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Perico Paciencia
Tratábase de celebrar la fiesta del santo patrón de un pueblo de
esta Isla, y siguiendo la costumbre establecida en casos
semejantes, comenzó el Alcalde por abrir una suscripción en la
que pronto figuraron los nombres de las principales personas de
dicho pueblo. Vivía en el mismo un vecino joven que el señor Cura
recogió cuando niño porque tuvo la desgracia de perder a sus
padres, y lo había criado, dándole la educación que pudo, pues el
buen señor hasta de lo necesario solía privarse para socorrer a
los desgraciados y esto quiere decir que su bolsa estaba tan
limpia de dinero como su alma de pecados.
Pedro González, que así se llamaba el niño, creció teniendo
siempre a la vista el buen ejemplo del sacerdote y como de suyo
era bien inclinado, llegó a ser el mozo más honrado, servicial y
bonachón; tanto que lo conocían todos por el nombre de Perico
Paciencia, y así le llamaban sin que por ello se le diera un
comino.
Pensando sin duda en hacer una buena obra iba nuestro hombre por
la calle, cuando se encontró con el Alcalde, que, con la lista en
una mano y el lápiz en la otra, le interpeló de este modo:
-Vamos, Perico, a ver con cuánto te apuntas para los gastos de la
fiesta.
-Señor Alcalde, con mucho gusto; lo que siento es que no tengo
más que un peso, que si más tuviera vería usted qué pronto se lo
entregaba, como hago con éste.
Y, en efecto, entregó cuatro pesetas, único caudal que poseía en
aquel momento y que llevaba consigo.
-Pero algo más puedo hacer: usted tendrá que mandar por los
músicos al pueblo vecino porque aquí no los hay; yo tengo mi
caballito, iremos los dos y se ahorra el alquiler de un hombre y
un caballo. Además iré también a llevarlos después de la fiesta.
-Gracias, Perico, gracias y acepto tus ofrecimientos. Mañana
temprano es preciso marchar.
-Lo dicho, señor Alcalde, al amanecer saldré de aquí para estar
de vuelta antes del mediodía, porque a las doce debo disparar los
truenos y repicar las campanas.
A la mañana siguiente llegaba Perico con una recua de siete
caballos a la casa del director de la orquesta; mas el Alcalde
parece que en materia de repartos no era muy inteligente y había
echado la cuenta sin los violines, el trombón y el contrabajo, de
modo que, después de estar a caballo los seis músicos, se
encontró Perico con que tenía que acomodar en el séptimo caballo,
que era el suyo, dos violines con su caja, el contrabajo con la
suya, un trombón y su no pequeña humanidad. No vaciló por esto y
dos horas después entraba en su pueblo precedido de los músicos y
el caballo cargado con los demás instrumentos, menos el
contrabajo que llevó sobre su cabeza para que no sufriera la
menor avería.
Media hora después, repicaba las campanas que era un gusto y
entre uno y otro repique disparaba una porción de truenos que sin
subvención de ningún género había fabricado. Por la noche cantó
en la salve, dirigió la alborada, disparó los cohetes y dio
muchos vivas al Santo patrón y al Alcalde, que lo había dejado a
pie y con carga. Al día siguiente tocó el Ave María, cantó en la
misa y cuidó del arreglo del salón en que por la noche debía
darse el baile. Llegó la hora de éste y con ella la de recoger
Perico el premio de todos sus trabajos. Ya el Alcalde, el Síndico
y demás notables acompañados de sus caras mitades y no menos
caras hijas ocupaban la sala, y la juventud masculina tosía, se
arreglaba el cuello de la camisa o hacía otras cosas por el
estilo, aguardando el momento de poner en juego las piernas al
compás de la música. Perico se presenta a la puerta vestido con
una levita nueva, que así como el resto de su traje no estaba muy
conforme con el último figurín de modas, aunque podía pasar, y
unos botines que le apretaban sin piedad, pero no piensa en esto
cuando se trata de bailar con la hija del Alcalde, de quien
estaba secretamente enamorado. Desde aquel sitio descubre a la
niña que lleva un hermoso traje, regalo de su papá y comprado con
el producto de la visita de tiendas de aquel año; los ojos de
Perico se anublaron y su corazón dejó de latir y empezó a
galopar. Perico se quedó como todos nos hemos quedado en iguales
circunstancias.
Mientras tanto la escogida concurrencia estaba escandalizada.
-¿Cómo -decía uno- atreverse a venir al baile un hombre que lleva
recados de todo el mundo?
-Y que ha traído los músicos -añadía otro.
-Y el contrabajo a cuestas.
-Y que dispara truenos.
-Y que toca las campanas.
-Y que da vivas al Patrón y al Alcalde.
-Y que arregló esta sala.
-Pues lo que es yo -decía la chica del Alcalde- no bailo con él.
¡No faltaba más! Un hombre que fue descalzo a llamar la comadre
cuando el último parto de mamá.
-Ahí tiene usted -añadía la señora del Síndico- lo que son las
cosas, ese chico aunque hijo de mi prima Josefa (que en gloria
esté) como el Cura es así tan... tan... pues... tan llano, no le
ha enseñado más que a ser honrado.
-Verdad, doña Brígida, pero no puede entrar en la buena sociedad
porque sus costumbres y sus modales no son de lo mejor -dijo la
señora del abastecedor de la carne, íntimo amigo del Alcalde.
Éste, lejos de calmar la tormenta la aumentaba sonriendo a uno,
guiñando el ojo al otro, y dando la razón a todos. Por último,
cuando vio que la opinión era unánime se dirigió a Perico, que
repuesto algo de su emoción penetraba resueltamente a donde más
le valiera no haber entrado.
-Perico, óyeme una palabra.
-Si, señor -contestó poniéndose colorado, porque pensó que habían
sorprendido su secreto amor.
-Mira, Perico: siento lo que voy a decirte; pero es preciso. Los
concurrentes al baile tienen a mal el que hayas venido, y yo te
aconsejo que te vayas para evitar un lance.
-Pero ¿qué he hecho yo para que me echen así? ¿No soy un hombre
honrado y trabajador? ¿No están ahí mis parientes?
-Es cierto: pero ellos tienen una posición que tú no tienes y tus
circunstancias y las mías no me permiten admitirte.
-Y ¿por qué no? Mi padrino ¿no me ha enseñado lo que saben todos
esos señores? ¿No cumplo con todos mis deberes? ¿No he pagado
como ellos los gastos de la fiesta? Y, además, ¿no he trabajado
sin cesar para que quedara lucida?
-No sé qué decirte, hijo; pero el caso es que tienes que
marcharte, porque así lo quieren y yo te mando que lo hagas.
-Bien, señor Alcalde, bien; me voy por obedecerle; pero maldito
si entiendo el motivo, y le juro que no he de parar hasta dar con
la explicación de todo esto.
Aquella noche no durmió Perico; más de dos horas pasó hablando
con el Cura, que estaba despierto cuando llegó a su casa y que se
admiró de verle volver tan temprano y nada alegre.
A la mañana siguiente se presentó de nuevo al Alcalde.
-Señor Alcalde -le dijo- aquí estoy a cumplir lo ofrecido. Vengo
para ir a llevar los músicos.
-Perico: mucho siento lo de anoche, no fue culpa mía; pero qué
quieres, las circunstancias...
-Usted, señor Alcalde, hizo lo que creyó bien hecho, yo haré lo
que debo y nada más.
***
Quince años después de lo que acabo de referir llegó también el
día de la fiesta y para convidar a ella se repartían esquelas
redactadas así: "Don Pedro González, Síndico de la Junta
Municipal de... comisionado por ésta y los demás vecinos
contribuyentes, tiene el honor de invitar a usted para la fiesta
que en obsequio del Patrón celebrará dicho pueblo en los días
de... de los corrientes; esperando se sirva usted concurrir para
mayor lucimiento."
Don Pedro González, Síndico de la municipalidad y vecino
influyente, no era otro que Perico Paciencia. Nada se hacía en el
pueblo sin contar con su voto, y el antiguo Alcalde se envanecía
de tenerle por yerno; pues hay que saber que aquella misma hija
suya que no quería bailar con Perico llegó después a quererle de
veras, de modo que cinco años más tarde era su esposa.
¿Qué había hecho Perico para que de tal manera variase de
opinión?
Perico hizo lo que cualquier hombre honrado y laborioso puede
hacer, y llegó a donde no podía menos de llegar.
Al salir del baile donde no lo admitieron, por no creerle
bastante digno, fue inmediatamente a contarle todo al sacerdote,
su segundo padre. Éste fue poco a poco calmándole y cuando lo
hubo logrado, le dijo en resumen:
-Hijo mío: tan pobre como tú, no dudé en recogerte cuando
murieron tus padres; seis años tenías entonces; yo no era joven y
hoy he llegado a ser viejo. Pensé, lo primero, en hacerte honrado
y laborioso, y, gracias a Dios, lo he conseguido; todos te
estiman porque tienes ambas cualidades, pero mi pobreza no me
permitía gastar en buenas ropas y calzado para ti lo que otros
más infelices necesitaban para no morirse de hambre, tu corazón
era y es hermoso, tu ropa fea y remendada, hasta que hace poco
has podido comprar otra mejor con el producto de tu trabajo.
Aspiras a alterar con las principales personas del pueblo y nada
más justo; por tu bondad lo mereces, si bastara ella sola para
lograrlo, y por tu origen ninguno hay que te aventaje; sólo falta
el que no lo solicites, sino que aguardes a que tus méritos te
allanen el camino y que te busquen los mismos que hoy te
rechazan.
"Nada de odios, nada de chismes; refrena hasta tu bondad; si algo
puedes dar, dalo con discernimiento, y no dejes que la vanidad te
lleve, sin que tú mismo lo conozcas, a ser despilfarrador cuando
piensas ser generoso. Trabaja mucho y sin cesar y yo te aseguro
que serás de los primeros, aquí donde hoy eres de los últimos.
Cuando tengas una casa en la que reine la abundancia, no te
faltarán amigos y querrá entrar en ella siendo tu esposa la mejor
y más bella de las jóvenes que hoy no te miran siquiera. Ánimo,
pues y en lugar de lamentarte como un niño, pórtate como un
hombre."
Perico, como he dicho, no durmió aquella noche pesando en las
palabras del señor Cura. Al día siguiente había tomado su
partido. Cuando volvió al pueblo después de llevar los músicos a
nadie habló de lo ocurrido en el baile; si se lo recordaban no se
daba por entendido. No faltó alguno de esos enredadores, que por
desgracia hay, que le aconsejó que se quejara al Capitán General
Gobernador Civil, delatando ciertos pecadillos verdaderos o
falsos que se atribuían al Alcalde; Perico contestó que el oficio
de delator no le hacia maldita la gracia y que no quería servir
de instrumento a nadie; y que lo que quería era trabajar y nada
más que trabajar. En una palabra, se condujo tan bien que los
vecinos empezaron a confesar que era un excelente chico, y como
su tema era siempre el trabajo, acabaron por ayudarle y
protegerle, de suerte que la pequeña tienda, que debiendo cuanto
en ella había, estableció al principio, se convirtió pocos años
después en la mejor del pueblo, sin que a nadie debiera un
centavo.
Allí se reunía lo más escogido en los días festivos; la niña que
tanto había hecho penar al pobre Perico, iba a hacer sus compras
y echaba al dueño unas miradas y le sonreía de un modo que al
recordarlo equivocó más de una cuenta.
Al primer baile que concurrió, lejos de ser rechazado, todos
querían obsequiarle, y más de una mamá pensó que era joven, bien
parecido y que tenía con qué sostener los gastos de una familia.
Perico nada advirtió, porque estaba deslumbrado y sólo veía a
Angelina, su antiguo tormento; dirigiose a ella y esta vez
conoció que se alegraba al bailar con él... lo demás se suprime
para no cansar al benévolo lector. Unos meses después se casaron
y cuento concluido.
Tal es la historia de Perico Paciencia, que nunca he olvidado y
que creo representa al vivo la de nuestra Isla. Pobre y desvalida
era al comenzar el siglo presente y Dios sabe lo que de ella
hubiera sido sin el bien natural de sus habitantes y los socorros
que recibió. Como Perico tuvo quien le ayudara, pero también el
protector empobreció y no pudo hacer más que conservarle la vida
y hacerla honrada; el vestido era viejo y remendado, zapatos no
pudo hasta más tarde comprarlos. ¡Pobre sacerdote que no podría
dar aquello de que él mismo carecía!
Pasaron años: Perico creció, robusto y bonachón hasta más no
poder, y creyó que podía asistir al baile; para ello se
necesitaba algo más que ser bueno y no fue admitido. Tal fue la
situación de la Isla en el año 1837, cuando se le negó la
representación en Cortes. Entonces hicimos como Perico, siguiendo
lo que nuestra buena índole, más que nuestra escasa instrucción,
nos aconsejó. Parece que un santo repitió a nuestros oídos: "Nada
de odios, nada de chismes. Trabaja y cuando tus méritos te hagan
acreedor nadie te negará lo que hoy no puedes conseguir el que te
otorguen". Siempre que alguno nos daba un mal consejo cerrábamos
los oídos y nunca reñimos con quien no debíamos reñir.
Este comportamiento hizo que se empezase por reconocer que éramos
buenos chicos; después no faltó quien dijese que era preciso
ayudarnos, y hace años que una parte de la prensa aboga en
nuestro favor. Hoy el clamor es casi unánime y los que dirigen el
baile tratan sobre si se nos envía una esquela de convite; de
modo que debe esperarse que al fin... Perico se casará con la
hija del Alcalde.
¡Cuidado, señor novio! ¡Cuidado! Tenga usted juicio; si no,
aunque pueda usted mantener la mujer, aunque su ropa sea a la
última moda, aunque baile usted a las mil maravillas y por más
que lo conviden; no hará otra cosa que... llevar a cuestas el
contrabajo.
MANUEL ANTONIO ALONSO: Hijo de padres españoles, nace en San
Juan, Puerto Rico, el 6 de octubre de 1822. Estudia primero en el
Seminario Conciliar de San Ildefonso de la Capital y después se
traslada en 1842 a Barcelona, España, donde recibe el título de
Doctor especializado en desórdenes mentales. Médico, periodista,
escritor y poeta, su libro El Jíbaro, publicado en 1849,
(originalmente "El Gíbaro") y en el cual se describen costumbres
y tradiciones de la Isla, es considerado la primera obra
literaria nacional que trata de definir el carácter y la
mentalidad del puertorriqueño a través de sus costumbres y
tradiciones, en otras palabras su folklore. Alonso muere en San
Juan el 4 de noviembre de 1889.
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