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1971
La pensión estaba cerca de la avenida, a la vuelta del cine Velarde. El
cine estaba cerca de la iglesia, a unas cuadras de la plaza. De la plaza
luego en ruinas, del cine cuyas paredes se cayeron, de la iglesia que
perdió la cúpula y el frontispicio. La pensión misma se convirtió en una
ruina informe, en un amasijo de polvo y ladrillos. Pero muchos vivimos
ahí hasta la noche que referiré, atrapados momentáneamente en una
vecindad cuya precariedad padecíamos y disfrutábamos al mismo tiempo.
Julia era hermosa, delicada, joven. Los que habitábamos en el tercer
piso de la pensión (en un país donde la planta baja se cuenta como
primer piso) la veíamos ir de su cuarto a la cocina común, de ahí al
baño compartido, y regresar a su pieza con el porte y la gracilidad de
una gacela. De una gacela recelosa, inquieta: sus ojos delataban su
recóndita perturbación por tener que compartir con extraños una parte de
su intimidad. En una pensión sabemos lo que come la vecina, estamos al
tanto de sus necesidades fisiológicas, no ignoramos sus indisposiciones
menstruales. Particularmente, me maravillaba ver a Julia recién duchada,
y siempre encontraba un pretexto para cruzarla en el pasillo cuando
pasaba con el cabello húmedo, renegrido y brillante, en la larga y
rosada salida de baño en que se arrebujaba, con la toalla y los
productos de tocador en la mano.
Ernesto, en cambio, difícilmente podía identificarse como el marido de
Julia, pero la maravillosa vida suele unir de tarde en tarde a dos seres
tan profundamente disímiles. La desigualdad comenzaba en lo estético,
seguía en lo cultural, se sublimaba en lo moral. Él era bajo, gordinflón,
estaba en vísperas de una calvicie impostergable, mostraba rastros de
viruela, era poco afecto a la higiene, descuidaba sus dientes. No se le
conocía oficio, se veía a las claras que no trabajaba, alguien lo
singularizó como a un ocasional ratero. Julia era la antípoda de aquel
hombre con el que dormía cada noche: pulcra, metódica, hacendosa,
dedicada a su trabajo, hacia el que salía a las siete y cuarto de la
mañana de lunes a sábado. Volvía a eso de las siete de la tarde, y se
apresuraba al ir a comprar comestibles para la cena. La veíamos
desplegar a esa hora una inquieta actividad, lavando, acomodando su ropa
en el tendedero casi lleno, cocinando en una hornalla disponible. Las
vecinas le habían ofrecido muchas veces hacerle las compras, pero Julia
se negaba gentilmente a esa clase de confianza, entre sonrisas tímidas y
palabras desmañadas.
Su timidez era más notoria cuando se yuxtaponía a la extroversión de
Ernesto, cuyo vozarrón era el único indicio audible que provenía de la
pieza 31. Desde mi pieza, pegadita a la de ellos, lo escuchaba reír,
vociferar, gritar, insultarla, susurrarle, gozarla en la madrugada, y
mis alertas jamás descubrieron una reacción de parte de ella. Era como
si ahí viviera un esquizofrénico que imaginaba la vida junto a una
hermosa mujer, que no era más que una sombra. Con el tiempo descubrí que
el maniático era yo, tratando de adivinarla en sus silencios,
sospechándola en su callado placer sexual, creyéndola aturdida por los
gritos de él, suponiéndola dormida.
Ernesto pasaba muchas horas en el local de flippers de la avenida. Ahí
superamos por primera vez el parco saludo que nos dedicábamos en la
pensión. Mis incursiones por aquel negocio se hicieron más frecuentes
después de conocerlo, pues desde el primer momento comprendí que era muy
poco aquello sobre lo que mi vecino podía mantener una viril reserva.
Pronto descubrí que uno de sus temas predilectos era el cuerpo y la
sexualidad de su mujer, y si he de ser sincero, reconoceré que jamás
desalenté sus confesiones enfermizas, aunque me disgustaba hasta la
furia la forma grosera en que se regodeaba con las infidencias.
Si el cuerpo de Julia era excitante, los ojos enamoraban. Pocas veces he
visto un verde tan intenso, tan claro, tan profundo. Todos los verdes
del universo se habían congregado en ese breve espacio del mundo. Era un
color que no he visto repetido en ninguna creación de la naturaleza, por
grande o pequeña que pudiera ser. Y si el deleite que provocaba admirar
su cuerpo provenía de atisbos furtivos o de las meticulosas
descripciones de su marido (es decir, de robos), su mirada, en cambio,
era el regalo voluntario y magnánimo de Julia, cuando decidía
proporcionar una caricia de luz selvática, marina.
No tenía caso indagarse acerca de las cualidades con que Ernesto podía
retenerla a su lado, enamoradísima, sumisa, entregada; las motivaciones
simples podían dejarse de lado rotundamente, pues a la edad que yo tenía
entonces los hombres ya hemos superado con largueza los complejos y los
raciocinios fálicos, y fatalmente entendemos, como Balzac, que el
corazón femenino no puede ser explicado así de fácil. Lo cierto era que
viéndola junto a él, la más incipiente intención de seducirla caía en
desgracia, herida de muerte.
--Tú has notado el culito divino que tiene la Julia, ¿no? –disparó
Ernesto con impiedad, en la mitad de una competencia de flipper.
Había que reconocer en ese personaje detestable una inusual destreza,
relacionada con el manejo de las lúdicas maquinitas. La bolita de acero
se encabritaba bajo el vidrio, e impulsada por las maniobras diestras de
sus morcillescos dedos, subía hasta los hongos eléctricos y ahí se
alborotaba y sumaba puntos, durante minutos que para el dueño del local
eran interminables. Era capaz de balancear el artefacto de forma tan
conveniente que lograba despegarlo del suelo sin que hiciera “tilt”;
podía mantenerse con la primera bolita durante el tiempo que quisiera, y
no había forma de distraerlo para que perdiera el tiro. Consecuentemente,
jugar una partida con Ernesto equivalía a insertar numerosas fichas en
la ranura del jugador número dos, y constatar, media hora después, que
él jugaba todavía con la primera bolita de acero, y que el puntaje
acumulado le permitiría continuar así por mucho tiempo más.
Cuando tomó confianza…
--No, no me he fijado –le respondí la primera vez, y eso lo alentó a
explayarse acerca de los glúteos de Julia.
--Si, ya me di cuenta –le contesté unos días más tarde, y platicamos
sobre los mencionados glúteos como si fuesen para él ajenos, codiciados,
inaccesibles.
Cuando tomó confianza con los chicos que hasta entonces se consideraban
expertos en flipper, comenzó a sentirse admirado, esperado, requerido.
Iba de máquina en máquina ofreciendo sus servicios a los incautos
muchachotes, que le entregaban una ficha y el resto del dinero que
llevaban a cambio de media hora de su maestría en una máquina pactada,
que él cedía al final con una puntuación equivalente a muchísimas
partidas. Así todos ganaban, exceptuando al dueño del local, que un buen
día descubrió la maniobra. Yo estuve allí cuando el gigantón lo amenazó
con una cuchilla, prometiendo enterrársela si volvía a poner los pies en
su negocio. Dos semanas después ambos hombres llegaron a un compromiso
de caballeros, por el cual Ernesto aceptaría desafíos de los porfiados
jugadores, y sería resarcido con un porcentaje proporcionado por el
hombre de la cuchilla. Así, todos ganarían.
Sabía que era imposible ganarle una partida de flipper, y tampoco me
interesaba intentarlo seriamente. Sabía que también era imposible
arrebatarle a Julia, sus ojos, su cuerpo, y en eso no pensaba. Con el
paso de los días, de las semanas, terminé por habituarme a la procacidad
de su conversación, y adecuarme a esa modalidad expresiva. Entre bolita
y bolita, jugábamos un juego sexual de altísimo voltaje, con una Julia
que presumiblemente ignoraba todo. Yo supe los pormenores de la manera
en que Ernesto le hacía el amor, o deseaba hacérselo. Él se enteró
paulatinamente, fatalmente, del modo en que yo anhelaba amarla.
En el clímax de nuestras charlas sucias sus ojos brillaban con
intensidad, la frente se le humedecía, la bolita de acero escapaba de su
dominio. Cuando caí en la cuenta de que esa era la forma de sabotear sus
tiros, intenté morigerar la minuciosidad de mis confesas fantasías,
porque no quería que disminuyeran su confianza y su locuacidad. Hacia
las últimas partidas de flipper desnudábamos juntos a Julia con absoluta
naturalidad, la doblegábamos sin tapujos, poseíamos su maravilloso
cuerpo mediante variantes que surgían al calor de las palabras, en medio
del bullicio eléctrico y mecánico circundante.
Creo que Ernesto disfrutaba nuestra morbosidad en la misma medida en que
yo la padecía. Mi sufrimiento seguramente se equiparaba con su deleite,
del que quizá hacía partícipe a Julia. Eso lo ignoraba entonces, pero me
subyugaba pensar que ella lo sabía todo.
Cuando llegó el invierno la frecuencia de nuestras partidas mermó
ostensiblemente. Volvimos a intercambiar los lacónicos saludos de la
pensión, cuando nos cruzábamos en los pasillos, en la cocina. Mientras
tanto, mi relación con Julia había adquirido un carácter más amable,
pues aunque las frases que eventualmente intercambiábamos no superaban
la superficialidad de lo climático, lo político, lo chismoso, sus ojos
me acariciaban cada vez con mayor detenimiento, con fruición menos
encubierta. Supe entonces que el amor de la inconquistable mujer estaba
en sus ojos, y que me lo entregaba secretamente desde sus verdes
pupilas. Supe que jamás conocería el cuerpo de Julia, y que tendría que
conformarme con lo que daba a entender en su mirada. Y ya no tuve dudas
acerca de que mis desvelos amatorios le habían sido revelados en la
brutal y atormentada pasión de su esposo.
La noche en cuestión era apacible, estrellada. Había apagado temprano mi
luz, y escuchaba en la cama las historias radiales de “La tercera oreja”.
Después la radio resultó inadecuada, y opté por el silencio que precedía
a la medianoche, ennoblecido en la pensión por toses, ronquidos, señales
sonoras de ambigua interpretación, suspiros y susurros. Los tragaluces
abiertos apenas filtraban los sonidos, y las paredes de adobe rehuían
aislarnos. El rechinar del viejo camastro de Ernesto y Julia me previno
de la inminencia del amor, acompasado y lento en el principio. Otros
instrumentos se incorporaron a aquella convulsiva sinfonía, pero nada
indicaba que Julia estuviera allí, fogoneando la excitación.
Abrí los ojos, miré el cuadrante luminoso del reloj, vi que marcaba las
11:04. Súbitamente el ruido ya no provenía de la habitación contigua
sino de abajo, de las indefinibles entrañas de la tierra. El estruendo
se acercaba, subía, amenazaba, parecía preanunciar a un animal furioso
que trepaba la escalera del endeble edificio. Después percibí la pisada
del animal, que movía la pieza, bamboleaba la lámpara en la claridad que
ofrecía el tragaluz, sacudía objetos grandes y pequeños. Deslicé mi mano
sobre la colcha para apartarla y levantarme, y la descubrí cubierta de
adobe del cielorraso. El primer zarpazo del animal de la tierra había
desprendido una parte de mi techo, y por ahí curioseaban las estrellas
lejanas, extintas probablemente. Mi primer pensamiento fue inadecuado,
torpe, inexplicable, pues me maravilló la luminosidad de las estrellas,
que parecía alumbrar el escenario donde el animal quebraba, rompía,
desmembraba, dividía, desplomaba.
La voz de Ernesto se superpuso al estruendo de la destrucción: dos veces
lo escuché gritar la palabra “¡terremoto!”. Salté de la cama y alcancé
la puerta de la pieza, manoteando infructuosamente la perilla de la luz.
No había luz, más que la de la noche. El animal acometía con
ensordecedora saña sobre la ciudad toda; quité con enorme dificultad el
pestillo e intenté abrir la puerta, pero no lo conseguí; sólo podía
concentrarme en un pensamiento reflejo, el del fin del mundo. Luego supe
que comprobado está que en un terremoto de escala 7,75 (Richter) los
humanos pensamos en el fin del mundo.
Mi primera batalla con el animal fue por la puerta. Me esforcé para
abrirla, pero el marco la comprimía tan ferozmente que no lo conseguí.
Respiraba el polvo de la destrucción, en medio del estrépito que
provocaban los materiales al deshacerse. Tuve la sensación de que el
monstruo que nos atacaba sostenía el picaporte por el otro lado,
impidiéndome salir. Y por un instante percibí la fatalidad de la muerte.
Permanecí pegado a la pared, creyéndome perdido, convencido de que esa
calamidad sólo concluiría cuando hubiese logrado la perfecta destrucción.
Súbitamente la estridencia se aplacó, el sismo amainó su furibunda
embestida, el movimiento cesó. Un enérgico tirón en el picaporte
consiguió que la puerta se abriera, liberándome a salvo, creí. Afuera,
en el pasillo, la luz de la luna, proveniente de la galería donde
tendíamos la ropa, iluminaba la niebla londinense de la polvareda. Se
empezaban a escuchar gritos de angustia, pedidos de socorro.
Cuando mis ojos se adaptaron a esa espectral escena oí que la criatura,
enardecida, volvía a la carga, bramando desde lo profundo. La
estridencia fue mayor que antes, y la sacudida nos aterrorizó aún más.
Los cristales de la galería estallaban uno detrás de otro, apedreados
con vehemencia brutal por la infernal criatura de la tierra. Pensé con
insistencia en el fin del mundo tal como lo conocía, y sentí la tristeza
de la resignación.
En ese instante la bruma de la devastación se disipó frente a mis ojos,
y vi que Ernesto y Julia estaban bajo el marco de su pieza, a metros de
mí, completamente desnudos. En medio de la devastación, mis ojos se
enfocaron en ella, porque quería irme de la vida con su imagen. Los
cristales seguían explotando, y arrojaban fragmentos a nuestros pies,
incluso contra nuestros cuerpos. Los espasmos del sismo eran
violentísimos, y la estridencia alcanzaba niveles dolorosos. Me pregunté,
creo, cuánto tiempo iba a resistir la construcción, antes de desplomarse
en un montículo de materiales que sin duda haría las veces de nuestra
tumba.
Pero Julia estaba ahí, junto a su esposo, desarropada. Fue el único
instante de mi vida en que la violencia de la naturaleza, manifestada
con su cólera absoluta y terminal, se mitigaba a sí misma con lo más
bello que podía concebir, un cuerpo de mujer. Eran dos expresiones de la
misma fuerza, eran Van Gogh pintando sus campos de girasoles y Van Gogh
cortándose la oreja.
No pude definir entonces a Julia desnuda, tampoco puedo ahora. Diría que
era alta, blanca, firme, fresca, armónica, pero estos son sólo
adjetivos, y no sirven. Cuando pienso en ese momento asocio a Julia con
sustantivos, con entes conocidos como mar, sol, madrugada, lluvia,
juventud, salud, arte, color, melodía, fruta, selva, sabor, brisa,
tiempo, orgasmo, poesía, luna…, y aún esto es altamente equívoco y
frustrante desde el punto de vista expresivo.
(También noté, después, cuando todo pasó, que el corazón femenino no
puede ser explicado así de fácil.)
Ignoro el tiempo que estuvimos sumergidos en la tragedia y el éxtasis.
Es un dato que podría indagar, pero no me daría la medida de la magia.
Julia me miró indefensa, expuesta, mía. Creo que me miró por última vez.
Y estoy convencido de que fue la embriaguez de sus ojos la que contuvo
mi impulso de salir corriendo, ganar la escalera, alcanzar la calle, en
contra de lo frecuentemente recomendado para situaciones así, en que la
consigna es protegerse en el marco de una puerta. Después vi muchas
puertas y muchos marcos en las ruinas de la ciudad, y cadáveres
aferrados a esos maderos.
Cuando esta segunda fase del terremoto concluyó, dispusimos de sosiego
para recoger algunas ropas e intentar descender a la calle. Esta
operación demandó algunos minutos, porque la escalera prácticamente
había desaparecido, al igual que los techos y muchas paredes. Mis
vecinos de la 31 se fueron antes, yo observé una vez más el fulgurar de
las estrellas desde lo que quedaba de mi pieza.
Dos días y dos noches dormimos en la calle. La tierra se acomodaba para
volver a dormirse, y lo hacía con intranquilidad, con estremecimientos
leves o no tan leves que nos sobresaltaban a toda hora. Nos instalamos
en la calzada, lejos de las veredas, y compartimos frazadas, tazas con
algún líquido caliente, palabras de ánimo, y una solidaridad que
solamente surge y se exhibe en las grandes hecatombes.
Ernesto y Julia se fueron al día siguiente del cataclismo, muy temprano,
a la casa de alguien que no había sido tan damnificado. Durante la noche
estuvieron juntos, protegidos del frío por una enorme frazada que los
envolvía confundiéndolos.
Poco a poco todos nos fuimos, polifurcamos el camino, iniciamos la curva
del olvido, intentamos la reconstrucción con el recuento de los muertos
aún fresco.
Durante unos meses volví a cruzarme en la avenida con Ernesto, con
Ernesto y Julia, con Julia. Ella rehuía mirarme, y en su actitud asomaba
el recuerdo de la noche del terremoto. Me exasperaba meditar acerca de
que la fuerza de la tierra me había ofrecido el espectáculo de Julia
desnuda, escamoteándome sus ojos. Después salieron de mi vida como
habían entrado.
1971 fue el año del triunfo de la Unidad Popular, con el 51% de los
votos. Allende leyó su primer discurso en el congreso, y se inició la
vía chilena al socialismo. Fue el año de la nacionalización del cobre,
se declaró el 11 de Julio como día de la Dignidad Nacional, se inició la
estatización de la banca y del comercio exterior… Pablo Neruda recibió
el premio Nóbel de Literatura, y junto a su amigo Salvador dio la vuelta
olímpica en el Estadio Nacional, agradeciendo las flores que se
arrojaban frente al auto descapotado desde donde saludaba a la
muchedumbre eufórica. Fidel Castro visitó el país, y se quedó tres
semanas. En diciembre, la oposición organizó la primera marcha de
cacerolas vacías (un método de protesta recientemente redescubierto en
otros contextos americanos), y la CIA empezó a agitar por todos los
medios el fantasma del miedo al caos revolucionarios… 1971 fue el año
del terremoto, de los muertos, del adobe, de las casas que rodaron en
los cerros, y para mí fue el año de Julia…
Doce años pasaron desde entonces, y no volví a saber de ella. Una noche
me pusieron en el compromiso de asistir a una fiesta de aniversario, a
la que fui sin particular entusiasmo. La persona que me había llevado a
esa reunión me libró a mi suerte, y deambulando por los salones
atestados de rostros desconocidos descubrí a Julia en un rincón, intrusa
y ajena tanto como yo. Conversamos de temas banales, y sin que lo
notaran nuestros anfitriones nos fuimos juntos, solos, recónditos.
No era la misma, yo tampoco. Supe que Ernesto estaba cumpliendo
sentencia por robo agravado en una cárcel del sur, y me contó que desde
hacía cinco años estaban separados.
La calidez de la madrugada nos sorprendió caminando en dirección al mar;
ya se oía el rumor de las olas, y a la luz de un farol pude volver a
mirarme en sus ojos verdes, que seguían siendo los mismos.
Pero esa es otra historia.
HÉCTOR GORLA nacío en Buenos Aires en 1957, escribío cuentos, libros
de poemas, guiones para la tele, sus memorias del golpe militar del ´73
en Chile, y la tesis, claro, todo lo cual nadie leyó.
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