Carmito y los peces helicóptero
que querían matarlo


El odio que según Carmito le profesaban estas asombrosas criaturas comenzó cuando lo pillaron masacrando a un Bocachico fresco. Primero vieron como Carmito lo asesino con un garrotazo en la cabeza, después lo tiro en una tabla, quitándole las escamas con un cuchillo enorme, que movía de arriba a bajo con vehemente rapidez, hasta que lo dejo totalmente pelado, cuenta uno de los testigos. Y no solo fue eso, el miserable no se satisfizo con aquella abominable tortura, que si se lo hicieran a un ser humano sería como arrancarle las uñas a este. Comenta otro de los denunciantes, quien estaba piedro y apunto de reventar:

- ¡El muy hijueputa lo puso en un plato y lo embadurno de sal! - .
- ¡Sádico!... es un maldito sádico- . Grita la multitud enfurecida y a punto de linchar al pobre ebrio.
- Al rato de haber terminado - continua el denunciante- . El ¡enfermo! encendió una hoguera en la cima de una caja cuadrada de lata y puso sobre esta una malla metálica tostando a nuestro primo- .
- ¡Que lo cocinen!- .
- si! merece morir....al paredón- . Exclamaban los peces helicóptero durante el juicio que según Carmito le hicieron aquella vez que lo capturaron con una atarraya.

Los hechos eran muy claros, a Carmito los peces helicóptero lo acusaban de “Homicidio Intencional Premeditado y Acceso Carnal Violento”. <<Carmito se comió a nuestro compadre y por tanto lo sentenciamos a la pena de muerte como cuestión de honor>>. Dictamino el juez, una mojarra como de dos libras de peso.

- ¡Caníbal hijueputa!- . Gritaron a coro.

Esa era la razón por la que Carmito siempre estaba armado con el machete terciado a la espalda y la caña de pescar de palo. Las llevaba para defenderse del ataque aéreo de los peces helicóptero que le tenían rabia. Y la que explicaba porque caminaba siempre con la mirada al cielo, moviendo la cabeza como un radar. Estaba pendiente de que los peces helicóptero no lo cogieran de sorpresa. Alerta al ruido de chicharra que producía la hélice del motor, que estos animales del demonio llevaban incrustado en el lomo. Siempre listo para sacar su machete a los cuatro vientos, para lapidar a cualquiera de sus enemigos, y de paso cuadrar con los despojos, el desayuno o el almuerzo.

Fue un treinta y tres de noviembre, por la mañana de Junio (en palabras del propio Carmito) cuando encontró aquel papel cagado, que habían tirado por debajo de la puerta y que olía a pescado fresco. En la hedionda carta había un mensaje aterrador, una amenaza meditada con letras de periódico recortadas, que decía entre otras cosas que se cuidara porque lo iban a matar: <<te vamos a matar ¡gonorrea!>> Decía el papel, y tenia varias escamas pegadas. Desde entonces fue que Carmito tomo las precauciones del caso, rebusco entre los trastos viejos el machete de tiempos arcaicos (el que uso en la guerra de los tres mil días) y le saco filo con el borde de la pileta. Después tomo una cabuya de fique y la amarro a ambos extremos del alfanje, para podérselo colgar como los samuráis japoneses de la antigüedad.

Según cuenta este andrajo de viejo, a los pocos que escuchan sus locuras. En el mundo de los peces helicóptero existe un tribunal de justicia, las penas impuestas por el; van desde cocinar al pescado en una olla a presión, hasta la pena por doramiento en aceite caliente y sin condimentos. Pero con Carmito la cosa era diferente, ya que no era pez, sino humano (o por lo menos se acercaba bastante), por lo tanto lo mejor era matarlo por honor: <<Ojo por ojo y escama por escama>> le dijeron en aquel juicio inusitado que solo pudo haber ocurrido en las alucinaciones moribundas de sus desvergonzadas borracheras; con bolegancho, tapetuza, aguardiente adulterado y tabaco mezclado con hojas de mango. El imperio de los peces helicóptero esta ubicado en el cielo (cuenta Carmito por una cerveza). Entre la luna y el sol, cerquita de saturno y el meridiano de Greenwich. Las coordenadas para ubicarlo son: sesenta noventa sesenta al este, y un poquitico a la derecha, trazando una hipotenusa de trescientos cincuenta con veinticuatro-catorce grados fahreheit, al sur del cráter de la santísima prostituta. - ja ja ja- . Se ríen sus bienhechores (Cuando son personas). Halla fue que me llevaron estos peces del demonio, amarrado con cabuyas y alambre dulce, brincando dentro de una atarraya por la asfixia, por qué en el espacio no hay aire ni polvo para respirar. ¡Casi me ahogo!, menos mal que el juicio fue rápido, y que me les pude volar antes que me echaran al perol. Me les vine agitando mis brazos, por entre las estrellas y la chatarra espacial de la Nasa. Escapármeles no fue tan fácil, ¡no señores!, los engendros son muy rápidos en el aire, si no fuera por aquella laguna en la que me sumergí me hubieran agarrado otra vez y yo no estaría aquí con ustedes (a veces cuando no hay nadie que escuche su fanfarronada, una manada de perros callejeros son su publico) contándoles tan buena historia….. El agua fue lo que me salvo, ya que los peces helicóptero se
ahogan en el agua.

Meses después los peces helicóptero me estaban aguaitando por entre los árboles del Bosque del Aguíl. Bien armados ¡eso si!. Uno de ellos, a los que los demás se la tenían montada con el sobrenombre de Rambo, llevaba en el cinturón una puntilla oxidada. Otro, un Bagre viejo traía una navaja de afeitar doble hoja Gillette, su madre aun más rancia y casi podrida, portaba una lata filosa de atún. Los más peligrosos eran los Coroncoros, tanques brindados con punzantes espinas en las aletas, incrustadas por la cirugía casi al natural. Apenas me vieron pasar por entre la vegetación que conducía a mi casa, se lanzaron con toda. Como una plaga bíblica dirigida, una manada de langostas hambrientas. El machete destellaba en la penumbra, y la sangre brincaba con el dolor. Un chillido tras otro no dejó dormir al silencio y nadie hacia nada por detener a aquellos viles asesinos, matadores de porcinos. ¡Fuaz-fuaz! la macana zumbaba contra el viento. Una pelea a muerte se libraba, pilotos suicidas contra mi se desnucaban. Desesperados Kamikaze, su vida entregaron, estrellándose contra este pecho, con la esperanza de causarme alguna herida, aunque poco o de nada servia; pues yo que fue carnicero y un alzado cuchillero, lanzaba patadas, daba brincos y mañosamente sus cuerpos esquivaba. Corriéndome para un lado y para el otro, en zigzag interminable, una maniobra perfeccionada por los efectos de la damajuana (la garrafa de aguardiente que por sus venas circulaba).

- ¡Mueran! Malditos animales ¡mueran!- . Gritaba en pleno disfrute de mis victimas, que ya ni para un sancocho servirían. Pues solo quedaron pedazos y porquería. Y así termino esta batalla, al igual que esta especie curiosa, con motores injertados en el cuerpo y una vida muy ruidosa. Un pescado que estaba a la mitad, la ultima esperanza de esta raza sin igual, quedo pegado con sus dientes al dedo gordo del pie, mordiéndolo aun, casi moribundo, con sus entrañas chorreándole por atrás, estaba partido de un tajo, no tenía cola, un pobre animal trozado, mocho. Lloriqueaba de rabia porque sabía que ya estaba muerto, o lo estaría pronto.

EDWIN BLADIMIR QUINTERO LOZANO nació en Aguachica (Colombia) hace 26 años, en el 2004 gano el Concurso Literario Umpala 2004, realizado en la ciudad de Bucaramanga. Es Ingeniero de Sistemas, actualmente se desempeña como docente en las áreas de programación, redes e ingeniería del software. Ha publicado en la revista: Pindaro, en el diario Vanguardia Liberal, Camposerrano periódico y Semanario Aguachica Siete días.