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El matadero
1838
Esteban Echeverría (1805-1851)
Fuente: Obras Completas de D. Esteban Echeverría , edición de Juan María
Gutiérrez, Buenos Aires, Carlos Casavalle Editor, 1870-1874.
A pesar de que la mía es historia, no la empezaré por el arca de Noé y
la genealogía de sus ascendientes como acostumbraban hacerlo los
antiguos historiadores españoles de América, que deben ser nuestros
prototipos. Tengo muchas razones para no seguir ese ejemplo, las que
callo por no ser difuso. Diré solamente que los sucesos de mi narración,
pasaban por los años de Cristo del 183... Estábamos, a más, en cuaresma,
época en que escasea la carne en Buenos Aires, porque la Iglesia,
adoptando el precepto de Epicteto, sustine, abstine (sufre, abstente),
ordena vigilia y abstinencia a los estómagos de los fieles, a causa de
que la carne es pecaminosa, y, como dice el proverbio, busca a la carne.
Y como la Iglesia tiene ab initio y por delegación directa de Dios, el
imperio inmaterial sobre las conciencias y estómagos, que en manera
alguna pertenecen al individuo, nada más justo y racional que vede lo
malo.
Los abastecedores, por otra parte, buenos federales, y por lo mismo
buenos católicos, sabiendo que el pueblo de Buenos Aires atesora una
docilidad singular para someterse a toda especie de mandamiento, sólo
traen en días cuaresmales al matadero, los novillos necesarios para el
sustento de los niños y de los enfermos dispensados de la abstinencia
por la Bula y no con el ánimo de que se harten algunos herejotes, que no
faltan, dispuestos siempre a violar las mandamientos carnificinos de la
Iglesia, y a contaminar la sociedad con el mal ejemplo.
Sucedió, pues, en aquel tiempo, una lluvia muy copiosa. Los caminos se
anegaron; los pantanos se pusieron a nado y las calles de entrada y
salida a la ciudad rebosaban en acuoso barro. Una tremenda avenida se
precipitó de repente por el Riachuelo de Barracas, y extendió
majestuosamente sus turbias aguas hasta el pie de las barrancas del
Alto. El Plata creciendo embravecido empujó esas aguas que venían
buscando su cauce y las hizo correr hinchadas por sobre campos,
terraplenes, arboledas, caseríos, y extenderse como un lago inmenso por
todas las bajas tierras. La ciudad circunvalada del Norte al Este por
una cintura de agua y barro, y al Sud por un piélago blanquecino en cuya
superficie flotaban a la ventura algunos barquichuelos y negreaban las
chimeneas y las copas de los árboles, echaba desde sus torres y
barrancas atónitas miradas al horizonte como implorando la misericordia
del Altísimo. Parecía el amago de un nuevo diluvio. Los beatos y beatas
gimoteaban haciendo novenarios y continuas plegarias. Los predicadores
atronaban el templo y hacían crujir el púlpito a puñetazos. Es el día
del juicio, decían, el fin del mundo está por venir. La cólera divina
rebosando se derrama en inundación. ¡Ay de vosotros, pecadores! ¡Ay de
vosotros unitarios impíos que os mofáis de la Iglesia, de los santos, y
no escucháis con veneración la palabra de los ungidos del Señor! ¡Ah de
vosotros si no imploráis misericordia al pie de los altares! Llegará la
hora tremenda del vano crujir de dientes y de las frenéticas
imprecaciones. Vuestra impiedad, vuestras herejías, vuestras blasfemias,
vuestros crímenes horrendos, han traído sobre nuestra tierra las plagas
del Señor. La justicia del Dios de la Federación os declarará malditos.
Las pobres mujeres salían sin aliento, anonadadas del templo, echando,
como era natural, la culpa de aquella calamidad a los unitarios.
Continuaba, sin embargo, lloviendo a cántaros, y la inundación crecía
acreditando el pronóstico de los predicadores. Las campanas comenzaron a
tocar rogativas por orden del muy católico Restaurador, quien parece no
las tenía todas consigo. Los libertinos, los incrédulos, es decir, los
unitarios, empezaron a amedrentarse al ver tanta cara compungida, oír
tanta batahola de imprecaciones. Se hablaba ya, como de cosa resuelta,
de una procesión en que debía ir toda la población descalza y a cráneo
descubierto, acompañando al Altísimo, llevado bajo palio por el obispo,
hasta la barranca de Balcarce, donde millares de voces conjurando al
demonio unitario de la inundación, debían implorar la misericordia
divina.
Feliz, o mejor, desgraciadamente, pues la cosa habría sido de verse, no
tuvo efecto la ceremonia, porque bajando el Plata, la inundación se fue
poco a poco escurriendo en su inmenso lecho sin necesidad de conjuro ni
plegarias.
Lo que hace principalmente a mi historia es que por causa de la
inundación estuvo quince días el matadero de la Convalecencia sin ver
una sola cabeza vacuna, y que en uno o dos, todos los bueyes de
quinteros y aguateros se consumieron en el abasto de la ciudad. Los
pobres niños y enfermos se alimentaban con huevos y gallinas, y los
gringos y herejotes bramaban por el beefsteak y el asado. La abstinencia
de carne era general en el pueblo, que nunca se hizo más digno de la
bendición de la Iglesia, y así fue que llovieron sobre él millones y
millones de indulgencias plenarias. Las gallinas se pusieron a seis
pesos y los huevos a cuatro reales y el pescado carísimo. No hubo en
aquellos días cuaresmales promiscuaciones ni excesos de gula; pero en
cambio se fueron derecho al cielo innumerables ánimas, y acontecieron
cosas que parecen soñadas.
No quedó en el matadero ni un solo ratón vivo de muchos millares que
allí tenían albergue. Todos murieron o de hambre o ahogados en sus
cuevas por la incesante lluvia. Multitud de negras rebusconas de achuras,
como los caranchos de presa, se desbandaron por la ciudad como otras
tantas arpías prontas a devorar cuanto hallaran comible. Las gaviotas y
los perros, inseparables rivales suyos en el matadero, emigraron en
busca de alimento animal. Porción de viejos achacosos cayeron en
consunción por falta de nutritivo caldo; pero lo más notable que sucedió
fue el fallecimiento casi repentino de unos cuantos gringos herejes que
cometieron el desacato de darse un hartazgo de chorizos de Extremadura,
jamón y bacalao y se fueron al otro mundo a pagar el pecado cometido por
tan abominable promiscuación.
Algunos médicos opinaron que si la carencia de carne continuaba, medio
pueblo caería en síncope por estar los estómagos acostumbrados a su
corroborante jugo; y era de notar el contraste entre estos tristes
pronósticos de la ciencia y los anatemas lanzados desde el púlpito por
los reverendos padres contra toda clase de nutrición animal y de
promiscuación en aquellos días destinados por la Iglesia al ayuno y 1a
penitencia. Se originó de aquí una especie de guerra intestina entre los
estómagos y las conciencias, atizada por el inexorable apetito y las no
menos inexorables vociferaciones de los ministros de la Iglesia, quienes,
como es su deber, no transigen con vicio alguno que tienda a relajar las
costumbres católicas: a lo que se agregaba el estado de flatulencia
intestinal de los habitantes, producido por el pescado y los porotos y
otros alimentos algo indigestos.
Esta guerra se manifestaba por sollozos y gritos descompasados en la
peroración de los sermones y por rumores y estruendos subitáneos en las
casas y calles de la ciudad o dondequiera concurrían gentes. Alarmóse un
tanto el gobierno, tan paternal como previsor, del Restaurador, creyendo
aquellos tumultos de origen revolucionario y atribuyéndolos a los mismos
salvajes unitarios, cuyas impiedades, según los predicadores federales,
habían traído sobre el país la inundación de la cólera divina; tomó
activas providencias, desparramó sus esbirros por la población, y por
último, bien informado, promulgó un decreto tranquilizador de las
conciencias y de los estómagos, encabezado por un considerando muy sabio
y piadoso para que a todo trance y arremetiendo por agua y todo, se
trajese ganado a los corrales.
En efecto, el decimosexto día de la carestía, víspera del día de
Dolores, entró a nado por el paso de Burgos al matadero del Alto una
tropa de cincuenta novillos gordos; cosa poca por cierto para una
población acostumbrada a consumir diariamente de 250 a 300, y cuya
tercera parte al menos gozaría del fuero eclesiástico de alimentarse con
carne. ¡Cosa extraña que haya estómagos privilegiados y estómagos
sujetos a leyes inviolables y que la Iglesia tenga la llave de los
estómagos!
Pero no es extraño, supuesto que el diablo con la carne suele meterse en
el cuerpo y que la Iglesia tiene el poder de conjurarlo: el caso es
reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad
sino la de la Iglesia y el gobierno. Quizá llegue el día en que sea
prohibido respirar aire libre, pasearse y hasta conversar con un amigo,
sin permiso de autoridad competente. Así era, poco más o menos, en los
felices tiempos de nuestros beatos abuelos que por desgracia vino a
turbar la revolución de Mayo.
Sea como fuere; a la noticia de la providencia gubernativa, los corrales
del Alto se llenaron, a pesar del barro, de carniceros, achuradores y
curiosos, quienes recibieron con grandes vociferaciones y palmoteos los
cincuenta novillos destinados al matadero.
-Chica, pero gorda -exclamaban-. ¡Viva la Federación! ¡Viva el
Restaurador!
Porque han de saber los lectores que en aquel tiempo la Federación
estaba en todas partes, hasta entre las inmundicias del matadero, y no
había fiesta sin Restaurador como no hay sermón sin San Agustín. Cuentan
que al oír tan desaforados gritos las últimas ratas que agonizaban de
hambre en sus cuevas, se reanimaron y echaron a correr desatentadas
conociendo que volvían a aquellos lugares la acostumbrada alegría y la
algazara precursora de abundancia.
El primer novillo que se mató fue todo entero de regalo al Restaurador,
hombre muy amigo del asado. Una comisión de carniceros marchó a
ofrecérselo a nombre de los federales del matadero, manifestándole in
voce su agradecimiento por la acertada providencia del gobierno, su
adhesión ilimitada al Restaurador y su odio entrañable a los salvajes
unitarios, enemigos de Dios y de los hombres. El Restaurador contestó a
la arenga, rinforzando sobre el mismo tema y concluyó la ceremonia con
los correspondientes vivas y vociferaciones de los espectadores y
actores. Es de creer que el Restaurador tuviese permiso especial de su
Ilustrísima para no abstenerse de carne, porque siendo tan buen
observador de las leyes, tan buen católico y tan acérrimo protector de
la religión, no hubiera dado mal ejemplo aceptando semejante regalo en
día santo.
Siguió la matanza y en un cuarto de hora cuarenta y nueve novillos se
hallaban tendidos en la playa del matadero, desollados unos, los otros
por desollar. El espectáculo que ofrecía entonces era animado y
pintoresco aunque reunía todo lo horriblemente feo, inmundo y deforme de
una pequeña clase proletaria peculiar del Río de la Plata. Pero para que
el lector pueda percibirlo a un golpe de ojo preciso es hacer un croquis
de la localidad.
El matadero de la Convalecencia o del Alto, sito en las quintas al Sud
de la ciudad, es una gran playa en forma rectangular colocada al extremo
de dos calles, una de las cuales allí se termina y la otra se prolonga
hacia el Este. Esta playa con declive al Sud, está cortada por un zanjón
labrado por la corriente de las aguas pluviales en cuyos bordes
laterales se muestran innumerables cuevas de ratones y cuyo cauce,
recoge en tiempo de lluvia, toda la sangraza seca o reciente del
matadero. En la junción del ángulo recto hacia el Oeste está lo que
llaman la casilla, edificio bajo, de tres piezas de media agua con
corredor al frente que da a la calle y palenque para atar caballos, a
cuya espalda se notan varios corrales de palo a pique de ñandubay con
sus fornidas puertas para encerrar el ganado.
Estos corrales son en tiempo de invierno un verdadero lodazal en el cual
los animales apeñuscados se hunden hasta el encuentro y quedan como
pegados y casi sin movimiento. En la casilla se hace la recaudación del
impuesto de corrales, se cobran las multas por violación de reglamentos
y se sienta el juez del matadero, personaje importante, caudillo de los
carniceros y que ejerce la suma del poder en aquella pequeña república
por delegación del Restaurador. Fácil es calcular qué clase de hombre se
requiere para el desempeño de semejante cargo. La casilla, por otra
parte, es un edificio tan ruin y pequeño que nadie lo notaría en los
corrales a no estar asociado su nombre al del terrible juez y a no
resaltar sobre su blanca pintura los siguientes letreros rojos: "Viva la
Federación", "Viva el Restaurador y la heroína doña Encarnación Ezcurra",
"Mueran los salvajes unitarios". Letreros muy significativos, símbolo de
la fe política y religiosa de la gente del matadero. Pero algunos
lectores no sabrán que la tal heroína es la difunta esposa del
Restaurador, patrona muy querida de los carniceros, quienes, ya muerta,
la veneraban como viva por sus virtudes cristianas y su federal heroísmo
en la revolución contra Balcarce. Es el caso que un aniversario de
aquella memorable hazaña de la mazorca, los carniceros festejaron con un
espléndido banquete en la casilla a la heroína, banquete al que
concurrió con su hija y otras señoras federales, y que allí en presencia
de un gran concurso ofreció a los señores carniceros en un solemne
brindis, su federal patrocinio, por cuyo motivo ellos la proclamaron
entusiasmados patrona del matadero, estampando su nombre en las paredes
de la casilla donde se estará hasta que lo borre la mano del tiempo.
La perspectiva del matadero a la distancia era grotesca, llena de
animación. Cuarenta y nueve reses estaban tendidas sobre sus cueros y
cerca de doscientas personas hollaban aquel suelo de lodo regado con la
sangre de sus arterias. En torno de cada res resaltaba un grupo de
figuras humanas de tez y raza distinta. La figura más prominente de cada
grupo era el carnicero con el cuchillo en mano, brazo y pecho desnudos,
cabello largo y revuelto, camisa y chiripá y rostro embadurnado de
sangre. A sus espaldas se rebullían caracoleando y siguiendo los
movimientos, una comparsa de muchachos, de negras y mulatas achuradoras,
cuya fealdad trasuntaba las arpías de la fábula, y entremezclados con
ellas algunos enormes mastines, olfateaban, gruñían o se daban de
tarascones por la presa. Cuarenta y tantas carretas toldadas con
negruzco y pelado cuero se escalonaban irregularmente a lo largo de la
playa y algunos jinetes con el poncho calado y el lazo prendido al
tiento cruzaban por entre ellas al tranco o reclinados sobre el pescuezo
de los caballos echaban ojo indolente sobre uno de aquellos animados
grupos, al paso que más arriba, en el aire, un enjambre de gaviotas
blanquiazules que habían vuelto de la emigración al olor de carne,
revoloteaban cubriendo con su disonante graznido todos lo ruidos y voces
del matadero y proyectando una sombra clara sobre aquel campo de
horrible carnicería. Esto se notaba al principio de la matanza.
Pero a medida que adelantaba, la perspectiva variaba; los grupos se
deshacían, venían a formarse tomando diversas actitudes y se
desparramaban corriendo como si en el medio de ellos cayese alguna bala
perdida o asomase la quijada de algún encolerizado mastín. Esto era, que
inter el carnicero en un grupo descuartizaba a golpe de hacha, colgaba
en otro los cuartos en los ganchos a su carreta, despellejaba en éste,
sacaba el sebo en aquél, de entre la chusma que ojeaba y aguardaba la
presa de achura salía de cuando en cuando una mugrienta mano a dar un
tarazón con el cuchillo al sebo o a los cuartos de la res, lo que
originaba gritos y explosión de cólera del carnicero y el continuo
hervidero de los grupos, dichos y gritería descompasada de los muchachos.
-Ahí se mete el sebo en las tetas, la tía -gritaba uno.
-Aquél lo escondió en el alzapón -replicaba la negra.
-Che, negra bruja, salí de aquí antes de que te pegue un tajo -exclamaba
el carnicero.
-¿Qué le hago, ño Juan? ¡No sea malo! Yo no quiero sino la panza y las
tripas.
-Son para esa bruja: a la m...
-¡A la bruja! ¡A la bruja! -repitieron los muchachos-: ¡Se lleva la
riñonada y el tongorí! - Y cayeron sobre su cabeza sendos cuajos de
sangre y tremendas pelotas de barro.
Hacia otra parte, entretanto, dos africanas llevaban arrastrando las
entrañas de un animal; allá una mulata se alejaba con un ovillo de
tripas y resbalando de repente sobre un charco de sangre, caía a plomo,
cubriendo con su cuerpo la codiciada presa. Acullá se veían acurrucadas
en hilera cuatrocientas negras destejiendo sobre las faldas el ovillo y
arrancando uno a uno los sebitos que el avaro cuchillo del carnicero
había dejado en la tripa como rezagados, al paso que otras vaciaban
panzas y vejigas y las henchían de aire de sus pulmones para depositar
en ellas, luego de secas, la achura.
Varios muchachos gambeteando a pie y a caballo se daban de vejigazos o
se tiraban bolas de carne, desparramando con ellas y su algazara la nube
de gaviotas que columpiándose en el aire celebraban chillando la matanza.
Oíanse a menudo a pesar del veto del Restaurador y de la santidad del
día, palabras inmundas y obscenas, vociferaciones preñadas de todo el
cinismo bestial que caracteriza a la chusma de nuestros mataderos, con
las cuales no quiero regalar a los lectores.
De repente caía un bofe sangriento sobre la cabeza de alguno, que de
allí pasaba a la de otro, hasta que algún deforme mastín lo hacía buena
presa, y una cuadrilla de otros, por si estrujo o no estrujo, armaba una
tremenda de gruñidos y mordiscones. Alguna tía vieja salía furiosa en
persecución de un muchacho que le había embadurnado el rostro con
sangre, y acudiendo a sus gritos y puteadas los compañeros del rapaz, la
rodeaban y azuzaban como los perros al toro y llovían sobre ella
zoquetes de carne, bolas de estiércol, con groseras carcajadas y gritos
frecuentes, hasta que el juez mandaba restablecer el orden y despejar el
campo.
Por un lado dos muchachos se adiestraban en el manejo del cuchillo
tirándose horrendos tajos y reveses; por otro cuatro ya adolescentes
ventilaban a cuchilladas el derecho a una tripa gorda y un mondongo que
habían robado a un carnicero; y no de ellos distante, porción de perros
flacos ya de la forzosa abstinencia, empleaban el mismo medio para saber
quién se llevaría un hígado envuelto en barro. Simulacro en pequeño era
éste del modo bárbaro con que se ventilan en nuestro país las cuestiones
y los derechos individuales y sociales. En fin, la escena que se
representaba en el matadero era para vista, no para escrita.
Un animal había quedado en los corrales de corta y ancha cerviz, de
mirar fiero, sobre cuyos órganos genitales no estaban conformes los
pareceres porque tenía apariencias de toro y de novillo. Llególe su
hora. Dos enlazadores a caballo penetraron al corral en cuyo contorno
hervía la chusma a pie, a caballo y horquetada sobre sus ñudosos palos.
Formaban en la puerta el más grotesco y sobresaliente grupo varios
pialadores y enlazadores de a pie con el brazo desnudo y armado del
certero lazo, la cabeza cubierta con un pañuelo punzó y chaleco y
chiripá colorado, teniendo a sus espaldas varios jinetes y espectadores
de ojo escrutador y anhelante.
El animal prendido ya al lazo por las astas, bramaba echando espuma
furibundo y no había demonio que lo hiciera salir del pegajoso barro
donde estaba como clavado y era imposible pialarlo. Gritánbanlo, lo
azuzaban en vano con las mantas y pañuelos los muchachos prendidos sobre
las horquetas del corral, y era de oír la disonante batahola de silbidos,
palmadas y voces tiples y roncas que se desprendía de aquella singular
orquesta.
Los dicharachos, las exclamaciones chistosas y obscenas rodaban de boca
en boca y cada cual hacía alarde espontáneamente de su ingenio y de su
agudeza excitado por el espectáculo o picado por el aguijón de alguna
lengua locuaz.
-Hi de p... en el toro.
-Al diablo los torunos del Azul.
-Malhaya el tropero que nos da gato por liebre.
-Si es novillo.
-¿No está viendo que es toro viejo?
-Como toro le ha de quedar. ¡Muéstreme los c... si le parece, c...o!
-Ahí los tiene entre las piernas. ¿No los ve, amigo, más grandes que la
cabeza de su castaño; ¿o se ha quedado ciego en el camino?
-Su madre sería la ciega, pues que tal hijo ha parido. ¿No ve que todo
ese bulto es barro?
-Es emperrado y arisco como un unitario. -Y al oír esta mágica palabra
todos a una voz exclamaron-: ¡Mueran los salvajes unitarios!
-Para el tuerto los h...
-Sí, para el tuerto, que es hombre de c... para pelear con los unitarios.
-El matahambre a Matasiete, degollador de unitarios. ¡Viva Matasiete!
-¡A Matasiete el matahambre!
-Allá va -gritó una voz ronca, interrumpiendo aquellos desahogos de la
cobardía feroz-. ¡Allá va el toro!
-¡Alerta! ¡Guarda los de la puerta! ¡Allá va furioso como un demonio!
Y en efecto, el animal acosado por los gritos y sobre todo por dos
picanas agudas que le espoleaban la cola, sintiendo flojo el lazo,
arremetió bufando a la puerta, lanzando a entre ambos lados una rojiza y
fosfórica mirada. Dióle el tirón el enlazador sentando su caballo,
desprendió el lazo del asta, crujió por el aire un áspero zumbido y al
mismo tiempo se vio rodar desde lo alto de una horqueta del corral, como
si un golpe de hacha la hubiese dividido a cercén, una cabeza de niño
cuyo tronco permaneció inmóvil sobre su caballo de palo, lanzando por
cada arteria un largo chorro de sangre.
-Se cortó el lazo -gritaron unos-: ¡allá va el toro!
Pero otros deslumbrados y atónitos guardaron silencio porque todo fue
como un relámpago.
Desparramóse un tanto el grupo de la puerta. Una parte se agolpó sobre
la cabeza y el cadáver palpitante del muchacho degollado por el lazo,
manifestando horror en su atónito semblante, y la otra parte compuesta
de jinetes que no vieron la catástrofe se escurrió en distintas
direcciones en pos del toro, vociferando y gritando:
-¡Allá va el toro! ¡Atajen! ¡Guarda!
-¡Enlaza, Siete pelos!
-¡Que te agarra, botija!
-¡Va furioso; no se le pongan delante!
-¡Ataja, ataja, morado!
-¡Déle espuela al mancarrón!
-¡Ya se metió en la calle sola!
-¡Que lo ataje el diablo!
El tropel y vocifería era infernal. Unas cuantas negras achuradoras
sentadas en hilera al borde del zanjón oyendo el tumulto se acogieron y
agazaparon entre las panzas y tripas que desenredaban y devanaban con la
paciencia de Penélope, lo que sin duda las salvó, porque el animal lanzó
al mirarlas un bufido aterrador, dio un brinco sesgado y siguió adelante
perseguido por los jinetes. Cuentan que una de ellas se fue de cámaras;
otra rezó diez salves en dos minutos, y dos prometieron a San Benito no
volver jamás a aquellos malditos corrales y abandonar el oficio de
achuradoras. No se sabe si cumplieron la promesa.
El toro entretanto tomó hacia la ciudad por una larga y angosta calle
que parte de la punta más aguda del rectángulo anteriormente descripto,
calle encerrada por una zanja y un cerco de tunas, que llaman sola por
no tener más de dos casas laterales y en cuyo apozado centro había un
profundo pantano que tomaba de zanja a zanja. Cierto inglés, de vuelta
de su saladero vadeaba este pantano a la sazón, paso a paso, en un
caballo algo arisco, y sin duda iba tan absorto en sus cálculos que no
oyó el tropel de jinetes ni la gritería sino cuando el toro arremetía al
pantano. Azoróse de repente su caballo dando un brinco al sesgo y echó a
correr dejando al pobre hombre hundido media vara en el fango. Este
accidente, sin embargo, no detuvo ni refrenó la carrera de los
perseguidores del toro, antes al contrario, soltando carcajadas
sarcásticas:
-Se amoló el gringo; levántate, gringo -exclamaron, y cruzando el
pantano amasando con barro bajo las patas de sus caballos, su miserable
cuerpo. Salió el gringo, como pudo, después a la orilla, más con la
apariencia de un demonio tostado por las llamas del infierno que un
hombre blanco pelirrubio. Más adelante al grito de ¡al toro, al toro!
cuatro negras achuradoras que se retiraban con su presa se zambulleron
en la zanja llena de agua, único refugio que les quedaba.
El animal, entretanto, después de haber corrido unas veinte cuadras en
distintas direcciones azorando con su presencia a todo viviente, se
metió por la tranquera de una quinta donde halló su perdición. Aunque
cansado, manifestaba bríos y colérico ceño; pero rodeábalo una zanja
profunda y un tupido cerco de pitas, y no había escape. Juntáronse luego
sus perseguidores que se hallaban desbandados y resolvieron llevarlo en
un señuelo de bueyes para que expiase su atentado en el lugar mismo
donde lo había cometido.
Una hora después de su fuga el toro estaba otra vez en el Matadero donde
la poca chusma que había quedado no hablaba sino de sus fechorías. La
aventura del gringo en el pantano excitaba principalmente la risa y el
sarcasmo. Del niño degollado por el lazo no quedaba sino un charco de
sangre: su cadáver estaba en el cementerio.
Enlazaron muy luego por las astas al animal que brincaba haciendo
hincapié y lanzando roncos bramidos. Echáronle, uno, dos, tres piales;
pero infructuosos: al cuarto quedó prendido en una pata: su brío y su
furia redoblaron; su lengua estirándose convulsiva arrojaba espuma, su
nariz humo, sus ojos miradas encendidas.
-¡Desjarreten ese animal! -exclamó una voz imperiosa. Matasiete se tiró
al punto del caballo, cortóle el garrón de una cuchillada y gambeteando
en torno de él con su enorme daga en mano, se la hundió al cabo hasta el
puño en la garganta mostrándola en seguida humeante y roja a los
espectadores. Brotó un torrente de la herida, exhaló algunos bramidos
roncos, vaciló y cayó el soberbio animal entre los gritos de la chusma
que proclamaba a Matasiete vencedor y le adjudicaba en premio el
matambre. Matasiete extendió, como orgulloso, por segunda vez el brazo y
el cuchillo ensangrentado y se agachó a desollarlo con otros compañeros.
Faltaba que resolver la duda sobre los órganos genitales del muerto,
clasificado provisoriamente de toro por su indomable fiereza; pero
estaban todos tan fatigados de la larga tarea que la echaron por lo
pronto en olvido. Mas de repente una voz ruda exclamó:
-¡Aquí están los huevos! -Y sacando de la barriga del animal y
mostrándolos a los espectadores, dos enormes testículos, signo
inequívoco de su dignidad de toro. La risa y la charla fue grande; todos
los incidentes desgraciados pudieron fácilmente explicarse. Un toro en
el Matadero era cosa muy rara, y aún vedada. Aquél, según reglas de
buena policía debió arrojarse a los perros; pero había tanta escasez de
carne y tantos hambrientos en la población, que el señor Juez tuvo a
bien hacer ojo lerdo.
En dos por tres estuvo desollado, descuartizado y colgado en la carreta
el maldito toro. Matasiete colocó el matambre bajo el pellón de su
recado y se preparaba a partir. La matanza estaba concluida a las doce,
y la poca chusma que había presenciado hasta el fin, se retiraba en
grupos de a pie y de a caballo, o tirando a la cincha algunas carretas
cargadas de carne.
Mas de repente la ronca voz de un carnicero gritó:
-¡Allí viene un unitario! -y al oír tan significativa palabra toda
aquella chusma se detuvo como herida de una impresión subitánea.
-¿No le ven la patilla en forma de U? No trae divisa en el fraque ni
luto en el sombrero.
-Perro unitario.
-Es un cajetilla.
-Monta en silla como los gringos.
-La mazorca con él
-¡La tijera!
-Es preciso sobarlo.
-Trae pistoleras por pintar.
-Todos estos cajetillas unitarios son pintores como el diablo.
-¿A que no te le animás, Matasiete?
-¿A qué no?
-A que sí.
Matasiete era hombre de pocas palabras y de mucha acción. Tratándose de
violencia, de agilidad, de destreza en el hacha, el cuchillo o el
caballo, no hablaba y obraba. Lo habían picado: prendió la espuela a su
caballo y se lanzó a brida suelta al encuentro del unitario.
Era éste un joven como de veinticinco años de gallarda y bien apuesta
persona que mientras salían en borbotón de aquellas desaforadas bocas
las anteriores exclamaciones trotaba hacia Barracas, muy ajeno de temer
peligro alguno. Notando empero, las significativas miradas de aquel
grupo de dogos de matadero, echa maquinalmente la diestra sobre las
pistoleras de su silla inglesa, cuando una pechada al sesgo del caballo
de Matasiete lo arroja de los lomos del suyo tendiéndolo a la distancia
boca arriba y sin movimiento alguno.
-¡Viva Matasiete! -exclamó toda aquella chusma cayendo en tropel sobre
la víctima como los caranchos rapaces sobre la osamenta de un buey
devorado por el tigre.
Atolondrado todavía el joven, fue lanzando una mirada de fuego sobre
aquellos hombres feroces, hacia su caballo que permanecía inmóvil no muy
distante a buscar en sus pistolas el desagravio y la venganza. Matasiete
dando un salto le salió al encuentro y con fornido brazo asiéndolo de la
corbata lo tendió en el suelo tirando al mismo tiempo la daga de la
cintura y llevándola a su garganta.
Una tremenda carcajada y un nuevo viva estentóreo volvió a vitorearlo.
¡Qué nobleza de alma! ¡Qué bravura en los federales! siempre en
pandillas cayendo como buitres sobre la víctima inerte.
-Degüéllalo, Matasiete: quiso sacar las pistolas. Degüéllalo como al
toro.
-Pícaro unitario. Es preciso tusarlo.
-Tiene buen pescuezo para el violín.
-Tocale el violín
-Mejor es la resbalosa.
-Probemos, dijo Matasiete y empezó sonriendo a pasar el filo de su daga
por la garganta del caído, mientras con la rodilla izquierda le
comprimía el pecho y con la siniestra mano le sujetaba por los cabellos.
-No, no lo degüellen -exclamó de lejos la voz imponente del Juez del
Matadero que se acercaba a caballo.
-A la casilla con él, a la casilla. Preparen la mazorca y las tijeras. ¡Mueran
los salvajes unitarios! ¡Viva el Restaurador de las leyes!
-¡Viva Matasiete!
-¡Mueran! ¡Vivan! -repitieron en coro los espectadores y atándolo codo
con codo, entre moquetes y tirones, entre vociferaciones e injurias,
arrastraron al infeliz joven al banco del tormento como los sayones al
Cristo.
La sala de la casilla tenía en su centro una grande y fornida mesa de la
cual no salían los vasos de bebida y los naipes sino para dar lugar a
las ejecuciones y torturas de los sayones federales del Matadero.
Notábase además en un rincón otra mesa chica con recado de escribir y un
cuaderno de apuntes y porción de sillas entre las que resaltaba un
sillón de brazos destinado para el Juez. Un hombre, soldado en
apariencia, sentado en una de ellas cantaba al son de la guitarra la
resbalosa, tonada de inmensa popularidad entre los federales, cuando la
chusma llegando en tropel al corredor de la casilla lanzó a empellones
al joven unitario hacia el centro de la sala.
-A ti te toca la resbalosa -gritó uno.
-Encomienda tu alma al diablo.
-Está furioso como toro montaraz.
-Ya le amansará el palo.
-Es preciso sobarlo.
-Por ahora verga y tijera.
-Si no, la vela.
-Mejor será la mazorca.
-Silencio y sentarse -exclamó el Juez dejándose caer sobre su sillón.
Todos obedecieron, mientras el joven de pie encarando al juez exclamó
con voz preñada de indignación.
-Infames sayones, ¿qué intentan hacer de mí?
-¡Calma! -dijo sonriendo el juez-; no hay que encolerizarse. Ya lo
verás.
El joven, en efecto, estaba fuera de sí de cólera. Todo su cuerpo
parecía estar en convulsión. Su pálido y amoratado rostro, su voz, su
labio trémulo, mostraban el movimiento convulsivo de su corazón, la
agitación de sus nervios. Sus ojos de fuego parecían salirse de la
órbita, su negro y lacio cabello se levantaba erizado. Su cuello desnudo
y la pechera de su camisa dejaban entrever el latido violento de sus
arterias y la respiración anhelante de sus pulmones.
-¿Tiemblas? -le dijo el juez.
-De rabia porque no puedo sofocarte entre mis brazos.
-¿Tendrías fuerza y valor para eso?
-Tengo de sobra voluntad y coraje para ti, infame.
-A ver las tijeras de tusar mi caballo: túsenlo a la federala.
Dos hombres le asieron, uno de la ligadura del brazo, otro de la cabeza
y en un minuto cortáronle la patilla que poblaba toda su barba por bajo,
con risa estrepitosa de sus espectadores.
-A ver -dijo el Juez-, un vaso de agua para que se refresque.
-Uno de hiel te haría yo beber, infame.
Un negro petiso púsosele al punto delante con un vaso de agua en la
mano. Dióle el joven un puntapié en el brazo y el vaso fue a estrellarse
en el techo salpicando el asombrado rostro de los espectadores.
-Este es incorregible.
-Ya lo domaremos.
-Silencio -dijo el juez-, ya estás afeitado a la federala, sólo te falta
el bigote. Cuidado con olvidarlo. Ahora vamos a cuentas. ¿Por qué no
traes divisa?
-Porque no quiero.
-¿No sabes que lo manda el Restaurador?
-La librea es para vosotros esclavos, no para los hombres libres.
-A los libres se les hace llevar a la fuerza.
-Sí, la fuerza y la violencia bestial. Esas son vuestras armas; infames.
El lobo, el tigre, la pantera también son fuertes como vosotros.
Deberíais andar como ellas en cuatro patas.
-¿No temes que el tigre te despedace?
-Lo prefiero a que maniatado me arranquen como el cuervo, una a una las
entrañas.
-¿Por qué no llevas luto en el sombrero por la heroína?
-Porque lo llevo en el corazón por la Patria, ¡por la Patria que
vosotros habéis asesinado, infames!
-¿No sabes que así lo dispuso el Restaurador?
-Lo dispusísteis vosotros, esclavos, para lisonjear el orgullo de
vuestro señor y tributarle vasallaje infame.
-¡Insolente! Te has embravecido mucho. Te haré cortar la lengua si
chistas.
-Abajo los calzones a ese mentecato cajetilla y a nalga pelada dénle
verga, bien atado sobre la mesa.
Apenas articuló esto el Juez, cuatro sayones salpicados de sangre,
suspendieron al joven y lo tendieron largo a largo sobre la mesa
comprimiéndole todos sus miembros.
-Primero degollarme que desnudarme; infame canalla.
Atáronle un pañuelo a la boca y empezaron a tironear sus vestidos.
Encogíase el joven, pateaba, hacía rechinar los dientes. Tomaban ora sus
miembros la flexibilidad del junco, ora la dureza del fierro y su espina
dorsal era el eje de movimiento parecido al de la serpiente. Gotas de
sudor fluían por su rostro grandes como perlas; echaban fuego sus
pupilas, su boca espuma, y las venas de su cuello y frente negreaban en
relieve sobre su blanco cutis como si estuvieran repletas de sangre.
-Atenlo primero -exclamó el Juez.
-Está rugiendo de rabia -articuló un sayón.
En un momento liaron sus piernas en ángulo a los cuatro pies de la mesa
volcando su cuerpo boca abajo. Era preciso hacer igual operación con las
manos, para lo cual soltaron las ataduras que las comprimían en la
espalda. Sintiéndolas libres el joven, por un movimiento brusco en el
cual pareció agotarse toda su fuerza y vitalidad, se incorporó primero
sobre sus brazos, después sobre sus rodillas y se desplomó al momento
murmurando:
-Primero degollarme que desnudarme, infame, canalla.
Sus fuerzas se habían agotado. Inmediatamente quedó atado en cruz y
empezaron la obra de desnudarlo. Entonces un torrente de sangre brotó
borbolloneando de la boca y las narices del joven, y extendiéndose
empezó a caer a chorros por entrambos lados de la mesa. Los sayones
quedaron inmóviles y los espectadores estupefactos.
-Reventó de rabia el salvaje unitario -dijo uno.
-Tenía un río de sangre en las venas -articuló otro.
-Pobre diablo: queríamos únicamente divertirnos con él y tomó la cosa
demasiado a lo serio -exclamó el Juez frunciendo el ceño de tigre-. Es
preciso dar parte, desátenlo y vamos.
Verificaron la orden; echaron llave a la puerta y en un momento se
escurrió la chusma en pos del caballo del Juez cabizbajo y taciturno.
Los federales habían dado fin a una de sus innumerables proezas.
En aquel tiempo los carniceros degolladores del Matadero eran los
apóstoles que propagaban a verga y puñal la federación rosina, y no es
difícil imaginarse qué federación saldría de sus cabezas y cuchillas.
Llamaban ellos salvaje unitario, conforme a la jerga inventada por el
Restaurador, patrón de la cofradía, a todo el que no era degollador,
carnicero, ni salvaje, ni ladrón; a todo hombre decente y de corazón
bien puesto, a todo patriota ilustrado amigo de las luces y de la
libertad; y por el suceso anterior puede verse a las claras que el foco
de la federación estaba en el Matadero.
ESTEBAN ECHEVERRIA
vio la luz en Buenos Aires el 2 de septiembre de 1805. Era hijo de la
argentina doña María Espinosa y del vasco español José Domingo
Echeverría. Durante su primera infancia perdió a su madre. Estudia
varios años en el Colegio de Ciencias Morales; lo abandona a fines de
1823, a pesar de haber sido estudiante aplicado. Ingresa como
dependiente en la fuerte casa comercial Lezica Hermanos. Como su primera
juventud fue en extremo borrascosa y desarreglada, resuelve regenerarse
moralmente y completar su educación en Europa. Esa ausencia de la patria
(1825-1830) le es muy provechosa. En París sigue los cursos más
variados, se familiariza con las tendencias literarias ideológicas en
boga, forma una sólida cultura de carácter enciclopédico y se asimila
infinidad de obras en francés e inglés. Con ese importante bagaje
retorna a la ciudad natal (junio de 1830) totalmente transformado.
Introduce en el Plata el romanticismo literario, suscitando una fecunda
renovación, y formula la doctrina del liberalismo político, impregnado
de altas preocupaciones sociales y pedagógicas. En 1831 publica sus
primeros versos en diarios porteños, por más que en el viejo continente
se ejercitara en escribirlos. En 1832 aparece anónimamente su poema
Elvira. La indiferencia con que se le recibe contrasta con el
desbordante entusiasmo y la cálida simpatía que suscitan después los
Consuelos (1834) y sus Rimas (1837), donde inserta la Cautiva, su mejor
obra en verso. En 1837 se abre el Salón Literario en la librería
de don Marco Sastre, el futuro educacionista y autor de Tempe Argentino.
En el Salón se leen trabajos, se diserta y discute. Echeverría es uno de
sus grandes animadores. Como Rosas ordena la clausura del Salón,
Echeverría funda en su reemplazo una sociedad secreta, la Asociación de
Mayo, a la manera de la Joven Italia, de Mazzini. El propio Echeverría y
otros miembros conspicuos señalan el año 1837 como el de la fundación de
la nombrada sociedad, pero investigaciones recientes permites establecer
que tal cosa acaece recién el 8 de julio de 1838. La Asociación tiene
filiales en las provincias de Córdoba, Tucumán y San Juan. En sus filas
militan la mayoría de los hombres que volvieron a organizar la República
después de Caseros, sobre la base de los principios expuestos en su seno
por Echeverría, y desarrollados en el Dogma Socialista obra publicada en
el Indicador, de Montevideo, el 1° de enero de 1839, y tirada aparte,
con algunas modificaciones, en 1846, en la capital uruguaya, precedida
de la Ojeada Retrospectiva. Durante algún tiempo Echeverría se dedica a
las tareas rurales en su estancia "Los Talas", cerca de Luján. Era una
temeridad quedarse por más tiempo en el país. Entonces emigra al Uruguay
(fines de 1840). Inicia también en entre nosotros los estudios de
sociología y economía americanas y los de estética literaria. Del resto
de su producción cabe mencionar especialmente su espléndido cuanto
realista El matadero, el primero en su género escrito en el Plata, y su
Manual de Enseñanza Moral para las escuelas primarias (1846). Desde la
adolescencia tiene que luchar contra la enfermedad. Sufre continuamente
de los nervios y lo persigue su afección cardíaca. Su salud se agrava
considerablemente en 1851. Una dolencia pulmonar lo lleva a la tumba en
Montevideo el 19 de enero de dicho año. Las obras completas de
Echeverría fueron compiladas por su entrañable amigo, don Juan María
Gutiérrez, en Buenos Aires (1870-1874).
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