar algunas estocadas y corría hundiéndose por el estiércol, seguido de cerca por el Saturnino. En uno de los golpes, éste se confió demasiado y el perro le lanzó una cornada que le desgarró el brazo...

-¡Ay! Saturnino que te mata -se lamentaron desde el palco.

-¡Descuida, coño que no ha sido nada! -mintió mientras «cambiaba de tercio».

Ahora los dos sangraban, pero el perro lo hacía más abundantemente porque las costillas rotas empezaban a desgarrarle los pulmones.

En aquel improvisado ruedo, los dos contendientes se dieron un respiro para evaluar mejor sus posibilidades. Ambos estaban comprometidos por causas de carácter atávico. El hombre por la ultrajada propiedad privada y el perro... bueno Lucky sólo quería salvar el pellejo una vez más.

La lucha continuó inesperadamente cuando aquel garrote sanguinario volvió a arremeter. Aunque desde la anterior dentellada, el Saturnino se mostraba más cauto, calculando mejor sus ataques. Ya no era aquel molinillo que movía sus aspas sin ton ni son, errando más que acertando, sino un «consumado matador» que sólo esperaba el momento mágico de entrar en «suertes» y «rematar la faena», para paladear el bálsamo de la gloria. Cortaría sin duda las «dos orejas y el rabo», sobretodo el rabo que tanto anhelaba la Jacinta, y volvería relajado a la cama.

Mientras la sangrienta refriega seguía, el aire se fue impregnando de un olor acre que escaló despacio por la pared del corral, para descolgarse luego desde la techumbre de las casas. Era el sudor ácido de la batalla, lechoso y agobiante, que como niebla colosal invadió las callejuelas repletas aún de sueños y murciélagos.

Los dos contrincantes, bañados en salados goterones, respiraban agitadamente, aunque, además, Lucky expulsaba pequeños coágulos purpúreos a cada espiración.

-¡Anda, chico, déjalo ya! Mañana, con el día, lo rematas y sanseacabó. Venga Saturnino, no quieras hacerlo todo ahora. Vas a coger un resfriado con tanta sudadera, y luego ya verás para quitártelo de encima. ¡Venga, niño, o coges enseguida «el toro por los cuernos», o vuelves a la cama!

La Jacinta parecía decidida a meter a su marido en cintura, harta de aquella «corrida» tan poco lucida. Pero él, absorto en el fragor de los golpes, hacía rato que no oía nada. A todo esto, Lucky, en uno de sus escasos ataques, logró alcanzar la mejilla del hombre, arrancándole un pedacito de carne. “¡Dios, qué dolor!” Gritó mientras se palpaba la cara e iniciaba una larga retahíla de insultos a cuál más soez. La mujer, al oír el lamento del marido, abandonó la ventana y bajó a grandes zancadas las escaleras hasta detenerse en el umbral de la puerta del corral. Había llegado jadeante, pues debido a sus magras, no podía permitirse excesivas carreras. Tenía las manos crispadas junto a la boca, mordiéndose rabiosamente las uñas, mientras que sus ojos angustiados hurgaban en la semioscuridad. Había bajado vestida sólo con el camisón y unas pantuflas acolchadas. No era hermosa, pero puesta a contraluz, su rolliza silueta despedía un hálito maternal que clamaba al cielo.

-¡Saturnino! ¡Saturnino!

Invocó a su «matador», pero como éste no daba señales de vida, se adentró en la hedentina del corral. Sin embargo, no había dado ni dos pasos, cuando una voz agreste le ordenó:

-¡No te muevas de la puerta!, y maldita sea, deja de gritar.

Jacinta, aterrada, volvió a la casa, pero sin entrar. Simplemente se limitó a retroceder un poco, apenas un par de pasos, justo hasta encuadrase de nuevo en el bello contraluz.

La «corrida» continuaba especialmente virulenta desde que Lucky alcanzara a pellizcarle en pleno rostro. Por eso ya no existía nada capaz de salvar al perro de esa muerte cierta, anunciada por once veces consecutivas e ignorada otras tantas veces. Aunque seguía defendiéndose con bravura, era ya más instinto que convicción, mucho más amor propio que músculo. Uno tras otro, iba encajando golpes como una estera vieja, golpes que reventaban sus venas, que molían sus huesos, que curtían su piel. “¡Resiste! ¡Resiste!” -se repetía obstinadamente, pero su cuerpo estaba llegando al límite y después de eso, todo el mundo sabe que sólo queda un espacio vacío.

Cuando desde el campanario de la iglesia el reloj taladró la noche con cuatro estornudos secos, la mujer desapareció en el interior de la casa. No quería mojarse. Un repiqueteo sobre el cinc del techo le anunció la llegada de la lluvia. Era agosto que lloraba sus lágrimas de néctar sobre el mundo de las sombras convulsivas. Era el mes de las lunas más bellas, y, sin embargo, ya nada podía hacer por Lucky, su más ferviente admirador.

El ruido del tejado, tras un ligero entreacto, se volvió ensordecedor. La tormenta giraba en el espacio con sus terribles risas eléctricas, y mostraba sus grotescas muecas de relámpago y de trueno. Incluso ella parecía querer unirse al carnaval de la muerte, tanto tiempo cobijado en la noche. El berrinche de agosto empapó tanto a los dos contendientes, que el frío del alba anunciada los contuvo en otra pausa providencial. Ambos estaban irreconocibles. Una impenetrable máscara de excrementos y sangre los había hecho invisibles, disimulando las heridas del combate. Lucky, que había vomitado varias veces, ya no arrastraba ningún barrigón, y Saturnino, atónito por aquella zorra que se había convertido en perro y que más bien parecía un león, maldecía una y mil veces su mala suerte.

Durante cinco minutos se quedaron quietos, relajados, aparentemente inertes, sorbiéndose a pequeños tragos. Uno frente al otro a escasos centímetros, sin ira en sus ojos, interrogantes. Incluso parecían disculparse por las atrocidades cometidas: Uno por robar lo que no era suyo, el otro por no saber perdonar.

Cinco minutos duró aquella tregua, ni un segundo más aquel ilógico armisticio, porque nada podía haber encolerizado más al hombre que el reconocerse ultrajado, disminuido en sus posesiones. Sus pensamientos volvieron a llenarse de gallinas muertas, conejos desaparecidos, patos degollados, ovejas trituradas, cerdos reventados, pichones descuartizados, pavos guillotinados... y así, de la exageración a la mentira, sus pensamientos iban inventando animales que nunca había tenido en el corral o que desde luego no tenía cuando Lucky decidió comerse diez gallinas deliciosas y un conejo malvado.

Lentamente, el brazo de Saturnino volvió a empuñar el garrote. Frente a él, Lucky, incrédulo, parecía seguir pidiendo clemencia. “Si por lo menos encontrara la salida”-pensaba.

Un relámpago de inusitado fulgor decidió, afortunadamente para ambos, el final de la contienda. Pues aunque el hombre pudo golpear in extremis al animal en el hocico, abriéndole una horrible brecha, éste tuvo el tiempo suficiente para descubrir la boca del tan ansiado túnel y, reuniendo sus exiguas fuerzas, se arrastró decidido hacia la salvación.

Saturnino, al ver desaparecer en la oscuridad a su enemigo, corrió hacia la puerta exterior del corral y, abriéndola de golpe, salió como un vendaval por la costura del huerto. Pero, excepto chapotear entre las verduras anegadas o llenarse aún más de barro, no logró otro resultado que patentizar su derrota. Ahí se perdían para siempre sus «dos orejas y el rabo» junto con la «vuelta al ruedo». Apabullado, con los ojos enrojecidos, regresó a casa sollozando como una plañidera, en busca de la mercromina, las tiritas y el alcohol.

Mientras tanto, Lucky, no muy lejos de allí, agonizaba tras unas matas de acelgas convertido en un islote de desolación. Ovillado en su dolor, parecía un habitante del lodazal inmovilizado por el letargo invernal.

El festival eléctrico fue concluyendo lánguidamente y, sin embargo, la cortina de agua siguió cayendo hasta el amanecer. Por fin, cuando las primeras luces del alba cincelaron el pueblo, y la atmósfera se llenó a rebosar con la estridencia de los gallos, la lluvia se volvió mansa como agua estancada y decidió irse a otra parte. Fue entonces cuando el aire se volvió de cristal líquido, y Lucky despertó de su ensoñación funeraria. Se había convertido en una retorcida muñeca de barro, con sus trencitas, con su ajuar de moribundo, con sus órganos en desorden. No recordaba nada, no sabía siquiera quién era, ni por supuesto a dónde iba. Tenía, no obstante, la convicción de que aún respiraba, de que el sol era hermoso, de que los gorriones cantaban, de que el dolor era real y, sobre todo, la certeza del hambre ronroneando en su estómago. También se sentía morir, y eso era lo que más le inquietaba.

Después de mucho cavilar, decidió que no sería apropiado para un perro vagabundo quedar sepultado lejos de un camino, pues su vida había estado tan llena de ellos que seguramente se sentiría muy solo. Por eso se desincrustó del lodazal y, arrastrándose, llegó hasta el que comunicaba la autovía con el pueblo. Era un camino sin asfaltar, tan lleno de baches como una cara llena de acné juvenil, pero también era un camino maravilloso, bordeado por altos chopos de hojas temblonas que se reflejaban en una acequia de aguas trasparentes. Los pájaros anidaban en sus ramas y los insectos taladraban con furia su arrugada corteza. Nadie parecía pasar hambre a su alrededor, ni las hormigas de cabeza roja que cavaban profundas galerías a sus pies, ni los gusanos minadores que devoraban algunas de sus hojas. De entre todos aquellos gigantes arbóreos destacaba claramente uno, justo el que hacía once, contando desde la carretera. Estaba instalado en una curva y sus raíces sobresalían de la tierra creando un ensortijado laberinto. Medía aproximadamente cuarenta metros y la savia tardaba más de dos horas en alimentarlo, pero lo alimentaba día tras día insistentemente sin que nadie se lo impidiera. Para Lucky fue la visión del esplendor, de la abundancia, de la saciedad lo que le dejó boquiabierto. El infeliz se sintió maravillado por aquel ser que comía con regularidad y que, además, se permitía el lujo de dar a los demás cobijo, alimento, sostén, sombra e inspiración. Al instante supo que también su sitio estaba allí, por eso pidió permiso al magnifico chopo para que le permitiera escarbar entre sus raíces y éste se lo concedió con una mirada bonachona. -Faltaría más amigo, “...tuya es la tierra que estercolas...” -dijo el árbol haciendo suyas las palabras del poeta Miguel Hernández. Así lo hizo ayudado por el chopo, que desenterró una de sus extremidades para que al perro pudiera acomodarse.

Pasaron los meses y con ellos el terrible invierno turolense, hasta que entrada la primavera siguiente, Verona, una niña curiosilla, que había hecho novillos del colegio, descubrió a Lucky tapado por la hojarasca. La pequeña, sorprendida, vio el despuntar de unas hojas asomando por las orejas del perro, y de pronto aquellas hojitas que crecían sin parar ante su vista, se abrieron de golpe convirtiéndose en un magnífico ramillete de hojas acorazonadas. Pero no fue ésta la única exclamación vegetal, le siguió otra, y otra y una más allá y otra más acá. De modo que todo lo que había sido un perro se convirtió en un bello retoño de árbol de un color verde esmeralda, que volvía a la vida después de su larguísimo sueño de crisálida.

Lucky, que desde ese momento se llamaría “Chopi”, era feliz, tan feliz que sonrió a la niña, saludó al sol y se deshizo de su piel perruna como quien se desprende de un viejo abrigo. Luego, mientras en algún lugar del mundo era abandonado otro perro, él pidió el desayuno y la madre tierra lo alimentó.


LLUIS EDO MARZAL nació en Barcelona, 1956, Licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad Autónoma de Barcelona, Master de Fotografía en la Institución de Estudios Politécnicos (IDEP), Master de Vídeo y Televisión en el Centro de la Imagen (CEI), estudios de Interpretación en el Instituto del Teatro de Barcelona. He trabajado como operador de cámara en spot televisivos, redactor de informativos televisión local, corrector del suplemento “Vivir en Barcelona” del periódico La Vanguardia, lector y corrector de guiones cinematográficos para la productora Lola Films, profesor de interpretación en diversos centros de teatro, profesor de lenguajes audiovisuales en centros de enseñanza secundaria, como fotógrafo autónomo he realizado books, foto industrial, editorial, etcétera. Tengo escritas dos novelas cortas: “Diario íntimo de un masturbador obsesivo” y “Photo-Finish”, un libro de relatos: “Caracolario”, y otro libro de Poemas: “Los primeros pasos”. Actualmente trabajo en mi primera novela larga, “Flores para un difunto ausente” basada en el asesinato de un joven a manos de un desconocido.