Sin remitente

1.

El corazón de Pina da un vuelco.

No comprende lo que ocurre. Lee:

Siempre estoy cerca. Te vigilo.

Sé todo sobre tí. Pero quiero saber más. Quiero saberlo todo.

Quiero saber qué haces, a quién miras.

Me gusta verte sin que sepas que estoy ahí, observándote.

Quiero verte cuando haces el amor.

Quiero verte desnuda y que tú no sepas que estoy ahí.

Verte, escucharte. Reírme de tí.

Pina levanta la cabeza nerviosa. Hay muchas personas caminando por los pasillos del edificio de correos donde lee aquella nota, recién recogida de su apartado postal. Intrigada por el sobre escrito a máquina, sin remitente, con estampilla local, lo abre allí mismo y lee el papel que viene adentro, doblado en 3 partes nítidamente iguales y escrito a máquina, sin ningún tipo de error, sin firmar.

Pina sale caminando del edificio, se sienta en su automóvil. Vuelve a leer. Estudia el tipo de letra de máquina, el papel, la redacción, las expresiones utilizadas. No tiene la mínima idea que quién le envió aquello.

Cuando enciende el motor sonríe un poco. Piensa que el hombre que le envió esa nota está ahí mismo, en el parqueo, observándola. De inmediato se chequea el maquillaje en el espejo retrovisor, abre la boca en forma de O y con el dedo índice se corrige un poco el lápiz labial. Se sacude el pelo. Chequea con disimulo para ver si encuentra a algún conocido o si reconoce alguno de los otros autos. Nada.

Pina regresa a casa. Su hijo come. Su esposo no tardará en llegar.

 2.

Dos manos presionan las teclas de una máquina de escribir.

En el papel, se lee:

A veces te amo, otras te odio.

Pero bajo la ambigüedad de ambos sentimientos, lo que realmente siento por tí es deseo.

Dobla el papel en 3 partes y lo mete en un sobre blanco.

Al frente, escribe el número de la casilla postal de Pina.

 3.

Después de 3 meses de anónimos, Pina recibe el siguiente:

Quiero verte. Tengo que verte. Tengo que hablarte.

Quiero quitarme la máscara que me aleja de tí.

Ahora tengo el valor de decirte en tu cara que te amo. Que voy a raptarte, que voy a llevarte lejos, donde puedas ser feliz conmigo.

(Una fecha, un lugar, una hora.)

Te espero. Me reconocerás, lo sé.

Pina calcula. Falta más de una semana para el encuentro. No sabe si ir. Tiene miedo.

Se pregunta cómo será aquel hombre. Si será atractivo o un tipo simple y común, que hace aquello precisamente porque de otro modo, ella nunca se fijaría en él. Quizás es apenas una broma pesada de algún amigo. Pero cuando repasa a sus conocidos no se imagina cuál de ellos pueda estar escribiéndole aquellas notas. O quizás es alguien que está enamorado de ella desde hace mucho tiempo y que nunca se atrevió a decirle nada.

Concluye que el hombre que manda aquellos papeles es un loco. Pero por otra parte, cuando los papeles escasean, siente tristeza. Y la sola idea de pensar que deje de recibir los anónimos, la perturba.

 4.

Pina acude a la cita.

Entra con mucha discreción al lugar, para no ser notada. Se sienta en el rincón más apartado y pide un expresso.

Estás nerviosa, Pina, ya lo sé. Te tiemblan las manos cada vez que levantas la taza y finges sorber un poco de café con absoluta indiferencia. Pero el café está tan caliente que no puedes sorber nada y vuelves a poner la taza sobre la escudilla. 

Pina se admite a sí misma que está nerviosa. Duda si debe esperar o irse. Piensa que quizás pueda sentarse en el restaurant de al lado y vigilar la entrada, solo para satisfacer la curiosidad de saber quién es el hombre de los anónimos. A fin de cuentas, eso es lo que la llevó hasta allá, una simple curiosidad. Por lo menos, eso es lo que quiere creer.

Tu vida no está bien si vienes a un lugar a encontrarte con un extraño que te escribe cartas obscenas. Por supuesto que son obscenas, o si no explícame: ¿qué hace una señora casada leyendo lo que un enamorado secreto le escribe, diciéndole por ejemplo que quiere tenerla desnuda o verla haciendo el amor con otro hombre? Y si sabes que el hombre al cual estás a punto de conocer escribe esas cosas sobre tí, ¿no puedes imaginarte también lo que puede pasar esta misma tarde, cuando tú y él hablen, por primera vez, cara a cara, a solas?

Pina busca un cigarro en su cartera, lo saca y cuando va a encenderlo, una mano se acerca con fuego, una mano masculina.

Ella mira al hombre quien le sonríe y sin preguntar más, él acerca la llama a la punta del cigarro. La mujer aspira. El hombre se sienta.

No. Nunca lo vió antes, pero debe ser él.

El hombre no dice nada, solo la mira, le sonríe. Pina baja un poco la mirada y encuentra el expresso, ahora frío.

-Disculpe, no lo conozco -dice ella, fingiendo seriedad, deseando que el hombre se largue.

-Me llamo... en realidad mi nombre no le dirá nada sobre mí.

-Entonces usted debe ser "El Anónimo" -le dice Pina, con una sonrisa tímida.

El hombre ríe, divertido, y chasquea los dedos. Pide al mesero le traiga un whisky.

-Para mí también -pide Pina.

Beben varios whiskys. Eso le da a ella el valor para acompañarlo al hotel, el mejor de la ciudad.

 5.

-Quiero volver a verte, Pina.

-Eso no será posible.

-¿Por qué no?

-Tú conoces mi situación.

-Pero esto no puede terminar así.

-Puedes seguirme mandando anónimos. Eso me gusta mucho.

-¿Anónimos?

-Sí. Vamos, tuviste la paciencia de esperar durante 3 meses y escribirme todas esas cartitas. Puedes seguir haciéndolo. Escribes muy bien.

-¿Estás loca? ¡Yo no escribo cartitas!

-Bueno, está bien, no son cartitas. Pero son notas muy lindas.

-Oye, no sé de lo que me estás hablando.

-No te hagas el loco, no me digas que no sabes cuáles cartitas.

-No, no lo sé.

-¡Los anónimos!

-¿De qué anónimos hablas?

-De los que he estado recibiendo durante los últimos 3 meses en mi apartado postal.

-¿Y qué tengo yo que ver con esos anónimos?

-¡Que eres tú el que los escribe!

-Te digo que no. Yo no he escrito una carta en toda mi vida. Soy un hombre de acción, no de palabritas y envíos misteriosos.

-Entonces, si tú no eres el de los anónimos, ¿qué estabas haciendo en el café hoy por la tarde?

-Voy con mucha frecuencia a ése lugar. La nueva eras tú.

Pina pierde la paciencia.

-¿Y por qué te acercaste a hablarme?

-Vamos, muñeca, mírate en el espejo. Cualquier hombre se acercaría a hablarte.

-¿Estás seguro que tú no escribiste los anónimos?

-Eres una fastidiosa: ¡no, no fuí yo!

-¿Entonces por qué te acostaste conmigo?

El hombre se tira una carcajada.

-Estabas sola en aquel café al que yo voy casi todas las tardes. ¿Y qué hace una mujer sola por la tarde en un café? Me acerqué a encenderte el cigarrillo. Tú aceptaste y comenzaste una misteriosa conversación que me intrigó y me gustó. Pensé que jugabas y te seguí la corriente. Sólo podía pasar una cosa y creo que ya estás lo suficientemente grandecita como para adivinar cuál era. Y no es cortés de parte de un caballero negarle un "favor" a una mujer que lo necesita y que lo pide a gritos. Es la política del buen cristiano: si mi prójima necesita una picha, yo se la presto. Eso era lo que tu andabas buscando hoy por la tarde ¿o no? Y lo encontraste, nena. Y no me vengas ahora conque no te gustó, porque esos grititos que dabas cada vez que yo te...

Pina le suelta una bofetada al hombre, recoge su ropa desperdigada por la habitación, se encierra en el baño, se viste y sale presurosa del cuarto.

 6.

Pina maneja a través de la ciudad. Está nerviosa. Le tiemblan las manos. Siente rabia, mucha rabia, tanta que suspira pesadamente a cada momento. Fuma un cigarrillo detrás de otro.

Aún no puede creerlo. Se acostó con un extraño. Y ni siquiera era el que le mandó los anónimos.

Una confusión, una estúpida confusión. Y el hombre de los anónimos no llegó. O llegó después. Quizás me vio con este miserable. O quizás es una conspiración, una intriga para chantajearme. Quizás hasta me siguió, se decepcionó y no volverá a escribirme nunca. Puede ser que se le ocurra matarme, porque me vio irme con otro hombre que no era él. O se lo dirá todo a mi marido. O...  O...

Mira por el espejo retrovisor a cada instante porque tiene miedo de que alguien la siga. Está a punto de chocar con el carro de enfrente. Aprieta los frenos que suenan, escandalosos. Evita el golpe.

 7.

Anabell está sentada en un café. Espera a alguien.

Toma una Coca-Cola con mucho hielo. Llegó demasiado temprano y quiere zafarse pronto de aquel compromiso.

Observa el tráfico en la calle, desde la ventana junto a la cual está sentada. Escucha el chirrido de unos frenos. Nota un automóvil blanco que acaba de esquivar golpear a otro.

Anabell reconoce a Pina guiando aquel auto. Desde que la conoce tiene esa manía de chequear todos los automóviles blancos, del mismo modelo y marca, para ver si es ella.

La observa sin que Pina se de cuenta que Anabell está allí.

El auto dobla. Pina guía con expresión tranquila. Anabell decide no seguir esperando. Paga su bebida y se marcha.

Piensa en Pina el resto de la tarde. No puede sacársela de la mente.

Recuerda cuando eran amigas. Las largas conversaciones en casa de cualquiera de las dos, conversaciones importantes o triviales junto a una taza de café e incontables cigarros. Discos de jazz sonando de madrugada, y ambas, tendidas entre almohadones sobre el suelo alfombrado, confesándose intimidades sobre sus amantes, o apenas escuchando la música y saboreándola.

Parecía que el tiempo no iba a alcanzarles para todo lo que querían hablar. Salían a comer juntas, se telefoneaban a diario. No había sombra posible sobre aquella amistad. Hasta que Pina se casó y las cosas cambiaron.

Pina no tenía tiempo para hacer las cosas de su vida de antes, para tenderse en almohadones sobre el suelo y escuchar música toda la noche. Ahora tenía un esposo y pronto también un bebé, y los fines de semana debía dedicarlos a la familia y a los amigos de su esposo.

Así era siempre. Anabell ya lo sabía porque varias amigas suyas se habían casado y todas cumplían, sin muchas variantes, con el mismo patrón de conducta. Siempre se alejaba de las amigas recién casadas, recién madres. Ya no parecían tener tiempo ni puntos en común con ella, que permanecía soltera y sin hijos.

Cuando Pina tenía invitados en casa, no invitaba a Anabell. Pina explicaba:

-Eres soltera y todos los hombres que vienen lo hacen con sus esposas. Estarías fuera de lugar y las esposas podrían sentirse amenazadas, tú sabes, por aquello de la competencia entre mujeres. Además, no podríamos hablar a gusto tú y yo porque estoy demasiado ocupada preocupándome por los detalles y las atenciones a los invitados. Es mejor que nos miremos a solas, como antes.

Pero las llamadas disminuyeron, las visitas también.

Cuando Anabell le preguntó porqué ya no se miraban tanto como antes, Pina le dijo:

-Nuestras vidas son ahora muy diferentes. No puedo compartir contigo mis experiencias de esposa y madre, porque tú no lo eres. Ya no puedes comprenderme. Ahora sólo podemos hablar de temas que tengamos en común.

Anabell se sintió rechazada. Reconoció el comienzo de la distancia afectiva. Era cierto. No tenía la experiencia práctica del matrimonio y la maternidad, pero consideraba que eso no la alejaba de su condición de ser humano, capaz de escuchar y ponerse en los zapatos ajenos para ayudar a su amiga en cualquier circunstancia.

Un día, Anabell tomó el calendario y se dió cuenta que ya habían pasado meses desde la última vez que miró a Pina. No podía entender, nunca lo haría, porqué la nueva rutina de vida las tenía que alejar tanto.

La nostalgia se disfrazó de odio. Pero tenía que admitirse a sí misma que bajo el resentimiento por el abandono, extrañaba a la amiga.

 8.

-Tendrás que darme unos billetes extra. La tipa tiene la mano muy pesada.

-Vamos, no te quejes. A fin de cuentas, te la pasaste bien. Y eso es algo que no tiene precio.

-¿Y cómo sabes que me la pasé bien?

-¿Qué? ¿No fue así?

-Sí, pero ya sabíamos que ella caería redondita. De lo que no teníamos garantía era de la calidad de sus habilidades en la cama.

-Pero yo contaba con tus dotes de seductor y todo salió como lo planeé. Y tú la pasaste bien. Y no me vengas ahora con que la fulana no te gustó.

-Está bien, lo admito. No estuvo tan mal. Al comienzo estuvo algo "tímida", pero fue fácil soltarla. Tenías razón. El licor la ayudó. ¿Pero cómo sabías que todo saldría bien?

-No lo sabía en realidad. No sabía cómo iba a reaccionar ella. Uno puede calcular muchas cosas sobre alguien que cree conocer, pero en realidad nunca se conoce bien a las personas, nunca se las conoce a fondo. En una circunstancia tan extraña como ésta, nunca sabes cómo va a reaccionar alguien. Ella pudo haberse levantado en el café y dejarte plantado, podría no haber llegado siquiera. Podría haberse arrepentido en el último minuto. Pero todo salió a pedir de boca.

-¿Y qué harás con la filmación?

-Ese es asunto mío. Aquí están tu paga y la propina por lo de la bofetada.

El hombre recibe el dinero, cuenta. Dice:

-Esta es una historia muy loca. ¿Por qué no me explicas para qué hicimos todo este teatro?

Anabell lo mira un momento. Contesta:

-Digamos que es una especie de venganza. O mejor aún, una broma. Una broma con la cual puedo reírme durante largo tiempo.

-Ahora vas a chantajearla, ¿verdad?

-No. Eso sería demasiado vulgar y común. Esto es algo más complicado, algo que tu pobre cabezota no podrá comprender jamás.

 9.

Cuando está sola, Anabell mira el video.

Mira a Pina y al hombre, desnudos. Estudia la expresión de Pina, ausente de sí misma, entregada al extraño.

Congela la imagen de Pina, con los ojos cerrados, la boca lasciva, semi-abierta, los pechos al aire.

Abre una gaveta. Saca una hoja de papel y la coloca dentro de la máquina de escribir. Teclea. Cuando termina, dobla el papel en 3 y lo mete en un sobre.

Mira de nuevo la imagen congelada en el televisor.

Se siente Dios.

 10.

Pina lee:

Hoy volví a saber de tí. Me hablaron de tí.

Al escuchar tu nombre de nuevo, visualizé tu rostro, escuché tu voz. Casi aspiré el perfume de tu pelo. Tu presencia me invadió el cuerpo, como un demonio. Y deseé estar contigo.

Si te tuviera te besaría con furia. Abriría mi boca con dientes de tigre para morderte. No escaparías viva de mis manos. Te tomaría como ningún hombre lo ha hecho. ¡Qué saben los hombres del cuerpo de una mujer! Sólo una mujer puede comprender exactamente las cosas que le producen placer a otra, sólo una mujer puede ser capaz de darle placer a otra.

¿Te sorprendes? ¿Te asustas? ¿Te escandalizas?

Admito que al principio no me fue fácil aceptar que estaba enamorada de tí. Que te deseaba como un hombre desea a una mujer. Pero jamás me atrevería a tocarte, a insinuarte nada.

De hecho, eres la primera y la única mujer de la que me he enamorado en mi vida. No he tenido experiencias con otras mujeres ni pretendo tenerlas. Y cuando lo razono, cuando trato de imaginar cómo sería si me atreviera a probar el cuerpo de una mujer, no creo que descubriría nada medianamente extraordinario ni novedoso. Sin embargo, contigo me atrevería a hacer el experimento. Pero tú no lo permitirías. Huirías de mí para siempre. Y yo no podría tolerar la vida sin saberte cerca de mí.

Por eso comencé a hacerte mía en el espacio de mis sueños. Me masturbé pensando en tí. Me masturbé imaginándote conmigo, deleitándome con el sabor de tus pechos, con la limpieza de toda tu carne, con ese fingido sentido del pudor que te hace tan atractiva.

Es difícil convivir con esto, admitírmelo, aceptarlo. Pero me es fácil escribírtelo, confesártelo al fin.

Tú me conoces. Pero cuando me miras no sabes que yo estoy detrás de toda tu actual preocupación, que yo soy la causante de todo lo que agita tu mente y tu cuerpo también. Porque no me digas que no te gustó la aventura con el tipo del café.

Sí. Yo lo preparé todo. Lo preparé fríamente. Le pagué a ese hombre para que te llevara al hotel y se pasara contigo toda la tarde. Y tengo una película de tú y él juntos.

No voy a chantajearte. No es tu dinero lo que me interesa. Aunque podría continuar divirtiéndome con esta historia y ahora mandarle anónimos a tu esposo, con el cual, lo sé, te aburres como una ostra, aunque quieras hacernos creer a todos que eres una esposa devota y amorosa. Lo sé todo de tí aunque no me digas nada.

Te conozco, zorra. Te conozco muy bien.

Por eso sé que te gustó el hombre del café. Más aún, lo que te gustó de todo esto fue el roce del peligro. Y ahora te conozco más. Ahora te conozco, desnuda, con un hombre, tal cual yo quería. Ahora conozco la intensidad de tus gritos cuando tienes un orgasmo. Ahora sé cómo es tu rostro del placer (tus ojos cerrados, tu boca abierta, la punta de tu rosada lengua, asomando, húmeda, entre tus labios y tus preciosos dientes).

Podría decirle a tu esposo muchas cosas. Muchas. ¿El corazón te palpita del nerviosismo? ¿Encendiste otro cigarrillo? Deja de fumar querida, no sólo por la salud de tu cuerpo, sino porque cuando un día me atreva a besarte, no quiero que tu boca tenga sabor a cenicero.

Un día estarás conmigo, Pina, ya lo verás. Y me amarás como jamás amaste a nadie. Yo te enseñaré todo lo que hay que saber y aprender de esa enfermedad que llaman "el amor".

Mi amor comenzó con odio, lo admito. Te odié por cosas que no voy a decirte ahora, porque no puedo delatar ni un pequeño detalle que descubra mi identidad. Pero te participo: es cierto aquello que del amor al odio sólo hay un paso. El amor toma el ropaje del odio cuando no es correspondido. Así de sencillo.

Digamos que todo esto que hice es un pequeño desquite. Una inocente manera de tenerte.

De ahora en adelante, te preguntarás cada vez que hables con alguna de tus amigas mujeres, "¿será ella?". Dudarás de todas, no podrás evitarlo.

Y nunca, nunca sabrás quién soy.

 11.

-¿Para qué me citaste?

-Quería verte. Necesito mucho hablar contigo.

-¿Después de tantos años de no vernos?

-Sí. Tengo un grave problema. Y tú eres realmente la única persona en la que siempre podré confiar.

Anabell sorbe un trago de su café. Toma la mano de Pina, y dando pequeñas palmaditas sobre su dorso, le dice:

-Ya sabes que yo siempre seré tu amiga. Ahora tranquilízate y cuéntamelo todo, querida.

Y mientras Pina le cuenta la historia de los anónimos y el tipo del café, Anabell sonríe, satisfecha.

JACINTA ESCUDOS Escritora salvadoreña (1961). Ha cultivado los géneros de novela, cuento, poesía, crónica y ensayo. También tiene experiencia como actriz y pintora. Ha sido traducida al inglés, alemán y francés. Escritora residente en la Heinrich Böll Haus, de Alemania y de la Maison des Écrivains Étrangers et des Traducteurs, de Saint-Nazaire, Francia, ambas en el año 2000. Es ganadora del Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo (2003), con su novela A-B-Sudario, publicada por Alfaguara, siendo la primera escritora salvadoreña que publica bajo ese prestigioso sello internacional.