Dr. Lein

I.
Cuando ha transcurrido más o menos un mes, reviso la planilla y llamo al hematólogo; nunca puedo recordar cuáles son los días que atiende, si es que los martes no atiende o si es que los miércoles no atiende. Hablo con la secretaria, pido un turno, debo explicarle todo desde el principio cada vez, porque o bien no recuerda o bien siempre está en la luna; mientras me escucha tiene el tubo del teléfono gris apretado entre su hombro y su oreja y con la mano izquierda sostiene la fotografía enmarcada del hijito que tuvo casi por casualidad: es como si la estuviera viendo; con ese relato abruma a cuanto paciente se interpone entre ella y la fotografía; habla de la concepción del hijito como si el cartero se lo hubiera despachado adentro de una lata de sardinas. Le explico que el turno con el hematólogo es para una mujer de 90 años que ha tenido una embolia en una pierna, casi hace tres años atrás, y que el Dr. Lein la atiende desde entonces, le prescribe una medicación que ella debe controlarse una vez al mes, "el doctor", digo utilizando la expresión de la anciana, "le controla la sangre"; apenas lo digo pienso en qué absurda es esa expresión, dá la idea de que el Dr. Lein fuera un ingeniero en puentes y caminos y que anda poniéndole diques a los cursos sanguíneos ajenos. La secretaria me pregunta de qué obra social es la paciente y yo digo un nombre, ella me dice entonces que debemos pagar un plus; prácticamente todos los pacientes de cualquier obra social deben pagar un plus si se hacen atender por los doctores Saslavsky o Lein, hematólogos, es el óbolo que se deja en mano del barquero en esa hora final, y nadie, de hecho, se pone nunca a discutir los precios con semejante entidad. Arreglo día y hora, y cuando llega ese día y esa hora, estamos listas, la anciana y yo, y nos subimos a un taxi, con mucho cuidado de no cerrarnos la puerta sobre las polleras si es verano o sobre los abrigos si es invierno. Ella parlotea con el conductor sobre cualquier tema, todo es bueno para hacer la conversación, como ella misma sabe decir, y para el taxista es como maná caído del cielo que alguien condescienda a charlar con él, tantas veces convertido por sus oyentes en un orador despreciado. Yo querría gritarle que se calle, basta, pero ella sigue y sigue y yo no atino sino a mirar los plátanos que lentamente pasan por la ventanilla como si estuvieran saludándonos con ceremonia. Llevo dos, tres libros de humor para leer en la clínica; la consigna es que contengan algo de humor que disipe la sombra porque la espera es larga; primero le sacan sangre en una jeringuilla, la analizan, y como a las tres horas el Dr. Lein da su veredicto; estamos las dos en un saloncito con sillas de mimbre, rodeadas de otros pacientes que asisten por otros problemas con su sangre; alumbra la sala una lámpara de pie, y hay uno o dos cuadros con rosas pintadas que se empañan durante en los meses de invierno por efecto de la alta temperatura de la estufa. Yo trato de leer mientras espero; me hundo en la lectura e imagino que estoy dentro del libro como del oceáno y sin embargo sé que estoy hundida entre las páginas como algún día me hundiré en el sepulcro y nadie podrá venir a rescatarme.

II.
Cuando llegamos la secretaria está narrando a alguno el cuento de su hijo; nos ve, toma nota de nuestro apellido y sigue con el relato: el chico nunca llegó a gatear, sino que cuando tenía ocho meses era ya tan precoz que una mañana temprano se levantó, mojado aun dentro de sus pañales y echó caminar en dirección incierta. Nos sentamos pero a los pocos minutos una bioquímica llama a la anciana para extraerle sangre; me pide "acompáñeme", pero yo me niego, no soporto la vista de la sangre, la sangre es algo que debería tener el pudor suficiente como para quedarse siempre dentro de las venas y no andar volcándose por ahí y callejeando. Abro mi libro; delante de mí hay un señor delgado, cincuentón, de piel enrojecida y pegada a los huesos como si fuera una fruta que ha comenzado a secarse, un durazno que se olvidaron de descolgar de la rama a la hora de la recolección. Enfrente de él, está sentada una mujer, dice que es maestra, se llama Cecilia o Celia, no entiendo bien, lleva un pañuelo de seda muy vistoso que le cubre la cabeza calva; se inclina hacia delante al hablar, y gesticula con las manos haciendo siempre gestos redondos, como si tuviera una pelota entre los dedos; habla en voz muy alta, allí nadie tiene pudor, en el consultorio del Dr. Lein se está como en la antesala del Juicio Final y uno no va a andar cuidando de cuáles susceptibilidades ajenas se hieren por la exhibición de la propia miseria. Dice claramente: "yo tengo la misma leucemia que usted; el doctor me está haciendo la quimio"; no dice "quimioterapia", no dice "me paso sentada u acostada once o dieciséis horas mientras me escurren un ácido dentro de las venas que si me corriera por fuera me quemaría pero por dentro me cura, ¡y después hablan de las torturas de la Inquisición!", dice "quimio", dándole con el diminutivo un sentido más familiar y banal como si nombrara la tele que se mira en la matinée de los domingos, el squash o el tenis que a lo mejor practicaba los sábados en la mañana y que ahora extraña porque no lo puede hacer y sospecha que tal vez ya no lo hará nunca; ella es una mujer marcada. En el libro, un hombre que desea asesinar a su esposa practica primero con una muñeca inflable; se supone que esto es muy gracioso; sigo leyendo con ahínco; qué bueno sería, qué formidable, poder vivir primero en borrador y luego pasar la vida propia en limpio, sin un solo error de ortografía ni puntuación, con una redacción muy clara: estoy segura que ella que es maestra está pensando en este instante lo mismo que yo. La anciana vuelve con un apósito sobre la vena del antebrazo, se sienta, oye lo mismo que yo, estos enfermos que ahora cuentan que el Dr. Lein gana cuarenta mil dólares por cada transplante de médula; ella se aburre, creo que ni siquiera sabe qué es la médula; tal vez yo podría decirle que es el tuétano de los huesos, pero temo que me escuchen, además a ella no le interesan las enfermedades mortales de los otros, bastante tiene con cargar noventa años sobre sus pies, a esa edad, calculo, la muerte y las demás cosas se vuelven muy relativas; me gusta de ella, sin embargo, el que no haya perdido por completo su poder; me gustan los ancianos sentados muy tiesos y orgullosos en sus asientos como en tronos de cartón piedra, portando sus cucharas soperas como cetros de jade; en cambio, un anciano impotente se vuelve tonto y endeble, se convierte en una criatura patética: supongo que de es se trata lo que le sucede al rey Lear. El hombre explica la mujer cómo ha sido su transplante: pasó muchas semanas encerrado en su casa y luego encerrado -no dice "encerrado" sino "aislado"- en una habitación del cuarto piso del sanatorio Delta a propósito para ese tipo de pacientes; allí nada más entraba a verlo su esposa, vestida como una enfermera y con barbijo; está esa cuestión de las defensas inmunológicas que hay que bajar o subir, no entendí bien; el único entretenimiento del hombre allí dentro era la televisión, no podía leer, ni revistas ni libros, los libros están llenos de bacterias y pequeños organismos, el papel fue un árbol antes de ser papel, un ser vivo del que nadie puede asegurar que ahora esté completamente muerto, sino solamente que cambió de forma; una biblioteca vendría a ser, entonces, como un bosque, una selva. Así en soledad estuvo tres meses contando el antes y el después del tansplante, dijo, otro en su lugar hubiera escrito un "Mis prisiones", pero a él le estaba vedado escribir, la tinta, el papel, hasta el pensamiento contaminan; "yo", dijo la mujer, "creo que me tiraría por la ventana". El hombre le explicó que las ventanas de ese cuarto estaban selladas por fuera; ¡era casi natural, tan obvio, que una persona en esa situación ansiara tirarse por la ventana! Se estaba ahí dentro como un muerto vivo, pasando por el período del tabú de purificación para volver a integrarse a la comunidad de los seres humanos, uno era como Cristo cuando se le apareció a la Magdalena y le ordenó: "No me toques". Logró curarse, dijo, ahora sólo iba una vez por semana a lo del Dr. Lein, se hacía los chequeos; "pero la verdad", dijo, "la verdad es que si tuviera que volver a pasar por esto, no lo paso, bajo ningún concepto, no haría una cosa así nunca más". En mi libro, el protagonista arroja la muñeca inflable a un agujero de cemento fresco; a los pocos días unos albañiles descubren ese cuerpo y creen que es el cadáver de una mujer verdadera; luego lo pulen y descubren que es una muñeca: se sienten burlados; trato de reírme pero es un esfuerzo en vano. Al cabo de un rato, el Dr. Lein llama a la anciana por su nombre de soltera; dice "María R.", y ella acude presurosa, como una quinceañera a su primera cita; la acompaño; el Dr. Lein, con su aspecto inequívoco de socio vitalicio del Jockey Club, le sonríe con su dentadura perfecta, mientras lee los análisis bajo el tubo fluorescente destella su sempiterna piel bronceada, lanza chispas el par de anillos de oro -uno con un topacio- que lleva en la mano izquierda -y hay quien dice que los hombres que usan anillos tienen la costumbre de pegar a su mujer-; está parado de una manera bajo la luz que hace el efecto de que sostuviera una raqueta de tenis bajo la axila, y cuando se mueve, descansa un pie sobre otro como si entre ellos tuviera un palo de golf; luego pronuncia: "estás perfecta, María, estás bárbara" y señala "subimos la dosis" o "bajamos la dosis", según el caso, siempre se refiere con esto a si debe incluir o quitar media pastilla de las anticoagulantes. Luego me pregunta a mí qué estoy leyendo y yo le entrego mi libro, "Wilt", él lo mira con interés, yo lo miro a él como a un santo sanador y pienso que debería regalarle el libro, le digo que es una novela muy divertida, cuando lo hago la palabra "divertida" me sale nasal y llorada y no soy capaz de convencerme ni a mí; él sonríe entre destellos odontológicos, yo lo saludo, y llevada quién sabe por qué extraño impulso, lo beso en su mejilla que huele a loción de después de afeitar en lugar de estrechar su mano. Al instante me arrepiento; "no debería haberlo besado", pienso, me avergüenzo de lo que hice; paso a considerar que haber besado al Dr. Lein fue un acto servil, como la genuflexión delante de las imágenes; cuando salimos de ahí, apenas cruzamos el umbral de la puerta la anciana se suena la nariz con un pañuelito mínimo que sólo podría atender a las necesidades de la nariz de un gnomo; lo estruja y lo mete dentro de la manga de su pulóver. Me vuelvo apenas un instante y veo allí todavía sentada a la mujer que espera el transplante que le alargará la vida; charla animadamente con el hombre, de pronto el pañuelo se le corre un poco hacia atrás, y ella lo arregla con un ademán tan diestro que dá la sensación que hubiera pasado su vida en Arabia Saudita anudando y desanudando turbantes beduinos; "cuánta vida hay en esa mujer", pienso, "cuánta"; para llevársela a ella, pienso, la Parca tendrá que segarla, en cambio, con cualquiera de nosotros, conmigo por ejemplo, que suelo estar tan distraída, bastaría con un tropezón, una especie de esguince de tobillo del espíritu y yo ya no estaría más sobre este mundo.

III.
A la salida, la anciana hace que pasemos por una panadería y compra rosca de pan o bizcochos o alguna cosa para merendar luego; está exultante, se compraría la panadería entera, se haría maestra panadera, cocinaría pasteles peregrinos inventados según su propia receta. Mientras caminamos pregunta: "¿vió a los cancerosos?", le digo que sí, ella me pide que saque un poco de rosca y la vayamos comiendo por el camino de vuelta, habla de nuestra caminata -las veredas que pasamos, la calle, el semáforo- llamándola "los caminos" como si fuéramos cabras y no personas; "¿se irán a morir?", pregunta, y yo le digo que uno no, pero que la otra aun es probable; y ella dice que entonces están peor que ella, "en fin", dice, "a tener paciencia, la gente se viene muriendo desde que Berta hilaba" -pronuncia "filaba"-; me extraña la expresión que usa, porque aun antes de Berta, por decir así, los padres y los abuelos de Berta debieron nacer y morir también, pero no la corrijo, la dejo pensar que Berta la hiladora fue la que instaló la muerte en el mundo. En nuestras visitas al Cementerio, en cambio, ella pone crisantemos blancos a su marido muerto veintiún años atrás; yo debo ayudarla a subir con cuidado una escalera tijera que ha dejado el encargado para esos fines, porque la tumba está muy alta; ella entonces besa la fotografía donde está él, un retrato de fines de los años '50, él con el uniforme de empleado de Correos y Telégrafos. Antes de bajarse, asimismo besa la tumba de al lado, que está vacía y adonde alguna vez descansará su cuerpo: con ella, la Parca también deberá usar de la fuerza de sus músculos para segarla; no se la va a llevar como quien arranca una brizna de hierba. En su casa prepara el café con leche o el chocolate, según como esté de apetito y de humor, y termina de dar cuenta de la rosca de pan y mientras comemos me cuenta con lujo de detalles la conversación que mantuvo con el Dr. Lein mientras estuvo sola dentro del consultorio: que el Dr. Lein le contó que el padre de él tiene 85 años y camina doce cuadras por día; que ahora la gente se muere muy mayor y que la expectativa de vida pueden ser más de cien años; su madre, dice ella, doña Natalina, vivió hasta los 80, fue campesina toda la vida y sabía decir que vivir más sirve para aprender más; ella ahora la sobrevivió en diez años más de longevidad y también piensa que vivir más sirve para conocer más; es lo que se llama, digo yo para mis adentros, según la expresión francesa "ser un espíritu abierto"; luego dice "el Dr. Lein me dijo que puedo comer de todo" y se unta sobre una rebanada de rosca una gran porción de manteca, "incluso lo que la doctora anterior, 'la-que-no-sabía-nada', la 'charlatana', me prohibió: huevo, acelga, pepino, chocolate. ¿Cómo una mujer como yo no va a poder comer acelga?", pregunta indignada y mastica; al fin dice: "Dijo el Dr. Lein que estando como yo estoy puedo vivir todavía otros noventa años, así me dijo". La Parca tendrá que entrenarse haciendo gimnasia sueca, el día que quiera venir a llevarse de este mundo a semejante anciana.


PATRICIA SUÁREZ
nació en Rosario, Santa Fe, Argentina, en 1969. Ha publicado las novelas Aparte del Principio de la Realidad (Editorial Municipal de Rosario, 1998) y Perdida en el momento (Alfaguara, 2004; Premio Clarín de Novela 2003), los libros de cuentos Rata Paseandera (Bajo la Luna Nueva, Rosario, 1998), La italiana (Ameghino Editora, Rosario, 2000), Completamente solo (EUDEBA, Buenos Aires, 2000) La flor incandescente (SIAL, Madrid, 2002), y Círculo (La Xara, Valencia, 2003), los poemarios Fluido Manchester (Siesta, Buenos Aires, 2000) y Late (Alción, Córdoba, 2003), el libro de textos teatrales Las Polacas (Teatro Vivo, Buenos Aires, 2003), los cuentos para niños Historia de Pollito Belleza (Monte Avila, Caracas, 1999) y Chiquito Ratón (Universidad Nac. del Litoral, Santa Fe), el ensayo La escritura literaria (Homo Sapiens, Rosario, 2002) y las historias para jóvenes Patrañas (La Xara, Valencia). Están en preparación la novela juvenil Memorias de Ygor (Colihue, Bs As.), el libro de cuentos para niños Habla el Lobo (Norma editorial), la novela Un fragmento de la vida de Irene S. (Colihue, Bs As), y la antología de coplas y canciones folklóricas de humor Un cocodrilo te cante (Homo Sapiens, Rosario).
Escribió las obras Valhala (Premio Argentores 2000), estrenada en 2002 en la ciudad de Mar del Plata bajo la dirección de Enrique Baigol; y la trilogía Las polacas, compuesta por Historias tártaras, Casamentera (Premio Fondo Nacional de las Artes 2001) y La Varsovia (Premio Instituto Nacional de Teatro 2001), estrenadas en 2002 en Buenos Aires y dirigidas respectivamente por Clara Pando, Elvira Onetto y Laura Yusem. Asimismo, La Varsovia se representó en la ciudad de Santa Fe en 2003 bajo la dirección de Fabiana Godano. En coautoría escribió con Leonel Giacometto Besaré tus pies dirigida por Julio Piquer en la Fundación Konex (Bs As, 2003) y Puerta de Hierro (Premio Argentores de Teatro Leído 2003) dirigida para el evento por Susana Torres Molina, Bs As, 2003. Para el 2004 ya están programados los estrenos de Valhala (dir. Ariel Bonomi), Teatro del Ángel, El sueño de Cecilia (dir. Clara Pando), Teatro Patio de Actores y Rudolf (Dir Cecilia Pión) Teatro Cervantes, Bs As. Está nominada en la terna de los Premios Trinidad Guevara por su autoría de Las Polacas.