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Lunes de carnaval, 2004
La calle está en silencio.
Recuerdo el año pasado, a esta misma hora, once y media de una noche
tibia de marzo. Estaba llena de gente, figuras con disfraces de todo
tipo se paseaban sonrientes, unos payasos tiraban cohetes y bengalas,
lenguas de fuego chisporroteantes y de colores se elevaban al cielo. Al
llegar a la piazzeta que se forma en la esquina de casa, ví un carro
que, con la enorme figura de nuestro presidente envuelto en una gran
bandera norteamericana, emitía una serie de arengas irónicas y amenizaba,
entre una y otra, con desenfadado ritmo de cumbias. La gente sonreía
alrededor, formando corro y moviéndose sutilmente al compás de la
música.
La ciudad era toda alegría y diversión. Aquí los carnavales son
carnavales; no como los de Río, no como los de Cádiz, pero, con el
carácter de este espíritu moldeado por los vientos y la bruma, los
coruñeses también expresan la fiesta.
Sólo un año después todo ha cambiado. Vivimos todos atrincherados en
cuanto cae la tarde. Los vecinos miran con desconfianza, observan las
caras que rondan por el barrio, no se sienten seguros con nadie. Cada
vez hay más gente acurrucada en los portales pidiendo limosna, a veces
solos, a veces abrigándose con sus perros. Cada cara nueva es un
interrogante. Vienen de las zonas ocupadas, enfermos, desnutridos, o
quizás sean la avanzadilla de cuerpos especiales enmascarados.
Sabemos que una amenaza sorda se cierne sobre nosotros, y la gente, en
tensa espera, sin una consigna concreta, se queda de noche en sus casas,
en un estado de toque de queda voluntario.
En este lunes de Carnaval, me siento frente a la computadora para mandar
un mensaje. Pero Yahoo no permite entrar al correo. La frustración y la
angustia me invaden. Miro Hotmail y veo que funciona. Eso me da
tranquilidad, seguramente es sólo un problema pasajero. Hay un mensaje
que dice: "Pruebe más tarde". Pero me siento igual que si estuviera en
un lugar desierto, sin nadie, donde hubiera perdido el contacto con todo
ser humano. Yahoo es el lazo que me une a alguna gente, si se pierde, es
como si se hubieran muerto, ya no habrá comunicación posible, estaremos
aislados. Me aferro a la idea de que si Hotmail funciona, tiene que ser
una avería pasajera y, preocupada pero con confianza, me voy a la cama.
Lo primero que hago al día siguiente es encender la PC. Todo parece
normal, Google, Hotmail, el servidor de la universidad, funcionan, pero,
sin embargo, aunque Yahoo permite abrir su página, el correo está
totalmente anulado.
¿Cuántos lazos se habrán roto esta noche de carnaval del 2004? Las
gentes absorbidas en el magma del ciberespacio, imposibles de rescatar,
ya no están más en la pantalla. Como si hubieran muerto, como si los
hubiera perdido en una batalla. De algunos no se siquiera su dirección,
no puedo mandarles ni una carta. Ni viajando, asumiendo el peligro que
implica subir a un avión, con la cantidad de atentados y secuestros que
hay en el aire, podría encontrarlos.
Todo el contacto estaba dado por ese hilo invisible, frágil, esos
mensajes que vuelan por el aire, esa pantalla que abre un universo
afectivo sólo con unas palabras : Yahoo mail que, cuando no están, nos
borran del mapa. Todos los días intento conectar y todos los días
encuentro el mismo mensaje.
En nuestra ciudad vemos cada vez más tropas que aparecen haciendo
ejercicios por las calles y cada vez más extraños personajes, es como
una marea que va creciendo, lenta pero inexorablemente. Vienen huyendo
de sus lugares, ocupan las plazas, duermen en los portales y pueden ser
portadores inconscientes, o traer escondidos, en sus ropas raídas,
frascos diminutos que al abrirse expandan a los cuatro vientos la
enfermedad, desconocida y temible.
Ya ha pasado una semana y de Yahoo no se sabe nada. Los primeros días
había desaparecido sólo el correo pero ahora ya no vemos nada más que
unas letras que dicen: Yahoo. Sólo podemos mirar ese nombre, vacío de
contenido, que nos abre un hilo de esperanza.
Entonces, lo que más apuntala mi espíritu son los momentos en que
conecto a través del Messenger de Hotmail y puedo cambiar noticias,
impresiones, opiniones, con algunos miembros de mi familia y otros
amigos de México, Perú, Japón, Uruguay, Argentina,.…
En esas conversaciones nos enteramos de las nuevas zonas acordonadas,
cercanas a sus casas, superficies más o menos amplias que a veces
abarcan a millones de personas y otras, poco pobladas zonas rurales.
Lugares donde se ha decretado un ineludible aislamiento, para evitar que
la enfermedad se propague y donde se aisla a los pobladores de las
comunicaciones para que no se pueda tener certeza de la situación
planetaria.
Ya ha pasado un mes desde el colapso de Yahoo, abro el Messenger y noto
que de mis trece contactos han desaparecido dos , sólo hay once
muñequitos en la pantalla. Me falta el de Japón y el de Veracruz, en la
costa atlántica mexicana. Lo primero que hago es revisar si hay algún
fallo en el programa. Pero todo está bien, no es un tema informático.
Dos nuevas personas que se perdieron en el ciberespacio. Nunca sabremos
cuál es la verdadera causa.
Aún no puedo superar la falta de Yahoo, Además de haber perdido el
contacto, de sentirme absolutamente abandonada, con una pérdida peor que
la de la muerte, porque no hay certeza de nada, no se sabe ni dónde, ni
cuándo, ni hasta cuándo., ahora se suman dos más.
Pienso que puedan estar en zonas acordonadas, impedidos de poder
comunicarse. Y , por lo tanto, en zona de epidemia, es decir en peligro
de muerte. La inquietud me provoca teorías. Imagino un virus del
ciberespacio que avanza atacando las señales y que, con el tiempo,
quedaremos para siempre como electrones totalmente sueltos en el espacio,
desgajados de cualquier átomo.
Las noticias en los diarios son cada vez más inquietantes. En las zonas
arrasadas por los bombardeos se multiplican las muertes, las
enfermedades, grandes masas humanas paupérrimas avanzan por las antiguas
carreteras atiborradas de coches y camiones y hoy casi vacías.
En diversas partes del mundo están apareciendo los síntomas de una
enfermedad que resiste todos los medicamentos conocidos. Una variante de
la neumonía atípica, que mata por asfixia. Desde el gobierno central
universal, se tomó la decisión de aislar las zonas afectadas.
Pasan los días y desaparecen tres más, ya no puedo contactar para nada
con los Mexicanos. Sin embargo, hay noticias de D.F., puedo tener la
certeza de que no están en una zona aislada, que el problema es del
sistema, de las conexiones, del ciberespacio. Con ello aumenta la
sensación de soledad y el temor, o casi diría la certeza, de que en poco
tiempo todos puedan ir desapareciendo.
Las noticias siguen siendo inquietantes, focos de violencia se producen
en muchos lugares cercanos. Violencia contra los refugiados, por
atentados indiscriminados, por el estado de tensión que genera la
incertidumbre, por vivir en un mundo sin seguridad, sin amigos, porque
no se puede confiar en nadie. Al mismo tiempo, cada vez hay más leyes
universales y la vida local se transforma día a día.
Hemos tenido un tiempo de calma, ya han pasado dos meses más. Cada
mañana, cuando voy a encender el aparato, temo que haya desaparecido
otra figura, otro nombre, de la lista de contactos. Hoy es domingo, el
momento más propicio para encontrarlos. Me acomodo en el sillón frente a
la PC, doy al botón de encendido y aparece toda negra mi pantalla. Apago
y enciendo varias veces, hago todas las pruebas que puedo y llamo a los
técnicos desesperada. No quiero perder este día y temo esperar, porque
cada día aumenta la posibilidad de que alguien más falte.
Pero su respuesta me deja helada la sangre : " Ya tuvimos muchísimas
llamadas. Las computadoras no arrancan." Eso, nunca lo había llegado a
imaginar.
Siempre había temido que desaparecieran mis amigos. Pero ahora, era yo
la que había desaparecido...
MIRIAM CHEPSY, argentina, vive en Galicia, España, desde 1975.
Escribidora de cuentos, poemas y...algún tango.
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