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Cincuenta
Vio cómo se separaron los tres hombres por el fondo de la casa.
Uno de ellos hacía de “campana” recostado en la pared y sumergido
en las sombras, mientras que otro se dirigía al galpón. El
tercero, con una barra de hierro a modo de cuña, intentaba abrir
la puerta de metal de la casa. Llovía fino esa noche, y las pocas
luces del balneario permitían mejor la tarea. Faltaba un mes para
el invierno; a los lejos el mar rugía en su oleaje.
De pronto el que hacía de campana se quejó con un chillido agudo
tomándose la pierna, y, trastabillando, cayó al suelo. Una flecha
le había atravesado el muslo; la sangre comenzaba a fluir de a
poco. Los otros dos apenas se percataron, pero cuando volvió a
gemir mezclando el dolor con un insulto, el que tenía la barra se
acercó para ver qué le sucedía. Escuchó en la penumbra un
chasquido, y el dolor le atravesó la pierna; cayó al lado de su
compinche revolcándose y dejando caer el hierro que sonó apagado,
tragado por la arena y el pasto ralo del fondo de la casa. El
tercero sacó un revólver y escondido detrás de un tocón miraba
hacia la oscuridad. Sus compañeros lo llamaron quejosos, escuchó
el miedo en sus voces en tanto la lluvia fina arreciaba
confundiendo su ruido con el del mar que crecía abarcando la
noche. Imprevistamente otro chasquido; la flecha se clavó debajo
de la nalga izquierda; el impacto le hizo golpear la frente
contra el tronco seco. El arma se le cayó de la mano, apenas
podía erguirse porque un dolor agudo le apretaba las vértebras.
Los tres sospechosos se revolcaron en el suelo; el primero de los
heridos intentó levantarse y lo logró ayudado de la barra que
dejó caer su camarada.
El asombro y el miedo se apoderaron de ellos; las flechas,
cortas, de una madera dura y pintada de verde, se enterraron
enteras en la carne. Mientras rengueaba tomó valor para mirar la
herida y observó que la punta de metal se asomaba por el moretón
que hinchaba el muslo. El viento húmedo y frío del sudeste los
calaba y paulatinamente la fiebre se apoderaba de sus cuerpos.
Cuando intentaba levantar a su compañero más cercano escuchó un
ruido metálico, constante, largo, que se acercaba. La figura de
capucha y botas de goma comenzó a crecer; arrastraba el machete
contra el suelo y el sonido vibraba como una melodía siniestra en
la tormenta de la noche. Dejó al herido y retrocedió hacia la
ventana de la casa golpeándose la nuca contra las rejas. El
hombre de pilot largo y cara cubierta por un pasamontañas se
detuvo observándolos, midiendo sus gestos, calibrando las
reacciones. En seguida, casi imperceptiblemente, miró de reojo al
tercero que intentaba arrastrarse hasta el arma. Dio dos largos
pasos y la pateó. Lastimado y jadeante lo miraba desde debajo de
su ruina, un insulto le salió y fue tragado por la llovizna. Un
movimiento rápido, circular, y el machete le cortó tres dedos que
quedaron moviéndose confusos. El grito se perdió en la noche
devorado por el fragor del mar. “los tres boca abajo”, dijo con
voz grave y serena. Le increparon, lo insultaron, escuchó
disculpas, blasfemia, ronquidos ahogados por el llanto que se
mezclaban igual que las aguas del arroyo con las del mar
embravecido. Ya disuadidos y sin esperanzas los tres individuos
yacían boca abajo con los miembros extendidos.
“Los vengo siguiendo desde hace un tiempo. Sé donde viven y con
quien. Ahora les voy a dar dos posibilidades para salir de esta:
la primera, llamo a la policía; o la segunda, los dejo ir”, y
aquí se detuvo para que el silencio pesara aún más sobre los
infelices; continuó: “Pero los voy a seguir después de haber
contado hasta cincuenta, y alguno de ustedes la va a quedar”. El
primero de los heridos protestó, pero un machetazo que le abrió
el brazo lo obligó a cambiar palabras por gritos. “Ustedes
deciden”. El que intentó abrir la puerta optó aterido por la
primera posibilidad; le suplicó entre sollozos y un dejo de odio.
“Muy bien, entonces optaremos por la segunda posibilidad”, dijo
apodícticamente el hombre del machete. Hubo protestas e
increpaciones, al que le faltaban tres dedos un terror infinito
lo impulsó a levantarse para salir corriendo, pero el encapuchado
con la ballesta pronta lo flechó en a misma pierna tullida. Se
desplomó sobre la arena mojada; un largo silencio interrumpido
sólo por lamentos y el estertor junto al llanto se estiró por la
dimensión nocturna hasta que fue roto por el ballestero: “Van a
salir por ese lado”, y señaló con el machete un sector del fondo
donde había un alambrado de púas tendido entre dos postes. “Y
para que sea más justo el escape debo hacer algo”, y ni bien
terminó de hablar un machetazo le tajeó el hombro al que intentó
abrir la puerta. Ahora era un aullido, y comenzó a contar.
Los tres sujetos se arrastraban, rengueaban sangrando, se caían
intentando atravesar el alambrado que también los laceraba;
querían dispersarse por la noche y cubrirse con el rugido del
mar. Casi a dos cuadras de la casa se escuchó una voz que fue
grito en la oscuridad y que el viento se la llevó dispersándose
en la lluvia: “¡cincuenta!”
FEDERICO RIVERO SCARANI (Uruguay, 1969). Poeta. Publicó La
lira el cobre y el sur (1993), Ecos de la Estigia (1998) y
Atmósferas (2000).
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