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El arribo celeste
Josué Barrera
Tal vez Celeste tocó la puerta de su oficina. Venía a terminar
con todo de una vez: se había cansado de seguir con lo mismo a
pesar de haberlo hablado decenas de veces. Alfredo se había dado
cuenta de lo que ocurría: Celeste ya no era la misma porque él
dejó de ser el mismo. Hablaban muy poco, comían de forma
automática a la misma hora, ya no salían, ya no había detalles,
se habían terminado los regalos sorpresa. Todo habría llegado a
su fin con la presencia de Celeste y sus razones para no querer
verlo más.
Subió al coche enfurecida, encendió el motor y salió con rapidez
de la cochera. Los niños no se encontraban con ella, y antes de
recogerlos, decidió ir con Alfredo. No soportaba la idea de
sentirse engañada. Había encontrado un detalle, en su saco, que
no podía dejar pasar; no como en las otras ocasiones. Además,
esta vez era evidente que se trataba de ella, por el número de
teléfono adjunto al papel donde estaba escrito el nombre de Paty.
Celeste quería enfrentarlo y decirle que sabía todo, aclarar que
ya no podía volverlo hacer, que ya no confiaba en él y que ese
día era más que un punto y aparte en sus vidas: era el punto
final.
Había tráfico. En esas horas los autos se aglomeraban, parecían
que iban al mismo destino, como si todos fueran hacia Alfredo
para decirle aquello que Celeste seguía sin entender. Sujetaba
el volante con presión y en cualquier espacio aceleraba. Recordó
las primeras señales que él había dado y que ella no quiso creer
que podía ocurrirle, pero cómo: los niños pequeños en la escuela,
cariñosos con su padre y él con ellos, ansiosos de que llegara a
casa cada noche; no podía ser. Sabía que todo cabía en la
posibilidad de suceder, pero él era Alfredo, aquel hombre que
conoció hace diez años y con el que había compartido cientos de
cosas; eso sí que no podía ser.
Tal vez Alfredo abrió la puerta y se encontró con un golpe en su
rostro por parte de Celeste. Quizá preguntó qué era lo que
pasaba y luego calló al suponer lo que ocurría. Después Celeste
se iría de vuelta al coche y recogería a los niños, los llevaría
a comer, y luego a la casa de su abuela donde se quedarían por
un tiempo indefinido. Podía decirse que era un matrimonio
ejemplar, la envidia de todos los amigos: niños lindos, buen
trabajo, bonita casa y dos coches. No, no podía sucederle a ella.
El tráfico se conservaba intacto. La gente salía de sus trabajos
e iba a comer, mientras que otros regresaban a casa después de
la escuela. Se preocupó de no encontrarlo y de que el viaje no
sirviera de nada, pero sabía que valía la pena ir tan sólo para
averiguarlo. El pequeño estaba con su abuela y el mayor seguía
en clases. Ellos no deberían de enterarse de lo que Alfredo
escondió por varios meses, o quizá años. Quería saber desde
cuando le era infiel, pero temía preguntarle porque no quería
sentirse burlada una vez más.
Se detuvo en una esquina para respirar profundo, revisar el plan,
preguntarse si estaba bien lo que hacía. Encendió el radio,
sintonizó varias estaciones hasta dar con una canción que
absorbió con todos sus sentidos. Cerró los ojos y se concentró
en la voz del intérprete, en lo que decía, en el ritmo de la
música. Trató de respirar tranquilamente, relajando las manos
que se sentían presionadas al sujetar con fuerza el volante. Al
terminar la pieza abrió los ojos y se sintió mejor. Sus ideas
las sentía claras y precisas. Decidió reanudar su marcha hacia
la oficina.
Tal vez Alfredo había salido de la oficina temprano para atender
alguna emergencia o hacer algunos pagos. Alfredo estaría lleno
de trabajo, lejos, muy lejos de lo que Celeste suponía. No
conocía a la mujer que su esposa imaginaba, y aquellos detalles
que ella había tomado en cuenta para acusarlo, tenían
explicación, que no fueras tonta, Celeste, cómo crees que haría
una cosa así. A partir de ese momento todo mejoraría, él
prometería encontrar espacios para estar con ellos, y ella que
no se alteraría como ahora, que sería más cariñosa con él.
Siguió andando en el auto, y recordó la última vez que todos
fueron a cenar; cuando decidieron ir a la playa en las
vacaciones anteriores; cuando él le regaló un collar y que a
ella no le bastaba la boca de sorprenderse. Aunque él ya estaba
metido en el lío era buen padre, y me consentía, y quería hacer
el amor cada noche y me decía cosas al oído para dormir. Yo era
la que no accedía, la que inventaba pretextos para zafarme de él.
Desconfiaba, no me atraían sus manos, su sexo, ni había nada en
mí cuando se aproximaba bajo las sábanas, de noche, a oscuras.
Tal vez en la oficina estaba un cliente y habría que esperar
para actuar. Qué importaba si su secretaria fuera testigo del
espectáculo que haría, pero si en cambio estuvieran presentes
sus colegas, eso sí importaba, pues el prestigio que tenía
Alfredo se desmoronaría por completo y todo por ella, y no se
valdría que él quedara mal por una cuestión de pareja, donde
ella quizá era la culpable, pues desde hace tiempo ya no lo
abrazaba, ni lo consentía. Por increíble que pareciera, tenían
meses sin hacer el amor como sucedía al inicio de su matrimonio:
con delicadeza, con ternura, en complicidad.
No podía suponer más, tenía que llegar y hacer que él supiera su
posición, conocer la expresión cuando le dijera todo, saber la
manera en que se justificaría, buscar su mirada para que se
sintiera peor, recordarle que ningún crimen es perfecto, que
quizá si se fuera de la casa sería mejor para todos, pero no, no
podía pensar en semejante petición pues quedaría sola la casa,
su habitación era enorme para ella, los niños se quedarían sin
esa figura paternal, le faltaría una pieza en su vida. Recordó
que Alfredo le había prometido ayudarle a construir el negocio:
mi negocio, el que me salvaría de una situación así.
Faltaban unas cuadras para llegar a la oficina y terminar el
viaje. Después pasaría por el niño en la casa de su abuela,
luego por el otro a la escuela Recordó que Alfredo había
prometido invertir en el negocio que ella tanto había anhelado.
Sería mejor esperar a que lo hiciera y después tomar cartas en
el asunto. Si se divorciaban la cuenta del banco no duraría
mucho, si acaso unos meses y ya, aunque reclamara el dinero de
sus hijos. No podría separarse de él totalmente, estaban unidos
y no sólo por las cláusulas que resalta el matrimonio, sino por
otras causas que ella misma desconocía y que ayudaban a la
disminución de su cólera, del enojo que al principio incendiaba
sus manos. Respiró de nuevo y el pulso empezó a sugerir que se
había controlado, tomando un ritmo, poco a poco, aparentemente
normal.
Todo podría tratarse de un malentendido y ella era la única
culpable por desconfiar del hombre que le había dado todo. La
decisión más justa sería no hacer espectáculos y hablar en
privado. Ese día podía ser el primer día de una mejor relación
que los llevaría a la felicidad que con el tiempo la sentían
cada vez más lejana. Ella debía de dar el primer paso para
salvar el matrimonio, la familia, la casa, los coches, el
prestigio de ambos, seguir con la imagen de pareja ideal, tratar
de hacer desde ahora el negocio que siempre había querido.
Entró al estacionamiento y acomodó el coche. Se dio cuenta que
no podía llegar a gritarle de pronto en su trabajo, en su
oficina, frente a sus empleados y clientes. Se sintió
confundida. Sus pensamientos empezaron a revolverse de nuevo y
estuvo apunto de ir a buscarlo en ese momento. Entre las ideas
que pasaban fugazmente por su cabeza, rescató una. Encendió el
coche y arrancó. Se dirigió rumbo a la casa de su madre para
recoger al pequeño.
Tal vez habría llegado y antes de tocar había escuchado ruidos
juguetones dentro de la oficina, risas, movimientos bruscos, y
al final el nombre de Alfredo pronunciado quedamente con la voz
de amante que la otra mujer tenía. Quizá golpearía la puerta más
enfurecida hasta verlo con sus propios ojos: Alfredo y aquella
mujer, frente a ella, engañándola.
Pensó, rumbo a su nuevo destino, si estaba mal lo que había
hecho. Recordó a su madre diciéndole que hay que ser firme en
una decisión: lo que se dice se cumple. Ahora tenía que ir por
su hijo, pero aún estaba cerca de su oficina. Podía muy bien
regresar e ir con Alfredo, tocar la puerta, entrar y argumentar
que había venido para decirle que lo quería mucho, que fueran a
comer, que recogieran a los niños, que dejara el trabajo tan
siquiera por ese momento. La sorpresa sería mayor si ella y el
pequeño fueran a buscar a Alfredo. Sí, primero iría por el niño
y luego regresaría a buscarlo.
Quizá la otra mujer estaría apunto de llegar a la oficina cuando
vería el coche de Celeste en el estacionamiento, cruzaría a la
otra acera y se escondería en una tienda. Desde ahí podría
plantar sus ojos a la ventana de Alfredo, y esperar verlos salir
juntos para irse de ese lugar hacia su casa, enfurecida, pues él
le había prometido llevarla a comer y después irían a salir de
la ciudad. Creyó ser descubierta en su relación con Alfredo.
Quiso huir en ese instante, terminar su relación para que él
siguiera siendo feliz con su familia porque al fin y al cabo lo
había conocido de ese modo. Ella fue quien lo había seducido.
Llegó a la casa de la abuela, sin decir más que lo esencial
subió el pequeño al auto y después se dirigió a la escuela del
mayor. Faltaban unos minutos para que saliera. Dentro del coche
no podía dejar de imaginar a Alfredo con ella, besándose,
subiéndole la falda, abrirse de piernas, hacerlo de pie, junto a
la pared, encima del escritorio, y la secretaria escuchándolos
como cómplice. Se escuchó el timbre de salida y rápidamente el
mayor estaba con ellos. Celeste, que fingía estar alegre, les
dijo que iban a comer al lugar que ellos eligieran. Se fueron
rumbo al restaurant escogido, y por primera vez, Celeste no
preguntó cómo le había ido en clases.
Quizá todo el trabajo se le había juntado a Alfredo, y aunque su
familia llegara de sorpresa y lo invitara a comer, él no podría,
pues tenía algunos encargos para esa misma tarde, para mañana, y
grandes encargos que no se resuelven en un par de horas. Tenía
que aprovechar esa oportunidad, significaba más dinero, crecía
su fama como profesionista bajo presión y muy probablemente el
traspaso a otra oficina más grande. Así como en su momento había
pasado mucho tiempo en su casa, ahora correspondía quedarse en
el trabajo.
Después de haber comido, Celeste los invitó a sorprender a su
papá. Rumbo a la oficina, ella no podía dejar de preguntarse una
y otra vez: ¿Sería capaz de engañarme, ¿serviría de algo llegar
a su oficina en ese momento para darle la sorpresa de que su
familia lo espera para irse juntos a casa?, ¿estaría con ella?,
¿era necesario dudar tanto?, ¿aún la quería?, ¿sería mejor
esperar hasta que él decidiera decirlo?
Quizá Alfredo la llamaría en cualquier momento. Le hablaría para
decirle que trajera a los niños, que pedirían comida, que se
apurara porque tenía ganas de verlos, de jugar con ellos, de
estar en familia.
Celeste tomó el celular para cerciorarse de que estuviera
encendido. Los niños jugaban en el asiento trasero. Ella volvió
a repasar las pistas que una hora antes había juntado y que la
llevaron a sospechar de él. Volvieron a encajar las situaciones,
los pretextos, la falta de apego en ambos. Volvió a sentirse
ultrajada, desvalorizada. Tomó el teléfono y marcó a la oficina
de Alfredo. Nadie contestó, ni su secretaria. Marcó entonces a
su celular con el pulso de un lado a otro, apenas atinó a dar
con los dígitos. Se encontraba ansiosa, irritable, desesperada
por el tráfico, por los niños, por la hora, por la situación que
pasaba en ese momento. A los tres repiques, colgó. ¿Por qué
tenía que desconfiar ahora que podía tener su propio negocio?
Subió la velocidad al auto.
Tal vez ella y los niños serían testigos de la desfachatez de
Alfredo al encontrarlo con la otra mujer en la oficina, o
abriéndole la puerta de su auto, dándole la mano, o abrazándose
en el estacionamiento, besándose, que los niños vieron la clase
de persona que era su padre. Tenía que arriesgarse para desatar
ese nudo de pensamientos que no la dejaba tranquila. Ahora no
importaba la presencia de los niños, ni de sus compañeros, todo
tenía que resolverse en ese momento. Sus manos volvieron a
sujetar el volante con fuerza, sus ojos a estar al tanto del
tráfico, buscando un espacio para meterse y acelerar y llegar
cuanto antes a la oficina. Los niños se asustaron, dejaron de
jugar y un silencio reinó en el interior del auto. Celeste había
olvidado por un momento que andaba con sus hijos.
Entraron al estacionamiento. Los niños seguían en silencio y
Celeste sentía rabia por ser tan débil, pero al mismo tiempo
reconocía el valor que tenía al estar en ese lugar. Los invitó a
bajar. Viera lo que viera, sucediera lo que sucediera, no se
dejaría derrotar por un tipo como él. Bajaron los tres del
vehículo y empezaron a caminar de prisa tomados de la mano.
Entraron al edificio e ingresaron al elevador. La oficina se
encontraba en el tercer nivel. El silencio revolvía aún más sus
pensamientos que no dejaban de girar. Las oficinas permanecían
cerradas y no se veía ningún empleado. Le parecía absurdo sentir
tantos celos, tantas dudas a su edad y después de todo lo que
habían pasado, pero tenía derecho de hacerlo, de exaltarse, de
exponer su futuro, arriesgando una relación que ya no sabía si
llamarla de ese modo.
Se mantuvo un momento frente a la oficina. Centró su mirada en
el nombre de Alfredo que permanecía en el cristal. Los niños
empezaron a desesperarse, a mirar a mamá y a preocuparse por lo
que haría. Pensó en acercarse para poder escuchar lo que pasaba
en el interior, cerciorarse de que la puerta estuviera cerrada o
simplemente tocar la puerta. Había repasado tantas veces esa
escena, que sabía perfectamente como respondería ante cada
opción que sucediera: había premeditado todos los detalles, en
como decirle que lo sabía, la forma de gritarle, el modo de
abrazarlo, de golpearlo, de mirarlo, de sorprenderlo. Con la
mano libre tocó la puerta. Sí, Celeste tocó la puerta tres veces
seguidas con la seguridad de hallar algo imprevisto, con la
incertidumbre al borde de la locura, sabiendo que no había nadie
en esa oficina, creyendo que las cosas podían cambiar si seguía
tocando esa puerta.
JOSUÉ BARRERA (México, 1982) Licenciado en Psicología. Ha
publicado en diversas revistas literarias del país.
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