El Zurdo



Fuente: Primera edición, Buenos Aires, Librería La Facultad, de Juan Roldán, 1915.


Un entrevero violento y fugaz -palabras de odio gritadas entre una carnicería de doscientos hombres que, al través de la noche, se sablean y atropellan, sobrehumanos, bramando coraje.

Combate rudo.

Por quinta vez, el gauchaje sorprendía el campamento realista; y en el aturdimiento de todos, lazo y bola habían hecho su obra.

Uno de los asaltantes, sin embargo, quedó en mano de los españoles. En cortejo de odio fue conducido al juicio de los superiores, y la pena de muerte cayó fatalmente.

La cabeza baja y casi escondida por lacia melena, el condenado oyó el veredicto. Sus ropas despedazadas descubrían el pecho, sesgado por honda herida.

Cuando la soldadesca tuvo segura su venganza, calmáronse los anatemas y maldiciones. Aproximábanse, por turno, para verlo, y también gozar de su estado.

Concluirían los asaltos y el terror supersticioso que supo imponer ese cabecilla peligroso cuyo apodo vibraba en boca del enemigo con entonación de ira. ¿Cuántos no ahorcó su lazo, y despedazó en la huida, mientras se golpeaba la boca en señal de burla?

Adelantóse el verdugo voluntario.

La tropa rodeaba con curiosidad, ansiosa de ver flaquear al que habían temido.

Por primera vez, El Zurdo alzó la cara y tuvo una mirada de pálido desprecio. Quería vejarlos antes de morir, herirlos con una palabra a falta de hierro, y sonrió sarcástico.

-¿Por qué no yaman las mujeres?

La indignación hirvió en la tropa, los dientes rechinaron, hartos de ofensa; el sable temblaba en manos del verdugo. El Zurdo aprovechó el silencio, hablando con orgullo:

-En la sidera de mi recao tengo siento trainta tarjas, y ustedes por más que me maten, no han de matar más que a uno.

Era el colmo. La tropa, indisciplinada, cayó sobre el preso, que desapareció entre un tumulto de brazos y armas. Cuando el jefe logró despejar su gente, El Zurdo había caído. En su cuerpo sangraban no menos heridas que tarjas reían en su sidera, pero fue un honor del cual no pudo vanagloriarse.
 

RICARDO GUIRALDES nació en Buenos Aires el 13 de febrero de 1886, en el seno de una acaudalada familia que al año siguiente se trasladó a París. El futuro autor de Don Segundo Sombra, libro en el que dejó un retrato inolvidable de la vida un gaucho en la pampa, aprendió a hablar primero en francés y luego en alemán. El castellano fue su tercera lengua.
En 1890 los Güiraldes regresaron a Buenos Aires, y los días de Ricardo comenzaron a repartirse entre la ciudad y la estancia “La Porteña”, en San Antonio de Areco. Allí fue donde conoció a Don Segundo Ramírez, un paisano de sangre india y negra que inspiraría su obra cumbre.
Las fiestas, las mujeres y los viajes por el mundo marcaron su etapa de juventud y dieron forma a una imagen de dandy que, posteriormente, sus adversarios le reprocharían. Lo tildaban de niño bien y se burlaban de su empeño en escribir sobre el mundo áspero del campo.
En 1915 Güiraldes publicó sus primeros libros, El cencerro de cristal y Cuentos de muerte y de sangre, obras que fueron recibidas con críticas demoledoras. En 1917 publica Raucho, y un año más tarde aparece en El cuento ilustrado (dirigido por Horacio Quiroga) Un idilio de estación, que después editará con el título de Rosaura.
Aunque la había concluido en París en 1919, su novela Xaimaca se publicará recién en 1923. En ese mismo libro se anunciaban, además, sus Poemas solitarios y Don Segundo Sombra, que aparecería tres años después.
1924 es un fecha clave en la vida de Güiraldes. Conoce a Jorge Luis Borges, con quien dirigirá la revista Proa (segunda época), junto a Brandán Caraffa y Rojas Paz.
A principios de los años ‘20 Güiraldes había empezado a interesarse por problemas religiosos, a través de su pasión por el hinduismo. De estas inquietudes surgirán sus Poemas místicos y El sendero.
Fue durante su viaje a la India cuando Güiraldes comenzó a padecer los primeros síntomas de un cáncer de garganta. Muere en París el 8 de octubre de 1927, y el 15 de noviembre sus restos fueron recibidos en el puerto de Buenos Aires por el entonces presidente Marcelo Torcuato de Alvear. El féretro fue trasladado a Retiro y allí se lo embarcó hacia San Antonio de Areco, donde una interminable comitiva de gauchos, encabezados por Don Segundo Ramírez, esperaba al “patroncito”. “Y así es –escribe Ivonne Bordelois– como la tarde inhóspita y polvorienta de Areco contempla el inusitado espectáculo de un personaje que conduce a la sepultura a su propio autor”.