Ilustração: Carlos Paez Vilaró

Claustro de silencios

El agua del estanque central se refleja, mecida por la brisa suave de la noche, en un lateral de piedra labrada. Entre hojas de laurel, nudos de mar y animales mitológicos, este líquido contenido, reflejo de un mar aún distante, trepa por las paredes solitarias. El silencio se adueña de los rincones, apagando el eco de los pasos diurnos como quien lanza un suspiro sobre el crepitar de una vela blanca. Entre los altos pináculos de la basílica, una luna temblorosa y pálida se desliza a través de la oscuridad del cielo. Ilumina los recodos escondidos, donde no llega esa otra luz, artificial, que con natural respeto devuelve a la vida una selva parada de seres mezclados. El guitarrista surge de una puerta de madera cerrada y sube los peldaños hasta el escenario improvisado. Lentamente, sin levantar los ojos, apenas se sienta al borde de la silla reservada. La guitarra siempre entre sus manos, como si fuera la natural prolongación de unos dedos inquietos. Acaricia sus cabellos con un gesto espontáneo, desorden indomable de músico que vive cada segundo suspendido en un Si bemol. Sólo después levanta la mirada torpe, ciega de esta luz irreflejo de la luna, para ver y no ver el fondo del corredor.

Ella esperó mucho tiempo en la entrada. Escucha notas sueltas, preludio de una noche desconocida, y prolonga los ojos, intentando en vano atravesar la piedra que fue erigida hace siglos para contener los mayores secretos. El amor la ha arrastrado hasta aquí, como en cada uno de los pasos de su vida. Amor insolente que devora el aire, transfigurado en trampa que desama. Amor por todo, que de tan grande, es el amor de la nada.

El guitarrista acaricia las cuerdas de metal, con un gesto de dedos entorpecidos por la frialdad de la espera, y se apodera con furia de la primera de tantas notas. Otras le seguirán, pero ninguna tan hermosa como esta primera, aún frágil, abriéndose paso entre la expectación y la duda. Envuelve la guitarra entre sus brazos, como si de un ser indefenso se tratara, y la música nace de todo su cuerpo. Mira la luna que recorre el cielo de negrura infranqueable, y se deja arrastrar por la locura de esa pieza terrible, que le duele en el alma pero seduce al auditorio.

Ella. La fascinación escapa de sus labios entreabiertos. Recuerda. Cuando era niña su hermano se acercaba por detrás cantándole canciones inventadas, justo en el oído izquierdo, para adormecerla en la noche de su futura ausencia. Niña que parecía feliz. Cada día escogía un nuevo vestido de encaje blanco y jugaba con muñecas de sonrisa perfecta, pero sobrevivía negada de amor. Sólo su hermano volvía los Domingos para salvarla de la penuria de caricias, con una canción escondida en el bolsillo, como ésta que ahora suena. Se mantiene erguida en la silla solitaria que hoy ha venido a ocupar, y mira la luna, que escapa de la noche estrellada, para también ella calmar la tristeza entre las notas de un músico desconocido.

El final del último sonido arrastra consigo el silencio. El guitarrista deja suspendido ese instante en el aire y la nota última parece capaz de atravesar la piel, recorrer el camino que lleva al centro mismo del corazón… y apretarlo. Respiración ausente. Silencio. La mirada se enturbia y el alma no sabe ya ni dónde está. El guitarrista ejercita sus dedos en una dulzura callada y se sumerge en una nueva pieza sorprendente de técnica y brillantez, con la simpleza de quien aprendió a tocar demasiado joven. Y en esta noche las rosas se marchitan en su jardín, porque él nunca está allí, ni siquiera cuando está allí, para cuidarlas. Su casa es pequeña, vive en un barrio tranquilo sobre una colina, y cuando abre la puerta cada noche, después de éste u otro concierto, corre a sentarse en el piano. Abandona la guitarra en un rincón y reposa sus manos sobre las teclas blancas y negras. No toca, porque necesita este silencio.

Su abuelo era guitarrista, como él, por eso recuerda haber jugado en su infancia con aquel instrumento, imaginando ser un gran concertista. Pero la travesura se convirtió en realidad, cuando vieron que tenía demasiado talento como para no continuar la trayectoria de la familia lo llevaron al conservatorio. Se escapó. Cambiaba las clases por los largos paseos junto al río, después volvía a casa, donde a escondidas pasaba en silencio las manos sobre el piano del salón. Le fascinaba aquel ser, negro y grande. Estiraba sus brazos intentando abarcar todas las escalas, e imaginaba que el suelo bajo sus pies se transformaba en una balsa, en la que poder huir, él y su piano. Pero el sonido de una guitarra le devuelve a la realidad. No siente nada. Continúa tocando frente a un público embelesado y él hace mucho tiempo que no siente nada.

La mujer que le observa amó demasiado, anheló tanto la vida que acabó por ahogarla entre mil caricias desmedidas. Llora, y el instante le arranca gemidos de guitarra triste. Odia al mundo, porque el mundo no la supo querer. Su hija, Teresa, debe estar dormida a estas horas. Mañana se levantará y aparecerá adormilada en su cuarto, curiosa, queriendo saberlo todo de la noche pasada, en la que no la pudo acompañar. Tiene cuatro años y unos hermosos ojos negros, único recuerdo de un padre que ya no está. Ella tiene miedo de no saber quererla, por eso le cuenta canciones en el oído izquierdo antes de dormir. Algún día le gustaría pedirle perdón, por no poder darle la vida que merecía; una familia entera, no como ésta que tiene, de padre desaparecido y madre que se siente enloquecer. Y porque los milagros quizás existan, Teresa consigue ser feliz.

El guitarrista odia su guitarra. Siente el dolor que le recorre cuerpo y alma cuando, casi a la fuerza, le arranca sonidos imposibles. Lucha contra ella como quien se enfrenta a un destino ineludible, perseguido por una melodía de la que nunca escapará. El concierto acaba y él siempre será un niño triste. El público, en pie, aplaude entusiasmado a este gran concertista. Sólo quiere volver a casa. Piden repeticiones y no se cansan en sus elogios, como tampoco se resignan a separarse de tanta belleza. Él está cansado. Le atormenta el dolor que se apropia de su espalda y apenas tiene fuerza en las manos inmóviles para sujetar la partitura. Ellos no se dan cuenta y los aplausos parece que nunca más acabarán. Finalmente desaparece detrás de la puerta de madera que se cierra a su paso, protegiéndolo de las voces que poco a poco se van dispersando.

Ella se acerca al estanque central y sumerge las manos en el agua fría. Fue hermoso, piensa. Quizás despertará a Teresa al llegar a casa, para contárselo. O tal vez aún no pueda irse de aquí, de este claustro que la protege del mundo. Camina por el interior y se sienta, apoyando la espalda cansada, de repente dolorida, contra la fría piedra. Él aparece cuando apenas quedan un par de empleados recogiendo las sillas en un rincón. La guitarra en la mano, siempre. Hoy no tiene tanta prisa por volver a su jardín de rosas marchitas, de pronto olvida la balsa en la que su piano le espera. Camina. Ella le ve caminar, se pregunta por el motivo de esa tristeza profunda que descubre en sus pasos lentos. El guitarrista se detiene frente a ella y en una mirada llega la respuesta; "Siempre será así". Sentado junto a ella recuesta la espalda contra la pared labrada y siente el roce de su vestido. Sus manos se buscan. Ellos no se esperaban. Las de él se suavizan, perdiendo la inmovilidad, guitarra olvidada. Las de ella se hacen fuertes, porque la soledad ya no está aquí, quizás ha huido entre las teclas de un piano, que se aleja sobre una balsa, ahora con rumbo incierto. Quizás Teresa algún día vendrá a contarme el final…

El agua del estanque central se refleja, mecida por la brisa suave de la noche, en un lateral de piedra labrada. Y yo de nuevo me quedo solo, transformado en este claustro de silencios que siempre fui. Aguardaré la llegada de una nueva mañana en la que miles de turistas se asomen, fotografíen mi belleza y se desvanezcan. Casi parezco una estación de tren, un lugar intermedio donde unos vienen a dejar su pasado y otros se reencuentran con el futuro. O una de esas estatuas encerradas en los museos, que ya no volverán a ver la luz del día durante los próximos diez siglos, si es que el alma les aguanta. ¿Y de qué me sirve cada momento?

Las gárgolas se desperezan y abren los ojos, mientras la luna inclina todas sus luces sobre este palco en el que se transforma mi cuerpo. Los animales, barcos y flores inanimados resurgen ahora desde el fondo de mi piel tatuada, prestos a escuchar. Hoy saben que debo tener muchas historias por contar, porque había un concierto y la noche era hermosa.

MARIA GUILHERME
Escritora y traductora española que actualmente reside en Portugal.