|
 |

|
Verde y Negro
a Raúl Beceyro
Juan José Saer
Palabra de honor, no la había visto en la perra vida. Eran |a
como la una y media de la mañana, en pleno enero, y como el
Gallego cierra el café a la una en punto, sea invierno o verano,
yo me iba para mi casa, con las manos metidas en los bolsillos
del pantalón, caminando despacio y silbando bajito bajo los
árboles. Era sábado, y al otro día no laburaba. La mina arrimó
el Falcon al cordón de la vereda y empezó a andar a la par mía,
en segunda. Cómo habré ido de distraído que anduvimos así cosa
de treinta metros y ella tuvo que frenar y llamarme en voz alta
para que me diera vuelta. Lo primero que se me cruzó por la
cabeza era que se había confundido, así que me quedé parado en
medio de la vereda y ella tuvo que volverme a llamar. No sé qué
cara habré puesto, pero ella se reía.
- ¿A mí, señora? -le digo, arrimándome.
- Sí -dice ella-. ¿No sabe dónde se puede comprar un paquete de
americanos?
Se había inclinado sobre la ventanilla, pero yo no podía verla
bien debido a la sombra de los árboles. Los ojos le echaban unas
chispas amarillas, como los de un gato; se reía tanto que pensé
que había alguno con ella en el auto y estaban tratando de
agarrarme para la farra. Me incliné.
- ¿Americanos? ¿Cigarrillos americanos?
- Sí -dijo la mina. Por la voz, le di unos treinta años.
El Gallego sabe tener importados de contrabando, una o dos cajas
guardadas en el dormitorio. Si uno de nosotros se quiere tirar
una cana al aire, se lo dice y el Gallego le contesta en voz
baja que vuelva a los quince minutos.
- De aquí a tres cuadras hay un bar -le dije-. Sabe tener de vez
en cuando. Tiene que ir hasta Crespo y la Avenida. ¿Conoce?
- Más o menos -dijo.
Me preguntó si estaba muy apurado y si quería acompañarla. "Zápate,
pensé; una jovata alzada que quiere cargarme en el coche para
tirarse conmigo en una zanj a cualquiera" . El corazón me empezó
a golpear fuerte dentro del pecho. Pero después pensé que si por
casualidad el Gallego no había cerrado todavía y me veía
aparecer con semejante mina en un bote como el que manejaba,
bajándome a comprar cigarrillos americanos, todo el barrio iba a
decir al otro día que yo estaba dándome a la mala vida y que
estaba por dejar de laburar para hacerme cafisio. Para colmo, en
verano las viejas son capaces de amanecer sentadas en la vereda.
-Ya debe de estar cerrado -le dije, y no sé en qué otra parte
puede haber.
La mina me tuteó de golpe.
- ¿Tenés miedo? -dijo, riéndose.
Encendió la luz de adentro del coche.
- ¿No ves que estoy sola? -dijo.
Mi viejo era del sur de Italia, y los muchachos me cargan en
cuestión minas, porque dicen que yo, aparte de laburar y
amarrocar para casarme, no pienso en otra cosa. Dicen que los
que venimos de sicilianos tenemos la sangre caliente. No sé si
será verdad, y no pude ver mi propia cara, pero por la risa de
ella me di cuenta de que con uno solo de los muchachos que
hubiese estado presente, en lo del Gallego me habrían agarrado
de punto para toda la vida. Era rubia y tostada y llena por
todas partes, que parecía una estrella de cine. "No me lo van a
creer", pensé. "No me lo van a creer cuando se los cuente".
Sentí calor en los brazos, en las piernas y en el estómago.
Tragué saliva y me incliné más y ella me dio lugar para que me
apoyara en el marco de la ventanilla. Tenía un vestido verde
ajustado y alzado tan arriba de las rodillas, seguro que para
manejar más cómoda, que poco más y le veo hasta el apellido. ¡Hay
que ver cómo son las minas de ahora! ¡Y pensar que la hermana de
uno es capaz de andar en semejante pomada, y uno ni siquiera
enterarse!
- No -le dije-, qué voy a tener miedo. ¿Miedo de qué?
-Y, no sé -dijo ella-. Como no querés acompañarme...
A las minas hay que hacerlas desear; cuando uno más se hace el
desentendido, a ellas más les gusta la pierna, sobre todo si se
avivan de que uno es piola. Ahí no más la traté de vos.
-¿Acompañarte adónde? -le dije.
- No te hagás el gil -me dijo ella, sonriendo. Después se puso
seria-. Ando buscando gente para ir a una fiesta.
Cosa curiosa: se reía con la mitad de la cara, con la boca nada
más, porque los ojos amarillos no parecían ni verme cuando se
topaban conmigo.
-No estoy vestido -le dije.
Ahí sí me miró fijo, a los ojos.
- Subí -me dijo.
Abrí la puerta, despacio, mirándola; ella se corrió al volante,
y yo me senté sobre el tapizado rojo protegido con una funda de
nailon. Pensé que ver la vida desde un bote así, siempre, es
algo que debe reconciliarlo a uno con todo: con la mala sangre
del laburo, los gobiernos de porquería y lo traicionera que es
la mujer. Le puse la mano sobre la gamba mientras lo pensaba:
tenía la carne dura, caliente, musculosa, y yo sentía los
músculos contraerse cuando apretaba el acelerador. "No me lo van
a creer cuando se los cuente", pensé, y como vi que la mina me
daba calce me apreté contra ella y le puse la mano en el hombro.
- ¿Dónde es la fiesta? -le pregunté.
-En mi casa -dijo vigilando el camino, sin mirarme.
Doblamos en la primera esquina y empezamos a correr en dirección
a la Avenida. Dejamos atrás las calles oscuras y arboladas, y a
las dos cuadras nos topamos con la Avenida iluminada con la luz
blanca de las lámparas a gas de mercurio. Había bailes por todas
partes, se ve, porque los coches corrían en todas direcciones y
mucha gente bien vestida andaba en grupos por las veredas,
hombres de traje azul o blanco o en mangas de camisa, y mujeres
con vestidos floreados. De golpe me acordé que en Gimnasia y
Esgrima estaban D'Arienzo y Varela-Varelita, y por un momento me
dio bronca que se me hubiese pasado, pero cuando sentí la gamba
de la mina moviéndose contra la mía para aplicar el freno, pensé:
"Pobres de ellos". El Falcon entró en la Avenida y empezó a
correr hacia el norte.
- Separáte un poco hasta que pasemos la Avenida -me dijo la
mina.
Ibamos a noventa por la Avenida por lo menos. Se ve que a la
mina le gustaba correr, cosa que no me gustó ni medio, porque
había mucho tráfico a esa hora, y la Avenida no es para levantar
tanta velocidad. Cuando la Avenida se acabó, doblamos por una
calle oscura, llena de árboles, y la mina aminoró la marcha,
para cuidar los elásticos por cuestión del empedrado. Yo volví a
juntarme con ella y ella se rió. Se dejó besar el cuello y me
pidió un cigarrillo.
- Fumo negros -le dije.
- No importa -dijo ella.
Le puse el Particular con filtro en los labios y se lo encendí
con la carucita. La llama le iluminó los ojos amarillos, que
miraban fija la calle adelante, como si no la vieran. La luz de
los faros hacía brillar las hojas de los paraísos. No se veía un
alma por la zona. Cuando le toqué otra vez la pierna me pareció
demasiado dura, como si fuera de piedra maciza, y ya no estaba
caliente. No voy a decir que estaba fría, la verdad, pero le
noté algo raro. A la mitad de la cuadra, en la calle oscura,
aplicó los frenos y paró el coche al lado del cordón. La casa
era chiquita y el frente bastante parecido al de mi casa, con
una ventana a cada lado de la puerta. De una de las ventanas
salían unos listones de luz a través de las persianas que apenas
se alcanzaban a distinguir. La mina apagó todas las luces del
auto y se echó contra el respaldar del asiento, suspirando y
dándole dos o tres pitadas al cigarrillo. Después tiró el pucho
a la vereda.
- Llegamos -dijo.
A mí me la iba hacer tragar, de que con semejante bote iba a
vivir ahí. Era un bulín, clavado, pero no se lo dije, porque me
fui al bofe en seguida, y ella me dejó hacer. Estuvimos como
cinco minutos a los manotazos, y me dejó cancha libre; pero no
sé, había algo que no funcionaba, me daba la impresión de que
con todo, ella seguía mirando la calle por arriba de mi cabeza
con sus ojos amarillos. Después me acarició y me dijo despacito:
- Vení, vamos a bajar. No hagás ruido.
Bajamos, y ella cerró la puerta sin hacer ruido. La puerta de
calle del bulín estaba sin llave y el umbral estaba negro, no se
veía nada. Al fondo nomás se alcanzaba a distinguir una lucecita,
reflejo de la luz encendida de alguno de los cuartos, la que se
veía desde la calle, seguro. Por un momento tuve miedo de que
estuviera esperándome alguno para amasijarme, pero después pensé
que una mina que aparecía en un Falcon no podía traer malas
intenciones. En seguida se me borraron los pensamientos, porque
la cosa me agarró la mano, se apoyó en la pared y me apretó
contra ella, cerrando la puerta de calle. Me empezó a pedir que
le dijera cosas, y yo le dije "corazón", o "tesoro", o algo así;
pero ella me dijo con una especie de furia, sacudiendo la cabeza,
que no era eso lo que quería escuchar, sino algo diferente. Era
feo lo que quería, la verdad; para qué vamos a decir una cosa
por otra. Y cuando empecé a decírselas -uno pierde la cabeza en
esos casos, queda como ciego y hace lo que le piden- me pidió
que se las dijera más fuerte. Yo estaba casi gritándoselas
cuando ella dejó de escucharme, me agarró de la manga de la
camisa y caminando rápido, casi corriendo, me arrastró hasta el
dormitorio, que era la pieza que estaba con la luz encendida. No
había más que la cama de dos plazas y una silla. Me dio la
impresión de que no había un mueble más en toda la casa. Con ese
coche, y un bulín tan desprovisto. Pensé que no le interesaba
más que la cama y una silla cualquiera para dejar la ropa.
Se desnudó rápido, y yo también. Nos metimos en la cama. Al
inclinarme sobre la mina pensé que si no la hubiese encontrado
en la vereda de mi barrio, en ese momento estaría durmiendo en
mi cama, hecho una piedra, como muerto, porque yo nunca sueño.
Quién la había hecho doblar por esa esquina, y quién me había
hecho a mí ir al bar del Gallego, y quién me había hecho
retirarme a la hora que me retiré para que ella me encontrara
caminando despacio bajo los árboles, es algo que siempre pienso
y nunca digo, para que no me tomen para la farra. Ahí nomás me
le afirmé y empecé a serruchar y ella me fue respondiendo con
todo, cada vez más. Las minas se ablandan a medida que el asunto
empieza a avanzar; tienen varias marchas, como el Falcon: pasan
de la primera a la segunda, y después a la tercera, y hasta a la
cuarta, para la marcha de carretera. Uno, en cambio, se larga en
primera y atodavelocidad, y a la mitad del camino queda fundido.
Algo siguió funcionando dentro de ella después que yo terminé,
porque todo el
cuerpo se le puso duro y áspero como un tablón de madera y cerró
los ojos, y agarrándome los hombros me apretó tan fuerte que al
otro día cuando desperté en mi casa todavía sentía un ardor, y
mirándome en el espejo vi que tenía todo colorado. Después la
mina se aflojó y se puso a llorar bajito. Lloró sin decir
palabra durante un rato y después empezó a hablar. "Siempre lo
mismo", pensé. "Primero te hacen hacer cualquier locura, y
después que te sacaron el jugo como a una naranja, se ponen a
llorar".
- ¿Qué me hacés hacer? -dijo la mina, llorando bajito- . ¿Hasta
cuándo vamos a seguir haciéndolo? ¿Todo esto en nombre del amor?
¿Para no separarnos? Es insoportable .
Lloraba y sacudía la cabeza contra la almohada húmeda.
Insoportable. Insoportable -decía, mirando siempre fijo por
encima de mi cabeza con sus ojos amarillos.
Yo no le dije nada, porque si uno se pone a discutir con una
mina en esa situación, seguro que la mina termina cargándole el
muerto. "Me he hecho llamar puta para vos en el umbral", dijo la
mina. Ahí empezó a pegar un alarido que cortó por la mitad, como
si se ahogara, y siguió llorando. No tuve tiempo de pensar nada,
y no por falta de voluntad, porque en el momento en que la mina
dijo eso y trató de pegar el alarido, ya había empezado a
trabajarme el balero y a hacerme sentir que esa mirada amarilla
que la mina no parecía fijar en ninguna parte, había estado
siempre fija en algo que nadie más que ella veía; tanto me
trabajó el balero que estuve a punto de pensar que yo no era más
que la sombra de lo que ella veía. Pero el llanto del tipo sonó
atrás mío antes de que yo empezara a carburar, y ése fue el
momento en que salté de la cama, desnudo como estaba: justo
cuando sonó su voz, entorpecida por el llanto.
- Dios mío. Dios mío -dijo.
Estaba parado en la puerta del dormitorio, en pantalón y camisa.
Se tapaba la cara con la mano, y no paraba de llorar. Pensé que
era el macho o el marido y que nos había pescado con las manos
en la masa, y me vi fiambre. Pero ni se fijó en mí. La mina
estaba desnuda sobre la cama y lloraba mirándolo al punto que
seguía con la cara tapada con la mano y no paraba de llorar. Si
antes yo había sentido que era como una sombra, ahora sentía que
ni eso era. "Dios mío. Dios mío", era todo lo que decía el tipo.
Y la mina lo miraba fijamente y lloraba sin hablar. Cuando
terminé de vestirme me acerqué a la cama.
- Señora -dije-.
La mina ni me miró. Tenía los ojos amarillos clavados en el tipo
y pareció no escucharme.
- ¿Estás satisfecho? -dijo-. ¿Estás satisfecho?
- Amor mío -dijo el tipo, sin sacarse la mano de la cara.
Salí abrochándome el cinto y tuve que ponerme de costado para
pasar por la puerta, porque el tipo ni se movió. Tenía una
camisa blanca desabrochada hasta más abajo del pecho y se le
veía la piel tostada. Se notaba a la legua que estaba quedándole
poco pelo en la cabeza, porque eso que la mano dejaba ver encima
de las cejas medias levantadas, era más alto que una frente.
Parecía recién bañado, por el olor que le sentí. Para mí que
había estado todo el día al sol, en el río, tanta fue la
sensación de salud que me dio cuando pasé al lado de él.
Atravesé el umbral negro y salí a la calle. El Falcon estaba ahí,
con las luces apagadas. Me paré un momento delante de las
rayitas de luz que se colaban a la calle, y arrimando el oído a
la persiana del dormitorio los oí llorar. Traté de espiar por
las rendijas de la ventana, pero no vi una papa. Solamente
escuché otra vez la voz de la mina, diciendo esta vez ella "Amor
mío" y después cómo lloraban los dos, y después nada más. Me
paré recién un par de cuadras más adelante, porque empezó a
fallarme la carucita, y aunque no había viento me tuve que
arrimar a la pared para poder encender el Particular con filtro
que me temblaba apenas en los labios . Con el primer chorro de
humo seguí caminando bajo los árboles oscuros, pero ni silbé
nada, ni me puse las manos en los bolsillos del pantalón. Tenía
la espalda pegada a la camisa, que estaba hecha sopa. Cuando
tiré el Particular con filtro y encendí el otro, sobre el pucho,
la carucita no me falló, y llegué a la Avenida. Pensé en el bar
del Gallego y en los muchachos, y en la cara que hubiesen puesto
si se me hubiese dado por contárselo. Había menos gente en la
Avenida, pero seguro que al terminar todos los bailes las calles
iban a llenarse otra vez . Miré y vi que estaba lejos del barrio,
y sintiendo en la cara un aire fresco que estaba empezando a
correr, me apuré un poco, cosa de no perder el último colectivo.
JUAN JOSÉ SAER nació en Serodino (Provincia de Santa Fe),
1937-2005. Fue profesor de la Universidad Nacional del
Litoral, donde enseñó Historia del Cine y Crítica y Estética
Cinematográfica. En 1968 se radicó en París. Su vasta obra
narrativa, considerada una de las máximas expresiones de la
literatura argentina contemporánea, abarca cuatro libros de
cuentos –En la zona (1960), Palo y hueso (1965), Unidad de lugar
(1967), La mayor (1976)– y diez novelas: Responso (1964), La
vuelta completa (1966), Cicatrices (1969), El limonero real
(1974), Nadie nada nunca (1980), El entenado (1983), Glosa
(1985), La ocasión (1986, Premio Nadal), Lo imborrable (1992) y
La pesquisa (1994). En 1983 publicó Narraciones, antología en
dos volúmenes de sus relatos. En 1986 apareció Juan José Saer
por Juan José Saer, selección de textos seguida de un estudio de
María Teresa Gramuglio, y en 1988, Para una literatura sin
atributos, conjunto de artículos y conferencias publicada en
Francia. En 1991 publicó el ensayo El río sin orillas, con gran
repercusión en la crítica, y en 1997, El concepto de ficción. Su
producción poética está recogida en El arte de narrar (1977),
paradójico título que expresa, quizás, el intento constante de
Saer por –según sus propias palabras– "combinar poesía y
narración". Ha sido traducido al francés, inglés, alemán,
italiano y portugués.
|