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Arthur Rimbaud visita
el Tequendama
Una extraña agitación sucedía en casa del joven poeta José
Asunción Silva, minutos antes de que un carruaje apareciera calle
abajo, semioculto entre la bruma y la lluvia santafereñas. El
vehículo tardó varios minutos en llegar al portón y tras una
incómoda espera, se vio salir de allí a un hombre flaco y canoso,
cuarentón de apariencia, a quien le fue difícil ocultar cierta
amargura en el fondo de su cínica sonrisa. Le faltaba una pierna
y se movía con ayuda de una muleta de finas maderas. Vestía con
soberbia elegancia, de traje negro y camisa anudada con una
corbata de seda color fucsia.
Silva lo ayudó a franquear la puerta y lo condujo hacia el patio
central, donde un conjunto interpretaba suaves melodías entre un
delirio de flores, bejucos, enredaderas, macetas de primaveras y
dalias y orquídeas tiernas azotadas por la lluvia. El invitado
saludó al selecto grupo de adolescentes miembros de la tertulia
literaria Los lánguidos camellos, ataviados para la ocasión con
las mejores prendas de moda en la Atenas Sudamericana, en ese año
de 1896.
La bruma se hizo más pesada y cubrió las calles de Santa Fe de
Bogotá con capas de un algodón insidioso. A veces era imposible
ver a más de un metro a los arrieros que subían vacas o chivos
hacia los cerros, o a los transeúntes que desaparecían como
fantasmas en los zaguanes de las casonas coloniales. El huésped
tosió y comentó a Silva, vestido aquel día como un discípulo de
Brummel, sobre la dolencia pulmonar que lo aquejaba desde su
ingreso a Colombia dos meses antes.
Llegó a Cartagena de Indias en el barco alemán Norstrand, que
venía repleto de mercaderías exóticas, entre ellas tapices
persas, textiles, narguiles, camafeos y otros lujos de chuchería
para la tienda de su anfitrión. Después se embarcó por el río
Magdalena hasta Honda, donde estuvo una semana bajo la canícula,
con la esperanza de atenuar sus males respiratorios y luego
empezó a subir la cordillera hasta la sabana, por esa ruta famosa
entre aventureros europeos que buscaban emular las hazañas del
Barón de Humboldt. Un paje de librea le sirvió una ardiente
infusión y lo invitó a seguir al cuarto para bañarse los pies con
agua caliente y luego a descansar del agotador viaje.
Al día siguiente, en dos carruajes, los invitados de Silva
partieron con el huésped mayor hacia el salto de El Tequendama,
donde, en un extraño castillo tapizado de rojo y de paredes
empapeladas, se preparaba un suculento almuerzo que sería
acompañado con los mejores vinos encontrados en la bodega. Todos
los miembros de la tertulia continental, salvo Silva y Rubén
Darío, que ya habían cruzado el senecto y fatídico límite de los
30 años, eran casi unos adolescentes. El uruguayo Julio Herrera y
Reissig, el colombiano Guillermo Valencia, el argentino Leopoldo
Lugones, el mexicano Amado Nervo y el peruano José Santos Chocano
habían llegado en diferentes fechas secretas a la ciudad,
convocados por José Asunción, quien corrió con los gastos de la
aventura poética. Vestidos con las mejores galas, aderezados en
extremo, perfumados, envueltos en albísimas camisas y zapatos de
charol, con bombines de lujo, gasnés, bastones y otros
adminículos de la gentlemanía, aquellos jovenzuelos departían
felices dentro de los
coches, mientras la sabana con sus tierras húmedas, neblinosas y
verdes se extendía a lo lejos, cubierta de un tono esmeralda.
En el primer vehículo iban Silva, el nicaragüense Rubén Darío,
Baldomero Sanín y la poetisa Ana Malo, Salomé que todos deseaban
y pocos poseían. Silva dio las gracias a Rimbaud por arriesgarse
a un viaje tan largo hasta el otro confín del universo y, en
especial, por reconocer que aún vivía, cuando sus escasos
admiradores y otros que sólo lo veían como epígono del rey
Verlaine lo daban por muerto desde hacía cinco años, en
condiciones penosas tras su aventura africana. Arthur respondió a
Silva que la dicha le correspondía a él por estar en estas
tierras soñadas que añoraba conocer desde hacía tanto.
El río Funza corría raudo y su murmullo se oía al lado del
camino. Pronto llegaron y en la puerta de la rimbombante
construcción un grupo de cocineros gordos y rozagantes ayudaron a
bajar de los carruajes al selecto grupo de convivios, “los diez”,
como los tildó Ana Malo mientras ayudaba al autor de las
Iluminaciones a entrar al comedor, adornado con toda clase de
bibelots, entre un penetrante olor a incienso oriental. Las
paredes estaban cubiertas de tapicerías con escenas de sátiros,
violaciones, sacrificios priápicos e imágenes de efebos y ninfas
desnudas en desesperadas posiciones de coito.
Rimbaud fue llevado a la cabecera de la mesa y al otro extremo se
colocó el anfitrión. Comieron y a la hora del postre Rubén Darío
pronunció un brindis que todos aplaudieron. La servidumbre
levantó la mesa y los contertulios se dirigieron a un cuarto
contiguo adornado con flores reales en cuyo centro yacía un
enorme y bruñido narguile de oro con largas tubamentas de pulpo
por donde palpitaba ya el aroma del hachís. Silva fue el primero
en chupar. Las palabras sonaban y chocaban contra las paredes y
se escapaban para juntarse al ruido de la catarata. Desde la
ventana se veía el precipicio y se observaba cómo el agua mansa
de repente se hundía en las profundidades para caer con estruendo
y provocar un permanente retorno de brisa.
Paraíso de los suicidas, lugar de encuentro de amantes secretos,
sitio de invocación satánica y priápica, entorno de buitres
acechantes, rincón del fin, oráculo de ecos, el salto de El
Tequendama tenía ya una extensa historia en su haber. Años antes,
un emigrante dejó tras su suicidio en el precipicio la orden
expresa a sus herederos de que fuese construido un castillo en el
lugar de donde se lanzó. Con parte de la fortuna heredada
construyeron el edificio y destinaron para sus interiores los
saldos de mercancías que había en la bodega del finado y que
consistían en tapicerías, muebles, adornos, esculturas, cuadros,
ropas e incluso una armadura hispana que perteneció al mismísimo
don Gonzalo Jiménez de Quezada. En tal escenario, los bardos
empezaron a hacer tintinear sus liras de lata en honor de
Rimbaud: Herrera y Reissig habló de “tintinambulantes, macábricos
y esfíngidos acróbatas”, mientras Darío -”el arcangélico, el
barriolatinesco ormuzimno verleniano”- sacó a relucir sus
“fálicas y jupiterinas volte
retas”.
- Tus clavicordios, ¡Oh poeta Paul Verlaine! -dijo Lugones y
soltó una carcajada-. ¡Tenemos los clavicordios destemplados y la
teja corrida! ¡Pasaremos a la historia como los más impertinentes
y odiosos retorcidos de la palabra! ¿Barcos ebrios?
- ¡Que púberes canéforas te ofrenden el acanto! -replicó Darío,
ebrio y dispuesto ya a lanzarse al precipicio del brazo de Amado
Nervo, cubierto como estaba de futuras condecoraciones. Y luego
vomitó sobre un cisne de porcelana, que atónito yacía sobre una
mesita de caoba, junto a un florero lleno de rosas.
Arthur sonrió por primera vez ante las peripecias de los jóvenes
y se disponía a levantarse para unirse a la fanfarria, cuando se
abrió una puerta labrada y entre la humareda sepia con verde
hospitalario aparecieron los cocineros gordos cargando una
bandeja con dos bellísismas muchachas de unos 14 años, totalmente
desnudas, en cuya piel estaba escrito el nombre del homenajeado
con tintas de colores vistosos. Luego iniciaron una
escenificación sáfica, lenta, minuciosa, apasionada, que hizo las
delicias del poeta francés, incapaz de retener la tos que lo
aquejaba, hundido en un mullido sillón, mientras lo abanicaba Ana
Malo, disfrazada de Salomé, tal y como hacía en cuanta ocasión se
presentara.
La tarde llegó y con ella bruma se hizo más pesada y la lluvia
pertinaz de la sabana contribuyó al lúgubre fin del día. Santos
Chocano y Valencia eran los únicos lúcidos a esa hora de la
tarde, ya que los demás yacían adormecidos por la inhalación del
hachís y los excesos alcohólicos. Silva, en un acceso de
melancolía se había subido a un cuarto superior a interpretar el
piano a la sorpresiva pareja de la noche: Rimbaud, el
crepuscular, y la encendida poetisa Ana Malo. El bello rostro del
santafereño se reflejaba sobre la brillante madera del
instrumento y su impecable compostura, acorde a la melodía,
parecía proyectarse sobre las paredes. Afuera el estruendo de la
catarata era espectral y a medida que la noche seguía, se oía aún
más penetrante, e incluso se percibía el cimbrar de las paredes.
Silva lloraba mientras tocaba con las manos blancas y alargadas
de noche triste. Había perdido importantes manuscritos en el
naufragio del América, cuando regresaba de Venezuela a Colombia.
Las deudas lo rondaban, gastaba mucho más de lo que percibía en
su tienda de abalorios. Nadie, salvo un reducido grupo de
escogidos conocía su obra y era objeto de burlas y críticas por
parte de sus estultos contemporáneos. Nostálgico de París, Silva
tenía en su haber la novela inédita De sobremesa, ejemplo de
orfebrería decadentista. Por eso, con el homenaje a otro
olvidado, desconocido, se despedía del mundo, a sabiendas de que
la verdadera literatura es de catacumbas y de olvidos.
- Rimbaud -dijo- No sabe usted cómo se le ignora. Nadie por estas
tierras sabe de su gloria precoz y maravillosa. Todos están
obnubilados por el viejo Verlaine, y su leyenda aún tarda en
penetrar estas sierras lejanas. Déjeme decirle, tal vez la única
posibilidad de convertirse en leyenda es suicidándose de verdad o
en vida, como usted hizo, abandonando para siempre este abstruso
ejercicio de las palabras, que en almas impares como las
nuestras, es sólo el tejido de una marcha fúnebre.
Pero al levantar la mirada del piano para escuchar la respuesta
del autor de Une saison en enfer, observó el rictus de horror de
la poetisa, antes de que su grito retumbara en el recinto.
!Rimbaud estaba muerto! Estirado, con los ojos azules abiertos y
la boca desencajada, se alcazaba a percibir el grotesco muñón
atorado en la muleta. Una de sus manos crispadas estaba aferrada
de forma atroz al seno izquierdo de Ana Malo, de donde salían
hilillos de sangre que manchaban sus atrevidos encajes.
Fue difícil arrancar a Rimbaud de las carnes de Ana Malo y más
difícil aún enderezarlo. Eran ya las tres la madrugada y el frío
sabanero llegaba a límites insoportables de niebla. Los
amortajadores de rutina, habituados a trabajar con el alto número
de suicidas encontrados por allí, prepararon el cuerpo según
indicaciones de Amado Nervo y lo metieron en un sarcófago egipcio
que hallaron en las bodegas del castillo. Darío, Silva, Santos
Chocano y Herrera y Reissig cargaron el exótico ataúd y salieron
del castillo para internarse por un camino rodeado de flores,
pinos y altos cipreses. Valencia consolaba a la poetisa, que
lloraba a cántaros, mientras Nervo acariciaba sus manos. En poco
tiempo llegaron al borde del precipicio, donde era imposible
escuchar las palabras, que desaparecían envueltas en la ominosa
brisa procedente del fondo, a causa del choque de las aguas con
las rocas.
Luego acercaron el féretro a la corriente y lo dejaron fluir
hacia el abismo, entre troncos, ramas y reses muertas, mientras
la lluvia arreciaba y una tormenta eléctrica iluminaba el ámbito
con luz de azul de metileno.
EDUARDO GARCIA
AGUILAR. Nació en Manizales, en los Andes cafeteros de
Colombia, el 7 de septiembre de 1953, bajo el signo Virgo. En esa
ciudad de tierra fría muy literaria, donde casi todos -jóvenes y
viejos- querían ser poetas y se vestían como Pessoa, con
sombreros Stetson, traje, chaleco y llevaban paraguas y bastón,
en el filo de la cordillera, con barrios art-deco y casonas
españolas construidas gracias al auge del café, el niño fue
desgraciadamente infectado por la literatura desde los 12 años,
cuando escribió su primer poema.
Residió después en San Francisco (Estados Unidos) y casi una vida
en México, desempeñándose allí como corresponsal extranjero de la
Agence France Presse (AFP) durante 13 años. En México, en 1981,
la editorial El tucán de Virginia, gracias a Guillermo Samperio,
publicó su primer libro de cuentos, Cuaderno de sueños. Otros
libros iniciales fueron publicados por complicidad de Luis Mario
Schneider y Vicente Quirarte. En México creció, aprendió a tomar
tequila y a pasar horas en deliciosas cantinas y pudo publicar
casi todos sus libros y decenas y decenas de textos nómadas,
literarios. Sostuvo una columna los jueves en la página cultural
de Excélsior de1980 a 1983 en la sección cultural dirigida por
Edmundo Valadés. Después trabajó con Huberto Batis en unomásuno y
publicó allí durante años textos de diverso tono, desde artículos
a ensayos y crónicas. Ahora vive en París y comparte la actividad
de la activa colonia literaria latinoamericana compuesta por
escritores de casi todos los países latinoamericanos que recorren
las calles y leen textos en cavas y en la Casa de América Latina
de Saint Germain des Pres.
Ha publicado las novelas Tierra de Leones (México. 1986), Bulevar
de los héroes (México. 1987, traducida y publicada en Estados
Unidos en 1994), y El viaje triunfal (Bogotá, 1993 y México
1997), novela ganadora en Colombia del premio Ernesto Sábato de
Proartes. También ha publicado el poemario Llanto de la espada
(1992), los libros de cuento y relato Cuaderno de sueños (México,
1981), Palpar la zona prohibida (México, 1984) y Urbes luminosas
(México 1991. Bogotá 1994) y en el campo del ensayo: Gabriel
García Márquez.
Sus crónicas, reportajes y textos críticos y literarios
publicados en diarios y revistas latinoamericanos y europeos,
pero especialmente en México, serán reunidos bajo el título de
Textos nómadas.
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