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El lobezno y el lobo
El lobezno huele la humedad de la tierra, mira al sol naciente
entre las lejanas cimas y saluda a la primavera con un aullido
prolongado. El guerrillero, despertado con el sonido largo y
agudo que el joven lobo acaba de producir, sale de su guarida y
mira la silueta del cánido, esbelta y solitaria, recortada a
contraluz sobre la luminaria del alba.
Ambos son los últimos de sus respectivas partidas y tienen
historias parecidas.
Al lobo, cuando era apenas un cachorro recién destetado, los
cazadores en una batida le habían matado a su madre y a toda su
jauría. Sólo él, escondido en un orificio entre las rocas, tuvo
la suerte de no ser encontrado. Sin maestros que le enseñaran a
cazar y con la única ayuda de su instinto, había desarrollado
hábitos irregulares y heterodoxos para su especie en los que se
combinaban desde la torpeza, hasta una mezcla de audacia y
necesidad que le llevaba a acercarse a los humanos hasta un punto
que para cualquier otro lobo hubiera sido impensable.
El hombre, por su parte, es el último integrante de un grupo de
maquis que, tras el triunfo del franquismo, se habían refugiado
en las montañas con la esperanza de mantener viva la llama de la
insurrección contra la dictadura en tanto las circunstancias
nacionales e internacionales favorecían un cambio definitivo de
las cosas. Pero la persecución implacable de la guardia civil
había ido dando cuenta de todos sus compañeros que, uno por uno,
habían ido cayendo en distintas emboscadas hasta dejarlo a él
completamente solo. En realidad ya había perdido toda esperanza
de cambio. La oposición interior había sido masacrada hasta
hacerla desaparecer (le costaba trabajo ya incluso encontrar un
mínimo apoyo en los pueblos, siquiera fuera para abastecerlo de
cuando en cuando con algunos suministros) y en el exterior, el
exilio había ido adaptándose a los distintos países que los
habían cobijado hasta casi naturalizarse en ellos. Las potencias
“democráticas” habían ganado la guerra mundial, pero todas
parecían haberse olvidado de España y de su drama. Lo cierto es
que siempre habían temido el proceso español que llegó a tomar
tintes demasiado revolucionarios para su gusto. Si los gobiernos
“democráticos” hubieran querido, el bando republicano español
habría podida ganar la guerra; pero ni el gobierno de Francia ni
el de Gran Bretaña movieron un dedo par ayudar a los republicanos
españoles; más bien si pusieron algo fue trabas a los intentos de
ayuda rusa. Y el corazón generoso de las Brigadas Internaciones,
que colaboraron a pesar de sus gobiernos, sólo había servido como
gesto romántico para canciones y relatos épicos.
A nuestro protagonista lo único que lo mantenía ya en la sierra
era el afán de supervivencia y la dignidad, además de unas
circunstancias que habían convertido su resistencia en el único
modo de vida posible para él. Su fama de guerrillero indómito,
solitario y terrible se había extendido entre la gente de la
comarca de forma que acabaron apodándolo con el alias de El Lobo
y lo convirtieron en una leyenda en la que se mezclaban la
admiración, el respeto y también, con frecuencia, el odio a lo
desconocido.
En esas circunstancias, era inevitable que El Lobo y el lobezno
acabaran haciéndose amigos. Eran dos espíritus solitarios que,
aparte del esfuerzo por la supervivencia, no tenían más placeres
(y eran comunes a ambos) que ir desentrañando todos los secretos
del bosque, conocer todos sus recovecos, algunos de ellos llenos
de la magia del agua que perfila dibujos en las rocas para
vestirlas luego con el terciopelo perlado de los musgos goteando;
o explorar las zonas más inaccesibles debido a la vegetación
tupida y misteriosa, en donde el ruiseñor pone su música celeste;
o disfrutar las noches llenas de sonidos indescifrables que ellos
habían ido aprendiendo a conocer y distinguir y los cielos
encendidos en la maravilla del cosmos; o contemplar el sol
jugando a pintar de malvas y escarlatas los cielos del amanecer o
los del lubricán…
El primer paso lo había dado el lobezno, cada vez más atrevido en
su acercamiento hasta la cueva en que se refugiaba El lobo para
participar en el festín de las sobras que éste abandonaba tras
sus cacerías. El maquis llevaba observándolo muchos días
deambular alrededor de su guarida, que con toda probabilidad no
sería muy distinta de la del propio can. Le había dejado que se
acercara, cada día un poco más, sin moverse más allá de lo
imprescindible, quieto y silente como una esfinge para que aquel
joven lobo le fuera tomando confianza. Al final, un día se había
decidido a ofrecerle un poco de carne alargando la mano con suma
lentitud y profiriendo, apenas en susurro: toma, bonito, toma…
El primer día, en el último instante, el lobezno se había
asustado y había echado a correr. Pero al siguiente, no sólo se
acercó a comer de la mano del guerrillero; incluso se dejó
acariciar.
Desde entonces había surgido una amistad que no paraba de crecer
y hacerse más profunda. Todo el afecto que a ambos le faltaba de
los de su especie, se lo habían volcado el uno en el otro.
Jugaban, se acariciaban, saltaban, exploraban el bosque aportando
cada uno lo mejor de sí…, y a la vez ambos permanecían libres
deambulando por la montaña como seres solitarios.
¿Quién puede extrañarse entonces del sobresalto que supone para
El Lobo advertir que unos cazadores han subido por la ladera y
están apostados de manera que el lobezno no tiene escapatoria? No
va a permitir que lo maten. ¡No puede permitirlo! Monta su fusil,
algo cascado ya pero útil todavía, y lo carga con algunas de sus
últimas balas. Si las gasta no le va a ser fácil cazar; aunque
siempre podrá valerse de las flechas que él mismo se fabrica,
menos certeras, pero para algunos animales muy útiles por lo
silenciosas y, sobre todo, necesarias en determinadas épocas en
que no debe ser oído tiro alguno que pueda delatarlo.
Uno de los cazadores está apuntando hacia el lobezno. Éste se ha
apercibido y corre. El cazador dispara y falla, pero al instante
suena otro tiro y otro y otro… Uno de ellos ha herido al animal
en una pata trasera y chilla conforme cae de lado.
El Lobo corre hacia el lugar de la escena con el corazón en la
garganta y apenas le da tiempo de gritar a pleno pulmón:
¡Nooooo!, cuando otro de los cazadores, aprovechando que el
lobezno está caído, le apunta para dispararle. El maquis no se lo
piensa, sin apuntar con la mirilla y conforme baja corriendo,
dispara hacia el cazador y le da en una pierna. Los demás
cazadores no pueden creer lo que ven: un hombre de aspecto
asalvajado y mirada desencajada corre hacia ellos disparando y
gritando como un poseso. La reacción es instintiva y fulminante.
El Lobo es abatido a tiros desde varios lugares de la enramada.
El lobezno, con su pata sangrando que apenas puede apoyar en el
suelo y gimiendo de dolor, se acerca hasta el maquis, muerto ya,
y lo huele y lame con cariño, como si quisiera despertarlo.
Lo que en tantos años no ha podido hacer la guardia civil, lo han
hecho en una mañana los cazadores. En seguida todos reconocen en
aquel hombre al maquis conocido por El Lobo. Probablemente su
captura tenga recompensa; pero aunque todos piensan en eso,
ninguno se siente orgulloso de lo que ha hecho. Miran la escena y
no consiguen saber si los gemidos del animal son por su herida o
por la muerte de su amigo humano. Les resulta difícil comprender
cómo un lobo salvaje puede haber desarrollado esos afectos por un
hombre.
Cuando llegan la guardia civil y el juez para levantar el
cadáver, el lobezno aún permanece llorando junto a su amigo.
Tienen que retirarlo a empujones para poder llevarse el cuerpo
del yacente.
- ¿Qué hacemos con el animal, mi sargento? – pregunta un número
al jefe de la patrulla.
- ¡Déjalo! Pobre bicho. No ha hecho mal a nadie.
Otro guardia, compadecido, se acerca hasta el cánido y le hace
algunas curas en la herida con agua y desinfectante del que
llevan en el botiquín del camión. Después lo empuja y le grita
para que se vaya.
Pero el lobezno no se va. Recorre pequeños círculos, sin dejar de
gemir y se acerca una y otra vez hacia el lugar donde han
depositado a su amigo agachando su hocico hacia el suelo.
Sólo cuando todos los hombres han desaparecido y el lobezno
comprende que su herida no le permitirá seguir el olor del camión
en que se llevaron a su amigo, se abandona a su dolor, se tumba y
deja que caiga la noche.
EMILIO BALLESTEROS ALMAZÁN (Albolote/ Granada, España,
1956): Poeta, narrador, ensayista y dramaturgo, ha recibido
premios en distintos géneros; de y sobre su obra se ha escrito en
revistas y publicaciones de España, México, Cuba, Argentina,
Uruguay, Chile, Colombia, EEUU, Puerto Rico, Rep. Dominicana,
Ecuador, Nicaragua, Francia, Italia y Marruecos. Tiene publicados
una decena de poemarios; el último de ellos: Trilogía del
silencio; Ed. Dauro, 2004. Ha sido incluido en numerosas
antologías y traducido al italiano, árabe, francés y alemán.
Dirige la revista literaria: Alhucema.
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