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El árbol de ceniza
Por años la había visto llegar por el sendero que ahora era camino. Ella
misma lo había adornado con las flores de estación que cultivaba en los
fondos de su casa. El camino, haciendo algunos contoneos, desembocaba en
el roble.
Era un predio sin cercas. Diez metros por detrás del roble, al sudeste,
una decena de cipreses estaban dispuestos en abanico. Siete metros por
detrás de los cipreses, también en abanico, cedros; luego lambertianas,
y finalmente una veintena de eucaliptos que algún día, al alcanzar su
plenitud, controlarían al viento. En poco tiempo su siembra fue un
pequeño bosque. Uno por uno, desde su remota juventud, había cuidado
esos árboles con exclusiva dedicación: acarreando la ansiada agua en los
días agobiantes de enero, cubriendo sus raíces de los fríos inviernos, o
remozando la tierra con nutrientes para que en primavera sus tallos
crecieran esbeltos. Cumplida la tarea, se sentaba junto al roble para
reiterarse en monólogos.
Quienes pasaban por allí y conocían la historia, luego la recontaban con
angustioso respeto. La curiosidad inducía a algunos a ver por sí mismos
tal que muchos de los que asistían al parque, en cualquier época del
año, venían por ella en una espiral inagotable de difusión. Sabrán
ustedes del poder que encierra el imaginario; así, la fabulación fue de
lo más variada. No faltaba quienes le daban connotaciones espectrales o
quienes le asignaban virtuosismos. Y no era para menos; a veces su
imagen no parecía real. Era cuando surgía de entre los árboles y la
brisa la esculpía dentro de su vestido con su cabellera extendida como
presta a volar. Pero como era probable verla pasearse por el bosque o
sentada junto al roble inmersa en monólogos a cualquier hora del día o
de la noche, quienes poseían un sentido práctico de la cuestión y
mostraban poco afecto a las fabulaciones, sostenían su incordura. Esas
mismas personas se sorprendían un día cualquiera cuando la descubrían
conversando con la gente con absoluta cordialidad e inteligencia.
La incongruencia entre su vocación y actitud, adquiría consistencia en
su aspecto. Su piel, que blanca casi transparente envolvía una glamorosa
armonía corporal, se sumaba a la lasitud de su cabello prolijamente
cuidado y arreglado. En la redondez del pétreo azul insondable de sus
ojos se apreciaba un inmenso dolor. Pero ellos, sus ojos, poseían la
virtud de mutar de la extrema fragilidad a la dureza reflejando su
tesón. La devoción se señalaba en sus manos: sus herramientas. Se
apiadaba de ellas toda vez que alguien se las quedaba mirando con el
rostro asombrado por la incongruencia. Entonces prometía cuidarlas más.
Pero luego, sus ansias por capturar la energía de la tierra sin
intermediarios, la hacían olvidar.
---Aquella vez, hace... años, era otoño. Son melancólicos los otoños,
todo se serena a ras del suelo. Es un gran labriego el otoño; como de a
pinceladas, un ocre monocromo se esparce en inerte legado para ser
sepultado, luego. Son mágicos los otoños; desde esa vez, lo son. También
hay magia en primavera: como si se tratara de un talismán bendiciendo la
tierra, la naturaleza plena vuelve su rostro al sol en primavera a
medida que este cambia su ángulo en el horizonte. Aunque la primavera se
puebla de intrusos, benéficos algunos, maléficos los otros, todos
responden a un plan. Entre el letargo y el despertar del fruto, la
desolación del invierno y el agobio del verano. Una estación prepara
para la siguiente. Sería difícil soportar la crudeza del invierno sin el
aletargado arrope del otoño; sin la melancolía llamando a su tristeza,
para que meses después, la algarabía de colores sea bellamente plena.
Nuestra existencia está sesgada por las estaciones; así que...
perdonarán ustedes que este relato se mojone de ellas.
---Ese otoño, con apenas dieciocho centímetros, cubierto de maleza, sin
duda no hubiera sobrevivido a las inclemencias del invierno. Por aquel
entonces, no poseía yo tantos recuerdos como para concederme la
melancolía; quien le puso melancolía a los otoños, no fui yo. Sabía nada
acerca de los árboles aunque les reconocía a todos la misma limitación:
si tus pies son raíces, aún cuando poco profundas, debes prepararte para
las inclemencias. Ignoraba también que esa era una ley para el resto de
las criaturas del planeta.
---Tengo frescas las palabras que en ese otoño espabilaron mi letargo de
muerte. Ella, insondable en su dolor, despejó la maleza de mis ahogos y
carpió la tierra en mi contorno. Escudriñó de mis ramas su palidez y se
compadeció. --¡Tu vivirás! -me dijo-. Luego en tono de conjura,
sentenció: --en ti veré crecer saludable su espíritu. Sé el alma de este
árbol que tiene tan pocos meses como los que tú tenías, vendré a
visitarte -agregó-. Seguido: el polvo; denso, que cubrió mi tallo con
vahos de resurrección.
---Hasta lo abstracto tiene un nombre; un nombre de lo que fue, un
nombre para la idea de lo que se quería que fuera. Se les da un nombre a
las cosas para que nos hagan compañía. Con el tiempo se hacen familiares
esos objetos materiales o abstractos que fueron bendecidos con un
nombre. El camuflaje de una inaceptable realidad es también un nombre.
Por eso tales o cuales cosas son rebautizadas con nombres más benignos
que amortiguan devastadoras consecuencias; la soledad es una de ellas.
Cuando tus pies son raíces..., es una inclemencia la soledad. Pero si
tienes un nombre no estás tan solo. Por eso ella me dio a mi un nombre y
por él me llamaba, cuando luego de hacer la tarea, se sentaba cerca de
mí a conversarme.
---Me llevó tiempo comprender y aceptar que en realidad no se dirigía a
mí. Mucho más tiempo el captar su esencia desde el dolor insoportable
ante la pérdida. Yo era lo que ella deseaba que fuera; y ella, viéndome,
mitigaba su pena. Hay continuidades difíciles de comprender, todo cambio
de esencia dificulta la percepción. Pero para ella no; yo era una
continuidad, si se quiere espiritual, de lo más querido; entonces, no
contaba la apariencia.
---La silla venía y se marchaba con ella; con el pasar de los años, la
dejó. Luego de recorrer el jardín, ahí se sentaba, junto a mí. Me contó
que había vendido su casa, la de los recuerdos; porque era un lugar
impregnado de su desolación. Y como ella la quería, había deseado que
otros, sin la carga angustiosa de sus vivencias, le devolvieran su
esplendor. Supe de su infortunado esposo, que preso de la culpa había
huido sin que nadie supiera jamás de él. Se le notaba el rencor cuando
lo mencionaba como un punto de referencia a su pasado. “Si él no hubiera
sido tan testarudo, tan confiado... tú, tendrías hoy dos años”. Este
descarnado reproche se repetía en cada otoño mientras ella, sentada en
la silla con sus ojos vidriosos, alargaba el paso del tiempo sumándole
un año al reproche. No hubo otros hombres en su vida... “y no porque no
sea bonita, sé que lo soy porque no soy sorda y porque de tanto en tanto
me miro al espejo; incluso así, sin arreglarme, doy que hablar. Cuando
era una niña como tú, soñaba con ser elegante. Yo veía a las artistas de
la tele: tan altas, delgadas y prolijas, con aires de princesas y quería
parecerme a ellas; practicaba en la soledad de mi pieza como andar,
hablar e incluso, algunos ademanes... ¡Pero después fue todo tan
distinto! Mi mundo es muy pequeño ahora y en él sólo cabemos tú y yo.”.
---Con el tiempo se degrada tanto el cuerpo como la expectación. Ella
fue hablando cada vez menos de sus instintos de mujer; como una página
que se amarillenta sin perder la esencia de su valor. En su mundo
pequeño, sin embargo, había espacio para todo, incluso para la alegría
que mueve a la risa; solía reírse de sus torpezas y su risa era más
profunda cuando imaginaba el pensamiento de los visitantes del parque...
“Flor! –que así me llamaba- ¿qué crees que piensa esa familia que mira
hacia aquí al verme reír a boca batiente junto a este roble?”. Poco le
importaba que pensaran en la locura porque tal vez tuvieran razón, y eso
tampoco le importaba. “Imaginé muchas veces que en el mundo de la razón,
lo importante, no es que uno la pierda, sino, que los demás crean que la
hemos perdido; si esto último nos deja de importar, pues, entonces, da
todo lo mismo.” ---Esto fue una conducta progresiva; su mundo, que ya
era pequeño en ese otoño cuando ella tenía veinticinco años, lo fue aún
más a los cincuenta y terminó siendo un grano de mostaza un segundo
antes de morir. Pero la gente no le era del todo indiferente, si bien le
importaba poco lo que pensaran de ella, en su ostracismo, había tomado
la suficiente distancia de los devaneos humanos como para apreciarlos
con toda nitidez. Por décadas, desde que ella había hecho de ese espacio
un bello jardín, había habido visitantes dejando sus improntas, incluso,
luego de que se marcharan. Cuando el predio volvía a su soledad, o mejor
dicho, a la soledad de ella y el bosque, lo recorría palmo a palmo para
recoger hasta el último residuo. Estos le traían el eco de quienes los
habían producido. Con total certeza era capaz de elucubrar historias y
captar la energía de cada personaje para después venir a contarme. Le
bastaba con ver el modo en que algo había sido arrojado, para saber del
equilibrio emocional de quien lo había tirado: sí muy apretado, doblado
o apenas abollado; sí totalmente vacío o con algo de contenido; sí en el
cesto, o envuelto, o en cualquier sitio. “Todas las cosas hablan de las
personas, hasta las más insignificantes... “. –Me decía-.
---Un día vimos llegar por el camino coloreado de flores de estación, un
cortejo. Al frente una joven mujer acarreando entre sus brazos una
pequeña urna; detrás, el séquito de familiares dolientes. Ella se puso
de pie de su silla y fue a su encuentro. Sin mediar palabras acompañó a
la joven madre mientras sembraba un pequeño cedro. Un sacerdote dijo las
palabras de consuelo, luego, la joven, esparció las cenizas en torno al
pequeño árbol. Todos los presentes se arrodillaron frente a él y rezaron
una oración. La mujer permaneció en el suelo acariciando el polvo gris
hasta que una mano de hombre al alzó y la guió de vuelta por el camino.
Por la noche, ella fue hasta el cedro; permaneció allí sentada por una
horas y al regresar simplemente dijo: “ya siente algo mejor...”. A la
mañana siguiente todo rastro del polvo gris había desaparecido. “Dos
límites tiene el universo –me dijo-: uno que se alcanza con la punta de
un dedo; el otro, es el infinito.”. Con el paso del tiempo las escenas
de este tipo se fueron repitiendo y el bosque se hizo más espeso al
poblarse de diversas especies.
---No sé si todos lo árboles tienen alma; incluso, ignoro si los árboles
de este parque la tienen. Creo, que para que un árbol posea una, se
necesita la bendición de quien imagine que la tiene. Algunos árboles de
cenizas nunca volvieron a ser visitados. Otros pocos lo fueron
esporádicamente. Nadie más que ella, con su silla y su inagotable
esfuerzo, mantuvieron la armonía de colores del parque que con el tiempo
la gente bautizó: El parque de las cenizas.
---Una primavera, mientras me espabilaba aún del invierno, la vi llegar
por el sendero que ahora era camino. Las rosas parecían reclinar a
medida que sus pasos cortos y lentos la aproximaban a mí. Al llegar, y
como lo hacía cada día, revisó palmo a palmo mis ramas y sus brotes
nuevos; se soslayó de verme saludable. Luego sacó un pañuelo de su bolso
y secó el rocío de la noche de la superficie de su silla, después se
sentó. Toda esa tarde estuvo callada, mirando uno por uno los árboles de
cenizas, algunos con más de cincuenta años, que parecían desbordantes de
vitalidad. Luego, antes de irse, estiró su mano hasta ponerla en esa
porción de universo que nos unía a ambos; en la redondez del pétreo azul
insondable de sus ojos se apreciaba todavía aquel inmenso dolor. Sin
más, se marchó. Fue la última vez que la vi.
Era un predio sin cercas. Ni siquiera demarcaciones o depresiones en su
contorno. Con uniforme verdor se prologaba por detrás del roble en un
bosque de coníferas que parecía un séquito. Más allá de las
lambertianas, cipreses y cedros, gigantescos eucaliptos se debatían en
las alturas con el viento; en silencio. Por delante, un camino de
piedras contorneando de maceteros, se afinaba y parecía perderse entre
la tierra y el cielo. El roble suspiró en medio de la oscuridad. Un
búho, desde la negrura, le puso distancias a la noche. El viento era el
gran ausente en ese agobio veraniego; y el aire, suspendido en la
gramilla, se asimilaba denso y seco. El polvo grisáceo que esparcieran
esa tarde a sus pies conservaba, aún, todas sus partículas. Flor, se
había reencontrado con su madre.
MARCELO D. FERRER nació en la ciudad de La Plata, Capital de la
Provincia de Buenos Aires, República Argentina (1957). Es contador
público y licenciado en economía; ejerce su profesión en su ciudad
natal. Varios de sus cuentos fueron publicados en diversos medios
periodísticos de Argentina. Es autor de poemas, reflexiones, cuentos,
ensayos, prosas, etc. Algunas de sus poesías han sido editadas en la
WEB. Su primer libro se editó en setiembre de 2001, "Poemas, historias y
reflexiones". Centegraf. Con el asesoramiento de Estudio Qubbus de La
Plata. Ha editado en 2002 un segundo libro y parcipado de varias
antolgías poeticas.
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