Canción de amor de Nueva York

Empecemos por el comienzo, ya que por alguna parte tenemos que empezar... Hablemos del cielo. ¿Cómo era aquel cielo?

Era celeste, celeste como cualquier cielo de una ciudad desconocida a la salida del aeropuerto. Y estaba todo rayado, supuestamente por los aviones a chorro, pero yo creo que era porque ya lo habían usado demasiadas veces, para demasiados turistas. Hasta me parece posible que fuera de utilería, porque al llegar a Manhattan ya estaba lloviendo.

¿Y el taxista? ¿Cómo era el taxista?

Era mongol. Tenía un nombre raro, que figuraba en su registro: Recep Cengiskan. Tenía el pelo negro y brillante como el de un caballo tártaro, y corría como un demente por la Freeway, dejando detrás suyo sólo asfalto devastado.

¿Y qué pasó? ¿Qué buscabas? ¿Qué querías? ¿Con quién hablaste primero?

Demasiadas preguntas, amiguito, para muy pocas respuestas. Y buscara lo que buscara, no lo encontré. Sólo más correrías por bares y calles, vacíos o repletos...

¿Cómo se llamaba la chica?

En realidad hubo varias... Una se llamaba Kate. Una rubia sudafricana que había vivido en Cuba y sabía decir un par de cosas en español, como (pronunciar con tono centroamericano y acento afrikaner) “¿Quieres un café, mi amor?”. Una mañana se fue a desayunar a Harlem y nunca volví a saber de ella. Y después estaba Mariana...

Sí...

Al final, cuando uno menos lo espera, nuestros errores empiezan a juntarse y a convertirse en una forma de vida. Tratás de hacer las cosas demasiado bien, y al final todo termina mal otra vez... Pero bueno, ¿de qué estábamos hablando?

De esa chica, Mariana.

Ah, sí. Era rubia, de ojos azules y a veces amarillos. La más linda que haya tenido jamás. Pero no creo que tenga interés contar esta historia; es siempre la misma, siempre la vieja historia del tercer hombre.

¿Qué tercer hombre?

Ese que camina al lado de ustedes dos, cuando van por la calle. Vos escuchás sus pasos, sentís el latido de su corazón en tu cabeza, pero cuando te das vuelta no hay nadie. Sólo vos y ella en una fría mañana en la avenida B, buscando algo que decirse. Y de pronto mirás a tu alrededor y estás solo.

No entiendo. ¿No decías que...?

Y sin embargo es sencillo, muy sencillo.

Bueno, bueno... ¿Qué pasó después?

Esa noche nevó. Era la primera vez que veía la nieve —salvo en películas o en tarjetas postales. Nunca tuve tanto frío en mi vida. No podías andar demasiado por la calle, o se te congelaban las piernas, las manos, las orejas... En un momento estaba por la avenida D, cerca de la orilla. Mis dedos empezaron a volverse gigantescos y quebradizos en mis bolsillos, y tuve que salir corriendo para encontrar un lugar donde meterme. Corrí cinco cuadras con las piernas duras y pesadas como refrigeradores, y me metí en un café a toda carrera. Unos veinte chinos se me quedaron mirando con la boca abierta. Volví a salir y seguí corriendo, corriendo...

Está bien pero, ¿qué pasó con la chica?

¿Qué chica?

¡Esa, Mariana o como sea que se llame...! Pero mejor probemos de empezar por el final. ¡Y no te me pongas lacrimógeno, brother lover!

El final fue mucho antes. Un atardecer en la Costanera Sur. Estábamos recostados sobre las piedras, a orillas del río. Yo tomé su mano en la mía. Ella no se resistió, pero tampoco reaccionó de ninguna manera. Hacía semanas que no nos veíamos. Todo había dejado de tener importancia, y a la vez todo se había vuelto absolutamente definitivo.

Vamos. Al grano, muchacho.

Es que no puedo ir al grano en esta historia, porque lo que realmente sucedía no era lo importante.

¿Y qué era lo importante?

Que el río suspiraba sobre las piedras, allá abajo. Que por el camino de tierra pasaban los ciclistas, proyectando sus gigantescas sombras sobre nosotros, que nos volvíamos cada vez más pequeños. Y que yo levanté su mano y luego la dejé caer. ¡Y cayó como la de un muerto! Ella estaba completamente aterrorizada, y miraba fijo el cielo allá a lo lejos, evitando hacer el menor movimiento, como si el más pequeño gesto pudiera incriminarla, u obligarla a tomar cualquier tipo de decisión. No dijimos nada. No hacía falta.

¿No te sentiste un idiota cuando supiste que ella había sido tuya desde un principio, pero que con tus insanos esfuerzos para hacerla amarte de manera definitiva la habías terminado perdiendo, igual que a todas las anteriores? ¿No hubiera sido más viril perderla porque “no podías ser lo que ella quería”, o por algún novelesco tipo de inconsecuencia por el estilo?

Lo decís para darme ánimos. Pero te estás olvidando del tercer hombre.

¿El tercer hombre? ¿Qué tercer hombre?

Ese que caminaba a nuestro lado al caer la tarde, pero que cuando nos volvíamos ya no estaba. Que llevaba años asolando su pasado, pero era más real que nosotros dos juntos.

¿Y por qué viniste a Nueva York, amigo? ¿Para olvidar?

No sé. Tal vez para que nadie me hiciera preguntas.

PABLO KRANTZ nació el 29 de agosto de 1970 en Buenos Aires, Argentina. En marzo de 1997 editó su primer libro de relatos, Dame un coche tan rápido que no lo alcancen los recuerdos, que fue reeditado en julio de ese mismo año. A la presentación del libro en el Centro Cultural Recoleta (Bs. As.) acudieron 600 personas. A partir de entonces, Krantz empezó a trabajar como colaborador periodístico y traductor para varias revistas (Planeta Urbano, Los Inrockuptibles, La García). En 1999 formó parte de una antología (¡de cuentos policiales argentinos!) llamada Pasacalles y publicada por la Editorial Distal. También publicó cuentos y poemas en varias revistas, como Cerdos & Peces, V de Vian, La Maldita, la revista española Zona de Obras, la revista mejicana (de Guadalajara) La Voz de la Esfinge, así como también en el suplemento joven del diario El Día de la Ciudad de La Plata. En 2000 escribió dos guiones cinematográficos junto al cineasta independiente argentino Raúl Perrone, Jukebox y Los domingos nunca pasa nada, que aún no han sido filmados. Finalmente, en mayo del 2001 publicó su segundo libro de cuentos, La mañana en que falló la Ley de la Gravedad. Además de ser escritor, Pablo Krantz es cantante, guitarrista y compositor y tiene varios discos editados.