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Biografía de Karl
Mi historia, dijo Karl, no es cualquier historia, o tal vez sea
cualquiera como otra cualquiera como todas las demás de todos,
pero presumo que con una diferencia, yo he sabido que he
recorrido mi tiempo y mis espacios sin moverme consciente de mi
inmovilidad. He pasado mi vida sin morirme muerto y en esa muerte
disfrutado de todos o casi todos lo placeres vivos. He procurado
en mi disfrute no hacer daño a nadie y puedo jurar que lo he
logrado y, no por masoquismo he callado en mi todo mal ajeno que
contra mi lugar hubo, sino porque me place la alegría ajena. Si
Caín, para citar un ejemplo de importancia por todas las razones,
incluidas las familiares, las de tiempo y espacio, hubiese
comprendido esto, habría vivido en sus angustias las alegrías
íntimas de su hermano, no habría tenido que recurrir al
fratricidio, que quizá fue su único placer, porque fue su
convicción de que, a partir de allí, todo le sería de dorado
color, las preferencias de todos serían suyas, él mismo sería la
alegría de todos. Nótese que ese problema nada tenía que ver con
los posteriores conflictos entre el bien y el mal, sino como
cosas superiores para mí indescifrables. No, no, no justifico el
crimen, menos el asesinato y menos esos otros crímenes colmados
de belleza que han dado origen a las grandes tragedias, con sus
actos de muerte, sexo, perversidad, lujuria y justicia tan
sublimemente logrados no sólo por las tragedias griegas y las
modernas geniales de ingleses y alemanes, cuya belleza radica en
el eterno conflicto, sino a las otras muchas, las que le dieron,
sea otro ejemplo según son mis manías de hacer que me comprendan
o de hacerme entender a mi mismo, la muerte de Alejandro, el
Grande, el Magno, por tristeza, en la plenitud de sus poderes, lo
cual es la tristeza en sus extremos posibles porque teniéndolo
todo, la gloria propia y el control sumiso de la envidia ajena,
se tiró al abandono para no suicidarse sino para morirse por
decisión propia sin llegar al crimen, al suicidio, zafarse quiso
de la soledad del bullicio. Parece demasiado simple el que un
talentoso joven por mera envidia se hiciese un asesino, en cierto
grado también un parricida, me refiero como ven a Brutus, y es
muy corta la explicación de que ese acto que no sabremos si
francamente vil o magnánimo y bueno, hasta no precisar sus
orígenes, las verdaderas causas de su decisión que tuvieron que
venir de lejos, muy lejos, más allá de las relaciones puras del
poder y la envidia y que ahora, - debo destacar- están
directamente vinculadas al bien y al mal, no por el hecho en sí
mismo sino por su concepción y consecuencias, sin que ello niegue
la posibilidad de mejores explicaciones vinculadas al más allá,
según los dioses, o al más acá según la genética. Casi lo mismo,
pero casi. Los dioses predestinan, la genética determina. Las
relaciones puras del poder, así como el gran candor y bondad en
la envidia, son las maneras como se hace vida el bien y el mal,
lo cual es cosa de ponerse en autos, como dirían los expertos en
juicios del derecho y la sin razón, al menos así se ha dicho
según sea noble el fin que se persigue o según se esté en
diversas posiciones de quien poder y gloria tiene. La tragedia
como vieron es otra cosa. No hay bien ni mal en ella así las
acciones de sus actores y sus personajes sean o resulten malas o
buenas, sin necesidad de dar mas explicaciones al asunto, nunca
sabremos, además, si el malo o bueno es el observador, en lugar
de justo, lo cual, en el teatro, en condiciones normales siempre
ocurre.
Contar esto está más allá de cualquier consideración que no
prevenga de la misma historia, pero que la hace mas comprensiva y
comprensible. No es la realización de la fuerza del destino, ni
menos, mucho menos en mucho, un conflicto entre el bien y el mal.
Es más bien el conflicto entre el silencio y la palabra, entre la
acción y la inmovilidad. Nada tampoco tiene que ver con el
conflicto de Prometeo y Sísifo pues, a fin de cuentas, allí la
dimensión del conflicto es de otra dimensión, podría pensarse que
es la lucha entre la voluntad y el poder. Porque hay que ver la
inmensa, indoblegable voluntad de ambos, pero ¿cómo vencer las
fuerzas y el peso del destino? Superar y vencer la fuerza del
destino es derrotar a los dioses, es la apuesta del hombre para
derrotarlos pero es también la apuesta de dios, su venganza, a la
par, para no dejarse derrotar, vencer, dicho en mejor tono,
destruir por destronamiento. El trono es la condición de la
existencia de Dios. En nuestro caso, quiero decir de todos
quienes asumimos el cristianismo como vida y cultura, el libre
albedrío es una trampa más que una apuesta. Al final no podemos
derrotar Al Destino que sencillamente cambia de espacio, se hace
más inmanente, mas cercano, pero los resultados son los mismos,
si las acciones son malas vendrá el monstruoso castigo, el más
terrible pensado por dios alguno e inexplicable para el hombre,
alejar al actor de dios por siempre para siempre y por todos los
siglos que aún no han sido. Y las acciones no son malas porque
malas sean por ellas, que ser pueden, sino por las calificaciones
que a priori pueden hacerse de ellas, de modo que matar, valga
ese nuevo ejemplo, puede ser una manera de acercarse a Dios, si
asesino en su nombre o en los nuevos valores que lo sustituyen,
como la libertad, la democracia, la justicia. Cosa de tiempo,
circunstancias y otras. Nada más sacro que asesinar a un moro se
dijo ayer, llevar el hereje hasta la hoguera y hoy, no tiene
importancia, solo que dios se sonríe de esos hechos, hechos en su
nombre y gloria mientras tiemblan de terror las brujas.
Decía que dije que iba a contar, si poder tengo, mi historia, y
así ha sido, pese a las observaciones que pudieran venir de
incautos, incrédulos o de quienes viven apresurados por los
memoranda de la moderna empresa. Esos se reducen a ordenar y
quien los recibe a obedecer; la historia, en cambio, la propia y
la de cada quien, es la historia de todos para que alcance algún
valor su cuento. Todos son pocos ciertamente, pocos. Son más
escasos que el Demos de los griegos. Son muy poquitos los que
realmente pertenecen a la especie humana, los otros, los anónimos
existen sin ser. Andan sin saber donde, viven muertos. Aquellos
tampoco existen por su ser, sino por sus hechos y entonces ellos
alcanzan la trascendencia según esos hechos, que son, a fin de
cuentas, la historia que se cuenta y si sus acciones íntimas
alcanzan la intemporalidad se debe, ciertamente a sus cualidades,
pero, sobre todo a la cualidad de lo conseguido o dejado
propuesto para que otros los sigan o admiren y admitan como
ejemplos. Las cualidades suyas son su habilidad su talento, su
ingenio mas que su genio, pero dejemos eso a los expertos del
psicoanálisis y otros cuentos también, solo que sea bueno decir
esto. Cleopatra, Nefertiti, Safo seguro que fueron inmensas
infinitas en sus oficios sublimes de camas y de Eros, de
intrigas, lascivia, belleza, castidad, pero nada de ello bueno
habría sido, para nada habría servido todo eso salvo el placer
íntimo y más según todavía no sabemos completo, si no logran con
ello trascender los hechos, hacerse modelo para el tiempo que aun
no viene pero que será.
Mi caso, quiero decir mi historia, quizá en este marco que
caminamos juntos, usted en la palabra que se escucha o escribe yo
en la memoria de ella, es fácil de mirarlo, verla con mayor
propiedad. Yo he estado allí en cada caso importante cuando al
mover un dedo podía la recua iniciar el trayecto a destino
seguro. Presente estuve sin alargar la mano y detenerlo cuando
alguien se lanzaba al precipicio para alcanzar presuroso su
muerte, tampoco lo empujé para facilitarle su decisión al parecer
heroica y, sin duda, valiente; no escuché a quien por rectitud me
exigiera la cuerda para ahorcarse y cumplir de ese modo la
penitencia que él mismo se impuso por el pecado no cometido en
actos, solo de pensamiento como su mejor obra de lujuria; a pesar
de tener la navaja filosa que con destreza única cortaba cabellos
en el aire no la suministré a quien implorando de rodillas llegó
a tomarla en préstamo para cortar de la lengua la difamación.
Pude haber actuado en cada caso en esos señalados y en los otros
que necesariamente oculto, como aquel cuando me negué a dejar el
espacio de mi cama para que se colmara de concupiscente adulterio
lascivo para alcanzar la sublimidad de la belleza y la pureza en
la aventura por la realización plena libre de miedos ataduras y
frenos. Guardé siempre silencio, tanto que podía oírlo a gritos y
sin inmutarme escuchar las observaciones, quejas, de mi propia
conciencia. Pude verlo en la obscuridad más absoluta en pleno
brillo, estaba allí en su poder completo. Inmutable, inmóvil,
tranquilo como el huracán ante su crimen imperturbable en su
valles de muerte y los cuentos de miserias y lágrimas sin memoria
y sin ojos. Siempre en silencio. El silencio absoluto es el más
completo de todos los poderes, cabe todo en él, incluido el
terror que no provoca miedo, solamente silencio, silencio solo
estando uno con él. No se trató, en mi caso, de esa terrible
enfermedad, la indiferencia o de ese privilegio, la ataraxia, en
su completitud agotada. No, No. Pareciera más cercano a la
abulia. Pero es pura apariencia, porque ser así, comportarse así,
creo, seguro estoy, es un acto de decisión perfecto, según el
poder de mi propia voluntad. Pudiera dudar si se trataba de un
caso de invencible voluntad inconmovible. A estas alturas presumo
que tampoco era eso siendo todo eso. Era más. Sabía que no era, y
lo se, indiferencia porque todo cuanto ajeno es me duele y me
interesa. Porque me importa mucho en grado de éxtasis la vida y
busco la ascesis para conseguirla, tampoco es ataraxia.
Hace apenas ayer o este momento tuve en mis manos la margarita
única del monólogo de Hamlet. Desfoliaba sus interrogantes como
si fueran mías. Presumo que realmente son mías como de todos son
las obras perfectas por carecer de dueños. A su través quizá
llegué hasta mí. Pudo ser, y así ha sido, por convicción de razón
o intuición, para efectos lo mismo. Mi anhelo de no herir, pudo
ser, en el respeto a la libertad ajena, podría encontrar la
respuesta a mi modo de ser o de existir. El acatamiento a Dios y
no asumir el satánico rol de contravenirlo al obstruir las
decisiones de cada quien, de aquel que oficia con los pecados
capitales o de quien peca con sus difíciles virtudes opuestas y
en lascivia convierte las bienaventuranzas. No está allí la razón
de mi inmovilidad ni mi silencio, así habló Karl con solemnidad
patriarcal y se marchó a su escondite, la única vez que rompió su
inamovilidad.
La última vez que supe de de él fue por el patólogo que practicó
su necropsia cubierta las instancias legales, nadie supo a
solicitud de quien solo que por razones policiales y otras mas
sabias formuladas por teólogos obispos, biólogos y doctores
deseaban saber mas que de su muerte de su inmovilidad inamovible,
de su silencio absoluto, su único sonido. Lo encontraron de pie,
estático de eremita sin máculas. Con la minuciosidad del más alto
rigor el patólogo estableció, no fue posible determinar las
causas de su muerte, vivió muerto. En el bolsillo de su eterna
chaqueta le encontraron una fotografía como el sueño de algún
impresionista, indescifrable pero ella estaba allí, su elan tras
su velo, su única compañera envuelto en un poema de Omar el
Kahyan
AMÉRICO GOLLO CHÁVES, escritor venezuelano, autor de Quatro
variaciones de nuestra conciencia / Editorial Universitaria
(EDILUZ) Maracaibo, 1985. pp. 140. Premio Regional de Literatura
1993 (mención Ensayo).
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