|
 |
 |
La Hija Del
Guardaagujas

La casita del guardaagujas está junto a la línea férrea, al pie
de una montaña tan empinada que sólo algunos árboles especiales
pueden escalonar a gatas, aferrándose con sus raíces afiladas,
agarrándose a los terrones hasta llegar a la cumbre.
La casita de madera desvencijada a causa del estremecimiento
constante y los fragores. La casita pequeña en un terraplén de
veinte metros junto a tres líneas.
Allí vive el guardaagujas con su mujer, contemplando pasar los
trenes cargados de fantasmas que van de ciudad a ciudad. Cientos
de trenes, trenes del norte al sur y trenes del sur al norte.
Todos los días, todas las semanas, todo el año. Miles de trenes
con millones de fantasmas, haciendo crujir los huesos de la
montaña.
La mujer, como buena mujer, le ayuda a enhebrar los trenes por el
justo camino.
La responsabilidad de tantas vidas satisfechas les ha puesto un
gesto trágico en el rostro. Apenas si pueden sonreír cuando se
quedan como suspendidos mirando a su pequeña, una creatura de
tres años, graciosa, delicada, con gestos de flor y de paloma.
Pasan los trenes con el fragor de hierros y largos metales
arrastrados de toda una ciudad que soltara sus amarras, de tantos
fantasmas desencadenados y ebrios de libertad.
La hija del guardaagujas juega entre los trenes de su montaña con
una confianza aterradora. Ignora que los niños ricos de la ciudad
se entretienen con unos trenes pequeñitos como ratones sobre
rieles de lata. Ella posee los trenes más grandes del mundo... y
ya empieza a mirarlos con desprecio.
Es un encanto de niñita. Viva, despreocupada, suelta como si no
quisiera apegarse a nadie. Se diría que un tren la arrojo allí al
pasar como por casualidad.
En cambio sus padres viven pendientes de ella, la contemplan,
mientras todavía es tiempo, la miman, la adoran.
Ellos saben que un día la va a matar un tren.
VICENTE HUIDOBRO nació en Santiago de Chile el 10 de enero
de 1893. Desde muy joven mostró una gran inquietud por la
literatura y su origen acomodado le permitió, por un lado, estar
en contacto con las novedades que se iban gestando en Europa, y,
por otro, cultivar su afición a la literatura desde muy pronto.
Inició sus estudios en el colegio que los jesuitas regentaban en
su ciudad natal, pero pronto habría de abandonar voluntariamente
el colegio de San Ignacio para no volver más y volcar todos sus
esfuerzos en las tareas literarias: fundó revistas de poesía,
organizó tertulias literarias y empezó a escribir y publicar sus
primeros poemarios. Por entonces, casi un adolescente, Huidobro
no había encontrado una voz poética propia, pero sus ecos lo eran
de las grandes figuras poéticas de finales del siglo XIX y
principios del XX: Gustavo Adolfo Bécquer, Rubén Darío,
Apollinaire... De este modo, cuando en 1916 abandona por primera
vez su tierra natal y emprende un peregrinaje artístico que
durará años, Huidobro ya había publicado seis libros, la mayoría
de ellos de poesía: Ecos del alma (1911), La gruta del silencio
(1912), Canciones en la noche (1913), Las pagodas ocultas y
Pasando y pasando, ambos de 1914, y, por último, Adán (1916).
|