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Alegría de cronopio
Tomar prestado de Cortázar el nombre de esos seres que festejan la vida
sin rebusques. Apenas para recordar esa alegría que nos inundaba en los
años del primer exilio, donde traspuesta la frontera física que separaba
del horror, jugábamos a hacer la vida más divertida, sin pensar en
venganzas ni en lo que el horror busca: que pienses todo el tiempo en el
horror.
Todo ese mosaico de exilados y sus amigos y protectores brasileños, al
quede a poco te ibas integrando. Por qué los argentinos son tan llorones.
Están los uruguayos, que no lo son tanto, talvez por el candombe.
Seguro. Y aquella risa horaciana que resonaba lazarteana y aún resuena y
ya no por las venas abiertas sino por el libro de los abrazos, ese que
el bien común propone y Dios dispone sin dogmas ni instituciones pero de
una manera cordial y buena.
Reír mucho y frecuentemente, decía Emerson. Ganar el aprecio de los
niños y el reconocimiento de los críticos honestos. Sentir que alguien
respiró mejor porque tú viviste. Eso es haber vencido. Es óbvio que hay
niños inbancables. Pero hay pensiones infinitas que los acogen sin
distinción. Hay trabajadores y trabajadoras en la salud mental que se
desparraman como las plantas rastreras en su abrazo a la tierra, en ese
difícil e inevitable abrazo al prójimo.
Antes creías que eran paliativos del sistema para hacer más tolerable la
explotación. También pensabas que eran formas de una clase media culposa
aliviar su conciencia. Hoy formas parte de ese tejido diverso y
multicolorido que cubre con reflejos de arcoiris la tierra nordestina,
argentina, sudestina, latina. Una fe viva y plural respira, tan distante
de exclusivismos dogmatizantes y perversos. Una fe que es esperanza del
día. De un aquí ahora siempre al borde de la muerte, que no nos
pertenece pero de la cual ningún humano puede escapar.
No quiero pensar en la muerte esta mañana de nueve de julio, pero cómo
no hacerlo si ella rodea tus pensares, el canto del benteveo que entra
por la ventana, el aullido del perro allá a lo lejos, el ronronear del
cubo de cristal que te lleva al mundo y un piar que te dice que la vida
es y será, siempre fue y siempre será bonita. El himno brasileño a la
vida. ¿Pues por qué se queda por aquí un argentino que vive en la
Paraíba y no habla alemán? Porque aquí la vida es más que sobrevivencia.
Es más que llevar el cuerpo de un día para el otro. Es saber un milagro
callado que se comparte en la alegría de ese triunfo.
Y si el capitalismo es, de hecho, un sistema intrínsecamente perverso,
no hay, sin embargo, nada que lo pueda salvar de su propia
autodestrucción, de esa sepultura que cava al exacerbar su antihumanidad
esencial e indisfrazable. Pero el ser humano, hombre y mujer, es mucho
más que resistencia a ese sistema de cosas que hace del prójimo un
enemigo a temer, de la comida y el techo un bien escaso a disputar, de
la vida un bien precario a escapar de médicos y hospitales imposibles de
pagar. Esperanza es la fe del nordestino. Sudestino, argentino, latino.
Alegría de cronopio.
ROLANDO LAZARTE es escritor y sociólogo. Autor de Mosaico (João
Pessoa: Ed. Universitária, 2004). Colaborador de Consciência, Veneno, La
insignia y ADITAL.
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