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Primera singladura

No demasiado fanático o irreversible, que el martirologio no es
mi fuerte, ni tampoco más dogmático ni veleidoso de lo preciso,
sino cachondo por lo bajines y como disimulando y paladín de
Soledad Corcuera, en las tablas Gorda de Algeciras, aquí me
tienen ustedes, señoras incomprendidas y vagamente libidinosas y
caballeros ansiosos y sutilmente cornudos (¡Saluda, Julián: no
seas ordinario!) dispuesto a contarles, un mes tras otro y a la
pata llana, algunos acaeceres contemporáneos y, en general,
aleccionadores y tirando a provechosos.
Veamos.
En mayo de 1931 se publicó en Madrid una revista titulada "En
España ya todo está preparado para que se enamores los
sacerdotes". Tenía la redacción y administración en el café
Chiki-Kutz, en el paseo de Recoletos, de Madrid, y sus fundadores
no debían suponerle larga existencia ya que las "suscripciones
por toda la vida de la revista" eran de 15 pesetas para los
protectores y de 3 para los socios corrientes; duró un solo
número, que hoy es una pequeña joya bibliográfica, y, bien
mirado, no tenía un excesivo interés.
Uno de sus redactores, don Rómulo Corcuera Domínguez, de
profesión practicante y, los domingos, masajista de la
Gimnástica, era el padre de Soledad Corcuera Prieto, con el
tiempo Gorda de Algeciras, que por entonces debía tener tres o
cuatro años.
--¿Y ya se le veían las inclinaciones?
--No; todavía no. Los primeros síntomas no le apuntaron hasta los
siete y ocho años, después de hacer la primera comunión y antes
de ingresar en el bachillerato.
--¿Y fue por entonces cuando usted se enamoró de ella?
--No, tampoco. No, por aquel tiempo, tenía quince años y servía
de tierno deleite a doña Julita, la mamá de Soledad, que mandaba
a sus tres nenes, la 18 19 dicha, el Paquito y el Ramoncín, a
comprar cacahuetes, para cepillárseme durante su ausencia.
--¿Y usted?
--Pues yo, feliz pero fiel, muy fiel. A mí nunca me gustaron las
promiscuidades. ¿Cómo quería que estuviese si, además de rijo del
bueno y tetamen del abundante, me daba chocolate casero, de ese
que le añaden canela y vainilla, y hasta me regaló una radio de
galena?
--Sí; me lo explico. ¡Así cualquiera!
Gorda de Algeciras, cuando tenía dieciséis años, o sea incluso
antes de que la conociesen como Gorda de Algeciras, estaba como
un tren y tuvo amores con un churrero especialista en tejeringos,
pestiños y otras frutas de sartén, que le llevó el virgo por
delante -y en un palco del cine Bilbao- y, en premio al gusto
recibido, le compró ropita interior de calidad extra y un par de
zapatos de charol y le regaló una sortija de oro con una fecha
por dentro y una aguamarina por fuera.
--¿La fecha del desvirgue y la agua marina del compromiso?
--No; le puso una fecha histórica, el 2 de mayo de 1808, porque
el churrero era un patriota.
--¡Ah, ya! ¿Y la aguamarina?
--Eso fue en expresión de buena voluntad.
A Soledad Corcuera la eligieron Miss Trabadelo...
--No, señor; Miss Cacabelos.
...bueno, Miss Cacabelos en 1948, el año que publiqué el "Viaje a
la Alcarria", cuando ella andaba ya por su quinto novio, yo fui
el sexto, que la heredé de buena ley y hábitos correctos de su
mamá, doña Julita, que por aquel tiempo anda ya en deterioro
(después se puso peor y ahora está enterrada) y entonces fue
cuando a la niña le empezaron a llamar Gorda de Algeciras.
--¿Y eso por qué?
--¡Anda! ¿Y qué sé yo? A mí que me dejen en paz porque no me
gustan los líos.
--Hace bien, ¡qué coño!
Miss Cacabelos, y no Miss Trabadelo como dicen otros, cuando
ascendió a miss dejó a su novio, que era un seminarista rebotado
que trabajaba en la Vicesecretaría de Educación Popular, y se
vino conmigo, que era ya algo famoso y, claro es, muy cotizado.
Nuestros amores duraron poco, esa es la verdad, pero que me
quiten lo bailado, lo fornicado, lo fardado, etc.
--¿Y usted se resigna?
--Sí, señora. Y no sólo me resigno, sino que doy gracias a Dios
porque, para que una mujer se escape, antes tiene que estar
sujeta. ¿Me entiende?
--¡Ya lo creo! Le entiendo la mar de bien. Y a burro muerto, la
cebada al rabo.
--Eso no pega.
--Bueno; no pegará para usted, pero yo sé bien por dónde voy.
Los años andando, Gorda de Algeciras se casó con don Emilio del
Congrio y Páez, alias Quindasvinto -y no Chindasvinto, como
escriben los incultos-, que era delegado de Hacienda de una
provincia del Reino de Aragón que no era Zaragoza.
Gorda de Algeciras le dio a su esposo don Emilio un nene muy
robusto que hoy es diputado, aunque por poco lo echan porque lo
encontraron haciéndose una paja o manuela en el excusado y don
Landelino, claro es, montó en cólera; después prefirieron echar
tierra al asunto para que no se torciese lo del consenso.
--Yo creo que hicieron bien; la política tiene sus servidumbres.
--No, señora; yo creo que hicieron mal porque los políticos no
tienen por qué andar cascándosela por los guáteres como si fueran
alumnos de los jesuitas.
--Bueno. ¿Y si le dio un apretón?
--Pues que se hubiera aguantado.
¡Los padres de la patria deben saber controlar sus inclinaciones
y arrebatos!
--Sí; eso también es verdad.
Gorda de Algeciras, que debe andar ahora por los cincuenta y dos
o cincuenta y tres años bien llevados, enviudó hace cosa de un
par de meses, el día del tránsito de San Hilarión abad, para ser
más precisos, cuya vida llena de virtudes y milagros escribió San
Jerónimo. El entierro de su finado fue muy divertido, esa es la
verdad, y los acompañantes nos tirábamos unos a otros bolitas de
papel para que a la gente le diese la risa y quedase mal. Gorda
de Algeciras, al llegar al camposanto, apoyó su cabeza en mi
hombro y musitó con un hilo de voz: --¡Qué falta me haríais ahora
todos los hombres que alguna vez me quisisteis! ¿Quieres que te
invite a chocolate, como mi pobre madre, que en paz descanse?
--Me lo contó ella, cuando me hicieron Miss Cacabelos y me fui
contigo.
Tú sabes que mi madre siempre te quiso mucho y, de haber sido
rica, te hubiera montado una fabrica de chocolate para ti solo.
Aunque no soy el que fui -que no hay soberbio que no se derrumbe
ni espingarda que, tarde o temprano, no acabe dando el gatillazo-
acepté el chocolate que me ofreció mi vieja amiga Soledad
Corcuera, viuda de del Congrio y aun antes Gorda de Algeciras.
--¿Te gusta el chocolate?
--Sí.
--¿Y estar conmigo?
--También... ¿Quieres taparme la espalda? Noto como fresco...
CAMILO JOSÉ CELA nació el 11 de mayo de 1916 en Iria Flavia,
A Coruña. Fue el primogénito de la familia Cela Trulock y
bautizado con los nombres de Camilo José Manuel Juan Ramón
Francisco de Jerónimo en la Colegiata de Santa María la Mayor de
Adina. En 1925 la familia se instala en Madrid y cursa estudios
en el colegio de los escolapios de Porlier. En 1931 es internado
en el sanatorio del Guadarrama, aquejado de tuberculosis
pulmonar. Emplea el tiempo en lecturas de la obra completa de
Ortega y Gasset y la colección completa de clásicos españoles de
Rivadeneyra. En 1934 comienza la carrera de Medicina en la
Universidad Complutense, aunque abandonó para asistir, en la
nueva Facultad de Filosofía y Letras, a las clases de Literatura
española contemporánea de Pedro Salinas. Fue amigo de Miguel
Hernández y María Zambrano, en cuya casa de la plaza del conde de
Barajas conoce en tertulia a Max Aub y otros escritores e
intelectuales. Formó parte del bando franquista durante la Guerra
Civil española y fue herido en el frente. Algunos años después
rechazó la dictadura de Franco y mantuvo una actitud
independiente y provocativa. En 1940 estudia derecho en Madrid.
Su primera novela fue La familia de Pascual Duarte (1942). Debido
la censura que sufría España, su novela La colmena (1951), obra
en la que se narra la vida miserable de unos seres en el Madrid
de los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil
española, tuvo que publicarse en Buenos Aires. Otras novelas
destacadas son Mrs. Caldwell habla con su hijo (1953), Oficio de
tinieblas-5 (1973), su obra más vanguardista, y Cristo versus
Arizona (1988). En 1956 fundó la revista literaria Papeles de Son
Armadans de la que fue director y donde aparecieron publicaciones
de muchos escritores españoles en el exilio durante la dictadura
franquista. Sus libros de viajes destacados son Viaje a la
Alcarria (1948) y Del Miño al Bidasoa (1952). En poesía destacar:
Pisando la dudosa luz del día (1945), y María Sabina (1970).
Además ha escrito varios volúmenes de memorias y numerosos
relatos, artículos periodísticos y trabajos de erudición, entre
los que hay que señalar su Diccionario secreto (1968 y 1971). En
1989 recibió el Premio Nobel de Literatura y en 1995 el Premio
Cervantes. En 1996 le nombraron marqués de Iria-Flavia. Falleció
el 17 de enero de 2002 en Madrid a los 85 años a causa de un paro
cardiaco.
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