Arlequín

¡El arlequín ha muerto!, titularon los periódicos de ciudad Esmeralda, la ciudad perdida dentro de la maleza, justamente porque OZ padece de ataques de pánico frente a las multitudes, ¡El arlequín ha muerto!, se corrió la voz por todo el pueblo y a media mañana ya se habían agotado todos los ejemplares de la prensa mientras a la entrada de la imprenta una manifestación se balanceaba queriendo derribar a puñetazos la puerta.

El señor Esteban, director del periódico, salió por la puerta de atrás para evitar problemas y se situó detrás de la multitud con las manos unidas en la espalda. Llamó con voz firme un par de veces con el fin de atraer la atención de los protestantes y explicar de una vez por todas la causa de la demora para calmar los ánimos, pero cuando los hombres se percataron de su presencia, avanzaron con tal decisión que el pobre salió corriendo aterrado.

Según explicaba el artículo, el arlequín se había suicidado la misma noche que el cascanueces perdió los dientes y debido a la repercusión de este segundo acontecimiento en los medios de prensa la noticia no fue dada a conocer con la inmediatez requerida, considerando además que la policía local trabajaba aún en el caso.

- ¡Y ahora es que lo dicen!, después que está podrido y desintegrado- se escuchaban gritos por doquier

Los polizontes tuvieron que intervenir y disolver el tumulto a bastonazos, los manifestantes terminaron en la comisaría.

- ¡Ala, mételos a todos en una celda!- dijo el comisario a penas los vio llegar
- ¿No les va a tomar declaración señor?
- No, ¿le tomarías tu declaración a cualquier patán?
- Pero señor…
- ¡Pero nada!- gritó el comisario- ¿acaso crees que eso va aclarar todo este enredo?, ¿acaso crees que las declaraciones van a traer de vuelta al arlequín?- por las mejillas del comisario rodaron dos lágrimas que se disolvieron entre arrugas.

Las mujeres del pueblo se reunieron en la plaza, llevaron flores y tapetes bordados con hilo fino, el señor cascanueces se presentó con un pañuelo cubriéndole la boca para disimular su lamentable aspecto, acompañado de dos ratones y la ratona reina. Se acercó a la fuente y presentó una ofrenda, algunas damas lloraron, otras se mantuvieron apacibles.

El señor cascanueces dejó caer el pañuelo descubriendo su boca desdentada ante la muchedumbre, bajó la cabeza y pronunció escasas palabras, luego hubo silencio, hubo silencio en la plaza, hubo silencio en la comisaría, en la celda, en la imprenta, en la casa de OZ, todos estaban de pie, recordando al arlequín.


No creo en revelaciones, ni en vaticinios, ni en profecías, ni en la interpretación de sueños, pero desperté con una ligera sensación de ausencia by restos de lágrimas en las mejillas. Seguramente no fue por la chica de anoche, ¡que va!, de esa no recuerdo ni siquiera el nombre, además, me vale la experiencia de muchas noches para no sentir ansias de verla, ni soledad cuando se marcha, no, ella no fue.

Descuelgo el traje de la percha, un "Armany" para comenzar el día, aunque mi padre diría que no es lo más conveniente, pero soy adicto, me gusta el derroche. Camino con desenfado, me unto las esencias e un cesar, no importa que sea un día cualquiera cuando tropiezo descalzo al salir del baño.

- ¡Carajo!- esta mujer cada día hace peor su trabajo- protesto sin mirar al suelo, pero el espejo me advierte el diminuto trozo de tela a mis pies.

Lo recojo, ahora me cuelga de las manos, o aprieto, lo estrujo entre los puños "¡desgraciada mujer!", ahora si estoy enfadado, y la sensación de vacío se ha vuelto tan intensa que me consume "¡ desgraciada mujer sin sentimientos!", ha dejado sin cabeza a mi arlequín de trapo el arlequín de mi niñez.

MÓNICA GONZÁLES GIL, escritora cubana, nacida en Santa Clara escribe cuentos y narraciones cortas. Actualmente se encuentro en gestiones para editar un libro en la editorial Capiro.