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El estereoscopio de
los solitarios
EL HIJO NATURAL
Por culpa de ciertos medicamentos que tomaba su madre, Aulogelio
nació sin brazos ni pies. En lugar de brazos algo tenía, lo que
suele llamarse aletas; pero sus piernas, a pesar de ser largas y
estar bien formadas, terminaban a la altura del tobillo con una
especie de codito, vuelto insólito por la presencia final no ya
de un normal mechón de pelos, sino de una uña muy poco apropiada
para los usos de la vida asociada. Inútilmente sus padres habían
tratado de donarlo con fines benéficos mediante avisos en los
diarios, en los que se alababa su vivaz y todavía sedentaria
naturaleza, sus ojos penetrantes como el mar, su aptitud para la
geometría, su agradable tendencia al mutismo; hasta que el padre
tuvo la idea de tirarlo al lago. La madre, enternecida, consiguió
en cambio, apelando repetidamente tanto a la ley biológica (de
hecho, Aulogelio estaba privado de branquias) como a la ley
moral, que le fuera permitido crecer entre los arbustos, en el
fondo de la casa.
Y allí había crecido, arrastrándose alegremente; la vida al aire
libre le había desarrollado los músculos y le había bronceado la
piel, que solamente en invierno volvía por breves períodos a su
color verde original. Desde sus primeros verdes años, quizás
ayudado por la posición, ya que no por el desinteresado
desinterés de su familia, había dado pruebas de un ingenio muy
particular; por ejemplo aprendió muy pronto a masturbarse sin
usar las manos y a comer en el barro, lo que a la mayor parte de
los muchachos, menos dotados, resulta por lo general imposible.
De cuerpo vigoroso, precoz en el erotismo, de vista y oído
agudos, Aulogelio nunca consiguió articular una sola palabra; no
porque sus padres no estuvieran dispuestos a enseñarle una o dos
si la ocasión se presentaba, sino porque ya se habían cansado de
buscarlo; el terreno del fondo de la casa era más bien amplio,
irregular y no privado de espesura, y Aulogelio se iba,
arrastrándose, como sólo puede arrastrarse un muchacho
inteligente y sano. Cuando era pequeñito la madre lo dejaba junto
al gallinero, boca arriba, para poder volver a encontrarlo cuando
fuera la hora de darle de comer; pero pronto el niño, despierto
como el que más, había aprendido a darse vuelta haciendo palanca
con las aletas contra el alambre tejido. A los cuatro años se
había vuelto prácticamente inhallable.
Es verdad que el padre hubiera podido, y podría todavía, hacer
cortar los matorrales del terreno, por otra parte infestado de
reptiles y animales que por lo que parece comparten en paz sus
húmedas cuevas con el joven verde oscuro; arreglarle una guarida
más simpática, con sábanas y una radio a transistores, incluso
hasta con una cama de altura razonable; tantas cosas puede hacer
un padre cuando está dispuesto. Pero después de todo, ¿con qué
fin? El muchacho ya es grande, tiene casi la edad de un
universitario, barba y cabellos largos, y desde hace muchos años
se arrastra desnudo. Ya de niño la ropa le duraba dos o tres
días, ahora no es el momento de hacer la prueba de vestirlo;
además del hecho de que no se comprende por qué una persona sin
brazos tendría que llevar un saco Príncipe de Gales, pongamos por
caso, para después meterse entre las raíces de un haya. Y una
madre es siempre un ser humano, tiene sus sentimientos: a aquel
jovencito siempre sucio de excrementos, continuamente en
erección, ¿qué madre querría encontrarlo? Por suerte no muerde,
pero hace falta mucho más que eso para encariñarse con un hijo
verde, para peor devorado por los piojos. “Total, es feliz —dice
la señora—, se ve que ama la naturaleza”.
EL VANIDOSO
Fanil tiene la piel y los músculos transparentes, tanto que se
pueden ver los distintos órganos de su cuerpo, como encerrados en
una vitrina; algunos aparentemente en reposo, otros animados de
un ritmo peculiar, pero en realidad todos en continua y secreta
actividad; lo que, por una serie de motivos, lo vuelve
extremadamente desagradable. Sobre todo, porque Fanil ama
exhibirse, y exhibir sus vísceras: recibe a los amigos en traje
de baño, se asoma a la ventana con el torso desnudo, se acuesta
en el sillón, primero panza abajo, después panza arriba, para que
todos puedan admirar el funcionamiento de sus órganos, el color
rojo del corazón, el color violeta del hígado, el gris verdoso de
los intestinos y el amarillo de ciertas glándulas que ni siquiera
él sabe cómo se llaman. Los dos pulmones se inflan como un
soplido, el corazón late, las tripas se contorsionan lentamente;
él hace alarde de eso, y como al parecer goza de óptima salud, a
sus amigos ni siquiera les queda el consuelo de descubrir en sus
órganos los síntomas incipientes de alguna enfermedad atroz.
Pero siempre es así: cuando una persona tiene una peculiaridad,
en vez de esconderla, hace alarde, y a veces llega a hacer de
ella su razón de ser. Fanil bien podría vestirse como todos los
demás: si dejara crecer la barba, con un grueso par de anteojos
oscuros, conseguiría quizás pasar inadvertido. Pero él tiene que
exhibirse, como si después de todo no tuviésemos todos un
corazón, un estómago y dos pulmones. Llegará el día, así al menos
lo esperan sus amigos, en que alguien dirá: “Oye, ¿qué es esta
mancha blanca que tienes aquí, debajo de la tetilla? Antes no
estaba”. Y entonces se verá adónde van a parar sus desagradables
exhibiciones.
EL JARDÍN
El viejo está todo vestido de blanco, porque hace calor; pero sus
ropas están gastadas y bastante sucias. Por otra parte, aunque
estuvieran nuevas y planchadas, igualmente le colgarían de los
huesos, como le cuelga la piel gris y amarilla de las mejillas y
del cuello; incluso la nariz está contraída, signo de muerte, y
los ojos vidriosos ya no tienen expresión. De hecho son las
facciones de alrededor, y sus propios movimientos, los que dan
expresión a los ojos, y el viejo no puede mover los huesos de la
cara, salvo la mandíbula, que a veces deja caer y no se acuerda
después de levantarla.
La niña que está sentada a su lado chupa un caramelo en barra; es
una niña rozagante, gordita, con los ojos profundamente
inexpresivos, en su caso porque las facciones alrededor de los
ojos son demasiado gordas. El viento es placentero, a pesar del
calor del sol; sobre sus cabezas pasan las nubes, blancas como la
espuma de jabón en el río. El viejo ha apoyado el brazo enjuto en
el hombro de la niña, y con la mano le acaricia los pezones
incipientes; la niña chupa el caramelo, verde como los lentes de
un emperador. El hombre moribundo dirige la mirada hacia las
piernas de su compañera, una mirada no vacía sino grave y
blancuzca, saliente y casi separada del cuerpo; y poco a poco,
con la otra mano, levanta la pollerita plisada. La niña mira la
mano, sonríe distraída, siempre chupando; de pronto se levanta,
da un salto, dice: “Me voy”, y se va corriendo, sin pensar en
nada. El viejo permanece en la misma posición, la mano huesuda
cuelga todavía del respaldo de la silla, los ojos ahora están
fijos en un árbol, sin pensar en nada.
JUAN RODOLFO WILCOCK nació en Buenos Aires en 1919. Se
recibió de ingeniero civil y vivió un tiempo en Mendoza en un
proyecto relacionado con el ferrocarril trasandino, pero luego
abandonó esa profesión para dedicarse a la literatura. Amigo de
Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, Wilcock, se fue a Italia
en la década del ‘50, cuando ya era autor de una considerable
obra poética en español (Libro de poemas y canciones, Ensayos de
poesía lírica, Persecución de las musas menores, Los hermosos
días, Paseo sentimental y Sexto) y allí siguió escribiendo en
italiano. De su obra narrativa podemos mencionar: Fatti
inquietanti (1960), Lo stereoscopio dei solitari (1972), La
sinagoga degli iconoclasti (1972), I due allegri indiani (1973),
Il tempio etrusco (1973), Il caos (1974), L’ingegnere (1975),
Frau Teleprocu (1976, en colaboración con Francesco Fantasia), Il
libro dei mostri (1978), Le nozze di Hitler e Maria Antonietta
nell’ inferno (1985, en colaboración con Francesco Fantasia).
Murió en Italia en 1978.
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